Aquí arden las flores 21. Remeiera
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21. Remeiera

p ara entonces, Dalia ya había llegado al cementerio.

Todavía no llovía, pero el viento, cada vez a menor temperatura, se le colaba entre los puntos del suéter.

De camino había hecho una breve parada en la rambla de la ciudad, donde ya había un par de puestos de señoras haciendo y vendiendo castañas.

Tras aparcar, cogió todos sus materiales.

Las castañas, todavía calientes, envueltas en papel de periódico, eran la ofrenda ideal.

Sacó tres monedas de su bolso y las dejó a los pies de la entrada del cementerio.

Pidió perdón en un susurro. Perdón por no haberlo visitado como siempre.

Perdón por hacerlo de manera interesada.

Sabía que siempre la recibirían bien. Igualmente, nunca dudaba en respetar a aquellos que habitaban el lugar.

Buscó la lápida sin cruz de sus abuelos. Saludó.

—Hola, abuelo Jacinto. Y hola, abuela Adelfa.

Con un pañuelo de papel quitó un poco del polvo y la tierra acumulados durante aquellas semanas. Retiró algunos arreglos florales y recolocó su ramo. Extrañamente, ninguna de las flores se había marchitado. Hacía veinticinco días des de el funeral. Casi un mes.

Su abuela siempre había tenido mucha mano cuidando de las plantas. Tal vez también era capaz de hacerlo desde donde estaba.

—Sé que los arreglos son muy bonitos, pero la mayoría llevan esas bandas horrendas llenas de «pésames» y «avemarías» —rio—. No os pega demasiado.

Dalia tomó toda corona, cesta y ramo que no encajaba con su visión de cómo debía verse la tumba de sus abuelos. Dejó aquellas flores cerca de la entrada al cementerio, por si otra persona quería usarlas para venerar a sus difuntos, y volvió frente a la tumba de Adelfa y Jacinto.

Esa vez se arrodilló frente a ella.

—Abu, tengo tu diario. Sé que lo sabes. Me diste permiso para leer —dijo mientras sacaba el cuaderno de tapas de piel y deshacía el lazo de su cierre de raso rojo—. ¿Te acuerdas?

Una ráfaga de viento se levantó brevemente. Sí. Estaban ahí.

—No encuentro nada. Intentaste contactar con Azucena. Estoy soñando yo todo lo que le envías a ella; no podía con la carga de aquellos mensajes.

Mientras hablaba, terminó de sacar objetos del bolso. Su mazo, la vela, la obsidiana y el collar de granate.

—Necesito que me habléis. —Extrajo un par de castañas del cucurucho y las dejó en el suelo frente a ella.

Barajó brevemente, conectando con ellos. Si su abuela seguía enmudecida excepto en sueños, al menos Jacinto podría comunicarse con ella. Seguro que le contaba algo. Más todavía aquel día, con Sol y Luna en Libra.

—Adelfa Nerón, Jacinto Olea, decidme dónde debo mirar. Hacia dónde debo ir. Qué debo buscar.

Todavía no era capaz de oír a su abuela. Partió el mazo en dos y sacó la primera carta de cada mitad. Únicamente se estaba comunicando con Jacinto. Las giró a la vez. La Estrella invertida. Nueve de Espadas.

No respondió a aquel mensaje. Sabía lo que significaba. Pesadillas, desconexión, ansiedad, pensamientos que la lastraban, preocupaciones, necesidad de reconectar con su poder.

Razón no le faltaba, pero no era la información que necesitaba.

Le iba a costar mantener aquella conversación.

Encendió la vela y la dispuso en el suelo, resguardada de la corriente de aire. Miró al cielo. Seguramente había llegado el mediodía, pero no podía guiarse por el sol. El cielo sobre el cementerio se tornó de un gris profundo, casi metálico.

Las nubes se compactaron en una masa densa y rugosa que avanzó sin piedad, extendiéndose sobre los cipreses y los mausoleos como una bestia, dispuesta a engullir la luz.

El mármol de las lápidas perdió su brillo, y las sombras se dilu yeron hasta confundirse unas con otras.

Ni siquiera las flores eran capaces de mantener su color.

En aquella oscuridad, todo eran manchas apagadas.

Dalia rodeó la llama con las palmas, formando un segundo cortavientos, y se concentró en ella. Trató de mirar a través de la llama. Respiró profundo. La cera empezó a caer rápidamente, quizá a causa de las condiciones atmosféricas. Igualmente estuvo atenta. No podía descartar nada.

El fuego empezó a danzar, como el batir de un ala. Un batir que ya conocía. Ilun.

—Ilun. ¿Es Ilun?

— Shhh —oyó nítidamente, de algún espíritu que rondaba el cementerio.

— No digas.

—Oscuro.

Llevaba años visitando aquel cementerio. Nunca había recibido tal respuesta. «Oscuro». Todos los espíritus estaban de acuerdo. Era él.

—Sé que esto es su culpa —trataba de hablar con firmeza—. Supe que algo estaba mal cuando no te pude escuchar, abu. ¿Qué hago? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Cómo me deshago de él?

Volvió a barajar, intentando encontrar solución a aquella incógnita. Sacó un par de cartas y las dejó en el suelo frente a ella. El Juicio, el Diez de Oros, la Muerte.

—¿Qué?

Juicio: resurrección, retorno. Básicamente inmortalidad. Diez de Oros: linaje, herencia, sangre. Familia. La Muerte: fin.

—¿Es inmortal? —rio, nerviosa, viendo cada vez más im posible encontrarle solución al problema—. ¡¿Cómo se su pone que soluciono yo eso?!

— No.

—Casi.

— Sangre de sangre.

—De su sangre.

—Debe derramarla.

—Sangre de sangre derrame la sangre.

—Dice que derrame su sangre.

—Sangre.

Algunos susurros desde el otro lado parecían ponerse de acuerdo. Se solapaban unos a otros, pronunciando básicamente el mismo mensaje.

«Sangre de su sangre es quien la tiene que derramar».

—Por eso la abuela no lo pudo matar… —reflexionó para sí—. ¡Por eso quiere el espelir! ¡Para serlo por completo!

Se quedó unos segundos en silencio, ordenando sus pensamientos. Su abuela no debería saberlo. Tal vez solo sus víctimas lo sabían. Era demasiado suponer.

—Y… ¡Un momento! —pidió silencio, las voces eran demasiadas como para distinguir sus palabras—. ¿Y cómo encuentro yo a sangre de su sangre?

— Diario —pronunció la voz de su abuelo.

—Ya sé que aquí hay de todo. Sé que está aquí la respuesta, pero no encuentro nada. No puedo. Me cuesta. No sé dónde buscar.

— Diario —volvió a decir.

Nada más. Ni voces, ni vela ni nada. «Diario». Como si no lo supiese.

Se tapó la cara con las manos, frustrada. Indignada. No sabía qué más hacer. A quién más acudir.

Entonces pasó. Primero fue un murmullo leve, que recorrió el borde de los cipreses.

Un suspiro. Luego, el viento se alzó con más brío.

Arrastró consigo hojas secas y polvo. Acarició la tierra y levantó sus aromas.

Se volvió repentinamente mucho más frío, áspero, y se deslizó entre las lápidas con un aullido prolongado.

Las flores de todas las tumbas cayeron al suelo.

Las cintas que sujetaban los ramos comenzaron a ondear de manera frenética.

Los árboles, alineados a lo largo del muro norte, se retorcieron bajo la ráfaga.

Justo en el centro del camposanto, el sauce llorón crujía azotado por el viento.

Mientras las ramas más altas se sacudían unas a otras con un chasquido seco, las raíces gemían bajo tanto movimiento.

El aire recorrió el cementerio, revolviéndolo todo. Y llegó a Dalia.

Antes de que pudiese reaccionar, la mitad de su baraja de tarot había salido disparada por los aires.

Tomó el resto del mazo y lo metió en el bolso de cualquier manera, y persiguió las cartas que se habían ido volando.

Aquellas botas eran preciosas, pero no el calzado más indicado para un esprint de doscientos metros.

La corriente le hizo dar algún giro inesperado, y la guio hasta el sauce.

En el momento en el que pisó la tierra cercana a las raíces del árbol, el viento paró súbitamente, dejando caer sus cartas sobre la tierra.

Todas boca abajo, menos cinco.

La Estrella, el As de Espadas, el Sol, el Nueve de Copas y el Nueve de Oros.

—¿Qué quiere decir esto? —clamó en un volumen poco apropiado para el cementerio.

Se sentó, abatida. La oscuridad creciente sobre ella. Las nubes cerrándose cada vez más.

—Espera. —Apoyó las manos en el suelo, acercándose a las cartas.

Ahí lo vio. La Estrella, número 17. As de Espadas, número uno. El Sol, número 19. Nueve de Copas. Nueve de Oros.

—Es una fecha: 17-01-1999.

No le dio tiempo a alcanzar el diario. La tormenta interrumpió el momento.

El cielo había decidido desgarrarse de golpe sobre el valle.

Las primeras gotas se estrellaron contra las lápidas con un sonido rudo, furioso, multiplicándose en segundos hasta convertir la tierra del cementerio en un loda zal.

El aire húmedo era tan denso que costaba respirarlo.

Da lia acele ró sus movimientos. Guardó las cartas.

La tempestad le hizo el favor de apagar la vela.

Metió todo en su bolso de cualquier forma. Un relámpago partió el cielo en dos.

—Uno, dos, tre…

El trueno llegó tres segundos después, no como un estruendo único, sino como una sucesión de rugidos, que parecían brotar del subsuelo.

Las tumbas temblaron. Los cristales de las farolas vibraron hasta estallar.

El viento, salvaje, recorrió el camposanto como una fiera invisible.

Las ramas de los cipreses goteaban y empezaban a resquebrajarse.

El agua corría entre las losas, superando a los pies de Dalia, que intentaba salir de allí.

La tormenta arrastraba consigo pétalos marchitos, tierra, velas; todo.

Las nubes opacaban por completo al sol. Parecía que se hubiese hecho la noche. La oscuridad solo se interrumpía por la luz de los relámpagos. Siguió contando mientras trataba de ponerse a salvo.

—Uno, d…

Tenía la tormenta casi encima. No daba tiempo de despedirse ni de dar las gracias. Alguien no la quería allí; eso estaba claro.

Le tomó un par de intentos arrancar el coche.

Los limpia parabrisas estaban a punto de desencajarse.

Cada vez que barrían el agua, el exterior reaparecía por una fracción de segundo.

Luego, otra vez, el diluvio. La luna delantera era líquida; tras ella todo el mundo se desdibujaba.

Encendió las luces. Las gotas caían con furia arrastrando líneas de luz que se deformaban bajo los faros.

Dalia puso los dedos sobre el freno de mano, dispuesta a acelerar.

Llovía demasiado. Encendió los cuatro intermitentes.

No era capaz de ver nada. Los otros coches tampoco la verían.

Daba igual. Debía salir de ahí. Lo había enfadado. No debió haber pronunciado su nombre.

Quitó el freno de mano. Tomó el volante con fuerza en su mano izquierda. Pisó el embrague y puso primera. Rápidamente segunda. ¿Eran mejores las marchas largas cuando ha bía lluvia? ¿O eso era solo con hielo en la carretera?

No había margen para pensar; solo instinto. Luces puestas, marchas largas, demasiada lluvia. Salió de la ciudad y cruzó uno de los puentes hacia el pueblo. Las ruedas resbalaron ligeramente al tomar la curva del paso elevado. Rotonda, segunda salida y hacia arriba. El motor gruñía con esfuerzo.

—Maldita colina.

Tanta lluvia provocaba una neblina horrenda.

Dentro del coche, el aire olía a humedad.

Había dejado de contar los segundos entre relámpago y trueno.

No había separación. Ya estaba ahí. El coche temblaba con cada rugido del cielo.

Los rayos eran cada vez más frecuentes. Uno detrás de otro.

Tenía miedo. No podía dejar de conducir. Debía llegar a casa.

Fijó los ojos en la siguiente curva y pidió ayuda a quien quisiera escucharla. Los nudillos le dolían de la tensión en las manos. El ritmo frenético del limpiaparabrisas parecía el metrónomo de aquella horripilante banda sonora. Un poco más. El último giro.