20. Diluvio
U n nuevo día se alzaba sobre el valle, y las cortinas a medio cerrar de la habitación de Dalia despertaron a Úrsula antes de tiempo.
El sol había decidido no interrumpir demasiado pronto, colándose entre la tela con algo de timidez, pero ella estaba especialmente sensible y enseguida abrió los ojos.
Miró a su alrededor antes de llevarse la vista a la muñeca. Las siete y cuarto de la mañana.
Dalia seguía inmersa en alguno de sus sueños. No recordaba si la noche antes se había untado la frente con su ungüento onírico, pero se la veía tranquila. Respiración suave, cuerpo relajado, sonrisa leve. Su sueño poco tenía que ver con sus anteriores sueños, llenos de sangre y desgracia.
Le acarició el cabello con suavidad, y deslizó la mano hasta sus brazos, donde se detuvo un instante más.
Antebrazo, hombro, palma. Recorrió arriba y abajo varias veces, muy despacio, tratando de confortarla sin llegar a que se despertase.
Sin ser capaz de resistirse a tocarla, le acarició también la silueta, la curva perfecta que hacían sus caderas y el límite del vientre con la ropa interior.
Dalia abrió los ojos poco a poco, deleitada con aquel amable despertar, sumergida todavía en el espesor dorado de la luz del prado, sin distinguir todavía dónde estaba la frontera entre lo soñado y lo real.
La calidez de la respiración de Úrsula, cada vez más cerca de su boca, ofreciéndole un beso de buenos días, era la primera certeza tangible.
El recuerdo del sueño se mantenía agazapado.
Le había provocado un cosquilleo que se le había extendido desde el esternón hasta el final de las piernas.
Un escenario húmedo, vibrante de deseo, donde la separación entre los cuerpos era prácticamente nula, y donde las extremidades se entrelaza ban y los labios se besaban sin llegar a distinguir con claridad de quién era cada gesto.
La sensación de Rabel allí, entre ellas, atravesándolas, era de todo menos extraña.
Dalia parpadeó rápidamente, en un intento instintivo de disipar la imagen de la desnudez del joven, pero lo único que logró fue volver a evocarla con más fuerza.
¿Acaso lo había disfrutado? Esa era la pregunta que le ardía como brasa bajo la piel.
Su mente quería reducirlo a un artificio de su imaginación, un capricho del inconsciente, pero su cuerpo, todavía palpitante, no parecía compartir aquella coartada.
Miró de reojo a Úrsula, que apenas se movió entre las sábanas y, con un gesto adormilado, dejó escapar un suspiro.
«¿Se lo cuento?», pensó Dalia mientras sus dedos se acercaban inconscientemente hacia el vientre de Úrsula, por debajo de la tela de la sábana.
El sueño tenía un sabor demasiado vívido como para borrarlo, pero era peligroso pronunciarlo en voz alta.
Un territorio desconocido. Aquel secreto de su subconsciente podría cambiarlo todo.
Úrsula le devolvió la mirada.
—Buenos días… —susurró Dalia, con la voz algo áspera.
—Buenos días —respondió, sin sospechar absolutamente nada.
La quietud posterior no fue incómoda. Permanecieron así unos segundos más, enredadas en la calidez compartida, hasta que Úrsula se estiró como un gato satisfecho y dejó escapar una pequeña risa.
—Creo que hay que hacer café —sonrió—. Será mejor que nos levantemos, antes de que las ganas de desayunar nos devoren a nosotras.
Dalia asintió, con una sonrisa que intentaba disimular un ápice de culpabilidad. Al incorporarse, la luz se desplegó del todo sobre la cama, disipando las últimas sombras de la noche. Aun así, el recuerdo del sueño, con sus tintes de deseo y sus aristas confusas, permaneció adherido a su piel.
Mientras se dirigían juntas hacia la cocina, Dalia no pudo evitar preguntarse cuánto de aquello había sido un produc to de su mente, y si cabía la posibilidad de que Rabel, además de pulsar las cuerdas de la guitarra, pudiese rasgar las cuerdas de lo más hondo de su subconsciente.
El desayuno fue breve. Querían aprovechar las primeras horas del día y preparar el pequeño jardín delantero para el cambio de estación.
Dalia consultó en una búsqueda rápida por internet en qué fase lunar se encontraban.
Luna nueva. Ideal para que las plantas tiren raíces.
Salieron de la casa con el bajo de los camisones anudado a un costa do, dispuestas a cumplir con aquella tarea postergada desde hacía semanas.
El brillo del sol se disipaba ligeramente en aquel aire hú medo y cristalino. El suelo desprendía un olor terroso que se mezclaba con el perfume tenue de las hojas secas. El borde de piedras que separaba el jardín de la calle parecía enmarcar un pequeño mundo en calma.
—Tendremos que mover estos maceteros —dijo Úrsula agachándose para levantar uno de los tiestos más grandes, cubierto de musgo en la base.
Dalia asintió. Sus manos, ligeramente frías, hundieron los dedos en la tierra compactada, removiéndola con un placer casi instintivo.
—Mira —señaló, fijándose en unas macetas olvidadas tras el arbusto—. Estos están sin usar, y son preciosos. —Los tomó con ilusión y dirigió su mirada a Úrsula—. Podríamos cultivar algo nuevo. Octubre es el mes perfecto para plantar bulbos. ¡Tulipanes! Quedarán preciosos.
Había algo sanador en aquella mañana tibia. La luz cálida y los primeros vientos fríos. Los gestos coordinados, removiendo la tierra y enterrando algún que otro amuleto.
Úrsula abrió una bolsa de tierra fresca y el aroma invadió el jardín.
Rellenaron las macetas con un par de capas de sustratos diferentes y las prepararon para cuando bajasen a la ciudad a por bulbos de alguna especie.
Mientras trabajaban, los destellos matutinos se movían sobre sus rostros y se posaban sobre las plantas, aún envueltas por el rocío de la mañana.
—Da gusto verte así —comentó Úrsula en voz baja—, en paz.
Dalia levantó la mirada y sonrió, con una expresión serena que escondía todavía el eco de aquella noche.
—Supongo que la tierra tiene eso —respondió—. Te absorbe lo malo, y te vuelve a conectar.
Por un instante, Úrsula creyó ver un resplandor fugaz en los ojos de su amiga. Una chispa ardiente, nueva. Pero no dijo nada.
El sol siguió en su ascenso, cambiando de tonalidad con su espectro dorado todas las fachadas del valle.
La entrada de la casa, antes algo descuidada, respiraba entonces con una nueva esencia.
Macetas atendidas, plantas arregladas, tierra fresca; todo listo para las plantaciones de octubre.
Casi se podía escuchar el murmullo prometedor de la vida que aún no ha germinado.
Dalia se sacudió las manos y observó su obra.
—Dentro de unos meses, cuando todo esto florezca, quiero que desayunemos aquí fuera —dijo a media voz.
—Hecho. —Úrsula le rodeó la cintura con el brazo.
El viento levantó un remolino de hojas secas sobre el asfalto, que se perdió entre las baldosas de la acera antes de inundar su precioso jardincito.
Dalia las siguió con la mirada y, por un instante, creyó escuchar una nota breve.
Un sonido afinado. Una cuerda pulsada a la distancia.
Como si alguien hubiese tocado su nombre desde la casa vecina.
Tras dar por terminada su obra, Dalia y Úrsula se quedaron unos momentos más al aire libre, sentadas en las baldosas frente a la puerta de entrada. La vecina de la casa opuesta salía a comprar el pan.
—¡Buenos días! —saludó desde el otro lado de la calle.
—¡Hola, Amparo! —respondieron al unísono.
—Qué hermoso el jardín.
—Muchas gracias —dijo Úrsula.
—Ay, bonita, no me había enterado de que habían vendido la casa de tu abuelo.
—Ni yo, pero bueno. ¡Qué le vamos a hacer!
—Al menos el chico que se la ha quedado parece muy amable. —Úrsula intentó no hacer ningún gesto de desaprobación—. A ver si teniéndolo tan cerca hay suerte —dijo, guiñando el ojo.
Las jóvenes sonrieron, sin terminar de saber cómo reac cionar a aquella interacción. La señora Amparo estaría cerca de los ochenta años; la típica abuela entrañable que te traía una porción de cualquier comida que le sobrase y te contaba todas las novedades sobre sus nietos.
—¿Usted qué tal? —preguntó Dalia.
—Bueno, ya sabéis… La edad. Ayer volví de casa de mi hijo, que me ha estado cuidando todo agosto y septiembre.
—Diga que sí, que la cuiden un poco, que usted lo ha cuidado toda la vida.
La señora Amparo sonrió asintiendo con la conciencia de alguien muy independiente que, por necesidad, tenía que dejarse cuidar. Tras despedirse con un «hasta luego», Dalia y Úrsula decidieron entrar.
—Bueno, Dalia. A lo mejor debería pasar hoy por mi casa. Así ordeno un poco, ensayo y me organizo el mes, que estamos ya a 14 de octubre y todavía no me he gestionado la agenda.
—Ya… —asintió—. Entonces no te espero para comer, ¿verdad?
—Prefiero aprovechar bien el día allí y volver para cenar contigo. Así me traigo algo de ropa más abrigada, que ya empieza el frío.
Aquella respuesta tranquilizó a Dalia. No estaba preparada para afrontar la soledad de su casa.
Desde el ritual de protección todo volvía a estar un poco más calmado, pero todavía no se había enfrentado a la vida sin uno de sus pilares fundamentales: su abuela.
Simplemente había puesto ese proceso en pausa.
La estancia de su amiga era el parche perfecto para no encarar el problema.
Estaba siendo la mejor de las compañías, pero tal vez, en lugar de transitar el duelo, lo estaba evitando.
Úrsula. El bardo. La investigación. El diario. Todo era una distracción.
Úrsula subió a la planta de arriba, donde Dalia le había hecho hueco en el vestidor hacía un par de semanas.
Revisó la infinidad de su equipaje, dispuesto en el armario que habían conseguido vaciar, de un vistazo.
Sacó un par de blusas demasiado finas y alguna minifalda poco acorde con la temporada otoñal.
No porque no creyese que en otoño hay que vestir de largo, sino porque el tejido era demasiado veraniego.
Dejó allí varios suéteres, dos chaquetas, unos pantalones de cuero, zapatos de tacón, los bolsos que no gritaban «vera no», algunos tops, dos o tres minifaldas vaqueras, y otro par de tartán.
El resto terminó en la maleta. Apenas logró llenar una de las tres que trajo.
Dalia se ofreció a echar una mano, pero la poca cantidad de ropa hacía innecesaria cualquier ayuda adicional, así que se dedicó a observar a Úrsula apoyada en el marco de la puerta del vestidor.
Recordó que a su amiga le resultaba divertido su cantidad de «porsiacasos».
Eran tan parecidas en tantos aspectos… Había llenado tres maletas para lo que técnicamente iban a ser unos pocos días.
No tenía ningún otro plan más allá de pasar el día con ella, y en ese momento se encontraba con la agenda vacía. Nada que hacer. Simplemente esperarla.
El techo parecía descender, las paredes se inclinaban sobre ella, y sentía que la casa que la acogía siempre con un abrazo la quisiera devorar en cuanto su amiga saliese por la puerta.
Acer cándose a ella para abrazarla por detrás, se tropezó con sus botas granates.
Los cordones estaban desatados. Desde el día del cementerio seguían allí en medio.
Inconscientemente no las había guardado. Sabía que tenía algo pendiente.
¿Era acaso una señal?
Úrsula bajó las escaleras con cuidado, maleta en mano, cogió las llaves de su coche del cajón del recibidor y se despidió de Dalia con un beso y la promesa de volver aquella noche.
Cerró la puerta tras de sí, y fue entonces cuando la bruja empezó a prepararse para salir.
No quería preocupar a Úrsula, ni que ella la convenciese de esperar un día o dos más para ir acompañada. No.
Había estado desconectada, ausente, intentando descifrar un misterio que solamente desenterraba nuevas preguntas.
Más y más incógnitas se apilaban en su mente.
El único elemento de la investigación que arrojaba luz sobre el asunto de vez en cuando era el diario.
Pero un recopilatorio de las vivencias de una persona, redactado durante toda una vida, no era nada fácil de estudiar.
Alguna de las veces que lo había abierto, topaba con una página prometedora, potencialmente relevante.
Otras veces la hoja trataba de una fiesta de cumpleaños, una comida familiar, unas vacaciones geniales.
Dejaba de leer tras la primera frase e intentaba buscar otra con información. Algo .
Solo había conseguido encontrar dos entradas del diario dignas de lectura: 11 de octubre del 69 y 20 de marzo del 2002. Nada más. Estaba harta.
Iba a ir al cementerio. Debía hacerlo. Nunca se había alejado tanto del otro lado como aquellos meses.
Se le hizo complicado vi sitarlo durante el verano.
Fue tras el funeral, y desde en tonces… nada.
Estar más de dos semanas sin pisar el cementerio era algo que nunca había hecho.
No iba con ella. No era ella. No visitar a su abuelo, ni al de Úrsula, ni a la an terior dueña de la pastelería, ni olvidarse de llevar más castañas una vez empezado octubre…
La determinación se apoderó de ella. Miró por la ventana.
Tras las montañas que abrazaban el valle se asomaban algunas nubes.
Se alzaban lentamente, despertando de su sueño, dan do fin a la tregua.
Surgían en jirones difusos, vaporosos, que se estiraban o contraían siguiendo el ritmo invisible del viento.
Empezaron a moverse, abalanzándose sobre los picos de la montaña.
Se congregaron en masas densas de un color cada vez menos blanco.
Tenía que darse prisa.
Se puso unos vaqueros oscuros y un suéter de punto verde botella.
Se acordonó las botas lo más rápido que pudo, y subió las escaleras mientras terminaba de recogerse el pelo con una pinza.
Tomó el diario, su tarot «para hablar con difuntos de la familia», una pieza de obsidiana, un collar de granate y una vela.
Bajó los dos tramos de escaleras con excesiva prisa, evitando los dos últimos escalones con un salto.
Bolso, llaves, llaves del coche. Dinero en efectivo.
Salió escopeteada y subió al vehículo sin darse cuenta de que tenía los retrovisores plegados.
Aprovechó el stop del final de su calle para recolocarlos.
La sombra de las nubes se derramaba por las laderas, cubriendo los bosques lejanos con un manto gris azulado.
Rápidamente. Como acuarela en un papel húmedo.
La corriente fría se colaba por el centímetro de ventanilla que Dalia había abierto.
Momentos antes se respiraba una calma diáfana. Todo se doblegaba en ese momento frente a aquella procesión celeste. Entre claros y sombras. Hasta que el manto de nubes cubrió el valle entero.