Aquí arden las flores 19. Otra vez #3
62%

19. Otra vez #3

Había estado leyendo sobre su magia, y la intentaba perfeccionar.

Si bien podía afectar de manera directa a la realidad, con efectos notables a partir de las veinticuatro horas, estaba estudiando la manera de modificar sueños.

Para ello necesitaba entrar en una especie de trance mientras interpretaba el hechizo, sin llegar a quedarse dormido, y no lo había conseguido todavía.

Se despertaba a altas horas de la madrugada, dormido sobre su guitarra y con el cuello dolorido de la extraña posición.

Esa era la noche perfecta. Ya había consumido hierbas oníricas, a su manera, y tenía sentimientos que canalizar. Suficiente energía como para hacerlo.

Abrió la tapa del tocadiscos, levantó la aguja y retiró con cuidado el vinilo.

Lo guardó en su funda y lo devolvió al estante, clasificado junto con el resto de los vinilos de ese género y época.

Subió a la segunda planta. Tres de las cuatro habitaciones estaban completamente vacías.

No tenía qué poner allí. Entró a su cuarto: un dormitorio amplio, con un escritorio de madera algo retro, un armario de cerezo macizo, que seguramente había vivido ambas guerras mundiales, una cama doble y una luz muy cálida y tenue.

Encendió una vela blanca a la izquierda de su cama y una vela negra al otro lado.

Descolgó su guitarra del soporte de pared y la afinó atentamente.

Abrió el bloc de notas. Ahí tenía apuntadas todas las combinaciones mágicas que se le habían ocurrido hasta el momento.

Retomó aquellos acordes tan influenciados por la bossa nova con los que había escrito sobre Dalia y Úrsula.

Esa vez intentó interpretarlos de manera más arpegiada, tratando de crear una atmósfera más etérea con el punteo.

Modificó una quinta aquí y añadió una novena allá.

Enseguida reformuló el esquema sonoro. Justo lo que buscaba.

Se acostó en la cama con la guitarra en diagonal sobre el pecho. Acomodó unos cojines detrás de la cabeza y otros tras la mano izquierda, para no estar incómodo. Cuando se aseguró de que todo estuviese correcto, cerró los ojos y empezó a tocar.

Los acordes se sucedían de manera automática.

Cada nota parecía abrir un umbral, un resquicio invisible que iba expandiéndose en la penumbra de su habitación.

La danza del fuego en las velas proyectaba sombras sinuosas sobre el techo que Rabel podía distinguir a través de los párpados cerrados. El aire estaba cargado de ese calor.

El sonido de la guitarra, íntimo y envolvente, fue impregnando la piel de Rabel, traspasándola, hasta que tuvo la certeza de que no estaba simplemente tocando un instrumento, sino que estaba rozando el mismo tejido del que nacen los sueños.

Se dejó llevar hacia un estado de trance sin interrumpir la melodía.

La respiración se le acompasó con las vibraciones de la caja de la guitarra contra su pecho, los párpados le temblaban, sus pies se adormecían y, de pronto, ya no estaba en su habitación.

Consiguió proyectarse a un espacio que no terminaba de conocer, pero le era extrañamente familiar.

Un escenario brumoso que poco a poco reveló contornos más nítidos.

Focalizó sus pensamientos en encontrar a Dalia.

Pronto halló un suelo de madera algo antiguo; unas paredes muy similares a las de la casa vecina.

Trató de acercarse. Allí, durmiendo, se encontraba ella.

El ca bello suelto le enmarcaba la cara como un ornamento de co bre. Intentó ver dentro de ella, qué soñaba.

Traspasó una fina neblina antes de poder visualizar el sueño de Dalia.

Allí estaba. Un prado verde, flores recién abiertas, árboles que por fin habían recuperado las hojas.

Sentada sobre las piernas plegadas, atenta a quien tenía delante: Úrsula.

El pelo azabache le caía sobre los hombros como un río oscuro, y los labios se le curvaban con un temblor de deseo contenido.

Los dedos rozaban la mejilla de Dalia. Aquellas miradas traspasaban la frontera de lo meramente amistoso.

Las dos se inclinaban lentamente, como si el tiempo se hubiera ralentizado para que cada caricia flotara y tuviese un momento para asentarse sobre la otra.

Los gestos decían más que cualquier palabra jamás pronunciada.

La respiración de ambas se entremezclaba.

Las manos de cada una ya conocían el camino sobre la piel y a través de ella.

Había en esa escena una pureza incandescente; un secreto compartido en lo profundo del inconsciente de Dalia.

Rabel sintió los celos, punzantes, en el costado izquierdo del pecho. Entre las costillas. Sospechosamente cerca del corazón.

Intentó mantener la concentración y no salir del trance. El dolor se transformó en impulso. Surgió de dentro aquel deseo de poseer, de entrar, de torcer el curso de lo que veía. Sabía que estaba en su mano doblegar el desarrollo de aquel encuentro entre las dos. Dio un paso, y luego otro.

El suelo onírico, hecho de hilos de aquel plano, lo aceptó. Como si siempre hubiera pertenecido allí. Las figuras de las dos mujeres no se apartaron; Úrsula lo miró de reojo, prime ro sorprendida, luego con una sonrisa leve. Ambigua. Pero no le negó el acceso.

Se acercó despacio, modulando la respiración para acompasarla a la de ellas, afinando su cuerpo a aquella melodía silenciosa.

Se inclinó junto a Dalia, aspiró aquel olor tan suyo, avainillado y meloso.

Tan dulce. Podía casi saborearla antes siquiera de haberla tocado.

Las manos de Úrsula no se apartaron de la joven, pero tampoco le obstaculizaron.

Pronto se encontró envuelto entre las piernas de ellas, sin llegar a distinguir de cuál de las dos eran.

Los tres, tumbados sobre un manto compuesto de sus propias vestimentas.

Una marea de suspiros y vocales inundó el paisaje sonoro del prado.

Rabel comprendió entonces, dentro del sueño de otra persona, que —tal vez— ese espacio era lo que él deseaba: testigo, intruso, incluso protagonista.

Y eligió unirse.

La música que aún vibraba en lo profundo del pecho guio cada uno de sus movimientos, entretejiendo su presen cia en esa intimidad como la tercera de un acorde, terminan do de dar sentido a la armonía. Convirtiéndolo en algo más complejo, más profundo.

La atmósfera de un sueño siempre es delicada, y su mayor labor, si quería seguir avanzando en el transcurso de los acontecimientos, era no romperla.

Todo vibraba con un magnetismo extraño. Las sombras alrededor parecían mirar, expectantes, como si supieran que aquel acto no era un simple encuentro carnal, sino una alteración de los lazos que unían a aquellas tres personas.

Y, en un rincón muy profundo de su ser, Rabel supo que no había vuelta atrás.