19. Otra vez #2
Regresó a la cocina y se preparó otro vaso de zumo.
Iró nicamente, había empezado a sonar «Bad Moon Rising».
Me nos mal que su tocadiscos no doblegaba la realidad con lo que reproducía.
El resplandor cálido de la lámpara de la cocina vecina proyectaba, a través de las ventanas del salón, las siluetas de las tres mujeres juntas.
Tomó un papel de arroz y molió más lavanda y ajenjo, hasta conseguir un polvo fino.
Se puso el filtro entre los labios mientras rellenaba el papel.
Colocó la boquilla en uno de los extremos y dio forma a su segundo cigarrillo de la tarde.
Humedeció un poco el extremo adhesivo antes de cerrar el papel por completo y encenderlo con una cerilla.
Apagó todas las luces de la cocina y encendió las de la campana extractora.
Necesitaba un poco de paz mental. La discusión con Dalia le había golpeado más de lo que esperaba.
No tomó verdadera conciencia de la dureza de sus palabras hasta oírlas repetidas por otra voz.
Ahora el peso de lo dicho le caía encima, incómodo y persistente, entumeciendo todo su ser con culpa.
Pasados unos minutos, el sonido de la puerta vecina quebró la quietud del momento.
Supuso que debía ser Azucena regresando a casa.
Libre de la mirada de su prima, decidió escribirle un mensaje.
Hola Azucena Oye, que lo siento por lo de complicadas
Todavía no había sonado el motor de su coche anunciando su partida. Se sentó en uno de los taburetes de la barra y comenzó a rasgar cuerdas invisibles. Trataba de distraerse. Cerró los ojos y murmuró algunas partes de la letra. Pronto recibió respuesta.
Rabel? Hola No te preocupes!!!
Perdona No se me da nada bien hablar contigo
Qué??? Pero si no paras de intentar que nos encontremos
Ya Pero cada vez me pongo más nervioso No sé qué me haces
Yo a ti?
Aquella pregunta retórica le descolocó. ¿Sabía Azucena lo que él era capaz de hacer? Supuso que ella escribía desde el asiento del piloto, antes de arrancar.
Estaba claramente alargando aquel momento. No quería irse. Él no quería que se fuese.
Sigues ahí fuera?
Puede
Deja que me disculpe Ven
Qué? Un momento, voy
Cerró el chat antes de recibir el último mensaje.
Tras leerlo desde la pantalla de bloqueo, volvió a cerrar los ojos y m ovió los dedos como si deslizasen por un mástil, entre trastes.
Pensó en emplear una de sus canciones para facilitar el encuentro, pero necesitaba saber qué sentía ella.
Por el intervalo de tiempo entre una notificación y otra pudo deducir que Azucena había dudado, que había pensado demasiado q ué escribir, y esa idea —tan pequeña— le apretó el pecho .
Había reflexionado brevemente sobre qué responder.
Pronto escuchó tres golpes suaves en la puerta.
Rabel abrió casi de inmediato. Se encontró a Azucena pegada al marco, lo justo para quedar fuera del campo de visión de la casa contigua.
Ambos entendían que aquel encuentro necesitaba un mínimo de clandestinidad para existir.
El aire entre ambos cambió al instante. No se tocaron, pero la cercanía era sufi ciente para notar el calor del otro.
Ella entró con una sonrisa contenida cuando él le cedió el paso con un gesto amable, extendiendo el brazo.
Cerró la puerta con más cuidado del necesario cuando Azucena accedió a su casa. Todo estaba en penumbra; la poca luz del interior les dibujaba sombras suaves en el rostro.
—Lo siento, yo…
—No pasa nada, Rabel, de verdad.
—¿Quieres algo de cenar? —Trató de cambiar el color de aquella conversación—. No cocino mal.
—No, no. —A Azucena le dolía negarse—. En veinte minutos tengo que estar en mi casa, que si no mi padre me mata.
—Entonces tienes como mínimo quince para quedarte aquí.
Rabel agradecía haber logrado hilvanar una frase con sentido, a pesar de que las mariposas en su estómago amenazaban con cortarle la respiración.
Intercambiaron miradas. Tal vez lo reconocieron en la forma en que se les dilataban las pupilas.
Él nunca había sabido encontrar su lugar.
Había llegado al pueblo casi por azar y arrastraba la sensación de no pertenecer a ningún sitio.
Ya no era del bosque que tanto amaba, pero tampoco formaba parte del pueblo.
Ella vivía como un satélite de la familia Nerón, demasiado extraña para encajar entre ellos.
De algún modo, ambos sabían que compartían esa grieta.
Ninguno terminaba de encontrar su sitio.
—¿Esto cuenta como una cita? —preguntó Azucena con su característico atrevimiento.
—He usado tu número, te he invitado, has venido —deslizó su mirada por la figura de la joven—, y vas muy guapa… Yo creo que sí, que esto se califica como cita.
—Cita exprés —matizó, subrayando la importancia del poco tiempo del que disponía, más a modo de recordatorio para sí que como una advertencia para Rabel.
El bardo dio un paso lento hacia ella, temiendo que el suelo pudiera traicionarlo si se apresuraba.
No la tocó. Aún no. Se quedó lo bastante cerca como para que Azucena percibiera su perfume y notase el leve temblor de su respiración, descompasada.
Rezó queriendo estirar el tiempo, espesarlo.
Necesitaba permanecer eternamente en aquel paréntesis.
—A mí me parece perfecto —dijo con un hilo de voz dulce.
Azucena alzó la mirada. La casa estaba en silencio, ajena al ruido externo.
Rabel levantó la mano, dudó un segundo, y finalmente apartó con cuidado un mechón dorado que le caía sobre la mejilla.
El gesto fue algo torpe, tímido e inseguro, como si temiera actuar sin el respaldo mágico de sus armonías.
Ella no se apartó. Sonrió apenas, ladeando la cabeza; aquella sencilla muestra de aprecio significaba un mundo para ella.
—¿Q…, quieres algo? —preguntó nervioso al darse cuenta de que seguían en el recibidor.
—Un vaso de agua sí me tomaría —pidió Azucena, buscando aire.
El contacto leve de los dedos de Rabel le había dejado un rastro cálido en la piel.
Una vez en la cocina, cuando él se giró para ofrecerle un vaso, ella le devolvió la caricia.
Recolocó una de las ondas castañas de su pelo, guiándola sua vemente alrededor de su dedo índice para devolverle la cur vatura.
—¿Por qué a veces te haces el chulo?
Él dejó escapar una risa corta antes de responder.
—No sé. Contigo no me termina de salir bien.
Tragó saliva y se permitió acercarse un poco a ella. Prácticamente no había espacio entre los dos. Miró de reojo la parte superior de la pared que daba al jardín. El reloj marcó un segundo más. Luego otro.
—Conmigo no hace falta —susurró ella.
Rabel exhaló aire que no sabía que estaba conteniendo. No apartó la mirada esta vez. Sus ojos bajaron un instante a los labios de Azucena y volvieron a subir, como si todavía estuviera pidiendo permiso sin decirlo en voz alta. Se sentía hechizado por ella. «Irónico», pensó.
El vaso de agua quedó olvidado sobre la encimera. El si lencio no era incómodo. Estaba lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir. Tenían suficiente leyéndose el uno al otro. Comprendían a la perfección el lenguaje no verbal del otro.
Rabel separó el brazo de su cuerpo lentamente, dándole tiempo a ella para que se alejase si quería. Sus dedos rozaron su muñeca primero, apenas un contacto, y luego se deslizaron hasta su cintura. Se les hacía imposible apartar las miradas.
—Me alegro de que hayas venido —dijo, con una calidez especial en cada sílaba.
Azucena respiró hondo, y ese movimiento hizo que sus frentes casi se tocaran. No retrocedió. Sus dedos, que seguían suspendidos a medio camino entre el cabello castaño y su po sición habitual, terminaron reposando en el pecho de él. Notó el latido acelerado bajo la tela.
—Yo también.
El mundo pareció reducirse al calor entre ambos.
Al leve roce de sus narices cuando se inclinaron sin darse cuenta.
La conversación dejó de fluir al completo.
Aquella conexión no necesitaba de palabras para fortalecerse.
El momento se construyó solo. El bardo estaba prendado de aquella joven.
Ella parecía haber encontrado la pieza con la que sí encajaría.
Fue un beso breve, casi tímido. Un encuentro entre ambos; un descubrimiento compartido.
Un roce de labios que preguntaba cómo de posible era haberse encontrado.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, siguieron con los ojos cerrados un segundo más, compartiendo el aire, sosteniendo el instante como si todavía cupiera dentro de aquellos quince minutos.
Azucena se separó de él con una sonrisa suave acompañada de la frase inevitable.
—Tengo que irme.
Él giró la cabeza en dirección al reloj. En efecto, habían pasado quince minutos perdidos en las pupilas del otro.
—Sí, cierto. E… —balbuceó—, espero verte pronto.
—Yo también.
La acompañó hasta la salida más despacio de lo necesario, alargando gestos mínimos e intentando retener miradas, como si despedirse de ella fuera cerrar también la única rendija de luz que había encontrado en semanas.
Se quedó un momento apoyado en la puerta después de verla marchar, con el pulso desbocado y el eco del beso en sus labios.
Pero esa calidez no logró ahogar del todo la otra corriente que seguía impul sando algún que otro latido en su corazón.
Su encuentro con Azucena no era capaz de opacar las ganas que tenía de un ajuste de cuentas.
Necesitaba probar, demostrarse a sí mismo que todavía tenía control sobre algo.
Había un desajuste en tre lo que acababa de sentir y lo que aún no sabía soltar.
Su ser le pedía un poquito de venganza. Un último experimento.