19. Otra vez
e n la casa de al lado, las paredes estaban teñidas de mag ia. Cuando alguien piensa en brujos se imagina a ancianos poderosos de barba larga y báculo en mano, no a un joven canónicamente atractivo con una guitarra heredada.
La casa no tenía decoración ostentosa ni demasiado recargada.
De las paredes colgaban algunas pinturas enmarcadas de bosques frondosos y riachuelos apacibles, paisajes de las montañas donde se había criado que había pintado él mismo con pigmentos artesanales.
Ni fotos de familia, ni imanes de viajes en la nevera.
Tanto el pasillo de la entrada como la cocina y el comedor estaban bordeados por estanterías abarrotadas.
Tenía infinidad de libros de todo tipo de temas.
Novelas, manuales, guías, atlas, diccionarios, biblias, misales, ensayo, teatro, partituras, biografías…
La lista era infinita y algunas de las publicaciones eran de hacía un par de siglos.
También había plantas, figuritas de barro sin barnizar, ramas secas de diferentes árboles con cintas atadas. Y discos; sobre todo, discos.
Cómo no, un bardo necesita su inspiración.
Y quien dice discos también dice casetes o cilindros de cera.
Evidentemente también contaba con el artilugio para reproducir cada uno de los soportes sonoros.
Gramófonos de décadas diferentes; tocadiscos de varios fabricantes, con cápsula de cristal, de condensador o magnética; radiocasetes; magnetófonos, walkmans…
Muchos eran reproductores sonoros originales, y otros, réplicas.
La cantidad de objetos justificaba con creces todas las cajas que abarrotaron la entrada de su casa durante la mudanza.
Hacía cosa de un mes que su tía Baladre le entregó las llaves de aquella casa.
Tía B, junto con tía Cal·la y tía Saüc, había cuidado de él toda su vida.
Estaba todo ahí, en los cuadros. Sabía que aquellas mujeres no eran sus tías de sangre.
También sabía que aquellos no eran sus nombres, pero entre ellas se llamaban así.
Se crio algo alejado de las modernidades de la ciudad, en un molino al borde de la riera de L’Afrau.
Le contaban que, cuando era un bebé, sus tías se turnaban para ir a cuidarlo y siempre estaba con alguna de ellas.
Al crecer un poco, empe zó a recibir clases de Saüc, que era profesora, y pintaba con Cal·la, con la que aprendió a hacer sus propias acuarelas con flores secas.
Baladre, mientras tanto, le enseñaba sobre la montaña y sus energías.
Rabel creció pensando que la magia era un elemento más de la vida cotidiana.
Así como se comía, se cosía o se cantaba, también se hacían hechizos.
Nunca se le dio especialmente bien idear fórmulas de plantas.
Tampoco terminaba de entender la magia que se hace con puchero y cuchara.
Las artes adivinatorias tampoco fueron lo suyo.
Al llegar su adolescencia, sus tías le regalaron una guitarra de segunda mano, que, decían, había pertenecido a su madre biológica.
No sabía demasiado de ella; solamente que la llamaban Hedra.
Bueno, y que tocaba la guitarra, y que era bruja.
Poco a poco ganó más independencia conforme sus tías envejecían.
Cuando tuvo edad, comenzó a trabajar cuidando las tierras de una masía cercana al molino.
Más adelante, al po der conducir legalmente, alternó esas labores con encargos es porádicos como carpintero, elaborando muebles a medida para clientes de los pueblos de alrededor.
Quizá el gran número de encargos llegaba por su destreza, o tal vez por su facilidad de palabra.
Vivir solo en la montaña era fantástico, pero sabía que, en algún momento, debía bajar a otras tierras.
Al cumplir los veinticinco, ellas le dijeron que habían conseguido hacerse con una casa preciosa a la que únicamente le hacía falta una mano de pintura.
Ese fue su regalo de cumpleaños: la despedida amarga de la montaña.
Había intentado retrasarlo, cursando sus estudios superiores a distancia en los ratos muertos.
Pero llegó el momento. Aquel regalo fue su cruz.
Dejar atrás el molino e ir a vivir a un pueblo lleno de gente.
Mucha gente, demasiado ruido, y más lluvia de la que esperaba.
Un par de días antes de la mudanza decidió vender su pick-up Ford F100, que tenía la misma edad que él, y cambiarla por un deportivo que un conocido le dejaba bien de precio.
Pésima decisión en lo que a espacio se refiere, sobre todo para transportar su colección de libros y vinilos hasta su nuevo hogar.
Aun así, fue el primer paso en su nueva vida.
Solía pensar en su anterior vida a menudo. Qué harían sus tías, si tenían una familia propia, por qué tía B no llamaba, si tía C ya estaba remodelando el molino para convertirlo en una galería de arte, si a tía S le habrían dado ya la jubilación…
Había llegado al pueblo con la intención de encontrar un trabajo allí mismo, o en la ciudad vecina, o incluso en la capital.
No tenía claro en qué ámbito, pero sentía la necesidad de un cambio.
Tal vez en una floristería. O de profesor, que para eso había estudiado.
A lo mejor preguntaría en la librería, o en una tienda de instrumentos.
Con su facilidad para trabajar con la madera y su amor por la música, no se le debería de dar mal ser lutier.
El mes se le había hecho cuesta arriba y todavía no había dejado el currículum en ningún comercio. Estaba demasiado entretenido reencontrándose con su guitarra, que no había sacado de la funda desde hacía ocho años.
Tocaba día sí y día también. Tenía una facilidad innata para componer.
Pronto se dio cuenta de que aquello que es cribía, de alguna manera u otra, se terminaba materializando.
Primero, consiguió parar la tormenta durante unas horas —aunque podría haber sido casualidad—.
Luego, cantó so bre conocer a alguien porque se encontraba demasiado solo, y apareció Dalia con su pastel.
Llegados a ese punto, Rabel empezó a experimentar, para comprobar que no se estaba volviendo loco y, en efecto, podía modelar su entorno a base de acordes y rimas.
El sol de aquel viernes por la tarde lo hizo reflexionar.
Por primera vez en mucho tiempo no necesitaba su guitarra para disipar los pensamientos que tantas veces no le dejaban conciliar el sueño.
Paseando los dedos por las estanterías, acariciando lomos de libros y removiendo entre los estantes de discos, buscaba algo que lo inspirase y acompañara la tarde.
Terminó decidiéndose por el vinilo de Green River , de Creedence Clearwater Revival.
Eso a un volumen moderado, un zumo recién exprimido y un cigarro casero de lavanda y ajenjo.
Con los últimos rayos de sol escuchó movimiento en la casa vecina.
—¿Qué hacen ahora las brujas estas? —dijo, apartando disimuladamente la cortina de la ventana frontal.
Pudo ver a Úrsula, cargada a más no poder y sacando to davía más cosas del coche. Justo detrás de su deportivo vio el de Azucena.
—Espero que hoy hayan aparcado bien. —Se puso de puntillas para cambiar el ángulo de visión y comprobar que la joven no le había propinado otro golpe.
Pensó varias veces antes de ir a preguntar por Azucena. Tras su comentario desafortunado había pensado mucho cada movimiento que hacía respecto a ella. Era cierto que se es condía tras una imagen chulesca y prepotente, pero no estaba acostumbrado a… gente. Tanta gente.
También había provocado aquellos encuentros poco casuales a golpe de cadencias. Sí. Pero era una ayuda temporal, hasta que encontrase la manera de pedirle una cita. Y, bueno, no había ido como debía.
Observó atentamente los movimientos de la casa vecina, siguiendo a Úrsula y Dalia a través de las ventanas. Entonces, esta se sentó y la bruja volvió a la puerta delantera. Era su oportunidad de decir algo.
Dejó el vaso en la encimera de la cocina, tiró la colilla apagada, que había ido paseándose entre los dedos, y se dirigió a la entrada.
Para su sorpresa, allí estaba Dalia, preparada para confrontarlo.
Azucena le había contado todo. De poco le sirvieron sus encantos.
Volvió a contestar de la peor manera posible.
No había otra forma de hacerlo si aquella insolente bruja pelirroja se esforzaba para encontrar una trifulca nueva cada día.
Tampoco se equivocaba en lo que decía, aunque ocultar su sorpresa al ser descubierto le hubiese supuesto un sobreesfuerzo.
Sí, había estado probando sus hechizos con ellas.
Por supuesto que la había llamado «complicada».
Pero la confrontación directa no era lo suyo, y pedir disculpas, mucho menos.
El portazo de Dalia le dijo todo lo que necesitaba saber sobre la situación: Azucena triste, Dalia enfadada con él, Úrsula…
Bueno, por algún motivo a ella no la estaba pudiendo hechizar, ni terminaba de descifrarla.
Se quedó un momento más allí afuera, quieto, observando la puerta de la casa de al lado cerrada con el eco del portazo resonándole en el pecho.
Al recomponerse, entró a su casa. Apoyó la espalda en la pared y cerró con cuidado, conteniendo la rabia y el impulso de despedirse de la misma manera que su vecina.