18. El Bardo
d esde aquella noche de hechizos bajo la luna llena, la presencia de Azucena en la casa se había vuelto más habitual.
Llevaba un par de semanas visitándolas. Una nueva costumbre.
Ella por fin sentía que pertenecía a un lugar distinto y alejado de la mirada de su estricto padre.
No había día que no intentase pasar por el hogar de Dalia a tomar, al menos, una taza humeante de café.
Pese al extraño inicio de mes, el resto de los días habían estado llenos de paz.
Tal vez era aquel vínculo familiar, largamente adormecido, restaurándose; o quizá cierta fuerza externa, encarnada en una silueta masculina de cabellos ondulados y ojos pardos, tenía algo que ver con esa repentina cercanía.
De cualquier manera, Dalia agradecía aquella compañía cálida que llenaba la casa de un murmullo constante.
Sumado a las mañanas len tas con Úrsula, los besos por los rincones, las duchas conjun tas y la compañía constante, no podía desear nada mejor.
Las dudas sobre su identidad, quién era y, sobre todo, si era correcto querer ponerle un nombre distinto al de «amistad» a lo suyo con Úrsula eran cada vez más irrelevantes.
Se dispersaban con el olor a café. Se suavizaban con cada caricia sobre la piel.
Úrsula, por su parte, empezaba a adaptarse a aquella nueva normalidad, aunque con reservas que apenas se atrevía a confesar en voz alta.
No terminaba de tener clara la palabra que pudiera definir con precisión el vínculo que la unía a Dalia —un lazo que oscilaba entre la amistad más sincera, los celos mal disimulados y una intimidad difícil de nombrar—, pero sí sabía con certeza que siempre estaba invitada a dormir entre sus sábanas, bajo el calor mullido de la colcha y el ritmo sincopado de sus respiraciones.
La prisa por definirlo era poca, y no quería presionarla, aunque se moría de ganas por presentarla de manera especial en alguna comida familiar.
Como persona relativamente externa al mundo mágico, le sorprendía, casi hasta la incredulidad, la facilidad que estaba demostrando Azucena para acercarse al mundo de la magia.
No paraba de pedir consejos e información a Dalia.
Hasta entonces, ni siquiera había mojado la punta de los pies en las aguas del esoterismo, a veces turbias y engañosas, y ya parecía ansiosa por arrojarse de cabeza a ellas.
Como si una fuerza interior, su verdadera razón de ser, la empujara a ese abismo misterioso.
Aquella tarde de viernes, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte y las sombras de los ciruelos se alargaban sobre la calle empedrada, Azucena llegó a casa de Dalia, conduciendo su Volkswagen vintage de manera más habilidosa que las veces anteriores.
Sacó del maletero una cesta, que se colgó en el brazo derecho con aire despreocupado.
Había traído bollos azucarados caseros y un tarro de confitura de calabaza.
Dio unos golpecitos rítmicos en la puerta, que su prima reconoció de inmediato desde el interior de la casa.
Se oyeron sus pasos apresurados bajando por las escaleras desde la última planta.
—¡Lo siento! —Intentaba recuperar el aliento—. Estaba en el ático y Úrsula ha salido a comprar un par de cosas.
—No te preocupes. Todavía no ha empezado el frío y, por suerte, las lluvias han parado.
—Menos mal que es una tarde tranquila —se apartó de la puerta para dejar pasar a su prima, mirando de reojo la casa vecina, la mayor emisora de decibelios de la calle—, que, s i no, no te habría escuchado.
Se sentaron juntas en la mesa de la cocina.
Fuera, las hojas chocaban entre ellas impulsadas por el viento, susurrando suavemente un acompañamiento ideal para la calma de aquella tarde.
El olor de las plantas de temporada que Dalia había colgado en el marco de la ventana de la cocina había modifi cado el ambiente; ya se respiraba otoño .
El tintineo de las cucharillas en las tazas, el del cuchillo tomando un poco de confitura dentro del bote, las risas durante las conversaciones entre las dos jóvenes y el crepitar de una vela con mecha de madera que había comprado Dalia hacía poco. Sinfonía de la calma después de la tormenta.
En un momento de pausa, Dalia decidió abrirle una rendija de su mundo más reservado.
—Antes de que vuelva… —empezó, bajando un poco la voz— Úrsula.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Azucena, con gesto preocupado.
—¡No, no! —rio—. Es muy importante para mí. Quizá no siempre lo demuestro como debería, pero estos días en los que ella ha estado aquí han supuesto un gran cambio para las dos.
—¿No te había gustado antes ella?
—Nunca. Era mi mejor amiga, y la quería, claro está. Pero nada más. Y estando aquí, bueno… Supongo que ha sido una suma de factores la que nos ha acercado de esta manera. No me incomoda para nada. Jamás me lo habría imaginado —se le escapó una sonrisa—, pero ha sido tan natural.
—Jo, qué bonito. ¿Habéis hablado de esto?
—No. Estamos tan tranquilas… que no querría cambiar la dinámica por hacer preguntas incómodas. —Agachó la cabeza—. Pero tal vez sí necesito saber hacia dónde va lo que sea que tengamos.
—Claro que sí. Con la confianza y el cariño que os tenéis, dudo que le suponga un problema hablar las cosas contigo.
Además de recibir consejo, Dalia esperaba, con aquel gesto de confianza, que Azucena le correspondiera con una sinceridad semejante, a poder ser revelando algo sobre su propio vínculo con Rabel.
Su prima, sin embargo, inclinó la cabeza hacia un lado, como sopesando si decir o callar.
—Pues ¿sabes qué ha pasado esta mañana? —preguntó al fin, con un deje de ironía en la voz—. Estaba aparcando frente a la pastelería, y casualmente me lo he vuelto a encontrar.
No necesitaba decir el nombre. La sombra de Rabel se proyectaba inevitablemente sobre aquella conversación.
—¿Cómo?
—He bajado al centro de la ciudad un momento; iba a por cuatro telas y un par de cosillas de la panadería. Bueno, y a por estos bollos —dijo, señalándolos con la mirada—. Y, de repente, Rabel estaba justo ahí.
Las mejillas de Azucena se sonrojaron al recordar el encuentro. Dalia trató con todas sus fuerzas de que no se le arquease la ceja izquierda.
—Su coche estaba aparcado justo delante del mío. ¿Sabes dónde te digo? En la zona aquella de carga y descarga delante de la pastelería.
—Sí, sí. Sé dónde dices.
—Pues ahí. Menuda coincidencia. Mientras me saludaba, he examinado un poco su coche —rio—, que con el golpe que le di el otro día… Pobrecito. Pero nada, ya no tenía ni rastro de la hendidura aquella.
—¿Lo ha llevado al taller de tu madre? Porque yo no le he visto mover el coche.
—No sé; ella me lo habría dicho seguro.
—Bueno, Azu, y ¿te dijo algo?
—Que le encantaba encontrarse conmigo por sorpresa, pero que le llamase, que podríamos quedar algún día y no dejárselo todo al destino.
Dalia arqueó una ceja. «¿Es acaso “destino” su segundo nombre? Porque eso seguro que lo ha provocado él», se dijo a sí misma.
—¿Entonces vais a quedar? —preguntó, impostando el tono de interés.
—Bueno —desenfocó la mirada y ofreció media sonrisa—, no sé. Al decirle que sí se alegró, pero… —la melodía vivaz de su voz de repente tenía matices de enfado, de los que no llegó a ser consciente— luego añadió un «menos mal que no todas las mujeres de tu familia sois igual de complicadas».
—¡¿Qué?! —exclamó Dalia en respuesta—. ¿Pero este de qué va?
—Dudo que lo dijese con mala intención. Parece que al pobre le cuesta hablar conmigo.
—Azucena, por el universo, no te inventes excusas por él.
—Que no, que de verdad creo que no se le da nada bien relacionarse con gente.
Justo en ese momento, una llave giraba en la cerradura desde el otro lado de la puerta principal.
—¡Hola! Se me ha ido un poco de las manos y llevo el coche lleno de cosas —exclamó Úrsula desde la entrada.
—¡Voy! —respondió Dalia enseguida.
Se levantó de golpe, aún con la indignación bullendo en la garganta, y caminó hacia la entrada, mientras que Azucena se quedó unos segundos en la mesa. Distraída, removiendo la mermelada, sin terminar de identificar si aquel comentario había sido tan grave como sugería la reacción de su prima.
En el recibidor, Úrsula forcejeaba con varias bolsas, que parecían multiplicarse entre sus brazos. El tintinear del cristal de las botellas de vino asomando en una de ellas anunciaba planes de cena divertidos.
—¿Pero qué traes ahí? —preguntó Dalia mientras la ayudaba a apoyar la montaña de bolsas en el suelo—. ¿Has comprado media ciudad?
—¡Casi! —rio Úrsula, apartándose un mechón de la frente—. He encontrado varias cosas que no me esperaba y, bueno, me voy a quedar este fin de semana también. Enton ces, entre todo lo que traigo, me cuesta cerrar el maletero del coche.
Hicieron un primer viaje hasta la cocina para dejar el cargamento.
Las carcajadas de ambas llenaron el pasillo, y por un instante Dalia se olvidó de lo que le acababa de contar Azucena.
Fue al verla allí sentada, con la barbilla apoyada en la mano y la mirada perdida sobre el mantel, cuando el ambiente adquirió un peso extraño.
Úrsula, ajena todavía a lo que habían conversado, se dejó caer en la silla frente a la prima de Dalia, mientras esta volvía a la puerta a por la última de las bolsas.
—¿He interrumpido algo? —Acercó la silla a la mesa impulsándose con las piernas.
Azucena levantó la cabeza y recompuso una sonrisa ligera. Negó con suavidad, aunque sus ojos brillaban de otro modo.
—Nada grave. Estábamos hablando de… casualidades.
Úrsula, sin sospechar aún el filo de la conversación, par tió un bollo por la mitad y lo untó con generosa mermelada mientras el silencio volvía a caer sobre la mesa.
Dalia, desde la entrada, sintió cómo aquella palabra, «casualidades», se le clavaba como un alfiler en el pecho.
¿Cuánto de casual tenía realmente Rabel en sus apariciones?
¿Y cuánto de trampa cuidadosamente urdida?
Con la última de las bolsas cargada en el hombro, se disponía a cruzar el pasi llo cuando escuchó unos pasos en la casa vecina que se dirigían hacia el exterior.
Volvió a dejar la compra con cuidado en el suelo y se apoyó en el marco de la puerta con la mirada puesta en la puerta de al lado.
«La mala suerte de su viernes 13 voy a ser yo».
A los pocos segundos asomó la cabeza Rabel, con una sonrisa tan sincera y alegre que le parecía insultante.
—¡Hola, vecina! ¿Ahora espías tú?
—Menudo impertinente —susurró para sí entre dientes—. Eres el único que dedica su tiempo a esas cosas.
—¿Está Azucena?
—No. Me he traído su coche a mi puerta para mirarlo.
—Vaya, hoy estás graciosa.
—¿Sí? —sonrió—. ¿Hoy no estoy siendo «complicada»?.
La expresión de Rabel cambió al instante. Un ceño fruncido por la confusión y una sonrisa descompuesta. No esperaba que Azucena hablase con ella de nada; parecían bastante distantes, pero era evidente que aquel comentario desafortunado había llegado a oídos de Dalia. Sorpresa poco agrada ble.
Desde dentro de la cocina, Úrsula y Azucena guardaban escrupuloso silencio para escuchar al máximo detalle la trifulca entre los vecinos.
—Sé lo que haces.
—Ligar con tu prima. Bueno, intentarlo. —Tenía esa mirada de persona atractiva que es plenamente consciente de que lo es—. ¿Está prohibido? ¿Necesito tu autorización para besar a las mujeres de este pueblo?
—No, no. No te me vayas por las ramas. Las cancioncitas —pronunció con tono irritado—. Hablo de las cancioncitas. Ahora celos, ahora amoríos, ahora Úrsula y yo, ahora Azucena contigo…
—Te gustan, ¿eh?
—¿Este encuentro entre tú y yo ha sido casualidad o también lo has maquinado?
Rabel no ofreció respuesta más allá de encogerse de hombros y recuperar la sonrisa.
Dalia enmudeció. Su silencio fue más elocuente que cualquier insulto de los que se le pasaban por la mente.
Se mordió el labio, procurando que no se le escapase palabra alguna de la que se pudiera arrepentir en un futuro.
Miró fijamente a los ojos de Rabel, que no decía nada más.
La tensión entre ambos era suficiente para incendiar la sala.
—Deja de practicar tus hechizos conmigo, bardo.
Cerró la puerta tras aquella sentencia con un golpe fuerte, que retumbó por toda la planta baja.
El crujido de las sillas de la cocina delató a Úrsula y Azucena, que se balanceaban sobre las patas traseras para poder ver a través del umbral.
La prima se había quedado rígida, con los hombros altos y la mirada en la frente de Dalia.
Se enredaba un mechón de pelo rubio entre los dedos con nerviosismo.
Úrsula fue la primera en devolver las cuatro patas de la silla al suelo. Se acercó a Azucena y le apoyó la mano en el hombro con una firmeza cariñosa.
—No le des vueltas, Azucena. Todos los hombres son así.
Dalia regresó a la cocina todavía con las mejillas encendidas de rabia, pero, en cuanto vio a su prima recogida sobre sí misma, la furia se transformó en ternura. Se sentó a su lado y le tomó la mano con suavidad.
—Alguien tenía que decirle algo al chico ese.
Azucena alzó apenas la mirada, con aire agradecido.
—No sé por qué me ha afectado el comentario de un hombre que casi ni conozco. Hemos compartido solo un par de ratos.
—Porque lo hace a propósito —dijo Dalia, todavía enfurecida—.
Es un bardo. Estoy más que segura. Hacen hechizos con música y sus últimas canciones trataban sobre cosas que han pasado poco después.
—Le apretó la mano firme mente—. Lo importante es que no le des poder.
Encontraré la manera de protegernos de su magia porque ya he visto que «dejar de escuchar» no sirve…
—Pero, mientras tanto —continuó Úrsula—, aquí estamos nosotras.