17. ¿Destino?
H a bía intentado encontrarle sentido a la información que le reveló su madre en aquella llamada, pero solamente le surgían más preguntas. Empezaba el mes sumida en un mar de dudas.
Aprovechando que era domingo y ninguno de sus familiares estaría ocupado, decidió salir de casa en busca de respuestas.
Úrsula insistió en acompañarla, pero Dalia sentía el deber de hacer sola aquella tarea.
Cogieron el coche hasta la ciudad y aparcaron cerca del piso de Gardenia.
Úrsula aprovechó para pasear y tomar un café mientras ella resolvía todo aquello.
Llamó al telefonillo con decisión.
—¿Diga?
—Tía Gardenia, soy Dalia.
Un zumbido indicó que la puerta estaba abierta. Atravesó el portal hasta el ascensor. Era un edificio moderno. Hacía poco más de un año que se había mudado allí.
Si de verdad quería aclarar sus dudas, no le quedaba otra alternativa que hablar con ella.
No mantenían una relación especialmente estrecha, pero era la única vía de despejar las incógnitas familiares.
Tío Narciso estaba absorto en sus negocios inmobiliarios.
Loto no llevaba el apellido Nerón y había cosas que, sencillamente, desconocía.
Hortensia, su madre, le había dejado de responder a los mensajes.
Solo le quedaba Gardenia.
Su tía abrió la puerta con extremo cuidado, creando una barrera con la pierna para que su gato no se escapase. La casa olía a incienso y anís.
—Dalia, pasa, pasa. Cuidado con Merlí.
El felino, de pelo negro con una pequeña mancha blanca en el centro de la barriga, la observó atento mientras caminaba hacia el salón. Se sentó en el sofá y pronto Merlí se le aposentó en el regazo, sin dudar demasiado.
—¿Cómo estás, sobri?
—Bien, bueno. Algo confusa, pero bien. —Se aclaró la voz antes de continuar—. Quería preguntarte algunas cosas. Necesito que seas completamente sincera. No hay tiempo de andarse con rodeos.
Gardenia hizo un gesto ligero con la cabeza, asintiendo, y la dejó continuar.
—Verás, he encontrado el diario de la abuela. He estado teniendo sueños que sé que ha provocado ella, y estoy tratando de montar todo el puzle.
—Ya eres mayorcita. Dime qué necesitas saber.
Dalia agradeció la validación.
—Quiero saber la verdad de todo. —Las dudas le plagaban la mente, amontonándose, empujándose unas a otras, imposibles de enumerar—. Sobre Eléboro, sobre por qué nunca he pisado el bosque, sobre mi padre… Todo.
—Dalia, eres una chica lista. Seguro que ya sospechas la mitad de los secretos que lleva guardando esta familia durante años. —Se acomodó en el sofá.
Su sobrina inclinó la cabeza, instándola a continuar.
—Entiendo que las cosas con tu madre no han mejorado. Tienes edad para saber todo esto, pero no soy yo quien te lo debería contar.
—Mi madre sigue creyendo que tengo doce años. Piensa que todavía soy una niña.
—Si en algún momento ella decide contarte algo de esto…, tú hazte la sorprendida.
Dalia asintió efusivamente.
—A ver, ¿por dónde empiezo…? Eléboro, sí.
—Suspiró suavemente en un intento de conservar la calma—.
Eléboro era mi hermano. Éramos mellizos.
Nacimos durante la última luna nueva del 87, un par de días antes del solsticio de invierno —confesó, con la voz apenas más alta que un susurro—.
No éramos iguales. Él nació con una facilidad para magias más peligrosas y complicadas de dominar.
No tenía más de tres años y ya era capaz de arrebatarles la vida a plantas y animales pequeños. Tu abuela no se atrevía a dejarlo solo.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar hablando. Dalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eléboro murió meses antes de nuestro octavo cum pleaños.
Un día, simplemente, ya no despertó. Fue el hijo más prometedor de los cuatro.
Tremendamente habilidoso para entender la magia.
Era muy peligroso dejarlo crecer y que estuviese del lado de los Nerón, y alguien nos lo arrebató.
—Se secó con el dedo anular una lágrima—.
Sé que mi madre pensaba en resucitarlo con su espelir, pero no quería ponernos en peligro.
Alguien iba detrás de aquel objeto, y sacarlo de su escondite era un grandísimo riesgo.
Dalia palideció, recordando el encantamiento que vio en el diario.
—Espera, ¿el espelir sirve para eso?
—Sí. Es un amuleto que las mujeres de la familia heredan de sus madres durante su primer embarazo. Igual que una madre, el espelir es capaz de dar vida a algo, o a alguien; incluso de devolverla tras la muerte.
—¿Y quién lo ha heredado?
—Ahí está la cosa. Tanto Narciso como Hortensia como yo decidimos dejar de practicar magia el día que murió Eléboro. Cuando tu madre se quedó embarazada de ti…, no quiso el amuleto. A Loto no le tocaba, por no ser hija de sangre de Adelfa, y yo no he tenido hijos, así que no me corresponde.
—¿Dónde está entonces?
—No lo sabemos. Ninguno de los hermanos lo hemos visto en persona.
Dalia apartó la mirada hacia la ventana de aquel quinto piso. Podía ver todo el valle. ¿Dónde estaba el espelir? Un objeto capaz de devolver a la vida a una persona… Era un poder inmenso que no debía caer en las manos equivocadas. Un poder por el que alguien era capaz de matar.
—Sobre el bosque —la mirada de Gardenia se tornó dulce—, eras la nieta más pequeña, la única que parecía interesada en la magia y, por ende, la más vulnerable.
Sabíamos que algún día tu sangre te llevaría de vuelta al bosque.
No queríamos arriesgarnos a repetir la historia.
Por eso guardamos silencio y mantuvimos las apariencias. Como si nunca hubiera pasado nada.
Dalia trataba de asimilar toda la información que estaba recibiendo. Durante un instante todo encajó: la ausencia de explicaciones, la frialdad de Narciso, la impulsividad de su madre…
—¿Y ninguno de vosotros ha querido ir?
—Solo Loto fue suficientemente valiente como para ir al bosque con Adelfa cuando se juntó con Narciso, años después —añadió Gardenia con gesto de admiración—.
El resto necesitábamos olvidar. Necesitábamos olvidar tanto que hicimos nuestro último conjuro antes de dejar las varitas para siempre.
Borramos a Eléboro de la memoria de todas las personas que una vez lo conocieron.
—El color de sus ojos azules se tiñó de dolor—.
De todo aquel que no fuese de la familia.
—Debe de haber sido horrible —comentó Dalia, entre dientes.
—No queríamos «pésames» ni preguntas sobre él de alguna vecina despistada que no se acordara de que había muerto. Así que obligamos a todo el valle a olvidarlo.
Sintió la carga de aquella confesión sobre sus hombros. La familia Nerón había pagado un precio demasiado alto por la magia, e intentaba protegerse de cualquier manera.
—Después de Eléboro, tres años más tarde, mi madre se encontró a una joven de su aquelarre que parecía haber sido víctima de otra muerte extraña, la mañana después del solsticio de verano.
Años después, en el 99, mi padre también murió, semanas antes del nacimiento de Azucena.
Todas las veces, en todas las muertes, Adelfa pensó en usar su espelir, pero… No. No quería arriesgarse a perdernos.
—¿Y mi padre?
—Aritz… ¡Ay! Cómo lo echo de menos. Para mí siempre fue como un hermano mayor.
Llegó al pueblo poco después de que Eléboro y yo naciésemos.
Se mudó a una casa al final de nuestra calle y vivía con un familiar lejano suyo.
Era muy habilidoso haciendo tallas de madera.
Elaboraba sus propias peonzas de ramas gruesas que encontraba en el bosque.
Enseguida se hizo amigo de Narciso, y luego de tu madre.
Mi madre lo acogía como uno más a la hora de la merienda.
Fue como un hermano mayor para Eléboro y para mí.
Nos cuidaba igual o más que nuestros hermanos de sangre.
—La sonrisa generada por el recuerdo pronto se desdibujó—.
Sufrió muchísimo la muerte de Eléboro. Diría que por aquel entonces ya había empezado a salir con tu madre. Allá por el 94.
Dalia escuchaba atenta. Eran las primeras palabras sobre la historia de su padre y su madre que llegaban a sus oídos.
Gardenia iba notando el alivio de compartir todo aquello con su sobrina. No podía con la dureza de aquellos secretos.
—Se conocieron de pequeños y nunca se separaron —prosi guió—.
Fueron el apoyo del otro durante aquel momento ho rrible, y más adelante, durante la muerte de tu abuelo Jacinto.
Tu padre era muy listo. Él sospechaba que alguien estaba detrás de tanta muerte, pero nunca lo habló con nadie.
Tampo co entendía de brujerías. Era su instinto.
Sabía que no eran coin cidencias. Cuando tu madre casi muere en el parto, y tú saliste con varias vueltas del cordón alrededor del cuello…
— rio—. Todavía recuerdo su enfado por los pasillos del hospi tal.
¡Se ponía a chillar a todo el mundo! Menudo espectáculo.
Merlí se acurrucó justo al lado de su dueña, y Gardenia lo acarició.
—Pobrecito, mi padre. Qué miedo.
—En fin… Esperó a que ambas estuvieseis sanas y salvas.
Una corazonada le decía que el causante de aquella casi muerte era el mismo que había matado a la joven del aquelarre, a Eléboro y a Jacinto.
Sabía de la existencia del bosque, pero no creo que tuviese claro a quién buscaba.
Salió decidido a vengar a su mujer, y nunca volvió.
—¿Y todo esto? —preguntó, llorando—. ¿Qué le costaba a mi madre contármelo?
Gardenia inspiró con ligereza. Por fin podía dejar de ocultar tanta información. No entendía cómo su hermana había sido tan poco sincera con su propia hija.
Después de un abrazo y un vaso de agua, siguieron hablando de otras cosas, ya con más secretos en común.
Gardenia se había mantenido al margen del drama familiar durante los últimos años y no sabía que Dalia se había independizado «a la fuerza».
Tampoco había seguido la pista a sus hermanos, ni a la vida de sus sobrinas.
El tiempo parecía pasar más rápido entre chismorreos y habladurías.
Hicieron una tetera de manzanilla, canela, miel y anís, que se vaciaba por momentos, dada la necesidad de hidratar las cuerdas vocales para seguir la conversación.
No sabía nada de lo controlador que se había vuelto Narciso con Azucena, ni que había un bardo en el pueblo, y mucho menos se había enterado de su último romance con Úrsula.
Dalia equilibró la balanza devolviéndole a su tía una cantidad equivalente de información, drama y cotilleo a la que le acababa de dar.
Tras un par de horas hablando, se despidieron con la promesa de volver a verse pronto o, al menos, con más frecuencia que hasta ese momento. Al cerrar la puerta tras de sí, Dalia trazó un sigilo protector en la puerta de su tía con el dedo índice. Más valía prevenir que curar.
Al bajar, envió un mensaje a Úrsula y se sentó en el coche a esperarla. Pronto llegó girando la esquina, y tocó la ventanilla de Dalia cargando un ramo de dalias rojas con una sonrisa de oreja a oreja.
Dejaron las flores en los asientos traseros. Todavía quedaba un último recado antes de volver a casa.
—¿Te importa si pasamos por mi tienda?
—Para nada —respondió Úrsula antes de juntar sus labios con los de ella.
En pocos minutos aparcaron frente a La Cripta, el pequeño negocio de Dalia.
—Hace… —pensó, mirando el letrero de neón apagado— casi tres semanas que no levanto la persiana.
—Los fantasmas de aquí dentro deben de estar relajadísimos —dijo Úrsula con tono gracioso.
Entre las dos subieron la persiana y abrieron la puerta de cristal.
Había varias cartas en el buzón; la tapa no cerraba del todo.
Comprobó que las cámaras de seguridad funcionaban y revisó el correo electrónico.
Había configurado bien la respuesta de «estamos de vacaciones» que se enviaba por defecto a todo mensaje entrante.
Regó las plantas, que estaban al borde de la deshidratación completa, ungieron puertas y ventanas con el agua protectora ritualizada, y cerraron la tienda.
De vuelta a casa, Dalia compartió con Úrsula todos los detalles de su conversación con Gardenia. Todo iba cobran do sentido poco a poco.