16. Homicida
l a tarde del penúltimo día del mes caía con lentitud, los últimos rayos del sol teñían los tejados del valle de un tono dorado, y las hojas de los árboles de su jardín que todavía no habían caído se tornaban ámbar.
Dalia llevaba todo el día refugiada en su habitación, habiendo puesto en pausa su lectura únicamente para comer un bol de arroz y un poco de pollo al curri con naan que Úrsula había encargado junto con su tía.
Azucena y Loto se habían ido poco después del postre.
Tenía el teléfono en la mano desde hacía casi media hora.
El número de su madre estaba ya marcado.
Había mirado tanto la pantalla que esta parecía estarla mirando de vuelta.
Se le había hecho un nudo en la garganta y otro en el estómago.
No podía parar de releer aquellas páginas.
Había intentado encontrar algo más, resolver sus propias dudas, pero se le había hecho imposible.
La abuela había escrito tantísimas entradas durante tantos años…
Los nervios no le permitían distinguir la información necesaria del diario.
Se frotó los ojos. Respiró hondo.
Marcó.
Un par de tonos y luego la voz de Hortensia, rasposa y nada dulce.
—¿Dalia?
—Hola, madre.
Hubo un instante de vacilación. Había perdido la costumbre de hablar con ella. No existía ternura. Era el tono de quien viene a ajustar cuentas. De quien necesita explicaciones.
—¿Está todo bien? —preguntó Hortensia al otro lado de la línea, con esa cautela que solo las madres dominan cuando sienten la tormenta a punto de estallar. Dalia ya no le debía nada. Estaba expuesta a las consecuencias de sus actos.
—No —respondió sin rodeos—. Necesito hablar contigo. Y esta vez no quiero evasivas, ni silencios, ni cambios de tema ni eso de «cuando seas mayor lo entenderás».
La línea quedó muda durante unos segundos.
—Te escucho —dijo por fin Hortensia después de tragar saliva, como si se estuviese preparando mentalmente para el impacto.
—¿Por qué nunca me hablaste de mi padre? ¿Por qué siempre lo pintaste como alguien peligroso, alguien… ausente? —El silencio al otro lado de la llamada era ensordecedor—. La abuela no hablaba así de él. ¿Cómo puede ser que me haya enterado ahora de su nombre?
—Porque —un suspiro se escapó de la boca de Hortensia— desconocía cómo explicarlo sin abrir heridas. Tú no sabías nada, y no quería exponerte al peligro.
—¿Qué dices? —exclamó—. ¿Qué heridas, mamá? ¿Las tuyas? ¿O las que tiene esta familia entera y que nadie se atreve a nombrar?
Dalia pudo notar cómo aquella última frase atravesó el pecho de su madre.
No acostumbraba a ser cruel, pero sabía cuándo el momento lo requería.
Estaba cansada de esperar, de ser la última en enterarse de las cosas.
Acababa de descubrir una parte muy importante de su historia por un diario que encontró de casualidad…
No iba a dejar que su madre le ocultase más información.
—Tu padre, Aritz, no era malo. No lo fue jamás. Yo no quería dar explicaciones. Era más sencillo el relato de madre soltera abandonada que tratar de contar la verdad —admitió finalmente—. La verdad sobre esto es muy muy peligrosa.
—¿Pero qué pasó?
—Tenía una sospecha, igual que mi madre. Aunque creo que nunca compartieron esa información el uno con el otro. Aritz suponía que había alguien que nos estaba intentando matar. No un asesino como tal. Alguien que empuñaba una varita. Quería venganza, y fue a buscarlo. Desde lo de tu tío Elébor…
—¿Qué? ¿ Tío Eléboro?
—He dicho demasiado —respondió rápidamente. Aquellas palabras llevaban tiempo retenidas en lo más profundo de su mente y las había liberado sin querer—. Nunca volvió. Ese es el precio a pagar cuando te enfrentas al que se mueve en la espesura.
—Ilun.
—Dalia, tu padre nunca volvió. No sé qué estás tramando, pero déjalo en paz. Desconozco de dónde estás sacando todo esto, aunque imagino cómo va a terminar. Eres muy joven. No quiero enterrar a otra persona de esta familia.
—¿Qué es el espelir? —preguntó, queriendo sonsacar el máximo de información posible.
—Dalia. —La voz se le tensó—. Suficiente.
Su madre cortó la llamada.
«Demasiado tarde, mamá», pensó.
Cuando Dalia salió de su guarida y regresó al comedor, el aire olía a tomate, albahaca, orégano y ajo sofrito, una fragancia que la transportó de inmediato a su infancia. Al momento en que aquella cocina todavía era de su abuela y todo parecía brillar con una calidez distinta.
Sobre la mesa del comedor, perfectamente preparada con un mantel floral y un par de velas de té, que lanzaban destellos danzantes sobre las cortinas, dos cuencos humean tes de sopa aguardaban pacientemente.
Su sopa preferida de niña. Miró en dirección a la cocina a través del arco de la puerta y vio a Úrsula terminando de poner a remojo el puchero que había empleado para hacer el caldo casero de tomate.
Se le escapó una lágrima de agradecimiento, que le resbaló por la mejilla con la suavidad de un suspiro.
Su amiga se lavó las manos en el fregadero y se secó en el mandil de Dalia, que se había puesto para cocinar, antes de entrar al comedor.
—Pensé que te vendría bien algo reconfortante —dijo, apartando una silla de la mesa para ayudarla a sentarse. No pudo evitar alisar la tela del borde del mantel con la punta de los dedos—. Me acordé de cuando te la preparaba tu abuela.
—Gracias —murmuró, conteniéndose más lágrimas—. En serio, gracias, Úrsula.
Dalia se acercó al plato y aspiró el aroma con los ojos cerrados, dejando que el calor la envolviera como un abrazo de aire tibio.
Al exhalar, se deshizo de golpe de la tensión acumulada.
Alzó la mirada, encontró el rostro de la chica sonriendo complacida y le ofreció una sonrisa de vuelta.
La ternura le iluminó las facciones. Tomó la cuchara y se llevó un poco de aquella sopa con pasta de estrellitas a la boca.
Úrsula la había hecho a la perfección: ni demasiado espesa ni excesivamente ligera.
Con el punto justo de sal y el matiz cuidado de las especias de Adelfa.
Saborearon la cena dejando que cada bocado las recargase de energía. El sonido del cubierto contra la cerámica y el crepitar tenue de las velas fueron su banda sonora íntima. Dalia atravesó el silencio tras tomar la última cucharada.
—Siento lo de esta mañana… Lo de Rabel… —empezó, con tono inseguro.
—No hay nada que perdonar, Dalia. —Acercó su silla hacia la de ella y le apartó una hebra de cabello cobrizo que se le había escapado de detrás de la oreja, acariciándole la mejilla antes de terminar la acción—. Todas tenemos días mejores que otros.
Ella alzó un poco el mentón, encontrando en los ojos de su amiga la seguridad que necesitaba.
—Es solo… —titubeó—. A veces siento que entro en bucle, y no sé cómo salir.
—Ven —invitó Úrsula, aproximando sus sillas un poco más y abriendo los brazos—. Ven.
Acercó su cuerpo al de Úrsula, que le acarició la espalda suavemente.
—¿Sabes lo que eres, Dalia? —preguntó con tono amable mientras la abrazaba—. Eres la persona más valiente que conozco.
Tras aquella frase separó la cabeza del pecho de su amiga, la tomó de las manos y, con un hilo de voz, afirmó:
—Te quiero.
Hubo un instante suspendido, en el que las lámparas titilaron y la luz de las velas danzó en el aire. Úrsula cerró los ojos con la intención de confirmar, para sí misma, que esa oración que acababa de escuchar no había sido un espejismo.
—Yo también —su voz se quebró con ternura—, yo también te quiero.
Entonces, Dalia deslizó la silla hacia atrás, poniéndose en pie, y le dio un beso tímido.
Ella se levantó de inmediato, sin cortar el gesto, con el corazón latiéndole en la garganta, y rozó la mejilla de la bruja con el dorso de la mano.
Con cui da do, Úrsula la guio para que se recostara en el sofá, acomodán dose entre los cojines.
Sus cuerpos buscaban refugio el uno en el otro.
Había pasado casi una semana desde que mataron la distancia entre ellas con un beso.
Se habían memorizado la una a la otra y, esa vez, solamente quedaba volver a encontrar el camino.
Úrsula apoyó la frente contra la de Dalia.
Sus alientos se acariciaban los labios en los pocos segundos que dejaban de besarse.
La bruja le deslizó una mano por el costado, descubriendo la temperatura de su cintura bajo la fina tela de algodón.
Un cosquilleo eléctrico recorría el cuerpo de ambas.
En medio del caos, ese era el refugio de ambas. Los brazos de la otra.
Las velas parpadearon, proyectando dos sombras alarga das que danzaban en las paredes un baile cercano, y de vez en cuando se unificaban desdibujando la distancia.
Úrsula, con gesto delicado, desabrochó un botón del camisón de Dalia, deteniéndose un instante para contemplarle los ojos verdes, que brillaban en la penumbra.
No hubo prisa. Otra vez aquella gran calma de estar solas, juntas, abrazadas por el silencio.
Cada movimiento recordaba a otros que ya habían compartido.
El arte de volver a encontrarse tan cerca.
Dalia dejó caer su vestimenta al suelo y envolvió a Úrsula en un abrazo lento, acariciándole la nuca y repartiendo besos en cada centímetro de piel que encontraba.
A cada contacto, las respiraciones se les alteraban un poco más, los latidos sonaban más fuertes.
Tejieron mantas de caricias que subían y bajaban sobre la piel de la otra.
Sin apartarse las miradas, Úrsula le trazó sobre el vientre una línea con los dedos, dejando un rastro de calor que encendía todo a su paso.
La habitación entera se hizo suya: la poca luz, el eco le jano de la noche que las guardaba desde el exterior, y el lati do compartido de aquellos corazones que ya no querían separarse.
Bien entrada la noche, cuando al fin guardaron silencio, su abrazo se apretó con la promesa de seguir descubriéndose, una y otra vez, desde la calma que daba haber vencido a la distancia.