14. La marea
l a m añana después de un ritual siempre resulta distinta, suspendida en una ligereza muy característica, una levedad difícil de nombrar.
El aire parecía haber sido limpia do por una corriente invisible y purificadora.
El ambiente dentro de la casa estaba impregnado de calidez y de ese tipo de silencio que no incomoda, sino que arropa.
Azucena y Loto parecían seguir durmiendo profundamente en la habitación que Úrsula les había dejado para pasar la noche.
Desde el pasillo se percibía el rumor de una respiración tranquila, que todavía flotaba en la paz que había otorgado el conjuro.
Úrsula y Dalia se despertaron bien entrada la mañana, pasadas las once, entrelazadas bajo la colcha.
Abrazadas entre ellas y, a la vez, por una enorme calma.
Dalia descansaba la mejilla sobre el hombro de Úrsula, y los primeros rayos que lograron filtrarse entre las cortinas dibujaron una línea dorada a lo largo de su espalda.
Consideraba un regalo haber dado con la excusa perfecta para volver a dormir con Úrsula al permitir que su tía y su prima pasasen la noche.
Antes de abandonar la cama, Dalia vaciló ante la idea de darle un beso de «buenos días».
Cuando se incorporó, Úrsula la sujetó del brazo suavemente, atrayéndola hacia sí, y le acarició el cabello con una ternura deliciosa.
Dalia sintió cómo Úrsula le leía algo en los ojos, sosteniéndole la mirada sin perder el contacto físico.
Tal vez consiguió descifrar el «bésame» que llevaba escrito en las pupilas.
Bajaron al fin tras alargar las caricias en la cama un cuarto de hora. Se prepararon un café intentando hacer el mínimo ruido posible y se recostaron en el sofá, apoyadas la una en la otra. No querían romper el hechizo de la calma.
—¿Hoy también te quedas? —preguntó Dalia con tono tranquilo, sin levantar la vista de la taza.
—Claro, si no te importa. —Úrsula giró ligeramente la cabeza para verla mejor.
—No, no me importa. Quiero que estés aquí, pero no que te sientas obligada. Estoy un poco mejor —dijo, aunque su voz todavía conservaba un fondo quebradizo, como si no confiase del todo en aquella mejoría tan frágil.
—Dalia, me apetece estar por aquí. Cerca de ti —respondió con una sonrisa genuina—. Podemos ir luego al mercado si quieres, o quedarnos aquí y hacer alguna receta juntas. Algo otoñal. Un arroz con setas. O ese bizcocho de calabaza que te sale tan bueno.
—Me parece bien —murmuró Dalia, moviendo la espal da ligeramente de lado a lado para acurrucarse en los brazos de Úrsula.
Durante un instante se permitió creer que el día iba a ser tan sencillo como eso: mercado, receta y la mejor de las compañías.
Tras terminarse el café, se levantaron pausadamente y pusieron las tazas a remojo.
Úrsula aprovechó para fregar los platos de la cena anterior mientras Dalia la observaba unos momentos desde la puerta, memorizando aquella imagen.
La calma de la mañana con ella. Salió al jardín con una cesta de mimbre entre las manos para recoger hierbas aromáticas y regar un poco.
Se alejó a la parte más frondosa, cerca del limonero.
El sol del mediodía hacía malabares entre las hojas.
No había ni una nube a la vista. Agachada mientras escogía cuál era la mejor ramita de romero para cortar, oyó risas.
Levantó la cabeza y se incorporó lentamente.
Más risas. Una risa femenina, familiar, y otra más grave.
Conocía esas voces. Provenían del jardín vecino.
Se acercó sin hacer ruido, con pasos suaves y calculados, y se apoyó en la higuera para ver mejor a través de la hiedra que cubría aquel fragmento de valla.
Alzó la barbilla. Sus dedos se aferraron al tronco rugoso.
Presentía algo que su mente aún no articulaba del todo.
En efecto. Eran Azucena y Rabel.
«¿Pero esta muchacha no estaba durmiendo?», pensó con un nudo repentino en el estómago.
Sentada en una silla blanca, con las piernas cruzadas y los labios pintados de carmín intenso, escuchaba con atención a Rabel, que tocaba la guitarra.
Él llevaba la camisa medio desabroch ada, el pelo meticulosamente «despeinado» le caía so bre la frente con desidia estudiada y, plasmada en la cara, te nía esa expresión tan suya entre intensa y encantadora.
Azucena soltó una carcajada, y luego otra, más fuerte.
Rabel alzó la vista y le rozó la rodilla con la yema de los dedos cuando un final de frase musical se lo permitió.
Un gesto pequeño cargado de voltaje antes de seguir con su interpretación.
Dalia reconoció la melodía a la perfección.
Era aquel bolero cursi sobre celos que escuchó hacía unos días. Las notas le taladraban los tímpanos.
Creía haberse ocultado bien de sus miradas, pero el chico giró la cabeza justo en dirección a Dalia.
Había intuido su presencia incluso antes de verla.
Cruzaron miradas. Esos ojos pardos. Fue apenas un segundo, pero bastó.
Entonces distinguió con claridad una marca del pintalabios de Azucena en su mejilla.
Sintió cómo el estómago se le encogía. Rabel estaba actuando con plena consciencia.
Aquella escena no era improvisada. Tenía claro que ella estaría observando desde su jardín.
La melodía. La sonrisa. Ese margen exacto entre el roce y la provocación. Parecía cuidadosamente ensayado.
Dalia se descubrió a sí misma entrando en un bucle de sospechas y control. Se apartó bruscamente de la valla. ¿Qué le acababa de ocurrir? Aquellos pensamientos no parecían del todo suyos, como si hubieran sido inducidos por…
—El maldito bolero cursi —murmuró para sí misma—. Está haciendo pruebas de su magia conmigo.
Dalia regresó a casa con las mejillas ardiendo.
Caminó con pasos rápidos, sintiendo cómo la indignación le trepaba por el cuello y le hacía hervir la sangre.
Pólvora en las venas. Cada nota de aquella melodía le resonaba en la cabeza como una burla cruel.
Le habría encantado achacar aquella irritación que sentía a la energía de la luna llena, que controlaba más que las mareas, pero sus sospechas de que Rabel era un bardo quedaban más que confirmadas.
La estaba manipulando a base de acordes y ritmos pegadizos.
Deslizó con suavidad la puerta acristalada del comedor y entró, dejando que el fresco de la sombra interior le apaci guara levemente el ánimo. Úrsula seguía en la cocina, secan do las últimas gotas de agua del fregadero con un paño.
—¿Estás bien? —preguntó, sin volverse aún, notando su energía, que era de todo menos calmada.
—Sí —mintió, demasiado rápido. Se quedó de pie en medio del comedor, congelada, intentando calibrar su voz antes de continuar—. No. Bueno. No exactamente.
Úrsula dejó el paño a un lado después de doblarlo con delicadeza y se giró para mirarla. La expresión de Dalia no era nueva, pero tampoco habitual. Tenía los labios fruncidos y la mirada algo perdida, extraviada dentro de sus propios pensamientos.
—¿Qué ha pasado? —Cruzó la puerta hacia el comedor.
—Azucena está en el jardín de Rabel.
—¿Y?
Úrsula no entendió el problema de inmediato. Se encogió de hombros.
—¿Se conocen? —siguió preguntando.
—No hasta el martes. Azucena le golpeó con el coche a su deportivo. —Su amiga la miró con gesto confuso intentando recordar algo—. Azucena casi nunca conduce. Se vieron por primera vez el lunes y el martes ella le dio su número de teléfono de manera forzosamente casual.
Úrsula no sabía qué responder.
—Rabel ha provocado todo eso. Creo. Supongo.
—¿Qué?
—Creo que es un bardo. —La mirada perpleja de Úrsula la obligó a continuar explicándose—.
Es como un brujo, aunque no recurre a rituales: lo suyo es la música.
Al menos eso supongo. Tal vez no haya estado haciendo otra cosa que tocar canciones, y el resto hayan sido coincidencias.
Pero, sinceramente, cada vez estoy más segura de que manipula la realidad con su música.
Bueno, eso es lo que hacen los bardos. Ha decidido darme celos con mi propia prima para comprobar si su magia funciona.
—Perdona si me repito, pero… ¿Qué? Suena un poco novelesco. Dalia, Azucena es mayorcita. Creo que puede hacer y deshacer conforme le parezca. No me parece que nadie pueda obligarla a…
—No me estás entendiendo. A Rabel no le gusta Azucena.
Hace poco escribió una canción… Un hechizo…
muy concreto. Y la letra hablaba justo de esto.
Estoy convencida de que ha planeado toda esta escena para que yo los pille.
—Conforme avanzaba en sus argumentos, se dio cuenta de lo errática que estaba sonando—.
Tenía la marca del pinta labios de Azucena en la cara. Y estaba tocando ese bolero mágico… Yo…
Úrsula frunció levemente el ceño. No por lo que le contaba Dalia, sino por el tono que estaba empleando. Le había afectado de más, y eso la incomodaba.
—Vamos a suponer que esto es verdad —dijo con tono sarcástico, aunque le costaba comprender a su amiga—. Voy a fingir por un momento que este muchacho, además de pesado, es un brujo edición «estrella del indie pop». Y no solo eso, sino que su plan malvado es… ¿provocarte celos?
—Lo dices como si fuera un chiste. Te estoy diciendo que está testando su magia en mí. Quiere que pasen cosas con Azucena; ya lo ha conseguido. Y, además, espera que me afecte.
—Bueno, y si así fuera, ¿por qué te molesta tanto?
Dalia se quedó callada un segundo. No tenía una respuesta razonable. Al fin y al cabo, estaba siendo controlada por un hechizo y, pese a saberlo e intentar resistirse, se encontraba literalmente embrujada. No sabía qué decir sin sonar infantil o completamente irracional.
—No sé. Es evidente que lo ha hecho para provocarme.
—¿Y qué si lo ha hecho? ¿No tienes tú tu propia vida sentimental? —Arqueó una ceja con aire inquisitivo.
—Sí. No sé. Me molesta igualmente. No por él, ¿entiendes?
—balbuceó—. Me da igual lo que haga él, y lo que haga Azucena.
Y lo que hagan juntos. Es el hecho de que intente manipularme.
Me está usando como conejillo de Indias, experimentando conmigo los efectos de sus hechizos sonoros.
Y, de paso, también está usando a Azucena.
Úrsula asintió muy despacio y se cruzó de brazos. Algo en la intensidad de Dalia le resultaba incómodo, aunque intentaba entenderla. No podía culparla de sentir celos, y menos si eran provocados mágicamente, como alegaba ella.
—Te veo un poco obsesionada con todo lo que hace el muchacho. Si canta porque canta, si habla con tu prima porque habla —replicó con firmeza—. Sus canciones me parecen algo estridentes, pero no es para tanto. ¿De verdad es magia lo que hace o tú también le estás dando más poder del que tiene?
El comentario cayó como una piedra sobre el pecho de Dalia. No porque no tuviera razón, sino porque se acababa de dar cuenta de que Úrsula estaba dolida con su reacción.
—¿Estás enfadada conmigo? —le preguntó con cautela, sin apartar la mirada.
—No. Pero me duele ver cómo él te afecta, y no sé si me duele por ti… o por mí —añadió, bajando la voz. Aquellas últimas palabras parecían habérsele escapado sin permiso.
Dalia bajó la vista, avergonzada de sus propias emociones, incapaz de ordenar lo que sentía.
—Tal vez todo esto me está superando. Él, Azucena, Ilun, la abuela, la bruja muerta, el dichoso objeto ese espalir o como se llame…
Por Dios. No sé qué hacer. —Se tapó la cara con las manos.
El cabello cobrizo se le coló entre los dedos—.
Siento que todo me arrastra, y yo ya no sé qué hacer. No sé ni a dónde agarrarme.
Úrsula se acercó y la abrazó por encima de los hombros.
—Agárrate a mí.
Dalia le apoyó la cabeza en el hombro, tapándose con su pelo azabache. Cerró los ojos. No dijo nada, pero asintió levemente. Se había rendido a la única cosa certera en ese momento: Úrsula nunca le iba a soltar la mano.
El tiempo abrazadas pareció detenerse. Pronto las sombras que el sol proyectó sobre el jardín les recordaron la hora que era. Loto bajó las escaleras con cuidado e intentó no interrumpir la escena.
Dalia había perdido todas las ganas de cocinar y encomendó a Úrsula y Loto encargar cualquier cosa para comer.
Mientras llegaba el pedido, tomó el diario de la abuela y subió a su habitación para relajarse un poco.
Sabía que la única manera de encontrar una calma permanente iba a ser resolver aquel misterio.