Aquí arden las flores 13. El otro cuerpo #2
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13. El otro cuerpo #2

Dalia permaneció frente al altar. El susurro todavía le resonaba en los rincones de la conciencia, como si la madera del ático lo hubiera pronunciado y los cimientos de la casa supiesen quién era aquel que acechaba.

Una corriente helada se coló entre las vigas.

La vela encendida palpitaba, con la llama alta y estable, como si esperara algo más.

No hubo más mensajes. Ni nombres ni visiones. Solo aquella frase.

Con las manos temblorosas, recogió las cartas y las colocó en el altar con sumo cuidado. Tocó el suelo con la palma abierta en señal de respeto y cerró los ojos para despedirse. Una breve plegaria a sus ancestras fue el cierre de aquel momento mágico.

Que lo que venga llegue con claridad.

Que el mal no cruce este umbral.

Que el lazo de nuestra sangre me proteja.

El fuego parpadeó en respuesta. Dalia extinguió la llama entre las yemas de los dedos y recorrió poco a poco las escaleras hasta la planta baja.

El ritual que había realizado con Azucena —y con la asistencia de Úrsula— había dado resultados, pero el precio a pagar era alto.

Aquel tipo de sueños no eran simples mensajes. Eran visitas a través del velo.

Al descender del ático, el mundo parecía más… mundano. La madera crujía bajo sus pies y el sonido lejano del agua en la ducha la devolvió, en cierta manera, a la realidad. Aun así, su mente seguía prendida de las imágenes del sueño, de la hoguera, de la joven.

Caminó descalza hasta la cocina, preparó la cafetera con manos más firmes de lo que esperaba y colocó cuatro tazas sobre la encimera. Cuatro. Como una invocación. Mientras esperaba a que el café estuviese listo, cogió su teléfono.

Dudó un segundo. Luego marcó.

—¿Tía Loto?

—¡Dalia, cariño! —respondió al otro lado de la línea—. Dime.

—Tía, necesito que Azucena y tú vengáis a casa hoy mis mo. Esta noche hay luna llena. Pasará de Piscis a Aries de madrugada. Tenemos que hacer un ritual de protección de los fuertes.

—¿Ha pasado algo malo?

—No, tía Loto; todavía no. Pero no puede esperar. Ven con Azucena. Tenemos que ser varias personas, y no confío en nadie más.

—Vale, corazón. Como tú digas. ¿Te parece bien comer juntas y planificarlo todo?

—Perfecto. Aquí os esperamos Úrsula y yo.

—Nos vemos en un ratito. Llevaré mis cosas.

Intentó que no se le rompiese la voz durante la llamada, y colgó antes de que la ansiedad se apoderase de su garganta. Observó su reflejo en la ventana de la cocina. Tenía los ojos un poco más oscuros, y el rostro, más serio. Había algo que se estaba despertando en ella.

Loto y Azucena tocaron el timbre antes de lo esperado.

De alguna manera, Azucena, que antes respondía con insolencia y se movía por la vida con aire burlón, había moldea do su comportamiento conforme el peso de las circunstan cias se hacía más difícil de ignorar.

Tal vez había comprendido que aquello que estaba en juego era mucho más importante.

Dalia había preparado una lasaña con una salsa casera que tenía lista para usar en recetas urgentes, y acababa de meterla en el horno cuando llegaron.

Úrsula les abrió la puerta y les colgó los bolsos.

Loto llevaba un par de cestos con artilugios y cachivaches mágicos, botes llenos de hierbas recolectadas bajo lunas concretas y aceites rituales de elaboración propia.

Dalia las recibió en la cocina con una sonrisa temblorosa, el mandil manchado de salsa y las manos todavía con las manoplas de horno puestas.

El ambiente en la casa se había vuelto denso, cargado de energía de todo tipo.

La noche ni siquiera estaba cerca, pero la fuerza de la inminente luna llena ya plagaba cada rincón.

—¿Qué ha pasado, Dalia? —Abrazó a su sobrina muy muy fuerte al verle el gesto desencajado, tratando de juntar todas las piezas de su ser, que parecían a punto de desmoronarse.

Se sentaron alrededor de la mesa a la espera de que la comida terminase de hornearse. Mientras Úrsula servía las bebidas, Dalia, sin rodeos, les explicó lo que había visto. Ilun, el asesinato en primera persona, los ojos de la bruja, la noche de San Juan… Todo.

—La abuela me lo ha mostrado —concluyó Dalia, clavan do los ojos en los de Loto—.

Ha sido ella quien me condujo hasta el sueño.

Luego lo he consultado con nuestras ancestras en el ático.

—El tono de su voz demostraba cierta ilusión pese a la importancia de la situación—.

La abuela ha conseguido hablarme. Dice que Ilun sigue acechando.

Quiere algo que nosotras tenemos y protegemos.

—El amuleto —dijo Loto en voz muy muy baja, por si alguien escuchaba. No sabía qué era ni dónde estaba, pero sí había oído hablar de él.

—Sí —afirmó Dalia tras una breve pausa en la que desvió la mirada—. Eso es… Sí. El mismo por el que la abuela estuvo a punto de acabar con él hace décadas. Solamente trataba de proteger el espelir.

Azucena no pronunció palabra alguna. Entendía poco, pero sí sentía que aquello era de una magnitud considerable, y que la implicaba en primera persona. Loto asintió con lentitud, con las arrugas de la frente más pronunciadas que de costumbre por la expresión de intriga.

—No se hable más. Esta noche lo protegeremos todo. Y nos protegeremos también nosotras —afirmó la tía con decisión, dando un golpe sobre la mesa.

Cuando el temporizador del horno sonó, degustaron una de las mejores lasañas jamás preparadas.

Mientras tanto, or ga nizaron sus ideas y se distribuyeron todas las tareas que de bían realizar antes de la luna llena.

El círculo, las velas, las hier bas… Idearon todo el ritual.

Lo programaron para poco antes de la medianoche, cuando la luna todavía se mantenía en Piscis, con su energía sensible, pero acercándose a su entrada en Aries, signo de fuego y acción.

La tarde pasó más rápido de lo esperado.

El tiempo corría veloz cuando tenían las manos ocupadas.

Cuando ya había anochecido, comieron un poco de fruta y tomaron una infusión de artemisa y lavanda.

En el jardín trasero, Dalia y Loto prepararon un enorme círculo de protección con trozos de obsidiana, piezas de cuarzo blanco y ahumado, polvo de cáscara de huevo, garras y ramas de espino.

Úrsula recontaba las velas para asegurarse de tener suficientes.

Azucena, nerviosa pero concentrada, machacaba en un mortero una mezcla de clavos de olor y corteza de roble.

—Hazlo con firmeza, Azucena —dijo Loto—. Lo que estás preparando ahora nos tiene que proteger toda la noche. Que tu intención sea clara.

—No sé —Azucena le devolvió un gesto confuso—, no sé a qué te refieres.

—Siente el poder de las hierbas, cómo se entremezcla y baila en el aire con su olor. Respira hondo e invoca sus propiedades mágicas. Diles lo que tienen que hacer.

Dalia caminó en el sentido contrario a las agujas del reloj por fuera del círculo, sahumando con un atadillo de ruda y romero.

El humo era espeso y claro, y parecía moverse con vida propia entre las ramas del jardín.

Había una fuerza presente. Casi al caer la medianoche, las cuatro mujeres dieron un paso al frente y entraron en el círculo.

Una al norte, otra al sur, otra al este y otra al oeste.

Las nubes se abrieron sobre ellas, dejando un claro que enmarcaba a la perfección la luna llena.

Loto pintó una runa algiz en la frente de cada una con una tintura protectora casera. Luego, Dalia untó las palmas de todas con unas gotas de aceite de romero. Comenzaron el ritual.

Queridas ancestras,

atended nuestro ruego.

Protegednos y guardadnos,

cuidadnos del mal que nos acecha.

Esta sangre vuestra

corre en nuestras venas,

siente el peligro

del mal que nos acecha.

Protegednos y guardadnos,

cuidadnos del mal que nos acecha.

Ladrón, se mueve entre las sombras,

no permitáis que traspase nuestras puertas.

Unieron las manos invocando una protección sobre ellas y todo aquello que les pertenecía, aunque fuese por vínculo de sangre.

Esa casa, la de Narciso y Loto, su taller, la casa de la abuela a las afueras del pueblo, la de Úrsula, la cabaña resguardada entre los árboles, el vínculo con el bosque y sus secretos…

Encantaron varios litros de agua protectora para llevarse y bendecir todos esos lugares después del ritual. Loto iría al bosque; Azucena, a las casas y el taller; Úrsula y Dalia protegerían sus respectivos hogares. Estaba todo bajo control.

Pusieron un muñeco de trapo en el centro del círculo y encendieron una vela negra cada una.

No era un muñeco cualquiera. Azucena lo había confeccionado rápidamente a imagen y semejanza del hombre del lago.

Poco a poco lo cubrieron, derramando cera sobre él hasta que la forma quedó irreconocible, mientras lo ataban con un conjuro.

Señor oscuro que se mueve entre las sombras,

no conocerás descanso ni tendrás recompensa.

Pierde tu voluntad y apaga tu fuego.

Atamos tus alas y cortamos tu vuelo.

Cerramos tus ojos.

Tapamos tu boca.

Inmovilizamos tus piernas.

Atamos tus alas y cortamos tu vuelo.

Desaparece entre las sombras.

Ahora, desaparece entre las sombras.

Para siempre, desaparece entre las sombras.

El aire las atacó, punzante y frío. Algo pareció empujar desde el exterior del círculo. Azucena tembló, Loto la sujetó. Un intento de romper la barrera. Algo. Alguien. Pero no pudo.

—Tranquila —dijo Loto, dirigiéndose a su hija—. No estamos solas. Están todas las nuestras.

Aguardaron la madrugada repitiendo sus plegarias y meditando, a la espera del cambio de signo.

Cuando la luna entró en Aries, algo antes de las dos de la madrugada de aquel viernes, cerraron el círculo mágico y terminaron el ritual con las manos unidas en el centro del jardín, bajo la luna llena.

La paz reinaba, la tormenta no enseñaba sus garras por primera vez en semanas y todas tenían la certeza de que esa noche, al menos esa noche, estaban a salvo de Ilun.