13. El otro cuerpo
d alia se despertó dentro de un sueño. Era la segunda noche que le pasaba.
El ungüento que formuló el día anterior estaba funcionando.
Mientras lo preparaba era plenamente consciente; sabía que ese iba a ser el resultado.
Soñaría los mensajes que había canalizado Azucena.
Sueños tremendamente lúcidos que sentía reales.
Pese a estar mentalizada, la primera noche le costó mantener la calma y terminó despertándose por completo.
«Respira», se dijo a sí misma en cuanto se dio cuenta de que estaba soñando.
Inmóvil, no paralizada, sino meticulosa . Intentando estar en aquel sueño el máximo tiempo posible. Necesitaba sacar información. Si no, sería otra noche perdida. Estaba allí, delante de ella, iluminado por la luz de una luna menguante: el bosque.
No oía el arroyo, no veía el lago ni la cabaña.
Pero reco nocía el bosque. Esa vez respiraba de manera diferente.
Las copas de los árboles no danzaban tranquilas, tampoco el viento cantaba entre las ramas.
Un zumbido grave y denso se apoderó del lugar.
Dio un par de pasos hacia un claro. Su cuerpo no pesaba lo mismo.
El pelo no le acariciaba la nuca. Se miró las manos, iluminadas por un rayo de luna.
No eran sus manos.
Con aquella poca luz se fijó bien en sus ropajes.
Los reconocía. El hombre del lago. Esa camisa oscura de algodón.
Esos pantalones de traje de tiro alto. Estaba en la piel del hombre del lago, bastante mayor que en la visión.
Exploró un poco aquella zona del bosque, intentando llegar a algún lugar familiar, pero la foresta no la recordaba.
No sabía que era ella y, por lo tanto, no la iba a guiar.
Las piernas dejaron de responder a sus órdenes, seguidas por los brazos. Intentó imponer su voluntad a los movimientos de aquel cuerpo, pero el sueño siguió su transcurso y Dalia perdió el dominio por completo.
Le invadió una rabia inmensa que no le pertenecía.
Un pesar en el centro del pecho acompañado de un nudo en la garganta.
Tenía la mandíbula tensa y los puños apretados.
El cuerpo del hombre se movía por el bosque buscando a alguien, asomando la cabeza entre los troncos, caminando con pasos muy suaves para no ser oído.
La luz de luna entre las ramas chocaba contra sus pupilas intermitentemente.
El sendero se desdibujaba. El bosque intentaba confundirla, pero ella —o él— sabía hacia dónde se dirigía y no le hacía falta guía.
Pronto la encontró. Una joven de rodillas frente a una hoguera inmensa.
Parecía que se había celebrado un ritual de solsticio.
La fogata aún ardía a llama viva, aunque el ritual ya había terminado.
Las ramas de roble y naranjo crujían con pe reza y lanzaban al cielo nocturno espirales de chispas doradas.
Alrededor había varios asientos improvisados con telas dobla das sobre piedras planas, pero solamente quedaba ella.
La joven estaba sola, de espaldas, sentada en el suelo y meciendo el cuerpo levemente, como si todavía meditase.
Sus ojos abiertos se encontraban hipnotizados por la luz del fuego, cambiando de color dependiendo del brillo de cada llama.
Primero verde, luego dorado. Cuando el fuego delante de ella decaía un instante, se teñían de un marrón muy oscuro, cálido.
Llevaba una túnica ligera de lino claro y corte medieval.
El cabello castaño le caía en ondas larguísimas casi hasta tocar la tierra.
Dalia podía notarlo todo, pero no dirigir el cuerpo que habitaba.
No era capaz de hacer más que mirar. Respiraba hondo, llena de furia ciega y con el corazón latiéndole con violencia; se estaba preparando para un acto inevitable.
Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón, de donde sacó una daga de plata ennegrecida con empuñadura ornamentadísima.
Incrustaciones de amatistas y rubíes. Se acercó poco a poco, por detrás, con un paso lento casi elegante.
«No lo hagas. No lo hagas», pensó, con la voz atrapada dentro del cráneo. Su conciencia flotaba tras los ojos del asesino, reducida a un eco. Intentó detener el brazo que se alzaba, avisar a la joven… Ella se giró antes de que el hombre del lago pudiese actuar.
—Ilun… —susurró la muchacha. No fue un grito ni una súplica. Fue un reconocimiento. Como si ella ya estuviese preparada; aquel era su destino.
La daga descendió una vez. Luego otra. Y otra.
No tocó a la joven.
No cerró la distancia.
Las puñaladas en el aire atravesaron mágicamente el cuerpo de aquella muchacha sin dañar la piel.
No hubo alaridos ni forcejeos. Solo el crepitar de la hoguera mezclado con el sonido opaco de la carne rota en el interior del pecho de la bruja.
Una hemorragia interna la hizo colapsar.
Dalia gritó en su interior, desgarrándose por salir del sueño, por salir de aquel cuerpo y despertar, pero no podía. No todavía. Debía esperar al final.
Vio desaparecer la luz de los ojos de aquella joven mientras los labios se le teñían de sangre. Una luz familiar se desvanecía de unos ojos… pardos.
Cuando por fin se despertó, empapada en sudor, con la respiración entrecortada y el corazón retumbando con fuerza en las sienes, tenía las uñas clavadas en las palmas y un sabor metálico en la boca.
Como si se hubiese estado mordiendo la lengua mientras dormía.
Fuera ya había amanecido. Una luz nada cálida se colaba entre las nubes y a través de las cortinas.
Úrsula, serena, se había sentado a esperar su retorno del otro lado en la butaca que había a los pies de su cama, con su cuaderno de pentagramas.
—Has tenido otro sueño —afirmó en voz baja, sin apartar la vista de la página en la que añadía una corrección armónica.
—Esta vez sí he visto cosas. He visto todo. No podía controlar mi cuerpo porque era el del hombre del lago. Me movía como si fuera él. No como si lo viese desde fuera… Esta vez era él.
—¿Has soñado que eras el hombre del lago? —Úrsula alzó una ceja.
—Sí, pero mayor. Como… casi veinte años después.
Había algo distinto en su cuerpo. No era como el de la visión.
Sus manos eran más ásperas, y los músculos, algo más lentos.
Era el solsticio de verano, luna menguante, y yo mataba a una bruja joven en el bosque.
Con magia. Mi daga no llegaba a tocarla.
Veía la vida desvanecérsele de los ojos.
—¿Ella decía algo? —Cerró el cuaderno y se acercó a la cama.
—Me llamaba por mi nombre antes de morir: Ilun. El hombre del lago se llama Ilun. Me miró con pánico, pero sin sorpresa, como si supiera que yo venía a matarla.
Úrsula se sentó en la cama para abrazar a su amiga, que empezaba a lloriquear en silencio por el trauma de presenciar todo aquello en un sueño tan vívido y cruel.
—He intentado pararlo. Te lo prometo —sollozó, hundiendo el rostro en el hombro de su amiga—. Pero no podía hacer nada, Úrsula… Yo…
—Tranquila. Adelfa quería que vieses eso —le murmuró en el oído, acariciándole el pelo—. Ahora ya tenemos un nombre. Inspira —puso una mano firme sobre el pecho de Dalia—, espira. Otra vez. Vale, ahora apunta todo antes de que se te olvide.
Sacó un trozo de folio en blanco de entre las páginas de su cuaderno y le prestó el lápiz. Le ofreció una caricia suave en la espalda antes de seguir hablando:
—Todo. Olores, colores, el nombre, la joven, la luna, la hoguera. Las palabras exactas. Lo que sentiste en el cuerpo. No dejes que se te escape nada.
—Sí, sí. —Se secó las lágrimas con el antebrazo y tomó el papel con ambas manos.
—Yo voy a la cocina a prepararte una tila. Te espero abajo. Tómate el tiempo que necesites.
Después de un desayuno silencioso y lleno de calma, Dalia decidió revisar sus apuntes.
Recuperó sus gafas, escondidas tras un montón de folios.
Úrsula subió a la primera planta para darse una ducha antes de seguir con el día.
Dalia sintió cómo algo la movía a subir al ático.
No era un impulso vago. Era algo imperante.
Necesitaba hablar con las suyas. Sus ancestras.
Aquella zona de la casa empezaba a estar más fría conforme terminaba el año y las estaciones se volvían más oscuras.
Las paredes parecían escucharla. Todos sus artilugios resplandecían bajo la luz que entraba por el ventanuco, algo empañado por las lluvias.
Velas apagadas que esperaban instrucciones; hierbas secas colgadas del techo, que crujían levemente por su propio peso; piedras perfectamente dispuestas en el altar; todos los mazos en su sitio.
—Estoy aquí —susurró Dalia con tono reverencial, sentándose frente al altar—. Necesito oíros. ¿Qué significa esto? ¿Quién es Ilun?
El aire se volvió pesado y notó una carga sobre los hombros. La mecha de una vela chisporroteó antes de encenderse sin tocarla. Un perfume a lavanda e incienso inundó la estancia.
—¿Abuela?
Le sucedió el olor de sus mejores recetas: el pastel de calabaza, el arroz de montaña, el hojaldre de quesos y berenjena. También notas de sus mejores velas: de miel, de sándalo, vestidas con aceites varios.
Nada más. Silencio. Silencio…
Hasta que la baraja que estaba en el centro de su altar cayó al suelo.
Todo el mazo acabó bocabajo, excepto dos cartas.
El Diablo y el Diez de Espadas. Dalia contuvo el aliento.
Eso era una enorme advertencia. Ilun era un traidor y manipulador que no renunciaría a su objetivo fácilmente.
Quería aquel objeto. Estaba dispuesto a arrebatar la vida de cualquiera por el espelir, fuera lo que fuese aquel artefacto.
No había límites para lo que podía llegar a hacer. Y Dalia había podido sentir su rabia.
De pronto, una voz. No fuerte ni clara, pero inconfundible. Un murmullo que llegaba desde lo más profundo de la casa.
— Es él, oscuridad que se mueve en la espesura.
Se le erizó cada centímetro de piel, aterrorizada.