12. Solamente en sueños #2
—Tú eres la chica de ayer. —La miró de arriba abajo, calmando el gesto—. ¿Por qué no has venido caminando? Nos hubiésemos ahorrado este disgusto.
—Lo siento. Quería llegar rápido porque tengo que hablar con Dalia. —Se agachó para ver mejor el daño del golpe—. Mira, te voy a dar mi número… —dijo sacando una nota de papel del bolso y apuntó su teléfono con pulso agitado.
—Esto no se soluciona con una cita —continuaba molesto, pero no podía enfadarse con aquella muchacha.
—No, no. Mi madre repara coches antiguos y los colecciona. Te lo arreglará sin problema. —Miró a los ojos a Rabel, esforzándose por seguir el hilo de la conversación—. Te lo prometo.
—Espero que sea verdad… —El joven disfrutaba del nerviosismo de Azucena.
Ella asintió. Algo en su voz, en la forma en que la miraba, le nublaba el juicio.
—Sí. ¿Te suena el taller ese a la entrada del pueblo? El que siempre tiene un Ford Mustang del 67 color esmeralda aparcado en la puerta.
—Sí, sé cuál dices —dijo con actitud chulesca.
—Ese es el taller de mi madre. Te lo dejará como nuevo.
—Más vale —sonrió mirándole los labios brevemente y devolviendo la vista a sus ojos—, y si no… De repente, la cita no me parece tan mala idea.
Azucena se sonrojó. El giro inesperado de la conversación la había descolocado por completo y, sin darse cuenta, ya había caído en el juego de Rabel.
Él supo aprovechar la ocasión para abrirse paso en la vida de Azucena y, por ende, en la de Dalia.
Se despidió con un gesto de la mano antes de regresar a su casa, justo antes de que la chica tocase el timbre de su prima.
—Buenos días —saludó mientras guardaba las llaves del coche en el bolso.
—Hola, Azucena. —Cerró la puerta tras ella, no sin antes revisar si había alguien más fuera con ella.
—¡Buenos días! —respondió Úrsula, levantando la voz desde la cocina.
—Estamos haciendo creps para desayunar. ¿Quieres café o té?
—Té, por favor.
Entraron a la cocina. Dalia sacó la tetera, la llenó de agua y la puso al fuego. Rellenó tres infusionadores metálicos con hojas de té verde y los puso en tres tazas.
—¿Qué encontraste ayer?
—No me acordaba, pero me traje el diario de la abuela cuando estuvimos en la cabaña.
—¿La abuela escribía un diario?
—Eso mismo pensé yo. No hay entradas todos los días; solamente cuando tenía algo que contar. —Se sentó en la mesa—. Hojeando un poco, encontré una página llena de lágrimas y con la letra temblorosa. Supuse que sería importante, así que la leí.
—Mira —dijo Úrsula, dándole el diario que habían dejado el día anterior sobre la mesa del comedor.
La joven leyó la página un par de veces, extrañada. No terminaba de entender cómo encajaba eso con el resto de las piezas que tenían. Al terminar, levantó la vista del cuaderno y miró con cara interrogante a Dalia.
—La abuela conoció a otro hombre antes del abuelo Jacinto, y trató de dejarlo —resolvió la duda.
—¿Crees que es el hombre de mi sueño?
—Es más que probable. Estaba atrapada entre la espada y la pared. El muchacho quería robar un «espelir». No sé qué es eso, pero parecía un asunto serio; un brujo corrompido por el poder de la magia que no quiere dejarla ir…
—Tal vez sí se vio obligada a hacer algo terrible… —murmuró Azucena.
—¿Crep? —preguntó Úrsula, cortando el momento por completo.
A Dalia se le escapó una risa floja por debajo de la nariz.
El asunto era de lo más delicado y estaban muy muy cerca de resolver el misterio, pero no pudo evitar reír.
Le resultaba cómico y casi entrañable lo poco que Úrsula sabía disimular su incomodidad y mal humor frente a quienes no terminaban de encajarle.
Azucena miró a su prima y también sonrió, sin terminar de comprender la situación.
Decidieron hacer una pausa en su trabajo detectivesco y comer un poco antes de continuar.
Dalia sirvió el té y puso sobre la mesa varios botes: crema de chocolate blanco, de avellanas y de cacahuete, así como mermelada de arándanos, de tomate, de naranja, de fresa…
Todo casero, hecho con las recetas de la abuela.
—Bueno, entonces… ¿qué hacemos? —preguntó Úrsula, con la boca todavía llena.
—No sé —respondió Azucena, sacudiendo la cabeza de un lado a otro—. Ahora tengo más preguntas que antes.
—Yo sí lo sé. —Dalia se limpió las comisuras de la boca con una servilleta—. Tenemos que seguir leyendo el diario.
—Dalia, ¿y si Adelfa trata de contactaros otra vez?
—Está como… enmudecida.
—Ya, pero a mí me ha dicho cosas en sueños —dijo Azucena.
—¿Crees que por ese canal le es más fácil contactarnos? —preguntó Dalia—. Hace tiempo que no hago ningún hechizo para tener sueños proféticos ni nada por el estilo.
—Solamente hay una manera de descubrirlo —decretó Úrsula con tono decidido.
Azucena la miró con el interrogante en las pupilas. ¿Iban a utilizarla de conejillo de Indias?
—¡A mí no me uséis para esto, eh!
—Si tú has sido el primer canal por el que la abuela ha podido enviar sus mensajes claramente…, ¿por qué no aprovecharlo?
—¡Que no! ¡Que tuve suficiente con aquel sueño! —replicó Azucena a su prima—. Hazlo tú.
—Bueno, si no te prestas voluntaria…, algo tuyo necesitaré.
—¿Qué?
—Elige qué me quieres dar. ¿Pelo, uña o sangre?
—¿No te vale con un zapato o algo así?
Úrsula seguía el cambio de turno de palabra en aquel debate como si de un partido de tenis se tratase.
—Yo haré de ti. No te pasará nada; me hechizaré yo. Formularé alguna cosa, pero necesito que me des un elemen to tuyo tuyo para que tu ser esté presente en el proceso.
—Creo que puede funcionar, sí. —Úrsula asintió tras intentar comprender lo que acababa de decir su amiga.
—Esperemos que sí —respondió Azucena, con una convicción moderada—. ¿Tienes unas tijeras?
—Necesito la raíz.
Azucena frunció el ceño, mentalizándose del daño que le iba a provocar.
—Esto de la magia no me está entusiasmando, eh —murmuró con los dientes apretados, buscando con los dedos sobre el cuero cabelludo un mechón dorado, suficientemente fino y escondido como para que su pérdida pasase desapercibida al arrancarlo—. Toma.
Dalia tomó el pellizco de cabellos de Azucena con extremo cuidado y lo envolvió en una servilleta de papel.
—No te preocupes de nada, Azu. Tú hoy vuelve a casa y relájate todo lo que queda de día. Voy a preparar un ungüento onírico. —Miró el reloj algo inquieta—. Creo que esta noche misma podré usarlo. Y, si no obtengo respuestas, mañana volveré a intentar soñar.