Aquí arden las flores 12. Solamente en sueños
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12. Solamente en sueños

l os acordes estridentes y los bucles de melodías del vecin o habían vuelto.

Las ventanas cerradas no eran suficientes para detener el tenue sonido que producía Rabel desde el jardín.

Para oídos ajenos era una simple voz que sonaba a lo lejos, pero para Dalia…

Por muy poco volumen, por lejos que estuviese, aquella voz la sacaba de quicio.

—Las seis de la mañana —dijo entrecerrando los ojos al encender la pantalla del móvil—. ¡¿Qué hace a las seis de la mañana tocando?!

Deseaba haber despertado al lado de Úrsula, enredada en su pelo, meciéndose en el sonido de su respiración. No así. Ese despertar era justo lo contrario a idílico.

Decidió que su día ya había comenzado con suficiente mal pie y salió de la habitación con paso pesado.

Intentando no despertar a Úrsula, que dormía al final del pasillo, se dio un baño para relajarse y no lanzar mobiliario en dirección al jardín de al lado.

Los vapores de olor floral inundaron una vez más el pasillo de la primera planta.

Dalia emergió aparentemente renovada. Había puesto un par de puñados extra de lavanda en su bañera.

Meditó brevemente sobre por qué no fue capaz de pudrirle las cuerdas vocales al vecino días atrás.

Así se hubiese ahorrado tan terrible despertar.

Tras casi una hora a remojo vació el agua fría, y atribuyó el error en el hechizo a su pésima concentración en el momento de la elaboración. No quiso darle más vueltas, porque, si lo hacía, prepararía otro hechizo vengativo…, y esta vez no tendría forma de tarta.

Envuelta en el albornoz, se embadurnó la cara con ungüento de romero y bajó a hacerse un café, sin preocupación alguna por ponerse el pijama.

Llenó la parte baja de la cafetera italiana con agua caliente, y el embudo, con un par de cucharadas de café molido.

Encajó la parte superior y la apretó con fuerza.

Dejó la tapa abierta hasta que empezaron a salir los primeros chorros de café caliente.

Entonces bajó el fuego al mínimo y tapó la cafetera.

Una vez que se escuchó el burbujeo final, la apartó del fuego.

Seguramente no fuese la manera experta de hacer café, pero era de lo poco que le había enseñado su madre sin amenazas ni condiciones.

Abrió el ventanal del comedor para ventilar un poco la planta baja, por la inercia de la rutina.

Enseguida se dio cuenta del error. La música de Rabel se colaba entre las cortinas e inundaba el comedor.

Cerró rápidamente y se tapó las orejas. No quería escuchar esa música, por si acaso.

Abrió las puertas inferiores de la librería del comedor y encendió el reproductor de CD que tenía ahí casi sin usar.

Puso el primer disco que encontró y giró la ruedecita del volumen lo suficiente como para no interrumpir el sueño de nadie, pero sí dejar de escuchar a su insoportable vecino.

El sonido de Pornography de The Cure opacó lo que fuese que interpretaba Rabel.

Con la seguridad de aquella protección sonora ordenó el desastre ocasionado mientras buscaban el diario la noche anterior.

La ropa limpia al vestidor, la sucia al cuarto de la cola da, las mochilas y maletas al armario bajo las escaleras, los li bros a su correspondiente estante.

Miró el reloj de su muñeca. Las siete y cuarto.

Quedaban todavía dos o tres horas para que Úrsula se despertase.

Decidió preparar masa de creps para el desayuno.

Cuando caminaba en dirección a la nevera para coger la leche y los huevos, pudo diferenciar claramente la letra de la canción que cantaba Rabel.

El reproductor había dejado de funcionar en el minuto 2:12 de «The Hanging Garden».

Dalia se detuvo en seco. No pudo evitar escuchar.

Era una melodía nueva, con otra métrica y otro ritmo.

La cantaba con seguridad; nada de bucles ni repeticiones.

Como si ya supiese cuál era la fórmula. Apoyó el cuerpo sobre el fregadero para acercar el oído a la ventana de la cocina.

La curiosidad se apoderó de ella. «¿Sobre qué está cantando ahora? ».

Que te queme el veneno de este amor

y entiendas, mirando de lejos,

que sus labios también encajan.

—¿Un bolero sobre celos? —resopló—. ¡Por Dios! Menudo cursi.

Tragó saliva. Aquello era un intento de autoconvencerse de que la música de Rabel no era más que eso: música.

Pero algo dentro de ella le decía lo contrario.

Cada verso podía ser un dardo meticulosamente afilado, y ella —tal vez, y solo tal vez—, la diana.

Tomó la taza que había dejado apoyada en el mármol al lado del fregadero y dio un sorbo.

Retomó la tarea de preparar el desayuno mientras revisaba el teléfono. Azucena parecía despierta. Estaba en línea.

Sacó un bol de la alacena y preparó todos los ingredientes alrededor de él.

Dos huevos grandes, ciento diez gramos de harina de repostería, doscientos cuarenta mililitros de leche, una cucharada de azúcar, una pizca de sal y un poco de ralla dura de limón.

Un desayuno protector. Le iba como anillo al dedo.

Cascó los huevos en el borde del bol y los puso dentro.

Añadió la leche y removió un poco con unas varillas manuales.

Introdujo azúcar, sal y ralladura. Batió con un poco más de fuerza.

Por último, pasó la harina por un tamiz al echarla, y batió enérgicamente hasta que quedó una masa sedosa.

Murmuró un pequeño encantamiento mientras terminaba de mezclar los ingredientes.

Masa que amaso, escudo fiel,

que no me toque sombra ni espina,

ni lengua ajena, ni mano maligna.

Dejó la masa reposando en la nevera y volvió a mirar el teléfono. ¿Debía decirle algo a su prima?

Hola! Estás despierta??

Sííí

Ayer encontré algo más. Ven a desayunar y te lo cuento

Vale. Nos vemos en un rato

Bloqueó el móvil y lo dejó en la mesa antes de sentarse. Su taza todavía tenía algo de café, ya a temperatura ambiente. Dio los últimos tragos y se acomodó en la silla cerrándose un poco mejor la zona del escote del albornoz. Debía subir y ponerse un pijama, pero le daba pereza.

Salió al jardín. El aire frío del exterior se coló entre los pliegues del tejido, deslizándose por sus piernas hacia su espalda, filtrándose por la abertura frontal.

Se estremeció, no del todo incómoda, mientras avanzaba descalza sobre la tierra.

Necesitaba reconectar. Enraizarse. Todo estaba cubierto por una manta de neblina suave.

Rabel se había callado en algún momento y ella no lo había notado hasta ese preciso instante.

Acercándose a macetas y matojos, arrancó poco a poco las malas hierbas que habían ido creciendo.

La tierra húmeda se le colaba bajo las uñas un poco largas con facilidad.

Dalia se agachó frente a una jardinera vieja hecha a mano y quitó los hierbajos que crecían a los pies del limonero que había plantado su abuela.

El olor del sustrato removido, las hierbas cortadas y las plantas regadas por la lluvia le despertaron un recuerdo fugaz.

Unas manos viejas y firmes que le enseñaron de pequeña qué florece y qué estorba.

No había día en que no agradeciera a su abuela haberle regalado aquella casa, un lugar que para ella siempre fue un hogar.

Aquel amanecer no era soleado, pero notó la calidez del momento en el pecho. Como un abrazo.

Una rama crujió a sus espaldas. Nada alarmante; no fue un ruido fuerte, pero se giró sobresaltada por la interrupción de tan maravilloso silencio.

Se volvió con la mandíbula tensa esperando encontrarse a Rabel, su vecino aficionado al espionaje, al otro lado de la valla.

Pero no había nadie. Miró hacia la repisa del ventanuco del ático.

Un pájaro oscuro. Quieto, observándola con un destello anómalo en los ojos.

Se sacudió las manos y entró de nuevo en la casa. Cerró todas las ventanas de la planta inferior, nerviosa. La cafetera ya se había enfriado y el bol con la masa esperaba su turno. Oyó los pasos de Úrsula bajando las escaleras.

—¿Cómo has dormido? —preguntó.

—Bien. Me he despertado hace nada y no he podido volverme a dormir.

—¿Quieres café? —Miró el reloj. Las ocho en punto—. Está un poco frío.

Úrsula sacó una taza a modo de confirmación.

Le sirvió lo que quedaba de bebida y terminó de llenar la taza con leche fría y una cucharadita de miel.

Puso la sartén en el fuego y pasó una fina capa de mantequilla antes de empezar a hacer creps.

El móvil le vibró en el bolsillo del albornoz.

Azucena estaba a punto de salir de casa.

—¿Me vigilas esto un momento, porfa? Subo a ponerme algo de ropa.

—¿Por qué? Estamos las dos solas —dijo sin poder evitar que su mirada recorriese las piernas de Dalia.

—Viene Azucena ahora. Le tengo que contar lo del diario.

—Ah. Sí, dame la espátula.

Pudo ver cómo Úrsula se reservaba su opinión respecto a la visita antes de salir de la cocina.

Seguramente le sorprendiese que, tras tanto tiempo ignorándola, ahora la visitase dos veces en una semana.

Subió al vestidor rápidamente, dejando la bata colgada en la puerta del cuarto de baño.

Se puso un camisón burdeos de corte discreto, largo por debajo de la rodilla y mangas de farol, y volvió a la cocina a terminar el desayuno.

Azucena llegó, sorprendentemente, en coche.

Aparcó detrás del deportivo azul de Rabel de la manera menos habilidosa posible, dejándole una hendidura pronunciada sobre la matrícula.

El golpe no causó un ruido tremendo, pero el chico salió de su casa en un abrir y cerrar de ojos.

Se plantó de lante de Azucena con cara de enfado mientras ella bajaba de su Karmann Ghia.

—Lo siento muchísimo —se disculpó juntando las palmas de las manos—. Es el primer día que aparco este coche. Es nuevo. Bueno, me lo acaban de dar.