Aquí arden las flores 11. Un lago
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11. Un lago

Querido diario…, he esperado a que cayera la noche para escribir estas líneas. Me tiemblan los dedos todavía y me cuesta sostener la pluma. No es por el frío en la cabaña, como otras veces. Es por lo que he hecho, y por lo que estoy a punto de hacer.

Hoy rompí con él.

Lo miré a esos ojos oscuros, que siempre llevan consigo una tormenta, y le he dicho que no podíamos vernos más.

No por desamor ni por otra persona. Lo he oído todo.

Su plan, cómo pensaba contármelo. Su traición.

A mí y a mi familia, que lo hemos acogido como uno más y le hemos enseñado nuestra magia.

Quería robar el espelir. Iba a entrar en la casa de mi madre a buscarlo.

Y, si no lo encontraba, iba a buscar en la de mi abuela.

Quería poder. Y quería hacerlo juntos. Yo pensaba que trataba de pedirle mi mano a mi padre, aunque fuese algo pronto, o que empezaba a preparar la sorpresa de mi decimosexto cumpleaños antes de tiempo, pero no.

Tramaba otra cosa. Me suplicó robarlo juntos casi de rodillas.

Yo traté de disimular. No sé cómo había descubierto que teníamos dicho objeto, pero no quería ofrecerle confirmación alguna.

Confiaba más en él que en mi propia sombra…

Ya no es el muchacho que era antes de aprender magia.

Casi no lo reconozco. Le he dicho que no íbamos a hacer nada de esa categoría.

No íbamos a registrar el hogar de nadie, y mucho menos para robar un «supuesto objeto mágico».

¿Qué otra cosa le podría decir? Su reacción no me ha gustado.

No se ha enfadado. Ha sonreído agachando la cabeza, como si supiese que eso iba a pasar.

Él había visto el final de la partida antes que yo.

Me ha jurado que me perseguiría de por vida, y sus hijos a mis hijos, y sus nietos a los míos.

No iba a dejarme ir. Iba a salirse con la suya. Él no olvida. Él no perdona.

Hoy he roto con él, pero mañana…

Mañana tal vez tenga que encontrar una forma definitiva de solucionar este problema.