10. Siguiendo el compás
— B ueno, ¿qué es lo que querías contarme? —preguntó Dalia mientras retiraba una taza vacía que se le había olvidado en el centro de la mesa y ofrecía asiento a su prima a la mesa de la cocina.
—Tuve un sueño extraño y se lo comenté a mi madre. — Dudó—. Bueno… En realidad, no se lo iba a contar. Está desquiciada con lo de la abuela, y con mi padre, que es un bebé trajeado incapaz de mira r más allá de sus narices. No quería aturullarla más.
La luz azulada del inicio de un atardecer tormentoso se colaba por las cortinas de lino.
Úrsula observaba la escena apoyada en el mármol, dando sorbos cortos de una taza de café algo frío mientras preparaba una infusión.
Afuera, la lluvia comenzaba a repicar contra el tejado como campanas al inicio de un ritual.
—¿Y qué te dijo tu madre? —interrumpió Úrsula con intriga.
—A ver —se pasó las manos por el pelo con gesto tenso, tratando de recapitular—, mi madre cree que la abuela no debería haber muerto.
Dice que su intuición no se equivoca, que hay algo extraño detrás de todo esto.
Ha intentado ha blar con mi padre, pero ya sabes lo que pasa con estos te mas.
—Dirigió la mirada a Dalia antes de cerrar los ojos en un gesto irónico—.
Ayer volvió de la cabaña y me contó todo un poco por encima.
Le costaba formular frases correctamente por la cantidad de información.
Yo entiendo más bien poco de vuestras brujerías.
No es lo mío ni termino de encontrarle el sentido…
Pero… tal vez el sueño tenía relación con todo esto.
Dalia le acercó un vaso de agua a modo de invitación a seguir hablando. Se inclinó un poco hacia delante y apoyó los brazos sobre la mesa.
—Fue la segunda noche que estuvisteis en la cabaña, del sábado al domingo.
Cuando hicisteis el ritual. Yo estaba dormida a esa hora, pero tuve una sensación extraña.
Relacioné el momento exacto cuando hablé con mi madre tras su vuelta.
Supe al instante que no era un sueño normal —insistió—.
Fue como… una visión, un recuerdo prestado.
Alguien me estaba colocando en otro cuerpo.
Aparecí en un lago, rodeada por un bosque inmenso.
Me veía a mí misma reflejada en el agua, pero no era yo.
Era la abuela. Más joven, muchísimo más joven.
Iba vestida con ropa de antes. Un vestido claro y largo, casi blanco, con botones pequeños a lo largo de la espalda.
Llevaba el pelo trenzado y completamente empapado —Dalia y Úrsula asentían, sin intención alguna de interrumpir la narración de Azucena—, y había un hombre.
La melodía de su voz cayó en picado. Las palabras se le quebraban como hojarasca bajo los pies. El recuerdo de aquel sueño era un lastre.
—Podía sentir el terror en mí —frunció el ceño y apretó los puños sobre las rodillas— y sé que aquel hombre tenía algo que ver.
No recuerdo su cara. No era nítida. Solo vi un rostro sin rasgos, pero su presencia era pesada.
Y entonces yo lo ahogaba. Así. Sin dudarlo.
—Los ojos de las jóvenes, muy atentas, se abrieron como platos.
—¿Lo ahogabas tú? —murmuró Dalia.
—La abuela. Yo siendo la abuela. Lo mantenía bajo el agua con fuerza, sujetándolo por el cuello.
Podía notar su pulso desvaneciéndose entre mis dedos —Azucena trató de recrear el movimiento mientras seguía su relato—, y las burbujas de aire le salían de la boca hacia la superficie del lago entre gritos sumergidos. Entonces yo me iba.
—¿Pudiste ver algo más? —preguntó Dalia, asombrada, sintiéndose al borde de una revelación.
—Sí. —confirmó—. Me fui a la cabaña. Salí de su cuerpo y me convertí en observadora de la escena. Regresé inmediatamente al lago. Las aguas volvían a estar calmadas. No había ni rastro de la abuela. Entonces, del fondo, emer gió un pájaro.
Azucena enmudeció de golpe con un gesto vacío en los ojos. El color se le había ido del rostro. Todavía parecía poder escuchar el aleteo rompiendo la superficie del lago. Todavía recordaba la humedad en los dedos.
Úrsula trataba de articular alguna frase con sentido tras tan impactante relato.
Dalia no dijo nada de inmediato. Contemplaba un punto fijo en el suelo.
Se levantó envuelta en misterio y subió al ático para coger una de sus barajas.
¿Era ese el pájaro que se les había estado apareciendo a todas desde el funeral?
Agitó la cabeza, deseando deshacerse de aquella idea.
No quería sacar conclusiones precipitadas.
No iba a llenarse la mente con suposiciones antes de una tirada de cartas. Precisaba ser lo más objetiva posible.
—Azucena —terminó de bajar las escaleras con varios mazos bajo el brazo—, ¿a ti te sonaba de algo el pájaro ese?
—No sé. —Suspiró, rebuscando en la memoria con algo menos de peso sobre sus espaldas—. En el sueño lo veía desde lejos.
Dalia volvió a ocupar su asiento antes de que su prima recordase nada. Eligió la baraja que usaba para consultas importantes, con la que su abuela le había enseñado a leer, y la sacó del paño de seda que la envolvía.
— Necesito que intentes recordarlo. —Suavizó su tono de voz mientras empezaba a barajar las cartas—. ¿Cómo era el pájaro?
Azucena entrecerró los ojos, esforzándose por unir imágenes dispersas.
—Negro. No era pequeño. Y volaba —hizo la conexión justo cuando las palabras le salían de la boca— de un modo extraño. ¡Lo he visto antes!
—¿Es el mismo pájaro que viste en la cafetería con tu madre?
—Sí —abrió los ojos exageradamente y apretó los labios—, el mismo. Esa forma inusual de moverse. La misma manera extraña de batir las alas.
La joven bruja cerró los ojos. Partió la baraja por la mitad, giró el montoncito del lado derecho y las mezcló una última vez sobre la mesa.
Pudo ver el lago del sueño, los nenúfares y alguna luciérnaga que destellaba como una estrella flotante.
El aura mágica del bosque bañaba aquel lugar.
Y una presencia. Ajena a todo aquello. Completamente al margen.
Entonces, sacó la primera carta.
El Colgado. Justo después, los Enamorados, seguidos por el Dos de Copas invertido. Su respiración se volvió un poco más densa.
—Esta perspectiva nos es necesaria dentro del misterio.
—Se aclaró la garganta antes de continuar con la lectura—.
La abuela está tratando de comunicarse de alguna manera alternativa.
Este sueño nos dice algo importante. A ella le cambió la perspectiva…
¿Alguien? —Por un momento pudo notar a su abuela, intentando restablecer la conexión que parecía haber sido interrumpida a la fuerza por una energía externa—.
¿Hubo una persona que le cambió la perspectiva? Fue un gran desacuerdo. ¿Una ruptura?
Sacó la siguiente carta del mazo e hizo un gesto de confusión.
Trató de sacar más cartas para aclarar el significado de aquellas tres sobre la mesa, pero no sirvió de nada.
Interferencias. Como si alguien hubiese desconectado la línea, Dalia ya no conseguía descifrar más de aquel mensaje.
No era capaz de destapar los significados que unían a todos aquellos arcanos con la abuela.
—No puedo leer más.
—¿Qué has visto, prima?
—No mucho. Estaba viendo cosas y de repente no veo nada. Otra vez.
—Bueno, tenemos algo. Has podido leer un poco —dijo Úrsula, tratando de animar a aquella bruja con problemas de autoestima mágica.
—Claro. Tal vez nos sirva —añadió Azucena—. ¿Has podido ver el lago?
—Sí, sí. En el bosque. No sé dónde del bosque, pero seguro que está ahí.
Fijó la vista en un punto cualquiera de las paredes de la cocina.
La luz mortecina del exterior dibujaba sombras curiosas sobre los azulejos.
«Alguien está callando a la abuela; seguro», pensó.
Un escalofrío le bajó por la columna. Cientos de posibilidades le recorrían la cabeza a la velocidad de la luz.
Se quedó prácticamente paralizada. Estaba atrapada en esa sensación de no ver más allá.
De únicamente estar tocando la superficie.
Como observar el relámpago sabiendo que, en algún momento, el trueno tendrá que llegar.
—Bueno. Os dejo aquí los hojaldres que traía de merienda. No quiero molestar más. —Le daba paz compartir aquel sueño, pero cualquier tema mínimamente mágico le parecía fuera de su control.
—No, tranquila —respondió Úrsula, poniéndole una mano en el hombro a Dalia y despertándola así de su letargo.
—Me sabe mal no ver nada más. Es muy extraño.
—Tranquila. No te fuerces. Si recuerdas algo…, tienes mi número todavía, ¿cierto?
—Sí. Te llamo, Azucena —contestó con un hilo de voz.
—Exacto —se levantó del asiento—, tú me dices. De momento ya sabemos que no ha sido un sueño cualquiera.
—Ojalá pudiera ayudarte un poco más, pero es que no veo nada. —Su tono de preocupación iba más allá de aquella simple lectura.
—Que no, que no. Si vuelvo a soñar algo fuera de lo normal te aviso, y tú, si encuentras algo…
—Te llamo —terminó la frase de su prima.
Ambas acompañaron a Azucena a la puerta de entrada.
La noche parecía haber caído, adelantada un par de horas por las nubes tupidas.
La despedida se resolvió en un gesto rápido; un abrazo corto seguido de un «nos vemos».
La sorpresa del encuentro todavía latía en el aire.
No era usual retomar el contacto con alguien tras años de distancia como si nada hubiese pasado, pero allí estaban. Unidas, sí o sí, por el misterio.
Dalia volvió sobre sus pasos con lentitud y se tumbó bocarriba en el sofá después de dar un par de vueltas a la llave. No veía a su abuela capaz de matar a nadie, y menos con sus propias manos. Y ese pájaro…
El olor húmedo que se coló por el ventanal a medio cerrar le recordó el bosque.
Echaba de menos su abrazo. La seguri dad de dejarse llevar y terminar en el punto indicado, justo donde debía llegar.
El musgo, las hojas, el baile místico de las copas de los árboles.
Su pulso, su ritmo. Sentía que lo necesitaba cerca.
Algo la empujaba hacia él. Ahí fue cuando lo recordó: el diario.
Se incorporó de golpe.
—¿Adónde vas? —preguntó Úrsula, sorprendida de que su amiga se levantase y saliera disparada de la sala.
—El diario —respondió Dalia sin girarse.
—¿Qué?
—Tengo el diario. El diario de la abuela —repitió con la voz agitada y dando vueltas por toda la planta baja en búsqueda del cuaderno—. Había de todo, escribió en él desde su juventud. Seguro que hay algo sobre esto.
Abrió y cerró cajones, removió las chaquetas del colgador de la entrada, lanzó libros fuera de sus estantes.
—Dalia, para un momento. Respira. ¿Dónde lo guardaste?
—Seguro que lo traje… Segurísimo.
Se miraron un instante y no hizo falta dar ninguna orden.
Empezó la búsqueda. Subieron y bajaron, revolviendo el equipaje que no colocaron la noche anterior.
Vaciaron bolsas dejando su contenido de cualquier manera por el suelo del pasillo y las escaleras.
Metieron y sacaron las manos de todo compartimento y recoveco de mochilas y maletas.
Abrieron y cerraron velcros y cremalleras.
—¡Aquí! —gritó finalmente Úrsula—. ¿Es esto?
Dalia corrió hacia ella. Eran las tapas inconfundibles de cuero curtido por el paso de los años, cerradas por la cinta de r aso rojo. Se fijó bien. Con esa luz se podían ver mejor todos los detalles. En la esquina inferior derecha de la tapa delantera estaban inscritas las iniciales de la abuela.
Dalia lo sostuvo en las manos como si manejase una reliquia.
—Sí —susurró con reverencia—, su diario.
Apartaron la ropa y se sentaron juntas en el suelo, apoyando la espalda en la pared.
Dalia deshizo el lazo de raso y separó las tapas con cautela.
El crujir del cuero en el lomo del cuaderno era el único sonido, además del de la tormenta.
Pasó las páginas con extremo cuidado, tratando de hallar la correc ta, la que pusiese algo de luz en aquella noche oscura.
Pronto la encontró: una página de letras temblorosas con la tinta corrida por las lágrimas.