9. Rosa y lavanda, vainilla y miel
a Úrsula la despertó el sol deslumbrante que se coló por la ventana, a través de las cortinas a medio cerrar.
Antes de girarse hacia el lado izquierdo de la cama, supo que Dalia se había levantado.
Ya no estaba ahí el peso de su cuerpo, y las sábanas solamente tenían el recuerdo de su perfume.
A cambio, la puerta abierta ofrecía el aroma de café re cién hecho y algún dulce que acababa de hornear su amiga.
En el piso de abajo, Dalia terminaba de preparar la primera comida del día, intentando no pensar demasiado en lo sucedido la noche anterior. No tenía remordimiento alguno, pero sí la teoría de que ellas no eran las únicas que habían tenido poder de decisión en aquella sucesión de eventos.
Había despertado de madrugada, con una sensación extraña y el recuerdo turbulento de un sueño con mensaje.
En vista de que no podría volver a dormir, se puso el camisón, cerró la puerta de la cocina tras de sí y preparó un té en un intento de aclarar la mente.
Permaneció en silencio frente a su taza humeante, llena con infusión de artemisa, té verde y manzanilla.
No tardó demasiado en recordar el sueño.
De una neblina clara aparecía una figura poco definida que se acercaba hacia ella con paso seguro y se detenía justo delante, a algo menos de un metro.
Entonces lo reconocía: era Rabel. De la nada, le surgía una guitarra entre las manos y empezaba a cantar una de sus canciones, esa vez sin escribir nada ni repetir ningún pasaje.
El chico sabía qué cantaba perfectamente.
Lo más curioso fue que Dalia ya había escuchado aquella canción de Rabel, pero no terminaba de identificar cuándo.
Decidió dedicar el resto del amanecer a preparar tartaletas rellenas de crema casera, tarareando lo poco que recordaba de la canción del sueño.
Mezclando ingredientes, recordó la letra obscena que hacía unos días cantaba su queridísimo vecino.
Hablaba de dos figuras; una anhelaba la compañía de la otra, mientras que la segunda estaba engatusada por otra persona.
La idea se le quedó prendida, regresando una y otra vez entre un gesto y otro, buscando encajar sin llegar a hacerlo.
¿Podría ser que hablase de ella y Úrsula?
¿De los celos por Rabel? No terminaba de tenerlo claro, pero… ¿Qué clase de coincidencia era esa?
Mientras dejaba reposar la masa de las tartaletas en la encimera, volvió a desplegar varios pares de libros y ma nuales sobre la mesa del comedor con toda la intención de destriparlos para resolver sus preguntas.
Sacó un bloque de notas adhesivas de una cajita y empezó a marcar páginas que, tal vez, le interesaban.
«Estructuras de un hechizo», «Cómo formular un encantamiento», «Palabras mágicas»…
Entre capítulo y capítulo se levantaba a continuar con su dulce receta.
Al volver, tenía cuidado de no manchar los libros con harina o crema, limpiándose las manos en un trapo de algodón que se había anudado en el tirante izquierdo del camisón.
Metió las tartaletas al horno mientras dejaba enfriar la crema.
Pronto encontró lo que buscaba en un libro que le regaló su abuela cuando cumplió seis años.
Hablaba de brujas, hadas, duendes y otros seres capaces de manipular las energías y trabajar con la naturaleza.
En una sección sobre magias y mancias poco usuales y sus correspondientes practicantes había un párrafo marcado a lápiz con una estrellita que, claramente, ella no había escrito.
—¿Esto lo marcó la abuela? —Acarició la página con cuidado.
Ahí estaba.
—Bardos —murmuró—. Poetas mágicos cuya lírica es capaz de predecir y manipular el futuro, convirtiendo así sus canciones en hechizos. Su magia emplea componentes y aliados poco usuales, como notas, ritmos, sonidos, palabras, escalas concretas y, opcionalmente, instrumentos.
«¿Es un bardo? ¿ Él sabe que es un bardo?».
Dalia no tuvo tiempo de hacerse esa pregunta más veces.
El sonido de los pasos de Úrsula cruzando el pasillo del piso superior la obligó a volver a la cocina.
Cerró rápidamente el libro y lo devolvió a la estantería con todos los otros.
Recogió el desorden y siguió con la elaboración del desayuno como si no acabase de descubrir que su vecino, muy probablemente, era un bardo.
Preparó la mesa con esmero: infusiones, café recién he cho, algo de fruta cortada en un bol de cristal y un plato pre parado para cuando desmoldase las tartaletas y las relle nase de crema. Todo parecía normal, como si la noche ante rior no hubiese pasado nada.
Sin embargo, sus ojos evitaban encontrarse durante más de unos segundos.
—Huele a gloria —dijo Úrsula, sentándose con una sonrisa trabajadamente casual.
—¿Has dormido bien? —preguntó Dalia, sin levantar la vista del horno.
—Lo suficiente. —Se sirvió un poco de café en su taza—. He soñado con un incendio, pero creo que era metafórico. Nada horripilante. —Dio un sorbo y levantó la mirada—. ¿Y tú?
Dalia dudó un instante.
—Yo me he levantado superdescansada —dijo mientras sacaba la bandeja del horno—. Creo que no he soñado nada.
Sabía que si miraba a su amiga iba a reconocer esa media sonrisa que le era inevitable cuando decía una mentira.
Úrsula no respondió. Se limitó a clavar la vista en el bol de frutas, como si las uvas tuviesen culpa de aquel silencio algo tenso.
Comieron un poco mientras las bases de los dulces se enfria ban cerca de la ventana abierta.
Ambas parecían haber llega do a un acuerdo: no le darían vueltas a lo sucedido la noche an terior.
Úrsula no quería incomodar a Dalia, y esta no sabía si todo había sido producto del hechizo de Rabel.
Ninguna se arrepentía de nada, pero el silencio parecía más seguro que pronunciar una palabra al respecto.
Dalia dejó su café a medias y puso la crema en una manga para terminar las tartaletas.
Las rellenó una a una con ritmo pausado, casi meditando, haciendo espirales en el sentido de las agujas del reloj, y espolvoreó un poco de polvo de caramelo encima.
La abuela le había enseñado que era infini tamente mejor que poner azúcar sin más.
Sacó un soplete pequeño para derretir el polvo, que dejó una finísima capa dorada y crujiente que coronaba el dulce.
Le ofreció una a Úrsula con un gesto gentil, y luego ambas terminaron de desayunar en completo silencio.
—Tenemos que hacer recados —dijo Dalia con el último bocado de dulce todavía en la boca, alzando la voz como si quisiera disipar cualquier otro pensamiento—. Vamos a salir un rato. ¿Te parece?
—Sí. El aire fresco nos sentará bien.
Las calles del pueblo todavía arrastraban la humedad de la tormenta nocturna.
Había charcos en las aceras y un olor a tierra mojada que se mezclaba con el de las hojas secas recién caídas.
Dalia y Úrsula caminaron hasta la plaza de la ciudad de al lado en un largo paseo matutino.
Hablaban lo justo para no parecer distantes.
En cierta manera, ambas estaban disfrutando de esa compañía silenciosa, y agradecían a la otra ese nuevo ritmo.
El ajetreo propio de un lunes por la mañana se oponía a su caminar sereno.
Todo el mundo tenía prisa: el repartidor de bebidas, el frutero, la panadera, el barrendero… El viento parecía poseído por la velocidad de la ciudad y golpeaba fuerte sobre las pieles de los valientes que todavía no habían sacado la chaqueta del armario. Todo iba rápido. Menos ellas.
Compraron una hogaza de pa de pagès , café molido, unas velas nuevas y algo más de fruta. Entre negocio y negocio tal vez saludaban a alguien conocido con una sonrisa.
Fue al salir de la frutería cuando la figura de Azucena apareció, con una bolsa llena de bollos de la pastelería de enfrente.
—¡Dalia! —llamó, acercándose a ellas con el pelo rubio recién ondulado y su vestido con vuelo.
Ambas amigas fruncieron el ceño con extrañeza. Hacía tiempo que esa voz no se dirigía a ella.
—¿Azucena? —respondió, todavía sorprendida de que su prima le estuviese dirigiendo la palabra.
—Necesito tu ayuda. He tenido un sueño rarísimo. —Ha bía en sus ojos un reflejo distinto, como si acabara de atravesar una experiencia desconocida—. Era de la abuela. He hablado con mi madre y me ha dicho que te lo cuente todo. Estaba comprando algo de merendar para hacerte una visita luego.
Dalia notó como Úrsula suspiraba de la manera más disi mulada posible.
Su expresión se endureció apenas un instan te y luego volvió a recomponerse, reservada.
Sabía que no terminaba de entender las dinámicas, a veces extrañas, de su familia.
No supo leer del todo qué pensaba, pero tuvo la sensación de que aquel reencuentro no la dejaba indiferente.
—Sí, claro. —Las palabras dudaban antes de salir de su boca—. Puedo sacar las cartas y ver qué significa todo.
—Gracias, Dalia —sujetó la bolsa de dulces bajo el brazo para tomarle las manos entre las suyas—, de verdad.
—No hay de qué. Vente después de comer y lo vemos juntas.
Azucena se fue igual de rápido que apareció. Se despidió con prisa, alegando que su padre la esperaba en casa, y se perdió entre la gente. Úrsula y Dalia se miraron con gesto extrañado y se encogieron de hombros, sin terminar de entender qué había pasado.
—Bueno —murmuró Úrsula—, pues vámonos, que ya lo tenemos todo —decretó, zanjando así el inusual encuentro.
Dalia reanudó la marcha a su lado, y se dirigieron hacia el pueblo. Mantenían todavía el sentimiento pausado con el que habían empezado su paseo. Era lunes para todo el mundo, menos para ellas. Su única tarea era cuidarse mutuamente. Y resolver el misterio de la muerte de Adelfa, claro está.
Salieron del casco antiguo siguiendo la rambla hasta el final.
Las copas de los árboles que tanta sombra habían ofrecido en verano, en ese momento teñidas de marrón, habían cubierto todo el paseo con una alfombra de hojas.
Atravesaron las vías del tren por el paso inferior y ralentizaron todavía más la marcha al cruzar el puente sobre el río, aún encharcado y resbaladizo.
Subieron la ladera de la montaña donde estaba situado el pueblo bordeando la carretera principal, y pronto llegaron a casa de Dalia.
Casi tres cuartos de hora. No habían querido bajar en coche, ni se preocuparon de mirar los horarios de autobús para la vuelta. No hacía falta.
—¿Qué hacemos de comer?
—Lo que tú quieras —dijo Úrsula mientras guardaba la compra.
Dalia la desplazó con la cadera para abrirse paso hacia los armarios y sacó una calabaza de la despensa.
—¿Crema de calabaza? —La miró a la espera de una respuesta—. Acompañada de panecillos de ajo, que tengo masa en la nevera.
Su amiga asintió con un leve parpadeo. Hirvió la calabaza y dejó la masa en la encimera para atemperarla antes de la última parte de la receta.
Calentó el horno y trituró la pulpa hasta conseguir una textura sedosa.
Redondeó los panecillos, los pinceló con un poco de mantequilla y los introdujo hasta que quedaron dorados y crujientes.
Tras preparar la mesa y emplatar la comida, ambas se sentaron a comer.
Apenas pronunciaron más que un par de elogios sobre el buen sabor de las recetas, inexplicablemente envueltas en calma.
Cuando recogían el mantel y ponían a remojo la vajilla, sonó el timbre.
—¡Voy! —chilló Dalia desde la cocina, con las manos ocupadas.
Tardó casi medio minuto en salir a abrir la puerta. Quería dejar recogida la cocina y así poder atender allí a su prima, sin necesidad de subir hasta el ático para brujear .
En el exterior de la casa, Azucena esperaba pacientemente. Miró hacia el cielo, encapotado una vez más. Parecía que la tormenta iba a dar menos tregua que el duelo de la familia Nerón.
Pronto notó una presencia que la observaba con descaro. Sus ojos azules se cruzaron con aquellos ojos pardos tras la va lla vecina. No se conocían. Él no sabía quién era ella, y Azuce na tampoco sabía quién era Rabel, pero estaban seguros de que haberse encontrado no era una simple coincidencia.
Cuando Dalia giró la llave al otro lado del cerrojo, el chico se apartó rápidamente de la cerca y se dirigió al interior de la casa. Al abrir la puerta sorprendió a su prima, que todavía miraba en dirección a la valla contigua.
—Pasa, Azucena —dijo con tono calmo y la tomó delicadamente de los hombros, rescatándola del momento, como si la intentase devolver a tierra firme.
Sabía lo que se desencadenaba al clavar las pupilas en aquellos ojos de reflejos melosos. Pero llegaba tarde. La muchacha de mirada clara y cabello dorado había llamado la atención de Rabel. Y los dos se habían mirado con unos ojos que estaban predestinados a volverse a encontrar.