8. El velo #3
La chica se envolvió en su albornoz blanco antes de salir de la bañera y abrió una ventanita para dejar escapar los vapores que hasta entonces habían danzado por el interior de la casa.
Se envolvió el pelo con una toalla y se extendió sobre la tez, sonrojada por la temperatura, una capa muy fina de cre ma hidratante con lavanda y romero, deteniéndose un segundo más de lo necesario en el cuello, mirando de reojo hacia la habitación.
Reconoció el negro del cabello de Úrsula desparramado sobre la colcha.
La luz suave de la habitación recortaba su cuerpo en sombras, una forma ondulada que ocupaba la pared entre las ventanas.
Entró al vestidor en busca de un camisón de entretiempo y se cambió allí mismo, con la puerta entreabierta una vez más, como si aquel descuido fuera deliberado.
Puede que fuese la confianza de estar entre amigas, o tal vez trataba de confirmar que Úrsula la había mirado un par de veces con otros ojos…
y que seguía haciéndolo. No estaba incómoda.
Sentía que había algo nuevo, magnético, mágico.
Quería capturar su atención. Necesitaba probar su teoría.
El roce de la ropa contra la colcha de la cama y el ligero ruido del cuaderno al cerrarlo temporalmente delataron a Úrsula recolocándose para intentar ver a Dalia a través del estrecho espacio entre el marco y la puerta.
La chica se mordió el labio inferior sin darse cuenta, impidiendo que se le escapase un suspiro.
El albornoz le resbaló por los hombros, esquivando las caderas, y aterrizó en el suelo.
Lo dejó caer de manera exageradamente meditada, controlando el desliz por su cuerpo con disimulados movimientos de espalda y piernas.
Sabía que la estaba mirando. Quería que lo hiciese.
De reojo, sin girar la cabeza de forma evidente y fingiendo abrir y cerrar cajones, pudo ver a Úrsula completamente enrojecida mientras intentaba recuperar la concentración en su cuaderno.
Dalia salió del vestidor con un camisón blanco de algodón fino y escote un poco pronunciado, que dejaba adivinar todo su contorno con facilidad. Úrsula levantó la mirada, completamente hechizada, y Dalia la correspondió.
—¿No duermes? —preguntó desplegando la toalla que todavía le envolvía el pelo. Su tono contaba con una cadencia nueva; una caricia que no existía antes.
—Estaba corrigiendo algunos compases. —Úrsula se obligó a cerrar el cuaderno con más ruido del necesario—. No sé si podré dormir esta noche.
—¿Por? —Dalia se desenredaba algunos mechones con ayuda de los dedos—. ¿Por el ruido de la tormenta?
—Sí, supongo que me quedaré un poco más repasando esto. Hasta que deje de tronar. Si no, me va a costar conciliar el sueño.
No sabía a qué se debía, pero algo dentro de sí se negaba a que esa fuese la respuesta.
—¿Solo por eso?
Dalia se acercó hasta el borde de la cama en busca de una reacción distinta, y se sentó tan cerca que el calor de sus piernas rozó la piel de las de Úrsula.
—¿Y por mí? —Se acomodó tras la oreja el pelo todavía húmedo con un gesto rápido.
Úrsula no supo qué responder. Todavía la miraba, sí, pero las palabras se le habían quedado atragantadas.
Carraspeó. Dalia sonrió, pero no de manera burlesca ni altiva.
Era la sonrisa paciente de alguien que, por fin, tenía la confirmación que buscaba.
Sus dedos buscaron la mano que Úrsula había dejado abandonada sobre la colcha.
—Te he visto antes, observándome —dijo Dalia manteniendo todavía la vista fija sobre las pupilas de Úrsula—. Yo también te miro así.
Las yemas de sus dedos recorrieron el dorso de la mano de Úrsula con una lentitud ceremonial mientras disfrutaba cada milímetro de piel, aprendiéndose el tacto de memoria. Úrsula cerró los ojos. No podía moverse.
No quería moverse.
Ella, que hasta entonces había vivido en paz con su amistad con Dalia, decidió que tal vez había algo más.
Entendió que no podía seguir esperando. Se inclinó despacio, temblando, sin separar todavía los párpados por si aquello era un sueño venido a más, y apoyó la frente en la de Dalia, pidiendo así permiso en ese último segundo en el que todavía era posible echarse atrás.
Pero Dalia siguió la acción y cerró la distancia.
Tomó entre las manos la cara de Úrsula y le acarició los labios rojizos con un beso que ambas parecían conocer.
Los tirantes del camisón de Dalia se deslizaban hombros abajo, acompañados por el danzar de sus ondas cobrizas mojadas.
Úrsula volvió a sí misma. No estaba soñando.
En ese momento ella estaba envuelta en el perfume de Dalia.
Miró a su amiga, tan cerca de ella, y la tomó por la cadera.
Cayeron recostadas sobre los cojines bordados y entrelazaron las piernas, perdiéndose entre las sábanas, entonces con un nuevo perfume a rosa, lavanda, vainilla y miel.
El sonido de la tormenta se volvió un rumor lejano y la oscuridad de la noche ya no parecía amenazar a Dalia. Daba la sensación de que la casa había parado por completo el mundo exterior, entendiendo que algo más importante estaba sucediendo entre aquellas paredes.