8. El velo #2
Úrsula detectó enseguida el rubor de su amiga y notó un pulso eléctrico y ardiente, que se apropió de su torrente sanguíneo.
Se levantó del sofá tratando de calmarse, estiró la espalda y dejó espacio para que los pulmones pudiesen coger aire suficiente.
Se apoyó en el marco de la puerta. Casi percibía las mariposas en el estómago de Dalia.
—Pensaba que te parecía insoportable.
—Y lo es.
—Dalia, estás del color de mi pintalabios. —Su amiga se llevó las manos a las mejillas intentando taparlas—. Tú verás lo que haces.
Nunca había presenciado una reacción semejante de Úrsula frente a alguno de sus amoríos. Era habitual que no los comprendiera del todo, pero no solía encontrarse con reacciones tan intensas por cuestiones tan insignificantes. ¿Qué era eso? ¿Quizá celos?
—No te preocupes. No sé nada de él. Tampoco sé si quiero saber algo.
Trató de dar por zanjado el tema cuanto antes.
No quería inquietar a su amiga, aunque no pudo evitar disfrutar, aunque fuera un poco, de haberle despertado celos.
Antes de que la conversación tomase un giro más dramático, el repartidor llegó con un par de bandejas llenas de platos del menú.
Se sentaron a devorar todo el pedido armadas con un par de palillos de bambú cada una, abriendo la boca únicamente para llenarla con otro bocado.
Dalia no terminaba de entender por qué su opinión sobre Rabel se había suavizado en tan poco tiempo.
Tal vez lo juzgó con severidad en un intento de descargar su rabia sobre alguien, y en ese momento, que su mente le daba una pequeña tregua, podía ver las cosas con una perspectiva algo menos irascible.
Úrsula no entendía absolutamente nada. Si bien respetaba que su amiga, como tantas otras chicas de su entorno, encontrase atractivos a los hombres, no lo llegaba a entender del todo.
Por supuesto que había tenido amigos, buenísimos compañeros de trabajo, objetivamente guapos, pero…
nada más. Tampoco le había hecho falta salir del armario como tal, ni se dio cuenta de que era lesbiana después de una relación con un muchacho que no terminó de funcionar —argumento bastante cliché—.
No. Cuando sus amigas tuvieron novios durante la primaria, con quienes compartían los lápices de colores, ella tuvo novias.
Por suerte, nadie de su entorno la trató con extrañeza. Así de sencillo.
Miró a Dalia mientras ella mojaba la esquinita de una pieza de salmón en salsa de soja.
Siempre habían sido buenas amigas, y nunca había tenido intenciones de otra cosa, pero durante los últimos días se le había despertado algo muy adentro que parecía querer algo más.
La necesidad de protegerla y ayudarla, la inquietud de que viva tan cerca de alguien desconocido, los celos al verla enrojecer por otra persona…
Intentó apartar esos pensamientos a un lado de su mente donde no le molestasen demasiado.
Dalia percibía una variación en el comportamiento de Úrsula.
No podía llamarlo incomodidad, ni mucho menos llegaba a ser enfado.
Se mostraba más comedida, escogiendo las palabras con cuidado y midiendo cada gesto.
Como si sujetara el impulso de su propio cuerpo, negándose a cruzar ninguna frontera hasta sentir que aquel deseo no era solo suyo.
—Debería ducharme —dijo Dalia todavía con la boca llena.
—Sube y date un baño relajante. Yo recojo todo esto.
Su amiga le acarició la mano derecha antes de levantarse y un cosquilleo se extendió por la piel de Úrsula. Dalia había medido aquel gesto con más intención de la que aparentaba, sin tener del todo claro qué buscaba con ello.
Escuchó los pasos subiendo las escaleras una vez más, el sonido de la bañera llenándose y los tarros de sales y hierbas repicar.
Conocía la rutina de Dalia, y en esa cercanía encontraba también cierta intimidad.
Sabía que estaría buscando la mezcla de hierbas ideales en el armario sobre el espejo.
¿Qué sería esta vez? Puede que algo de ruda y eucalipto, o tal vez clavo y anís.
Se hizo el silencio después del tintineo de los tarros.
Podía intuir cómo Dalia llenaba una bolsita de tela de gasa con todas las hierbas y la lanzaba a la bañera.
La conocía demasiado bien, pero estaba dispuesta, decidida, a deshacerse de su aparente encaprichamiento mientras limpiaba la encimera.
Sacudió la cabeza y trató de no imaginar a su amiga entrando en el agua.
Recogió la mesa, fregó los vasos, colocó los utensilios limpios en su sitio…
Todo en un intento de despejar la mente.
Había decidido, muchos años atrás, no intentar tener nunca nada con Dalia.
Apreciaba demasiado su amistad. ¿Qué le estaba pasando?
Se aseguró de cerrar todas las ventanas de la planta baja porque, ya sí, la tormenta había retirado la tregua y se abalanzaba intimidante sobre el valle, y subió a su habitación.
Pasó por delante de la puerta del baño, que Dalia no había terminado de cerrar, y pudo ver, en el reflejo empañado que ofrecía el espejo, la cabellera cobriza de su amiga, enrollada en un moño algo deshecho untado de mascarilla afrutada.
Desde la bañera, su amiga aparentó no haberse dado cuenta de la mirada, con una quietud y disimulo que delataba lo contrario; le encantaba la atención.
O, tal vez, algo más. El vapor que se escapaba hacia el pasillo estaba impregnado del olor a flores, rosa y lavanda, mezclado con su jabón de vainilla y miel.
Úrsula se sorprendió a sí misma fantaseando sobre su amiga y negó con la cabeza exageradamente una vez más mientras caminaba hasta el final del pasillo, pretendiendo deshacerse de esos pensamientos por segunda vez aquella noche.
Se sentó en la cama y sacó su cuaderno de papel con pentagramas para distraerse repasando sus nuevos arreglos de clásicos del jazz.
Pasó un cuarto de hora hasta que el ruido de la bañera vaciándose proclamó el fin del baño relajante de Dalia.