Aquí arden las flores 8. El velo
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8. El velo

E l sol empezaba su descenso solemne, y se teñían de ocres intensos las nubes que aparecían desde el otro lado de las montañas que abrazaban el valle.

Úrsula, tal y como había acordado con Dalia, empezó a descargar el cargamento del maletero de su monovolumen.

Estaba todo dispuesto de cualquier manera, encajado milagrosamente: una caja rígida con cierre metálico, dos maletas medianas de estampado animal y una mochila color vino.

Maniobró con su equipaje para poder acceder al compartimento del bolso donde había guardado las llaves de casa de su amiga.

Sujetó la puerta por el gran pomo estrellado que tenía en el centro mientras abría los cerrojos, y empujó con la cadera para abrirse paso.

Le dio la bienvenida el característico olor de los suelos de madera y del incienso, que llevaba décadas impregnando las paredes.

Hizo un par de viajes hasta la primera planta que pusieron a prueba su capacidad aeróbica.

Las ruedecitas de las maletas se enganchaban con los flecos de la alfombra del pasillo.

Al fondo estaba la habitación de invitados.

Una cama doble de ancho generoso con un colchón comprado hacía no más de un año, realmente cómodo.

La decoración ecléctica no aparentaba regirse por un orden ni una estética concreta, pero estaba muy cuidada.

No era una estancia improvisada. Todos los elementos, desde el cabecero de barrotes de madera de cerezo hasta el papel pintado que envolvía el fondo de los cajones de la cómoda, habían sido seleccionados por Dalia.

Le encantaba acoger a gente en su hogar.

No abría las puertas de su casa a cualquiera, no.

Su espacio era sagrado y recibía invitados a cuentagotas.

Pero aquella persona digna de cruzar el umbral de su puerta merecía un trato excelente, una experiencia relajante y perfecta.

Descansar.

El armario de la habitación estaba lleno de abrigos, colchas, sábanas, cortinas, toallas y otros textiles que Dalia no necesitaba a diario.

Úrsula dejó las maletas a los pies de la cama y colocó su joyero de viaje —una caja antigua con incrustaciones de nácar— en la mesita de noche.

Se quitó los anillos y se puso unas chanclas blancas.

—Debe de estar al caer —dijo para sí misma—. Cuando vuelva Dalia llevo mi ropa al vestidor.

De camino a la planta baja pasó por delante de la habitación sobrante, que Dalia había convertido en un vestidor de película: el sueño de cualquier joven.

Los armarios abiertos recorrían la pared izquierda de lado a lado, de suelo a techo.

En la pared opuesta, otro mueble de las mismas dimensiones servía de expositor para bolsos y zapatos, con estantes hechos a medida para acomodar su enorme colección y varias cajas de madera que guardaban accesorios.

Úrsula dio un traspié al ver la escena; iba a ser un reto hacer espacio para su equipaje.

Descendió la escalera con la familiaridad de haber habitado esa casa durante muchísimo tiempo, pese a que nunca fue su residencia oficial.

La luz suave del atardecer doraba los objetos del comedor.

Dalia todavía no había regresado de la escapada con su tía.

Decidió salir al jardín a estirar las piernas y meditar unos minutos.

Olía a lavanda, a tierra, al fin de un día que ya había dicho todo lo que tenía que decir.

Se recostó en el tronco de la higuera que estaba en el límite de la propiedad.

Dentro de ella, solo habitaba la calma de alguien que no tiene que hacer más que esperar.

Entonces lo vio.

Al otro lado de la valla que separaba el jardín de Dalia del de su abuelo. Bueno, del jardín del vecino. Alguien de pie, inmóvil, ojeando a través de los listones. Úrsula ladeó la cabeza con gesto exagerado, evidenciando que había pillado al espía.

—¿Y Dalia?

—La gente normal dice «buenas tardes» y no husmea propiedades vecinas —escupió Úrsula con su característico desparpajo.

—No esperaba a nadie más en esta casa —dijo Rabel, con tono avergonzado, impactado por el carácter de la joven.

—Estoy aquí con permiso de Dalia —añadió, altiva, levantándose y caminando sinuosamente hacia la valla—, que lo sepas, Rabel.

Vio cómo el joven sonreía de manera disimulada, intentando que ella no percibiese el gesto incontrolable que le empujaba las comisuras de la boca hacia arriba.

Úrsula frunció el ceño. Su instinto, nunca traicionero, le enviaba señales contradictorias.

Había algo magnético en la mirada de aquel chico, y a la vez le parecía insoportable.

Haberle llamado por su nombre había sido una prueba irrefutable para Rabel; por su culpa sabía que ambas habían estado hablando de él.

El cielo, ahora de un gris profundo tiñéndose de noche, amenazaba con derrumbarse una vez más.

Úrsula vio el reflejo de un relámpago en las pupilas del joven.

—Dile a Dalia que me debe una conversación.

—No hago promesas a hombres desconocidos.

Úrsula giró sobre los talones y entró a la casa justo antes de que llegase el sonido del trueno.

Se sentó en el sofá, con la mirada dispersa encarada al jardín contiguo.

«Menudo maleducado». Se aseguró de tener el móvil encendido y el tono de llamada a todo volumen antes de acomodarse y apoyar la cabeza en uno de los brazos de terciopelo verde.

No había nada mejor que hacer. Cerró los ojos esperando a Dalia y terminó durmiéndose encantada, casi sin querer, por el olor a vainilla de su amiga, todavía impregnado en el sofá.

El ruido del motor del Mustang del 67 sacó a Úrsula de su sueño.

Enseguida reconoció las voces de Dalia y Loto en el exterior, y se levantó del sofá como un resorte.

Abrió la puerta, dispuesta a ayudar a descargar las maletas y mochilas.

Su amiga tenía un gesto cansado y un aura de seguridad del que carecía antes de irse.

El viento de la tormenta, que oscurecía aún más el cielo nocturno, azotaba el pelo ondulado de Dalia.

Loto se despidió con abrazos de las dos jóvenes y un disimulado «ya te contará qué tal ha ido» a Úrsula.

Terminaron de meter todo el equipaje a la casa.

Dalia se descalzó en el recibidor, encendió la luz de la cocina, tomó asiento con un vaso de agua entre las manos y suspiró profundamente, toda vía procesando todo lo que había vivido ese fin de semana.

—¿Has podido organizarte?

—Sí, bueno —Úrsula sonrió—, no me he atrevido a enfrentarme a tu vestidor. Parecía que me fuese a absorber y a escupir en una galaxia muy muy lejana.

—Eres una exagerada —dijo Dalia con tono ligero, levantando la vista del vaso.

—Mañana lo gestionamos juntas, tranquilamente. No quisiera yo que me acusases de invasión del territorio entre tus perchas.

Dalia rio brevemente. Úrsula la miró con atención.

Estaba distinta, un gesto diferente; la energía de alguien que ha descubierto un secreto superior, testigo de lo oculto. El nerviosismo ya no se apoderaba de ninguna parte de su ser. Una respiración más tranquila, parpadeos lentos, músculos relajados y ambos pies en el suelo.

—¿Cómo ha ido tu fin de semana? —preguntó Úrsula, llena de curiosidad, a la vez que empezaba a transportar el equipaje de su amiga a la primera planta.

—Extraño —Dalia se levantó de la mesa para subir mochilas y maletas—, revelador.

—Una mirada intrigada de Úrsula le pidió silenciosamente más explicaciones—.

Han pasado muchas cosas raras. Pudimos contactar con la abuela, el bosque donde fuimos está literalmente encantado, he encontrado su diario con infinidad de páginas que pueden ayudarme a investigar…

—Todo el tema te va a dar para escribir una novela.

—Sí —se frotó los párpados impulsada por el cansancio—, ya te contaré todo bien cuando haya dormido un poco.

Subieron y bajaron el tramo de escaleras varias veces hasta llevar gran parte del equipaje al principio del pasillo de la primera planta.

La mitad de las bolsas seguían sin abrir, según confesó Dalia entre pisotones, seguido de un «pero y si me llega a hacer falta» ahogado por el peso de la carga.

A Úrsula se le hacía divertida la cantidad de «pors iacasos» que Dalia había considerado imprescindibles.

—Esto es problema de mi yo de mañana. Necesito cenar algo.

—¿Quieres que pidamos algo de comida a domicilio? La tormenta parece estar dando una tregua. Creo que el repartidor no tendrá problemas en llegar.

—¿Sushi?

—Ya estaba en ello.

Agradecía infinitamente tener a alguien cerca que la comprendiese como lo hacía Úrsula, aunque no acostumbraba a expresarlo.

Bajaron al comedor y se dejaron caer sobre el sofá.

Tenían esa clase de vínculo en el que no hacen falta demasiadas palabras ni un contacto continuo.

Una conexión profunda que iba más allá de una simple amistad de la infancia. Sabían leerse muy muy bien.

—Por cierto —dijo Úrsula mientras esperaba a que le tomasen nota del pedido al otro lado del teléfono—, he conocido al chico de al lado.

—Uf. Pobrecita. ¿Te ha dicho algo?

—El vecino tan majo y agradable que tienes estaba husmeando desde el otro lado de la valla.

Dalia contuvo las preguntas hasta que su amiga terminó de confirmar la comanda y dar la dirección de la casa.

—¿Qué? —Úrsula asintió—. ¿Y te dijo algo?

—Me acerqué a confrontarlo y me preguntó por ti, que no esperaba ver a otra persona en tu jardín.

—¡Qué tío más raro! —Dalia intentó disimular una sonrisa nerviosa que le llenó de color las mejillas.

—También dijo que le debes una conversación. Parece que tu silencio le está minando el ego un poquito.

La mirada de Dalia se escapó entre los cristales del ventanal en dirección al jardín vecino y, pese a sus esfuerzos, no podía deshacerse de su gesto alegre.