7. Robles y hayas
T ras otra comida encantada de Dalia, ambas se quedaron dormidas. Despertaron poco antes del momento de cenar, pero ninguna de las dos podía probar bocado. Llevaban ya veinticuatro horas allí, preparándose para dar respuesta a sus preguntas. Debían esperar unos momentos más. Casi era medianoche.
Intentando mantener la calma con respiraciones profundas controladas, empezaron a proteger el espacio y a configurar el altar.
Loto colocó una brújula justo en el centro de aquella mesa redonda.
Dalia sellaba energéticamente el espacio para que solo la abuela pudiese asistir a aquella sesión de contacto.
Y llegó la medianoche.
Dalia cogió el diario de la estantería y lo puso justo al lado de la brújula.
Se sentaron a la mesa, convertida en un altar de manual.
Mantel bordado con hilo dorado y cuentas de cristal, minerales, copas llenas de vino, velas negras y blancas, cuencos repletos de frutos secos de la despensa, una hogaza de pan de pasas que Loto había comprado en el pueblo y una silla de más.
El silencio del bosque ya no era tan acogedor.
El viento que se colaba por las rendijas de las ventanas movía las cortinas con un ritmo más afilado.
Las brasas de la chimenea crepitaban con tensión.
—Póntelo —dijo Loto mientras le daba un velo de encaje negro a su sobrina. Ella también se cubrió el rostro.
Con los antebrazos sobre la mesa, se tomaron de las manos rodeando el altar.
Todo estaba preparado para volver a recibir a la abuela.
La luz de las velas se colaba entre los hilos del velo como pequeños relámpagos, provocando destellos que baila ban ante los ojos.
Las llamas parecían respirar en sincronía con las brujas.
Estaban acompañadas por el mur mullo de la noche más allá de las paredes de la cabaña.
Cerra ron los ojos a la vez, guiadas por una voluntad superior, buscando algo de concentración.
Cualquier bruja que mantiene contacto frecuente con el otro lado, que ha llamado a la presencia de los ausentes, sabe que invocar a alguien difunto antes de un tiempo prudencial desde el día de su fallecimiento puede acarrear consecuencias no muy agradables, pero esa vez era necesario correr el riesgo.
La temprana muerte podía ser anuncio de un peligro mayor.
La energía que les erizaba la piel ya no les pertenecía del todo.
Recitaron al unísono la llamada a la matriarca empuñan do un cuchillo al aire, abriéndole la puerta a ella, y únicamen te a ella.
Viento del norte, guardián de la montaña,
danos firmeza, mantén nuestros pies en la tierra.
Viento del sur, llama de la sangre,
calienta la memoria, danos tu fuerza.
Viento del este, aurora de presagios,
abre los caminos sellados, aparta el velo.
Viento del oeste, guardián de lo oculto,
déjanos sentir el aliento de los que partieron.
Hoy te llamamos a ti, Adelfa Nerón.
Bienvenida eres a esta mesa.
Bruja, guía, manos que curaron, lengua de la verdad.
Alma suya que estás al otro lado, ven a esta reunión. Bienvenida eres a esta mesa.
Hija, madre, abuela, ancestra nuestra, responde.
Bien venida eres a esta mesa.
Nada. Las llamas de las velas quietas, las campanitas de la entrada inmóviles, el viento había dejado de silbar.
Ninguna de las dos percibió la presencia de ella.
Se mantuvieron meditativas, por si el velo entre los mundos estaba especial mente transitado en el momento de la llamada. Menuda estupidez. Volvieron a llamarla.
Hija, madre, abuela, ancestra nuestra, responde.
Bienvenida eres a esta mesa.
Una de las velas empezó a moverse dubitativa. Tras unos segundos frotando la tapa de cuero del diario como si de una lámpara de los deseos se tratase, Dalia decidió provocar alguna respuesta. Desató el cordoncillo que aseguraba las tapas entre sí y lo abrió por una página al azar. Otra vez.
—1 de abril de 1995 —empezó a leer en voz alta.
Las campanitas suspendidas sobre la mesa vibraron solas, primero con un tintineo tímido y después con un repique más claro.
El aire pareció espesarse. Algo estaban haciendo bien.
Siguió leyendo el diario con un poco más de atención, consciente de que cada palabra debía arrancar la reacción de su abuela desde el otro lado; provocarla lo suficiente como para energizarla y que se pudiese comunicar.
—Hoy ha sido un día triste —las velas reavivaron su llama, alargándose de golpe, estirándose hacia arriba con dedos ansiosos— y no sé cómo contárselo a los niños…
La cera comenzó a deslizarse con mayor rapidez por los laterales, formando surcos irregulares.
Una de las llamas osciló sin viento, inclinándose brevemente hacia el cuaderno abierto, como si quisiera asomarse a las páginas.
Entonces llegó un pitido ensordecedor, agudo y sostenido, perforando el silencio de la estancia y haciendo vibrar los cristales más finos, confirmando que había alguna presencia con ellas.
El suelo crujió bajo sus pies sin que nadie se moviera. Desde algún punto impreciso de la cabaña llegó un golpe seco seguido de un leve arrastre, como el roce de una silla mal colocada o de unos pasos indecisos. La temperatura bajó en picado.
La invasión de privacidad parecía haber funcionado.
Cada línea leída tensaba más el ambiente, cargándolo de una electricidad expectante.
Dalia estaba intrigada, con el pulso acelerado, pero dejó de leer.
Posó el diario en el centro de la mesa y tomó las manos de su tía.
Las velas chisporrotearon, inquietas, y una última vibración recorrió las campanitas.
—Adelfa —le temblaba la voz—, abu, ¿eres tú?
Un olor a bizcocho de calabaza inundó la estancia con una robustez nada propia del mundo terrenal.
Cálido, dulce. El postre que solía hornear la abuela, el preferido de Dalia.
La merienda de las tardes lluviosas de casi dos décadas atrás, cuando la nieta salía al jardín a saltar sobre los charcos y las hojas húmedas se le quedaban pegadas en las botas.
No, el horno no estaba encendido. La cocina permanecía vacía.
Era solo la fragancia poderosa de un hechizo desbordante de po der.
Adelfa estaba ahí. Por un momento, su presencia innega ble volvió a habitar aquel espacio que un día fue suyo.
Una ola de emociones inundó el pecho de las brujas y arrasó con todo a su paso.
Un torrente invocado desde los pliegues del velo entre los mundos.
Sintieron cómo sus pechos se tensaban, las pulsaciones se elevaban.
Al principio, confusión. Lo primero en manifestarse.
Un desconcierto inicial propio de quien se despierta en una casa que ya no reconoce como suya.
Luego la tensión se convirtió en temblor, un dolor mudo de haber sido testigo de algo horrible. Por último, llanto.
No eran lágrimas apaciguadoras. Era llanto seco, de garganta apretada y ojos bien abiertos. De acidez en la boca del estómago.
No era pena. Era ira.
Entonces se dieron cuenta. Esos sentimientos no pertenecían a ninguna de ellas. Adelfa estaba intentando darse a entender desde el otro lado. Eso era lo que sentía.
Dalia se llevó la mano al pecho y apretó con fuerza sobre el esternón, tratando de detener el torrente. Loto cerró los puños y se clavaba las uñas en las palmas sin siquiera notarlo.
El olor seguía allí, calabaza dulce, toques avainillados y notas de canela, un suave fondo de mantequilla.
Pero había algo más. Se mezclaba con algo más.
Otro aroma se colaba por las rendijas de la cabaña.
Sutil, agrio. A leche cortada, a madera podrida.
Adelfa estaba intentando, con todas sus fuerzas, mostrar lo que había pasado.
Abrir los ojos de sus alumnas. Despertarlas.
—Señora Adelfa, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Loto con tono firme.
Dalia necesitó unos segundos para conectar.
Transmitir mensajes desde el otro lado no era tarea fácil.
Menos si alguien había tratado de silenciar a su abuela por todos los medios posibles.
Sí, por lo general oía voces, pero no solían ser claras y mucho menos decían frases completas.
Más bien eran sonidos que requerían de atención para deducirlos.
Como si escuchase a alguien a través de una pared.
—«Muy pronto». Dice: «Muy pronto».
—Dalia, ¿oyes algo más?
—«L…». —Distinguir a su abuela entre las voces que oía no era tarea fácil. Respiró muy profundo y se concentró únicamente en la voz de Adelfa—. «Lee».
Todas las velas del altar se apagaron de inmediato, como si alguien las hubiese soplado.
Todas menos una: la que iluminaba el diario.
Dalia se levantó de la silla lo suficiente como para poder leer sin soltar a Loto.
Pasó la página, dado el consenti miento explícito de su abuela.
Un texto lleno de borrones, escrito una y otra vez, con correcciones en los márgenes.
Se descolgó las gafas del cuello de la camiseta con una mano y se las puso para poder leer. Era un poema o, tal vez, un hechizo.
Sang vella, sang viva
a l’arrel de l’home adormit.
Bajo sombra, bajo tierra,
que despierte, que amanezca.
Eléboro, bautizado en flores,
nacido en luna oscura,
escucha el latido de la sangre,
toma aliento, respira como antes.
Carne a la carne
y hueso al hueso,
con la sal, la ceniza y el fuego,
regresa aquí; yo lo ordeno.
Abre, mas no rompas el fino velo,
cruza con cuidado, no bajes el vuelo,
con mi sangre bendigo tu cruce,
el hijo perdido aquí se reúne.
Carne a la carne,
hueso al hueso,
alma al cuerpo,
alma al cuerpo,
alma al cuerpo.
Un ave oscura que había observado toda la ceremonia desde la repisa exterior de una de las ventanas alzó el vuelo.
En su partida, las alas golpearon el cristal con un aleteo áspero y deliberado.
El sonido atravesó la estancia como una advertencia que únicamente llegó a oídos de Loto.
Ella se tensó al instante, alzó la cabeza y clavó la mirada en el vidrio aún vibrante, con el gesto endurecido y el pulso alterado.
Aquello no había sido casual. Sonaba a reproche.
A desafío. A recordatorio. Pero ¿ de qué ? Decidió ignorarlo.
Permanecieron inmóviles, asimilando el peso del instante.
Terminaron la invocación con unas frases de agradecimiento y una despedida.
Palabras aprendidas que iban más allá del lenguaje común, conectadas a algo superior que todavía no llegaban a comprender.
Se quedaron en silencio. Estos momentos de pausa no estaban acordados, pero siempre se daban cuando eran más necesarios.
Loto fue la primera en moverse. Con gestos medidos empezó a retirar todas las protecciones y guardas, clausurando definitivamente el ritual.
Dalia la siguió. Recogieron el altar sin levantar la mirada de la mesa, sin la ceremoniosidad con la que lo habían dispuesto todo.
Sus manos, entorpecidas todavía por la tensión latente, tropezaban con los portavelas, se resbalaban guardando los minerales, olvidaban cómo doblar el mantel…
Pese a la pesadez sobre los hombros, Dalia no podía evitar sonreír. Había hablado con su abuela. Habían podido escucharla, aunque únicamente hubiesen sido tres palabras. Notaba cómo recuperaba poco a poco la confianza que tenía en sí misma.
Ambas estaban perdidas en sus pensamientos. El ritual había terminado.
Antes de devolver el diario a la estantería, le dio un último vistazo.
—¿Quién es Eléboro? Dudo que la abuela quisiera devolverle la vida a una planta.
Loto miró fijamente a su sobrina con gesto todavía confuso y negó con la cabeza a la vez que se encogía de hombros.
Dalia pasó las páginas buscando la última de las entradas de la abuela: 10 de septiembre de 2023, el día antes de su muerte.
Miró las anteriores: sábado 9, viernes día 8, jueves día 7 «cuarto menguante».
Era cierto. No recordaba haberla visto los días anteriores a su fallecimiento.
Murió en su casa, pero antes pasó varios días en aquella cabaña.
—El día antes de morir, la abuela estuvo aquí.
—Que no te extrañe —dijo Loto con tono tranquilizador—, ya te he dicho que venía una o dos noches por semana.
—Pero estuvo como media semana. Hay varias entra das en el diario. Aquel domingo, después de escribir, debió de volver al pueblo.
—Dalia, cariño… Vamos a dejar reposar el tema. Llévate el diario de la señora Adelfa y lo lees con calma en tu casa, que ahora ya tenemos permiso. Necesitamos descansar.
—Tienes razón, sí.
—¿Te parece que avive un poquito el fuego antes de ir a dormir?
—Sí, sí. —Cerró el diario y lo metió en una de sus mochilas con muchísimo cuidado—. Voy a preparar algo de beber.
Sobre el bosque ya había caído la noche y era mejor no preguntar qué se escondía entre los árboles.
Mientras Loto añadía leña a la chimenea, Dalia intentaba idear la combinación perfecta de hierbas para aquel momento.
Al sonido del vidrio chocando entre sí mientras rebuscaba ajenjo en la despensa, se unió el chillido de la tetera sobre el fuego.
Puso en el mortero una ramita de ajenjo, una cucharada de lavanda, varias flores de anís y molió las plantas secas hasta que consiguió un polvo algo grueso.
Cogió un par de las tazas color ámbar de la alacena y repartió la mezcla de hierbas entre ellas.
Su tía rodeó el asa de la tetera con un paño y sirvió agua sobre las hierbas.
Infusión en mano, se sentaron delante de la chimenea. Ninguna de las dos sabía qué decir. El bosque, silencioso, tras las ventanas, parecía inclinarse hacia la cabaña. Contenía el aliento, como si esperara ver qué harían las brujas, como si supiera que lo más difícil todavía no había comenzado.