Aquí arden las flores 6. Fuego
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6. Fuego

D a lia había amanecido con los primeros rayos de sol que se colaron por las rendijas de la ventana, y llevaba bastante tiempo preparando el desayuno acompañada del sonid o aflautado del viento entre los troncos del bosque.

Nunca había estado en aquel lugar, pero se sentía como en casa.

Rebuscando un poco en la despensa de la abuela, había conseguido reunir los ingredientes para hacer buñuelos de calabaza.

Un cuarto de kilo de calabaza, ciento sesenta gramos de harina de trigo, cuarenta gramos de azúcar moreno, un huevo —sorprendentemente todavía apto para el consumo—, un sobre de levadura, una pizca de sal, algo de canela y aceite para freír.

Coció la calabaza casi media hora para hacer un puré sua ve después de quitarle la piel y las pepitas.

La trituró con una pica dora manual y agregó la harina y la levadura al bol con un tamiz de por medio.

Luego fue el turno del azúcar y la sal. Amasó bien con las manos, apretando la mezcla entre los de dos para asegurarse de no dejar un solo grumo.

Puso una cu charadita de canela y, tras comprobar que la mezcla no estaba caliente, añadió el huevo.

La masa quedó algo densa, con su característico color anaranjado, tremendamente perfumada.

La tapó con el trapo que había colgado en el asa de la puerta del horno.

Lo observó unos segundos, acariciando el bordado sobre las costuras del contorno; recordaba a la abuela, armada con hilo y aguja, plasmando en la tela tantas plantas como conocía.

Mientras dejaba reposar la masa unos momentos, calentó el aceite en una sartén de hierro de las que Adelfa guardaba colgadas en la pared de la cocina, junto a otros utensilios antiguos y seguramente heredados: ollas de bronce con asas llenas de filigrana, cucharones de madera tallados a mano, una espumadera con diseño punteado bastante decorativa y un molinillo de café que todavía desprendía olor a mañana de invierno.

El aceite empezó a burbujear suavemente.

Dalia tomó un pellizco de la masa y la redondeó entre las palmas.

Hizo un agujerito con el pulgar en el centro de la bola y lo agrandó estirando con suavidad el buñuelo.

Luego, lo introdujo con seguridad en el aceite y repitió el proceso hasta llenar la sartén.

—Que este desayuno nos acerque un poco más al otro lado —recitaba entre dientes una y otra vez, en un estado similar al trance.

La cocina le resultaba meditativa, el momento perfecto para hacer magia.

Encantar el preparado, darle forma con las manos, hechizar algo que poco después vas a consumir.

La magia de preparar un plato le parecía ancestral, un tipo de ritual al que muchas brujas no le daban la importancia que merecía.

Los buñuelos se inflaban poco después de entrar en con tacto con el aceite.

Dalia esperaba paciente, tenedor en mano, para darles la vuelta cuando estuviesen dorados, pero los buñuelos giraban como por arte de magia —o gracias a la profundidad perfecta de la sartén de la abuela, quién sabe— .

Puso la tetera a hervir en otro fogón y abrió la puertecita del carbón para comprobar que todo funcionaba como debía.

Cuando sacaba la primera tanda de buñuelos y la tetera empezaba a hervir, Loto asomó la cabeza.

—¿Qué espíritu del hogar ha poseído hoy a mi sobrina? —preguntó al entrar en la cocina.

—El espíritu de un buen desayuno. No me apetece salir a mordisquear hojas húmedas —respondió Dalia con una sonrisa—. ¿Cómo has dormido?

Loto se encogió de hombros y apartó la tetera del fuego. Empezó a arrancar ramitas de las hierbas que estaban secándose colgadas por todas partes.

—He soñado con Adelfa. Nada malo, aunque recuerdo poco. Estaba aquí, y sé que era ella, pero de joven. Me hablaba… Bueno…, vocalizaba algo, seguro, y yo no oía nada. Solo silencio.

Dalia levantó la vista de la sartén, interesada.

—¿No recuerdas cómo movía la boca siquiera? Tal vez puedas descifrarlo.

—Ojalá. Leer los labios nunca ha sido lo mío. Solo sé que juntaba los dientes un par de veces, pronunciando lo que parecían eses durante la frase. —Calló unos segundos, pensando posibles frases con aquel sonido, antes de continuar con la conversación—. ¿Y tú, has dormido bien?

—Sí, nada de sueños raros. Me he despertado con ganas de buñuelos, y menos mal que he encontrado los ingredientes. Si no, te hubiese secuestrado el coche y hubiera ido al último pueblo por el que pasamos antes de llegar, a ver si encontraba alguna tienda abierta.

Dalia sacaba los buñuelos, de un color dorado impresio nante, y los dejaba escurrir sobre papel absorbente. Espolvo reaba por encima una mezcla de azúcar y canela, y volvía a hacer la siguiente tanda. Loto cogió uno recién salido del fuego, sin esperar a que se enfriara.

—¡Dalia! ¡Qué bueno! —murmuró con la boca medio llena, soplando un poco mientras masticaba.

Su tía terminó de preparar la mezcla de hierbas y la puso dentro de la tetera para que infusionase. Dalia espolvoreó los últimos buñuelos y llevó la fuente llena de dulces hasta la mesa. Entonces Loto sirvió su té humeante —no sin antes encantarlo— en dos tazas de vidrio templado color ámbar.

Desayunaron sin prisas y sin intercambiar palabra mientras la luz se filtraba entre las ramas y a través de las cortinas de aquellas ventanas, ya abiertas.

Un silencio denso las abrazaba. No evocaba soledad ni era inquietante.

El aire fresco bailaba con la neblina que cubría todavía la montaña y se impregnaba de su olor a tierra, a madera húmeda, a hierbas cortadas.

El ritmo lento del bosque se imponía. Las dos brujas estaban atentas a su cadencia serena.

Dalia acariciaba la superficie lisa del vidrio de la taza y observaba cómo el vapor se enroscaba en espirales pálidas, que jugueteaban con los rayos de sol antes de desvanecerse. Loto saboreaba cada bocado con gesto atento, a la espera de que el hechizo de su sobrina hiciese efecto.

Parecía que lo ceremonioso de aquel desayuno no fuese ajeno para ninguna de las dos. Cuando consumieron el último bocado y el té ya había perdido temperatura, Loto alzó la mirada.

—Hoy no es día para quedarnos aquí dentro —murmuró, más para sí que para su sobrina.

Dalia asintió sin dudar y recogió el desayuno.

Dejó la vajilla que habían utilizado en el fregadero con una actitud casi reverencial.

Sin explicación alguna, empezaban a sentirse envueltas en una energía que no sabían nombrar.

Ninguna de las dos había planeado los eventos de aquel día; tampoco hizo falta. El propio bosque les marcaba el paso.

Ya bien abrigadas y con las botas atadas, salieron de la cabaña de Adelfa.

Tomaron una cesta de mimbre, por si en contraban alguna hierba de interés, y cerraron la puerta con suavidad tras ellas, como si temieran perturbar el equilibrio del entorno.

La madera del porche crujió bajo sus pasos, y el aire del bosque las recibió con el resto de sus aromas.

Seguían sin pronunciar una sola sílaba, movidas por una energía tremendamente superior a ellas que había decidido guiarlas.

Caminaban sin rumbo fijo, permitiendo que el sen dero se revelase delante de sus pies.

Una rama caída, un claro de luz entre las copas tupidas de los robles, el canto de algún pájaro que todavía no había migrado a tierras más cálidas…

El bosque sabía la dirección que ellas debían tomar.

Aquella tierra era la que había acogido los hechizos de Adelfa, de su madre antes que ella, y de su abuela.

El linaje de brujas y curanderas de la familia Nerón era, como mínimo, de cinco generaciones antes de la llegada de Adelfa al mundo, y todas habían practicado magia dentro de ese bosque.

Dalia sabía que su abuela no hacía los grandes rituales en casa; podía suponer que disponía de otro lugar para realizar sus mancias, pero nunca había tenido el honor de visitarlo. «¿Por qué nunca me trajo aquí?».

Pronto se encontraron con un arroyo angosto, y decidieron seguir a contracorriente el camino que este marcaba, buscando s u origen.

Su agua cristalina bajaba sin fuerza, casi sin sonido alguno.

No destacaba por encima del paisaje sonoro del bosque.

Nada lo hacía. El frotar de las hojas, el viento entre las ramas, el agua bajando, algún animal tras los arbustos…

Los soni dos formaban parte de un todo, que las absorbía poco a poco.

Llegaron al nacimiento del agua casi sin darse cuenta: una fuente natural canalizada de manera algo rudimentaria, rodeada por piedras irregulares.

Una losa grande, cubierta de musgo espeso, coronaba el pequeño manantial.

En su superficie aún se adivinaban tallados vegetales erosionados, suavizados hasta casi desaparecer, sometidos al paso del tiempo y la fuerza de los elementos.

El agua, retenida a sus pies por un cerco de piedras, permanecía inmóvil el tiempo suficiente como para reflejar los colores cambiantes del cielo.

Ambas se detuvieron delante. Loto rompió el silencio.

—La señora Adelfa decía que las piedras tienen memoria. Que el bosque recuerda.

Dalia inspiró profundamente, como si hubiese vuelto a sí misma después de un trance.

—¿Recuerda? ¿Qué recuerda?

Loto le tomó el brazo por encima de la muñeca y lo guio hasta la gran piedra de la fuente, todavía esclava del ritmo del bosque al que habían sucumbido.

Dalia cerró los ojos tratando de concentrarse para descubrir lo que fuese que su tía le intentaba desvelar.

Al principio no sintió más que el frío de la piedra, la humedad, la textura contrastada de piedra y musgo, la dureza. Y, luego, llegó.

Un escalofrío eléctrico, un pulso ajeno, una energía superior que hacía horas que ambas percibían, pero que toda vía no sabían definir.

Se catapultó de la punta de sus dedos al centro de su médula espinal.

Se extendió en todas las direcciones; desde la coronilla hasta los talones.

Entonces las visiones s e desplegaron como capas superpuestas de tiempo, sin prin cipio ni final claros.

No eran imágenes extremadamente definidas.

Iban acompañadas de un sonido difuso. El bosque, joven, con sus claros abiertos por la luz y sus troncos delgados, terminados en raíces poco profundas que tanteaban la tierra húmeda.

Su crecimiento, cerrándose sobre sí mismo, reclamando cada espacio disponible, acogiendo bajo sus copas todo.

Los humanos que lo transitaban, sus senderos, sus recortes al bosque.

Adelfa, a veces acompañada, dejando ofrendas en el nacimiento del agua o a los pies de las hayas.

Las visiones se aceleraban y ralentizaban sin aviso.

Parecían siglos de historia comprimidos en segundos.

El bosque nunca desaparecía del todo. Persistía, mutaba, observaba.

Abrió los ojos y apartó la mano de la piedra rápidamente. Había sido demasiado abrumador.

—¿Lo has visto?

—¿No me lo he imaginado?

—No. Este bosque guarda una energía incomprensible, algo inabarcable. Adelfa lo sabía, al igual que las brujas que le enseñaron a ella —dijo. Su sobrina, poco a poco, salía de su estado meditativo—, y si queremos contactar con ella tal vez debamos empezar por conectar con esto .

Dalia, una vez más, asintió. Comprendía perfectamente a su tía. Si era cierto que la abuela había sido víctima de un ataque mágico, iban a necesitar algo más que su propia energía.

Se sentaron en el tronco de un árbol caído antes de seguir con su travesía.

No terminaban de saber cómo habían llegado a la fuente ni recordaban el camino de vuelta, pero seguía n arropadas por el manto de los árboles y una calma ensordecedora.

Las caricias del viento frío que bajaba por la ladera terminaron de despejar la neblina que todavía cubría partes de la tierra.

Dalia se fijó en las raíces entrelazadas, algunas todavía enterradas, del tronco donde se habían sentado.

—Mira, tía, ya hay setas. He visto arroz en la despensa de la cabaña. Creo que puedo hacer un buen plato calentito para comer.

—Para esta noche necesitaremos algunas ofrendas. Deberíamos ir al pueblo de aquí al lado a comprar.

—Es temprano. Yo me quedo. Cogeré cuatro setas grandes y volveré a la cabaña. No sé cómo —se llevó la mano a la frente en un intento fallido de recordar el camino—, pero seguro que sé regresar

—Nos vemos entonces en unas horas y comemos juntas.

Se dieron un abrazo y Loto dejó que el bosque la guiase de vuelta hasta la cabaña, donde se montó en el coche para ir a hacer sus recados brujeriles. Entre curva y curva preparaba la lista mental de las cosas que iban a hacer falta.

Mientras tanto, Dalia ascendía más, atravesando el bosque de la ladera; recolectaba setas comestibles y las depositaba con cuidado en la cesta, hasta que dejó los robles atrás y se vio rodeada de hayas.

Era la primera vez que sus pies caminaban por aquella montaña, pero cada paso le era familiar.

La melodía del viento entre los troncos parecía albergar un susurro extraño, palabras indescifrables.

Había perdido completamente la noción del tiempo cuando llegó a un claro y levantó la mirada hacia el cielo.

El sol le caía en picado sobre la cabeza, anunciando el mediodía.

El peso de la cesta le había clavado el asa en la piel, dejando impresa la textura del mimbre.

Hora de volver. Dio un par de vueltas sobre sí misma en busca de algún sendero, por te nue que fuese, marcado en la tierra.

Nada más que un bosque implacable. Infló los pulmones de aire frío y pidió en un susurro: «Guíame de vuelta».

Guiada por quién sabe qué, con los ojos entrecerrados, movió un pie delante del otro y se dejó llevar por el bosque. Si su abuela había confiado en el alma de ese espacio para acompañar su magia, ¿por qué iba Dalia a dudar de su po der?

Pronto el bosque se volvió más tupido. Reconoció el olor a leña ardiendo, saliendo de la chimenea de la cabaña.

—¿Tan poco hemos caminado? —se dijo a sí misma extrañada, girándose para observar la parte superior de la ladera y el bosque de hayas, donde juraría haber estado hacía tres minutos.