5. Otro ritmo #2
Se inclinó para recoger un recipiente pequeño de cristal rosado, parecido a un tarro de base ancha, que al caer había volcado su contenido.
Junto a él había una pluma de águila. Dedujo que la había empleado para escribir.
Sin pensarlo de masiado, pasó la manga por la estantería para limpiar el ras tro de líquido derramado.
Por suerte, aquella sustancia incolora no dejó en su ropa más que una nota cítrica.
Dalia nunca había visto las anotaciones de su abuela.
Pensaba que era una enciclopedia humana que no necesita ba de soportes porque su memoria no fallaba.
Siguió rebuscan do impulsada por una mezcla de curiosidad e intuición.
Loto la miraba con un gesto de comprensión.
Escondida tras los cuadernos descartados, pegada al fondo de la estantería, Dalia vio una libreta con las tapas de piel y una cinta de raso rojo, que la mantenía cerrada. La tomó entre sus manos, intrigada.
Buscó por las tapas y el lomo, apartó la tira.
Ni rastro de título. Sabía que era incorrecto abrir un cuaderno ajeno sin permiso, y menos habiendo la posibilidad de que dentro hubiese algo personal, pero la curiosidad pudo con ella y separó las tapas, desvelando así una página al azar encabezada por una fecha: 1 de abril de 1995.
—¡Un diario!
—¿Qué? —dijo Loto, que no había oído bien a su sobrina.
—Tía, creo que es un diario de la abuela.
—No sabía que tenía un diario. ¿Dónde estaba?
—Tras los cuadernos.
—Déjalo ahí otra vez —señaló la estantería con la barbilla—, mañana pediremos permiso para leer.
—¿A quién?
—A la señora Adelfa. ¿A quién si no?
—¿A eso hemos venido? —dijo alzando la vista con gesto incrédulo, mientras seguía acariciando el lomo del cuaderno entre sus manos.
—No del todo, pero creo que las dos necesitamos hablar con ella.
—Ya te dije que en el funeral no la pude oír, y en el cementerio tampoco.
—Yo tampoco he podido contactar con ella. He probado con velas, con espejos de plata, con el de obsidiana, con cartas, con huesos. —La voz de Loto fue subiendo de tono a medida que desgranaba el problema ante su sobrina—. ¡Nada! ¡Nada de nada!
—¿Y aquí crees que sí podremos contactar con ella?
—Tu abuela hacía aquí la mayoría de su magia y, sobre todo, venía a descansar.
—Su espíritu tal vez ha escogido esta cabaña para descansar —dijo Dalia en tono afirmativo, arrastrando algunas vocales, como quien acaba de entender un concepto.
—Eso he supuesto.
—Yo —se aclaró la garganta— he estado investigando estos días.
—He visto varios libros abiertos en tu casa cuando he entrado a saludar a Úrsula, pero no quería entrometerme.
—No, no. Verás —se apartó el par de mechones que le tapaban el rostro con un gesto rápido—, parecerá un poco locura, pero creo que alguien ha matado a la abuela.
—¿Cómo?
—No un asesinato normal, no hay arma del crimen, y aparentemente ha sido una «muerte natural», pero yo creo que ha sido un maleficio.
—No se me había pasado por la cabeza. Tenía un presentimiento extraño, pero no pensé en un asesinato mágico.
—Lo he estado hablando antes con Úrsula, que ya sabes cómo es de racional con estas cosas, y mis argumentos parecían convencerla.
Dalia sacó el cuaderno de una de las mochilas para compartir sus reflexiones y recibir una segunda opinión.
Tomó asiento en una de las butacas de la chimenea y le hizo un gesto algo exagerado a su tía para que la acompañase sentándose en la otra.
Se notaba un pulso eléctrico en la punta de los dedos al pasar las páginas.
Parecía que una energía, desde el otro lado, apoyase su corazonada.
—Voy a intentar resumir todo un poco porque llevo días sin dormir bien con esto.
—Tranquila —le puso la mano sobre la rodilla a su sobrina cuando vio que una cortina de lágrimas empezaba a nublarle los ojos—, cuéntame.
—El asesino sabía lo que hacía, y por eso usó un hechizo que no levantase demasiada sospecha.
—Que aparentase una muerte natural…
—Exacto. —Se secó con el índice una lágrima que se deslizó rápidamente mejilla abajo.
Loto se recolocó en su asiento con un gesto más que interesado.
—Esta teoría tiene sentido porque la abuela sabía cuándo iba a morir.
—A mí nunca me dijo cuándo.
—No, no. Ni a mí —sonrió, recordando la insistencia con la que le había preguntado toda su vida—. No compartió con nadie cuál sería el momento exacto, pero antes de verano tuvimos una conversación en la que dejó claro que le quedaba bastante tiempo.
Las palabras se impulsaban desde lo más profundo de su ser y le salían por la boca, que era casi incapaz de pronunciarlas a la velocidad que su cerebro necesitaba.
Mientras tanto, su tía seguía cada palabra sin perder detalle, asintiendo con los ojos muy abiertos.
Ni una sola de las palabras pronunciadas por su sobrina le parecía un disparate.
—Quiero pensar que, desde que la atacaron con magia, la abuela dejó de estar segura de su fecha de defunción.
—Miró un momento el cuaderno para no ofrecer información incorrecta—.
Por lo tanto, podemos situar el ataque a partir de aquella semana; la de antes del solsticio de verano.
Este año ha habido lunas poderosas alrededor del solsticio…
Tal vez las usase. —Levantó la vista del papel y clavó sus pupilas en las de Loto esperando respuesta.
—No podemos suponer tanto, pero sí es cierto que sabía de magia. Más que suficiente. —Entrelazó las manos, pensa tiva—. ¿Crees que esto también es el motivo de que no poda mos contactar con ella?
—Sí. Estoy segura de ello, y más ahora que sé que tú tampoco puedes conectar con ella de ninguna manera. Alguien la quería callada.
—¡No solo me pasa con ella! ¡El resto de los espíritus tampoco me dan información suficiente al respecto!
—¡A mí me ha pasado lo mismo!
La mirada de Loto se perdió entre las llamas.
Cogió una rama gruesa del cesto de mimbre donde Adelfa guardaba la leña recolectada, y resituó los troncos de dentro de la chimenea con su ayuda.
Dalia miró de reojo la estantería con los cuadernos de su abuela, incluido el diario.
Seguro que había dejado respuestas a las preguntas que en ese momento se le habían instalado en la cabeza.
—El otro día vi algo extraño cuando estaba con tu prima.
—¿El qué?
—Estábamos en una de las cafeterías del parque. Justo cuando nos íbamos a ir empezó a diluviar y decidimos quedarnos un poco más, a ver si paraba.
Dalia se sentó casi al borde de la butaca.
—A todo esto, yo tenía un dolor de cabeza horrible — prosiguió Loto— porque si no habría atado la tormenta para volver a casa.
El viento lanzaba el agua hacia los ventanales y no se distinguía demasiado del exterior a través de la cortina de agua.
Después de pedir un chocolate, cuando se apartó la camarera, vi una sombra extrañísima.
Un pájaro negro, batiendo las alas, pero manteniéndose estático, miraba hacia nosotras. Al menos me lo pareció.
—¿Y sabes qué pájaro era?
—No. ¿Tal vez un cuervo? No sé. Me dio muy mala espina, y desde aquella tarde es lo único que veo en sueños.
—¿Estará relacionado con la muerte de la abuela?
—No tengo ni idea. Tengo más preguntas que respuestas ahora mismo, y he supuesto que tú también. Esta escapada improvisada es mi última opción antes de perder la cabeza.
—Creo que necesitamos comer algo y descansar. Mañana resolveremos misterios. Con el estómago vacío y unas ojeras kilométricas, no vamos a llegar a ningún lado.