5. Otro ritmo
l a tarde había empezado a caer cuando volvió a sonar el timbre por sorpresa.
La segunda visita inesperada de aquel viernes.
Dalia y Úrsula estaban tumbadas en el sofá, reposando la comida tras varias horas de conversación, cuando el sonido de campanita casi rítmico y varios golpes en la puerta las despertaron.
Úrsula miró su reloj de muñeca con gesto exagerado.
—¿Quién llama así a la puerta un viernes a las seis de la tarde?
—No sé. Voy a ver —dijo Dalia poniéndose los zapatos.
Apartó la tapita de la mirilla para comprobar que no se trataba de alguien no deseado.
Al otro lado del umbral, enfundada en un abrigo de lana gruesa sin abrochar, estaba tía Loto.
Dalia abrió la puerta y recibió un repentino —e inesperado— pellizco en las mejillas y un beso, que le dejó marcado el centro de la frente con pintalabios color teja.
—¡Hola, cariño!
—¡Tía Loto! ¿Qué haces aquí?
—Nos vamos de fin de semana.
—¿Qué?
—Prepárate cuatro cosillas de ropa abrigada y unos za patos cómodos, que nos marchamos. —Sacudió las llaves de su coche.
—¿Quién es? —preguntó Úrsula levantando la voz, todavía desde el sofá.
—¿Esa es Úrsula? —Loto corrió hacia el comedor para saludar.
Su tía parecía un torbellino, impulsada por algo superior.
Pellizcó también las mejillas de la amiga de su sobrina y le plantó otra marca de pintalabios entre las cejas.
Estaba tremendamente feliz, con una energía resplandeciente y una sonrisa de oreja a oreja.
Nadie habría dicho que su suegra y mentora había muerto hacía unas semanas.
Dalia no cuestionó las órdenes de su tía, como tantas otras veces, y voló hacia el vestidor en busca de una mochila sufi cientemente grande para la ropa de abrigo de dos o tres días y varios «porsiacasos».
No sabía dónde iban a ir, pero parecía importante.
A Úrsula le extrañó poco; Loto acostumbraba a actuar por impulsos, como si quisiera sorprender al destino.
Mientras tanto, Loto aprovechó para recibir actualizaciones sobre la vida de la que siempre había considerado su casi-sobrina.
Conciertos, ruedas de prensa, pruebas de vestuario, grabaciones, giras, sesiones de fotografía, entrevistas varias…
Úrsula sentía que se lo debía en cierto modo. ¿Quién sabía si, sin la ayuda mágica de la familia Nerón, ella habría logrado triunfar cantando jazz al nivel de una artista de pop?
Pasado más de un cuarto de hora, Dalia bajó las escaleras tambaleándose, perdiendo el equilibrio por el peso de su equipaje. Úrsula se levantó del sofá con los brazos extendidos y la intención de ayudar.
—Tía, ¿qué llevas ahí? ¿Un muerto? —le dijo su amiga.
—Tres, a trozos —respondió Dalia sonriendo.
—¿Pero dónde vais, que os hace falta tanta cosa?
—Ahora lo subimos todo al coche —dijo Loto, mirando a Úrsula y guiñándole un ojo—. Tranquila, que la ropa de abrigo extra no estará de más.
—Aprovecharé este par de días que estaréis fuera para organizarme bien, deshacer las maletas en casa, y volverlas a hacer para traerme cosas con menos lentejuelas.
—¿Seguro que quieres quedarte aquí? Con una visita cada dos días me basta.
—Dalia, deja de hacerte la independiente —le descolgó una de las mochilas de los hombros y se la puso sobre los suyos— y asume que necesitas una manita.
—Bueno, vale. —Abrió el cajón del mueble recibidor y sacó una copia de sus llaves—. Toma, por si volvemos tarde; así vas poniendo tus cosas. Nos vemos aquí el domingo por la tarde.
—Genial. Voy a casa a descansar un poco y mañana adelantaré trabajo. —Cogió el bolso y abrió la puerta—. Si llego antes, dejaré las maletas en la habitación de invitados.
Las tres salieron portando el equipaje de Dalia, no sin antes revisar que los fogones estuviesen apagados, y las persianas, medianamente bajadas. Cargaron el maletero del Ford Mustang verde esmeralda de Loto.
Subieron al coche y agitaron la mano cerca del parabrisas para decirle adiós antes de que ella entrase en su Fiat.
Su tía giró la llave, quitó el freno de mano, movió el pomo del cambio de marchas con agresividad y pisó el acelerador como si le fuese la vida en ello.
Dalia la miraba perpleja, pero no extrañada; sabía que su euforia tenía alguna explicación, y que se la daría cuando el momento fuese el adecuado.
—¿Esto es una de tus misiones secretas o solamente evitas pasar el fin de semana encerrada en tu casa? —Dalia in tentaba abrocharse el cinturón mientras el coche se sacudía con los baches del asfalto.
—Ambas. Ya verás.
La respuesta la hizo sonreír sin querer.
Recordó aquellas excursiones improvisadas de su infancia, cuando tía Loto aparecía igual que ese mismo día, sin avisar.
El destino siem pre era diferente, y el objetivo, de una manera u otra, mágico.
Caminar a través de un sendero feérico en un bosque de robles, recoger agua bajo la luna llena en un pozo de los deseos, visitar una ermita abandonada cuyos ventanucos emitían sonidos sanadores cuando el viento los atravesaba…
Loto sujetó el volante con una mano mientras con la otra buscó su emisora de confianza.
Sonó «Atomic» , de Blondie, mezclado con un poco de ruido estático.
A base de volantazos y acelerones pronto salieron del pueblo.
Dalia apoyó la cabeza en la ventanilla y suspiró viendo el sol teñir las nubes de tonos violetas mientras estas se aproximaban a velocidad escandalosa hacia el valle.
Se hizo un silencio apacible acompañado por aquella música que tanto le gustaba a su tía, únicamente interrumpido de vez en cuando por el locutor, que introducía cada canción.
Siguieron en dirección norte la vía que bordeaba el cauce del río.
Entre los árboles que la flanqueaban se filtraban los últimos rayos de luz de la tarde.
Por las rejillas del aire acondicionado se colaba el olor de las primeras hojas caídas humedeciéndose en el arcén de aquella carretera de montaña.
Loto dio un giro hacia un camino sin asfaltar que se adentraba en el bosque de la falda del macizo, en la cordillera prelitoral.
—¿Me vas a decir adónde estamos yendo?
—Pensaba que tu madre te había traído aquí alguna vez. ¿No reconoces el camino?
Dalia negó con la cabeza y cuestionó por unos momentos por qué nunca había visitado aquel lugar.
Las ramas de los arbustos que crecían a los lados del camino arañaban las puertas del coche.
Tras varios cuartos de hora al volante, aparcaron delante de una minúscula cabaña de madera.
Loto dejó el coche en marcha unos segundos más, aprovechando la luz de los faros para que su sobrina pudiese observar entre la penumbra.
Un tejado cubierto de musgo se extendía cubriendo la caseta y el pequeño porche delantero.
Clavada sobre el marco de la puerta, había una carlina, esa planta destinada a guardarla contra el mal.
—Esto era de tu abuela —dijo mientras se desabrochaba el cinturón— y antes fue de tu bisabuela. Uno de los lugares preferidos de Adelfa para hacer magia. Venía cada semana, como mínimo una noche.
Ambas miraron hacia el tejado de la casa. La chimenea metálica humeaba todavía. Loto frunció el ceño extrañada.
—O puso demasiada leña al fuego la última vez que vino —apretó los labios frente a la imposibilidad de aquel argumento, disolviendo la sonrisa provocada por la broma— o alguien ha estado aquí después de su muerte.
Cerraron las puertas a la vez de la manera más ruidosa posible tras salir del vehículo y descargaron el maletero. Sabían que la única opción plausible era la segunda; una chimenea de cabaña no daba para más que tres o cuatro troncos, y la dueña de la casa llevaba casi dos semanas bajo tierra.
Tras esquivar algunos charcos en el caminito empedrado que se dirigía a la casa, subieron las escaleras.
Del manojo de llaves que sacó Loto de su bolso sobresalía una oxidada, que sus dedos encontraron sin necesidad de mirar el llavero.
Abrió la puerta y el crujir de la madera bajo los pies les dio una bienvenida que debería haber pronunciado Adelfa.
El fuego alumbraba la estancia mientras su tía encendía los candiles.
Dalia permaneció cinco minutos en silencio, observando los detalles de la guarida de su abuela, dejando que su mirada recorriera cada rincón.
A la izquierda se abría una cocina pequeñita con fogones de carbón ennegrecidos por el uso; a la derecha, un reducido salón con dos butacas de tartán enfrentadas a la chimenea.
Ambos espacios estaban uni dos por una mesa redonda de madera gastada que conforma ba el comedor.
Al fondo, una cama doble algo estrecha descansaba sobre una alfombra de esparto.
El cabezal, de madera clara, estaba tallado a mano con motivos ornamentales simples.
De las paredes colgaban decoraciones variopintas: acuarelas de motivos florales enmarcadas, bordados, platos de cerámica…
Sobre sus cabezas, vigas robustas de una madera oscura recorrían el techo de lado a lado.
De aquellas que estaban sobre la cocina colgaban trenzas de ajos, calabazas, cebollas, pimientos y embutido.
Se acercó a una estantería con cachivaches, minerales, cuenquitos, plumas, libros y cuadernos, muchísimos cuadernos.
Tomó uno. En la tapa ponía Flores silvestres comestibles , escrito con la letra de su abuela.
Agarró otro: Hojas del té . Inclinaba los cuadernos lo suficiente para ver los títulos.
Magia del tiempo , Frutos de la sierra , Magia onírica , Conjuro de las habas , Recetas mágicas: postres , Recetas mágicas: aperitivos , Sanar con aceite .
Mientras devolvía el último a su sitio cayó algo de la estantería.
Hizo un sonido seseante con los dientes, aspirando aire con la mandíbula cerrada.
—¡Madre mía!
—¿Qué ha pasado, carinyet ?
—Nada, tía, que he tirado algo.