Aquí arden las flores 4. Contacto #2
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4. Contacto #2

—¿Por eso tenías una bandeja de tartas en la entrada? ¡Dalia! —Intentó aguantar las ganas de reír y respondió con madurez—. No puedes ir haciéndole brujerías a todo el que te molesta un poco.

—De verdad que yo solo quería silencio —al hablar se le elevaban las comisuras de la boca— e intenté que fuese algo duradero. ¡Yo qué sé! Una infección de garganta, una afonía… Pero solamente se calló mientras estaba comiendo.

Las risas de ambas volvieron a interrumpir al músico.

Pese a tomárselo con humor, Dalia empezaba a dudar de su magia.

Adelfa ya no estaba para corregirle los errores ni guiarla durante rituales; tampoco para ayudarla a descifrar qué no había salido bien durante un hechizo.

No le podía consultar no porque estuviese muerta, sino porque no podía escuchar su voz.

¿Y si no era capaz de resolver el misterio de la muerte de su abuela? ¿Y si no era tan bruja como pensaba?

El acompañamiento musical pronto se reemplazó por el sonido de las pocas aves que quedaban por esas fechas en el valle.

El sol del mediodía de finales de septiembre las invitó a salir al jardín.

Los arbustos de flores estaban terminando de perder su color.

Dalia preparó una jarra de limonada de frutos rojos y sirvió un par de vasos.

—¿Estás mejor?

—Han sido unos días raros…

—No lo dudo.

—Pero tu aparición sorpresa, por mucha rabia que me haya dado, me ha venido bien.

—A lo mejor solo te hacía falta hablar con alguien vivo.

Úrsula le recolocó el flequillo tras las orejas de manera casi inconsciente. No podía evitar querer cuidar de ella.

—Puede que sí. Vas a tener que quedarte aquí unos días mientras averiguo qué le ha pasado a mi abuela —dijo con tono burlón y una sonrisa mientras se cambiaba las gafas de vista por unas de sol.

—Sigues con eso, eh. —Miró a Dalia por encima del vaso mientras daba un trago a la limonada—. Yo me quedo todo lo que necesites, pero debes empezar a pensar de manera racional.

—¡Lo estoy haciendo!

—¿Asesinato?

—No un asesinato cualquiera; un asesinato mágico.

—¿Y eso cómo lo denunciamos?

—Ahí está el problema; a efectos prácticos, parece una muerte normal. Nunca he vivido un asesinato mágico, pero he estado leyendo mucho sobre ellos. Un momento. —Dalia dejó el vaso sobre el césped y fue rápidamente hacia el come dor a coger su cuaderno.

Úrsula no negaba la existencia de la magia, y mucho menos tras años de vivir sus efectos.

Su carrera musical y su éxito eran, en parte, gracias a los empujones brujeriles de su amiga y la abuela Adelfa.

No era practicante de magia, pero sí había escuchado atentamente las enseñanzas de la matriarca.

Había visto de cerca los preparados, los conjuros, los ungüentos, las curas, las limpiezas, las lecturas…

La primera de sus normas en un diagnóstico mágico, cuando alguien creía haber sido víctima de un ataque mágico, era descartar cualquier factor no mágico que pudiese dar como resultado el mal.

¿Sarpullido? Tal vez era una alergia y no un mal de ojo.

¿Caída del cabello? Temporada de estrés en vez de trabajo energético.

Úrsula y su racionalidad agradecían la manera en la que funcionaba la práctica de Adelfa: concisa, relajada. Nada de perder los papeles ni llevarse las manos a la cabeza antes de tiempo. Bueno, al menos como norma general.

—A ver, cuéntame, Sherlock.

—Los hechizos que tienen como objetivo matar a alguien pueden provocar accidentes, como atropellos, caídas o naufragios —dijo con el cuaderno abierto mientras se sentaba con las piernas cruzadas a su lado—, pero también síntomas reales: ataques al corazón, pérdidas de movilidad, enfermedades varias…

—Ajá, sí.

—Una «muerte natural», que es lo que la autopsia declaró, es un paraguas gigantesco que acoge toda muerte atribui da a enfermedad o a un mal funcionamiento corporal inter no. No me dijeron mucho más, pero un fallo cardiaco no es nada descabellado.

—Teniendo casi setenta años —entrecerró los párpados rebuscando entre sus pensamientos—, no es común morir de algo así, tan repentinamente… Pero dudo que nadie haya sospechado nada.

—¡Exacto! —Acompañó la exclamación con sus ma nos—. Y una varita mágica no cuenta como arma homicida a no ser que apuñales a alguien con ella.

—Qué bruta eres.

—Espera, que hay más.

Úrsula apoyó la cabeza sobre los puños cerrados para se guir escuchando el delirio de su amiga, que cada vez le pare cía menos incoherente.

—El mayor punto a favor de mi argumento es que mi abuela sabía cuándo iba a morir.

—¿Cuándo iba a ser eso?

—Solamente lo sabía ella, pero siempre decía que le quedaba bastante tiempo. La última vez que lo comentó fue antes de que empezase el verano.

—Ya. —Cruzó los brazos asintiendo con la mirada—. No es algo que Adelfa diría si le quedase menos de medio año.

—¡Ahí es donde yo quería llegar! Quien sea que haya empuñado la varita sabe cómo hacerlo. Ha actuado rápido y, sobre todo, ha sabido saltarse todas las guardas y protecciones de la abuela.

Dalia intentaba creer en sus conclusiones.

Sabía que su intuición no fallaba, pero la inseguridad de haber perdido a su maestra de forma tan inesperada era algo de lo que no se podía deshacer.

—¿Y tu abuela no sabría que iba a morir antes tras ser atacada con magia?

—No sé —se encogió de hombros—, pero en favor de esta investigación voy a suponer que sí, o que al menos ya no tendría tan clara su fecha de defunción.

—Entonces el ritual se hizo durante el verano.

—Para hacer este tipo de cosas con esta energía tan concreta, pasando por debajo del radar que tenía mi difunta abuela, seguro que aprovechó el solsticio de verano —revisó sus anotaciones— o la luna oscura que hubo unos días antes.

—¿Y cómo ha tardado tanto en hacer efecto?

—Hay hechizos que no funcionan de inmediato, por accidente o porque la bruja así lo ha querido. —Detuvo su mirada en una esquina del techo—. Tal vez hacía falta todo ese tiempo para que su magia funcionase bien.

—Vale, digamos que todo es cierto y alguien ha matado a tu abuela mediante la magia. —Si había una cosa que le encantaba a Úrsula era un buen misterio—. ¿Quién? ¿Quién ha sido?

—Eso estuve intentando aclarar ayer. He preguntado a mis difuntas y me han ayudado un poco, pero, cuando me induzco un trance para descubrir cosas, no veo nada.

—¿Y, cuando fuiste al cementerio, no pudiste hablar con ella?

—Se me revuelven las tripas de pensarlo. Puedo seguir oyendo a los muertos. A todos, menos a mi abuela. En el funeral no oí nada y en el cementerio tampoco. Es como si alguien la hubiese querido silenciar quitándole la vida y la voz.

—¡Joder, Dalia! —Úrsula se abrazó a sí misma—. Me han entrado escalofríos.

—Los muertos tampoco me dicen demasiado sobre el tema. Es superextraño. —Cerró el cuaderno con cuidado—. Quienquiera que lo hiciese sabe cómo hacer magia y borrar sus huellas.