4. Contacto
Ú rsula llegó sin llamar antes, como solía hacer para que su amiga no tuviese tiempo de esconder las pruebas que demostrasen que no estaba del todo bien.
Los primeros rayos de sol que iluminaron el pueblo después de semanas de chaparrones y lloviznas la obligaron a ponerse unas gafas que tenía en la guantera de su Fiat.
Traía una bolsa de papel llena de cruasanes todavía calientes y llevaba su pelo n egro a medio recoger en una pinza de plástico cubierta de brillantitos.
Top negro encorsetado con detalles de encaje artesanal, falda de corte retro por debajo de la rodilla, maquillaje vintage sutilmente corrido, un bolso de marca microscópico y unos tacones demasiado altos para ir a desayunar a casa de una amiga.
Iba vestida como si acabase de salir de una rueda de prensa… o de un afte r .
Imposible descifrarlo.
La envolvía un aura de caos elegante y su inconfundible perfume de rosas y café. Llegó a la puerta desfilando al ritmo que le marcaban sus tacones.
—Daliaaa —apretó el timbre varias veces—, ¡abreeeeee!
No respondió con el chasquido del cerrojo inmediatamente.
Se hizo esperar. Abrió la puerta muy despacio.
Al separarla del marco, se vio sorprendida por los rayos de luz, que parecían querer perforarle los párpados.
Giró la cara hacia el interior casi involuntariamente, y observó su reflejo en el espejo del recibidor.
Era evidente que no había descansado demasiado.
Más bien nada. Todavía llevaba la ropa del día anterior y las ojeras le hacían juego con la alfombra violeta de la entrada.
—¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó con esa aspereza que tienen las primeras palabras del día.
—Son casi las once —sonrió—. Ahora mismo es «tan pronto» en Ohio.
Puso la mano en el marco de la puerta intentando abrirse paso hacia el interior de la casa. En la maniobra dio una patada a algo que estaba apoyado en las macetas de la entrada de su amiga. Ambas se sobresaltaron por el estruendo metálico.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada. Mi bandeja para tartas.
Dalia se la apretó contra el pecho, giró sobre sí misma y se dirigió a la cocina a paso rápido.
No pareció sospechoso; igualmente, la bruja nunca saludaba con abrazos ni besos.
Dejó la bandeja en la pila y puso la cafetera en el fuego.
Pasó un trapo húmedo sobre la mesa de la cocina y buscó un par de tazas limpias en la alacena.
Úrsula cerró la puerta con cuidado, dejó el bolso en la entrada y escaneó el interior de la casa con la vista. Olía a humedad, café de hacía días, incienso y cera derretida.
—¿Dónde dejo los bollos? —Su mirada se perdía entre la infinidad de libros abiertos posados sobre cualquier superficie plana de la planta baja.
La sinfonía de portazos, cubertería, sartenazos y platos repicando que orquestaba Dalia ordenando la cocina ahogó la voz de su amiga.
Se paseó por el comedor y abrió las cortinas para inspeccionar algo más de cerca las lecturas de su amiga.
Amuletos tradicionales, males de ojo, maldiciones, duendes domésticos, preparación de venenos, comunicación con espíritus…
Desde la llamada de la semana anterior no habían vuelto a hablar; ni un solo mensaje.
«¿De verdad piensa que alguien ha matado a la señora Adelfa?».
Úrsula hizo una mueca y negó con la cabeza frente a la imposibilidad de aquel hecho. Sin dejar de observar cada rincón, cruzó el arco hacia la cocina.
—¿Dalia? ¿Pongo esto aquí?
—¿Qué? —murmuró, incapaz de fijar la mirada en un punto concreto, notándose el pulso en la garganta—. Ah, cruasanes. Sí, espera. —Sacó un platillo de porcelana decorado a mano y lo puso en el centro de la mesa de la cocina—. Toma.
Úrsula intentaba descifrar qué le pasaba a su amiga. Arrastró una de las sillas de madera y se sentó, no sin antes diseccionar cada centímetro de la estancia con la mirada.
—¿Te ayudo? —preguntó, deseando que la anfitriona le diese alguna pista sobre qué le nublaba la mente.
—No, no. Yo… Café. —Cogió una manopla del cuarto cajón de su cocina, lo cerró de un golpe con la cadera y apartó la cafetera del fuego—. Ya está listo.
Úrsula tomó un cruasán, arrancó pequeños trozos y empezó a comer. Dalia le sirvió un poco de café en la taza con las manos temblorosas. Su amiga la miraba atentamente. Un par de gotas que se escurrió por el borde de la taza y manchó el mantel delató lo alterada que estaba Dalia.
—Dame, trae, ya sirvo yo. —Su voz iba perdiendo el tono increpante y se teñía de compasión.
—Gracias.
Dalia tomó el tarro de miel y disolvió una cucharada en su taza de café solo. Mientras removía el líquido, intentó encantarlo, trazando algunos símbolos con la cuchara, pero ni su pulso ni su cabeza le permitían hacer magia. Sentía que perdía la precisión de su propia fe. Úrsula guardaba silencio.
Justo cuando Dalia iba a vocalizar alguna frase para romper la tensión del momento, empezó a sonar una guitarra.
No un tema en concreto ni una melodía definida.
Acordes dispersos. Pruebas de combinaciones, cambios del patrón rítmico, búsquedas de una melodía para las progresiones armónicas con un silbido que subía y bajaba buscando el tono exacto.
Cuando el silbidito había concretado las notas, un tarareo casi insolente era el encargado de convertirse en palabras.
Mientras Rabel ofrecía uno de sus conciertos para el vecindario con total normalidad, las dos jóvenes se miraron a los ojos sin articular palabra.
Dalia apretó la mandíbula y sacudió la cabeza lentamente, con ira.
Úrsula ladeó el cuello hacia la ventana que daba al jardín entornando los ojos en un intento de aguzar el oído, sin levantar las pupilas de las de su amiga.
Tras las gafas de Dalia, empañadas por el café, se dis tinguían perfectamente unos ojos cada vez más vidriosos, cansados, exasperados.
—¿Qué es eso?
—Rabel.
—Juraría que es una guitarra.
—No. Rabel. Mi nuevo vecino. Rabel.
—¿Qué? ¿En casa de mi abuelo?
Dalia empezó a relatar el extraño proceso de mudanza y las costumbres peculiares del nuevo habitante del pueblo, a la vez que engullía cruasanes rellenos de la pastelería del parque y articulaba la retahíla de insultos más extensa y enrevesada posible.
Notaba cómo el nudo del estómago se le deshacía por momentos conforme encadenaba palabras.
Solo necesitaba hablar de ello. Su amiga escuchaba perpleja, apartándole la mirada exclusivamente para revisar el móvil de vez en cuando.
Habían vendido la casa de su abuelo en su ausencia.
Estaba de gira. Ella habría comprado esa casa.
Se la había quedado un cantautor bohemio, pesado y mediocre.
¿Podría ser que la llamaran y ella no revisase el registro de llamadas?
No. ¿Algún mensaje? Comprobó los chats privados y los grupos con familiares, pero no había más que fotos de amaneceres pixelados con letras fluorescentes que decían: «Bendecidos días» o «Feliz viernes» y un par de audios accidentales de su madre.
Nada de la casa, ni de las escrituras n i de la venta.
¿Tendría algún mensaje en el buzón de voz?
Levantó el índice y extendió el brazo para hacer callar a su amiga y poder escuchar bien.
«Tienes cero mensajes nuevos», dijo la voz robótica de su contestador. Estaba boquiabierta.
—¿Úrsula?
No era capaz de decir palabra. Tampoco identificaba qué estaba sintiendo. ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Impotencia? Menos aún generaba un solo pensamiento racional.
—No me lo puedo creer.
—¿No sabías nada? —Úrsula negó con incredulidad—. Nadie del pueblo sabía que la casa estaba en venta. Yo me enteré cuando vi las cajas de mudanza de Rabel en la acera, pero supuse que te habrían dicho algo.
—Joder. —Puso cara de asco—. Madre de Dios. ¿Por qué no para de tocar lo mismo una y otra vez?
—Está componiendo. Estos días de tormenta, la lluvia y los truenos silenciaban un poco el ruido, pero ahora se oye todo. —Se frotó los ojos con la palma de la mano y suspiró—. Ojalá vuelva a llover pronto.
—Habría comprado yo la casa.
—Te prefiero a ti de vecina que a este insoportable —dijo con media sonrisa, intentando aligerar el tono pesado de la conversación, como solía hacer su amiga.
—Al menos yo canto; no grazno.
Ambas estallaron en una risa tan estrepitosa que hizo que el vecino interrumpiese su recital por unos momentos.
Al darse cuenta, se llevaron las manos a la boca, intentando sofocar las carcajadas como cuando de niñas las pillaban en medio de una travesura.
Hacía tiempo que Dalia no reía de aquella manera.
El silencio de Rabel fue breve y retomó su sesión de composición.
—No me puedo creer que tengas que soportar esto a diario.
—La verdad es que no me ayuda nada.
—Normal que estés así. Pobrecita. —Bajó un poco el tono de voz al fijarse en las mejillas de su amiga, irritadas por las lágrimas—. ¿Quieres que me quede unos días aquí, contigo?
—No quiero molestarte, pero la verdad es que me harías un grandísimo favor. Me hace falta algo de compañía.
—Para eso estoy. El par de reuniones que me queda por hacer no tiene por qué ser en persona.
—Le tomó la mano por encima de la mesa y la apretó entre las suyas, saltándose su propio protocolo de interacción por la gravedad de la situación—.
Esos bookers se van a tener que conformar con la versión virtual de esta servidora.
—Gracias, Úrsula, de verdad. Creo que no he sido consciente de lo desquiciada que estaba hasta que te he empezado a contar cosas.
—Como me vuelvas a dar las gracias vamos a tener un problema —dijo bromeando mientras fruncía el ceño exageradamente.
—Pues… desgracias. —Su mirada comenzaba a recuperar ese brillo tan característico de los ojos negros.
—Exactamente —rio—. Lo que me sorprende es que no le hayas echado un mal de ojo al bohemio ese.
Úrsula vio en la cara de su amiga una pizca de culpa y dos de rabia.
—Dalia, ¿qué has hecho? —dijo con tono maternal.
—Le llevé un postre para darle la bienvenida.