Aquí arden las flores 3. Encaje y plumas #2
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3. Encaje y plumas #2

—Menos mal que es justo aquí —dijo mientras encajaba su cuerpo y la bandeja dentro de la circunferencia del paraguas.

Cruzó el pequeño jardín delantero de aquella casa de ladrillos y alargó la mano para tocar el timbre.

Esperó unos segundos y volvió a pulsar el botón.

Dalia acercó la oreja a la puerta intentando escuchar si el vecino seguía dentro.

No estaba cantando en el jardín ni le había oído abrir la puerta delantera.

Tampoco había usado el coche. Tenía que estar ahí.

Las gotas de lluvia se convirtieron en una bruma fina que caía con delicadeza, permitiéndole escuchar mejor el interior de la casa. Había música.

—Está equivocado si se piensa que me va a ignorar —susurró antes de golpear la madera con los nudillos.

Volvió a acercar la cabeza a la puerta. Alguien había parado la música. Unos pasos suaves hicieron crujir el sue lo de madera. Se incorporó y se arregló los mechones cobri zos que se le habían descolocado mientras jugaba a ser detecti ve.

—¿Quién es? —pronunció firme una voz tras la mirilla.

—Soy Dalia, la vecina de al lado.

El joven no tardó demasiado en quitar el pestillo y abrir la puerta.

Ella clavó los ojos en la bandeja, nerviosa.

Podía intuir poco más que una silueta masculina en el límite superior de su campo de visión.

Ambos querían conocerse, pero Dalia tenía fines más retorcidos que simplemente recibir al recién llegado.

—Hola, ¿puedo ayudarte en algo? —dijo el joven, apoyándose sobre el marco de la puerta.

—Te he traído un pastel de bienvenida.

Dalia no era capaz de mantenerle la mirada. No podía hacer más que observarle los pies, descalzos. Quería que cogiese el postre, le metiese un bocado y se callase durante un mes y medio a causa de una infección de garganta horripilante.

El chico la observó de arriba abajo y le ofreció media sonrisa mientras cogía el pastel de entre sus manos.

—Gracias, Dalia.

—No hay de qué… Em…

—Rabel. —Extendió la mano en un intento de gesto cordial—. Me llamo Rabel.

Ella por fin levantó la vista del suelo y se la apretó.

—Espero no haber molestado con la mudanza.

«Si solo hubiese sido eso», pensó Dalia.

—No, no. Me sorprendió ver a alguien que no fuesen los dueños por aquí. Nada más.

—La sorpresa parece haberte durado días.

«¿Y este de qué va?».

—¿Qué?

—¿No eres tú la que se sienta en aquella ventana cada vez que salgo al jardín? —dijo apuntando con el dedo hacia el ático de su casa.

—No te observo. Trabajo ahí. —Se le escapó una risa algo incómoda—. Supongo que coincidimos en horarios.

—Oh. Habrá sido impresión mía entonces.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos.

Dalia aprovechó para diseccionar con la mirada a su vecino.

Algo mayor que ella, aunque no pasaría de los veinticinco años.

Camisa de lino color blanco, pantalones verde oliva algo anchos, y todavía llevaba el lápiz detrás de la oreja.

Las ondas castañas le reposaban sobre unas cejas proporcionalmente anchas.

Justo debajo, tras unos párpados un poco rasgados, unos ojos verde musgo y marrón cerezo a partes iguales, con reflejos color miel y un aura extraña en las pupilas.

Parecía no haberse afeitado en cuatro o cinco días.

«¿Por qué viste como si su referente estético fuese un bardo del Medievo?

». Olía a bosque, madera un poco dulce y flores silvestres.

—Bueno —interrumpió la minuciosa exploración visual a la que le estaba sometiendo Dalia—, me encantaría seguir hablando, pero…

—Sí, por supuesto —respondió Dalia, sonrojada, como si no se hubiese fijado en la cantidad de tonos verdes y marro nes que albergaban las pupilas de Rabel.

—… tengo cosas que hacer.

—Yo también tengo que… —se le atragantó una excusa decente y balbuceó— cosas.

—Gracias por el pastel.

El «adiós» de Dalia quedó silenciado por el portazo de Rabel.

Se quedó unos segundos frente a la puerta cerrada, apretando los labios y sintiendo cómo le ardían las mejillas.

¿Era vergüenza o rabia? Tal vez frustración cocida a fuego demasiado lento.

Se agachó un poco para recoger el paraguas, que se le había caído al suelo durante la bochornosa interacción, y bajó el par de escalones con algo de disimulo.

Aceleró el paso cerrando los puños y, escondiendo la cara tras el flequillo, abrió la puerta de su casa a trompicones y la cerró rápidamente.

Antes de quitarse los zapatos se encogió de hombros y suspiró.

Si el hechizo funcionaba, Rabel pronto estaría tosiendo al ritmo de síncopas y no sería capaz de entonar una sola nota. Si no…, ya pensaría otra cosa.

Subió rápidamente hasta el ático, su puesto de vigía, a comprobar que el plan había ido según lo esperado.

Las luces de la casa vecina seguían apagadas pese a haberse puesto el sol.

«¿Habrá probado el pastel?». No pudo evitar imaginar sus muecas al notar cómo se le atrofiaban las cuerdas vocales.

Abrió el ventanuco. Silencio. Solamente lluvia y silencio.

Las comisuras de los labios se le elevaron dibujando algo parecido a una sonrisa. Al amasijo de culpa y alivio lo sustituyó una calma inmensa.

—Teníais razón. Nada mejor que un postre casero para callar a un hombre.

Aprovechó el resto de la tarde para retomar la investigación. Configuró un mapa en la pared con preguntas, imágenes de cada miembro de la familia, la escena del crimen, las propiedades de la abuela, sus amistades…

La hipótesis de un asesinato mágico era disparatada.

¿Y si no había entendido bien el mensaje del abuelo?

Adelfa ya no estaba presente para hacerle sugerencias y correcciones mientras tiraba las cartas.

Le resultaba imposible escuchar la voz de su abuela.

¿Y si nadie había matado a nadie? ¿Y si, pese a no ser tan mayor, había muerto de manera natural, tal y como dijo el forense?

Siguió haciendo su mapa conceptual con el deseo de aclararse las ideas.

Quizá así tendría una nueva perspectiva, o podría esbozar los siguientes pasos para descubrir el misterio o, como mínimo, sabría si todo era una pérdida de tiempo.

Tijeras, chinchetas, papel, fotos, rotuladores y lana roja.

Aquello parecía sacado de una serie policiaca.

Empezó a descartar sospechosos en voz alta con velones encendidos justo delante, a la espera de confirmación desde el más allá.

—Tío Narciso… —se apoyó el bolígrafo sobre la boca cerrada mientras pensaba— no mataría a su propia madre para vender un par de casas y dos terrenitos, y menos con magia. Tío Narciso no hace magia. Desprecia la magia.

Miró fijamente las llamas, que asintieron casi al instante.

—Tía Loto sí hace magia. Es bruja —las velas ofrecieron confirmación a lo evidente—, pero no dañaría a su suegra. Loto no ha tenido más que aprecio por esta familia. Ella tampoco ha sido.

El fuego corroboró las palabras de Dalia.

Antes de que le diese tiempo a seguir razonando en voz alta, oyó la puerta del jardín trasero de su vecino.

Se abalanzó sobre el altar y apoyó la frente en el cristal de la ventana.

Ahí estaba, guitarra en mano, con solo un trozo de pastel en la bandeja, sentado bajo el rosal.

Afinó tranquilamente y volvió a buscar melodías.

—No me lo puedo creer…

Tenía los ojos como platos. «¿Qué ha podido fallar?

». Clavó las uñas en la madera del altar manteniendo la mirada fija sobre la cabeza de Rabel.

Paró de tocar, tomó la última porción y le dio un bocado ansioso.

Luego, miró hacia arriba y levantó el trozo de pastel hacia Dalia, como si fuese un brindis.

Estaba fascinada. Había hecho un hechizo que dominaba.

Y el muy bruto se lo había comido de una sola sentada.

¿Lo peor de todo? Parecía estar más inspirado que nunca.

¿Qué había podido salir mal? ¿Acaso se le había olvidado ser bruja?

Sus melodías en bucle y búsquedas tonales obligaron a Dalia a poner en pausa sus dotes detectivescas hasta nuevo aviso.

Se sentó una vez más sobre el altar y abrió el ventanuco tratando de oír tras la lluvia con algo de claridad.

Ladeó la cabeza. Sus oídos sintonizaron perfectamente la voz de Ra bel.

Escuchó atentamente cómo escribía su nueva canción.

Una secuencia de notas algo enrevesada, unos acordes bastante in flue nciados por la bossa nova, una pulsación tremendament e firme que se sincronizó con los latidos del corazón de Dalia.

Entonces, tras alguna corrección y un par de apuntes en el cuaderno, Rabel ideó la letra.

Quiero saber qué significa cruzar las miradas

y soñar con nuestras manos entrelazadas.

Y quiero dormir cerca del fuego de tu pelo

y amanecer entre las curvas de tus caderas.

—¿Qué es esta letra? ¿Fuego del pelo? —se exaltó—. ¡¿Está escribiendo sobre mí?!

Se levantó ofuscada del altar e intentó con todas sus fuerzas no pegarle un grito desde la ventana. «¡Será guarro!».

Pronto se dio cuenta de que esa sesión de composición casi no presentaba dificultad para Rabel. La letra fluía y la estructura era prácticamente perfecta. Volvió a sentarse, todavía molesta. Necesitaba confirmar si cantaba sobre ella.

No pronuncies su nombre,

solo yo debo estar en tus labios.

La única en la que piensas

cuando no estoy a tu lado.

—¿Está cantando en femenino? —Dalia se ahogó en una carcajada gutural involuntaria. Rápidamente miró hacia abajo. Rabel seguía en la misma posición. No se había inmutado. ¿Por qué estaba tan concentrado? ¿Qué canción era esa?