3. Encaje y plumas
p or mucho que cambiase la dirección del viento, en el pueblo se seguía respirando un aire denso con notas de misterio.
En casa de Dalia, la monotonía reinaba desde su visita al cementerio.
Se despertaba algo más tarde de lo normal, desayunaba buñuelos de calabaza caseros, hacía únicamente los recados más imprescindibles, volvía algo tarde como para cocinar y comer a una hora aceptable, así que terminaba merendando — un poco pronto—.
A veces lasaña, otros días era sopa de tomate, o empanada de berenjena con miel y nueces, o arroz de mon taña…
Desde consomés hasta horneados, iba cocinando todos y cada uno de los platos que su abuela le había enseñado.
Esa vez, por respeto, sin ningún ajuste ni toque personal.
La hora de la cena era más complicada. No por los alimentos ni el hecho de preparar un plato, sino por el cambio casi imperceptible que tenía lugar conforme se acercaba el crepúsculo.
La noche cada vez caía más temprano y la cocina dejaba de parecerle cómoda en cuanto el sol se ponía.
Antes toda su casa era un remanso de paz, un refugio, su propia fortaleza.
Las paredes estaban encantadas para guardarla de aojamientos y malas intenciones, los fogones llenaban de ener gía cualquier hechizo que se cocinase en ellos, incluso la miri lla de la puerta era un amuleto protector contra males de ojo.
Su abuela se aseguró de embrujar correctamente cada centímetro de aquella casa para que Dalia viviese segura, pero, desde su muerte…
, el abrazo de aquellos muros la ahogaba poco a poco.
Con la marcha de la luz se iba también toda razón y sentimiento de seguridad.
La ventana sobre el fregadero pasaba de mostrar su jardín a una oscura infinidad que podía ocultar cualquier cosa.
Los objetos más comunes deformaban sus contornos hasta resultar siluetas hostiles.
Era una sensación nueva para ella. Se sentía observada por alguien —o algo— a través del cristal.
Muy dentro de su ser sabía que aquella incomodidad no era fruto de su imaginación ni resultado del cansancio.
No cuando el contacto con los difuntos se le complicaba cada día más.
No cuando los pájaros callaban antes de tiempo.
No cuando sus sueños estaban llenos de mensajes indescifrables.
¿Eran imaginaciones de Dalia o verdaderamente la magia de Adelfa se había apagado con ella?
La curiosidad por su vecino había sido sustituida por un sentimiento de odio profundo.
Pese a sus esfuerzos para descubrir quién había comprado la casa del difunto Hilari, todavía no había conseguido verle la cara.
Las cartas no le decían más que la primera vez que las consultó.
El coche seguía aparcado en el mismo sitio desde la mudanza.
Los días siguientes oyó puertas y ventanas abrirse, algún taladro o martilleo; lo normal mientras alguien se instala en una casa.
A partir de la cuarta o quinta jornada, cuando ya no había sombras de cajas proyectándose en las cortinas de aquel comedor, fue el momento en que empezó una batalla de lo menos silenciosa.
El vecino resultó ser músico. Tenía la horrenda costumbre de componer al aire libre, y la lluvia no le suponía ningún inconveniente.
Se sentaba bajo el rosal que el señor Hilari había conseguido convertir en una enredadera con ayuda de cañas y bridas, y que había crecido denso hasta convertirse en un cobertizo.
Desde ahí abajo, sentado de piernas cruzadas, con la mirada gacha y sus ondas castañas tapándole el rostro casi por completo, probaba progresiones de acordes en su guitarra.
Cuando encontraba alguna combinación de su agrado se separaba un poco el instrumento del pecho, apoyaba su cuaderno sobre la tapa trasera y tomaba nota de todo.
Luego iba la melodía. Tarareaba hasta dar con algo que no le hiciese fruncir el ceño, y volvía a apuntar.
Por último, la letra. A veces fluía sin esfuerzo, y otras se le quedaban las palabras enredadas en la lengua.
Repetía una y otra vez la estrofa tra tando de plasmar correctamente con sílabas lo que le rondaba la cabeza.
Empezaba de nuevo cuando la elección de palabras no cumplía con sus expectativas, llegando a parecer un disco rayado.
Entonces cerraba el cuaderno, frustrado, y volvía al interior de la casa empuñando la guitarra por el mástil.
Dalia observaba atenta sentada sobre su altar.
Había apartado las velas, los huesos y los minerales lo suficiente como para no estar incómoda ahí encima.
El joven no cantaba de masiado alto, y ella no terminaba de descifrar sus letras.
Entre el volumen reducido de la voz y la percusión de la lluvia contra el tejado del ático, solo escuchaba una melodía tenue acompañada de acordes que se repetía a partes y en bucle.
Era exasperante. El sonido desordenado de su vecino no le permitía comer en paz, ni leer ni seguir con la investigación sobre la muerte de su abuela. Ni siquiera sabía quién la molestaba.
El enfado era completamente irracional, y las soluciones que pasaban por la cabeza de Dalia resultaban igual de descabelladas.
—Si al menos supiese su nombre —dijo en voz alta dirigiéndose a sus difuntas—, le haría una atadura de lengua. Como mínimo necesitaría verle la cara. Si no, ¿cómo me aseguro de estarle destinando un hechizo a él y solo a él?
Terminaba de pronunciar esas palabras cuando una cuchara de palo que reposaba sobre su altar cayó al suelo, como si una de sus ancianas desde el más allá estuviese dándole un mensaje.
—¿Le cocino?
La pregunta era retórica y sabía que la respuesta era más que afirmativa.
Si bien es cierto que una persona cualquiera habría intentado solucionar el ruidoso problema mediante una conversación cordial antes de sacar la artillería pesada, Dalia no estaba en sus cabales.
Llevaba más de una semana sin contacto humano, exceptuando la llamada con su mejor amiga, prácticamente encerrada en su casa. ¿Quién no perdería la cordura?
Necesitaba compañía, su vínculo con gente querida, pero la urgencia de aislarse para solucionar el misterio de su abue la cuanto antes era superior. No solo estaba en juego resolver aquella incógnita, sino también probarse a sí misma que podía ser bruja sin su maestra.
Precalentó el horno a 180 grados mientras pensaba cómo modificar un poco su receta preferida de bizcocho de manzana.
Preparó doscientos gramos de harina, otros doscientos de mantequilla y otros tantos de azúcar.
También cuatro huevos y tres manzanas. Una cucharadita de levadura y dos pizcas de sal.
Se frotó los huevos por la piel, a modo de limpieza energética.
Estos absorberían toda mala energía que tuviese e impregnarían el bizcocho.
Separó las yemas y las montó con el azúcar hasta que se tornaron blanquecinas.
Añadió la mantequilla y batió hasta integrarlo todo.
Añadió la harina y la levadura tamizadas.
Quería callarlo, pero no que se atragantase con un grumo.
Montó las claras a punto de nieve e incorporó un tercio a la masa sin demasiado cuidado.
Añadió el resto de las claras al bol e integró todo con paciencia.
Sus manos removían los ingredientes, haciendo pliegues con la cuchara sobre la masa.
Con la mirada perdida en la infinidad de su diminuto jardín, recitaba una y otra vez el encantamiento.
Notaba que su enfado viajaba desde todas las zonas del cuerpo hacia la punta de los dedos, traspasaba el bol y se incorporaba en la masa como un ingrediente más.
Que el aliento del verbo se duerma en la carne,
que la lengua cantora no hable jamás,
que el sonido cese y la palabra se apague.
Ahora calla.
Tragar esta masa tapará tu garganta.
Ahora calla.
Levantó la cuchara de la masa y dibujó tres cruces superpuestas mientras recitaba el pequeño encantamiento. «Esto será suficiente como para que deje de cantar», pensó.
Vertió la mezcla en un molde metálico cubierto por una ligera capa de harina.
Se sorprendió a sí misma acercándose la cuchara a la boca para probar un poco del preparado.
El hábito de catar todo lo que cocinaba casi la traicionó.
Dejó caer la cuchara sobre la encimera y apretó fuerte los labios.
No quería sufrir los efectos de su propio hechizo.
Apuñaló las manzanas antes de pelarlas y cortarlas en láminas finas. Dibujó cruces sobre los corazones de la fruta y luego decoró la parte superior del bizcocho con un motivo circular hecho de manzanas.
Puso el molde sobre la rejilla del horno, giró la ruedecilla del temporizador hasta que marcó los cincuenta minutos, cerró la puerta y se sentó justo delante. ¿Qué haría este pastel?
Observando atentamente cómo subía la masa, pasó me dia hora.
El sonido del temporizador la devolvió a la realidad.
A pagó el horno y dejó el postre dentro unos minutos.
Aprovechó el momento de enfriado para subir y vestirse.
Si iba a fingir darle una bienvenida al nuevo vecino con un dulce casero, como en las películas norteamericanas, tendría que transmitir la impresión adecuada.
Aunque no fuese bienvenido. Pese a que el pastel era capaz de dejarlo sin voz para siempre.
Revolvió el vestidor. Se decantó por un vestido corto de color negro y manga corta, con un escote cuadrado. Se aplicó un poco de sombra color vino en los ojos a toquecitos con el dedo meñique, y se bañó en perfume de vainilla y azafrán.
Corrió hacia la cocina para desmoldar el bizcocho.
Casi las seis de la tarde. No quería presentarse en casa del vecino a una hora poco decente.
Lo decoró con unas hojas de menta y flores de calabaza secas, y lo puso sobre una bandeja de tartas.
Salió de casa haciendo malabares con el pastel, las llaves y el paraguas.