2. Mármol #2
Los doscientos pensamientos en su cabeza no paraban de mezclarse y, tal vez, tomarse una bebida con cafeína no le estaba ayudando nada. Un montón de bolsas de papel llenas de telas y ornamentos cayeron sobre la butaca opuesta y la sacaron de su abstracción.
—Ya estoy.
—¡Azucena! ¡Qué susto!
—Te he llamado, pero no lo has cogido, así que he venido por debajo de los balcones.
—¿Te has mojado mucho? —Pellizcó el dobladillo de la falda de su hija para comprobarlo por sí misma.
—No, por suerte llevaba un invento en el bolso llamado paraguas —dijo con tono sarcástico.
—¿Quieres algo?
—Una manzanilla. Necesito algo caliente.
Mientras su madre llamaba la atención de la camarera y pedía la infusión, Azucena empezó a sacar de las bolsas sus mejores hallazgos en la tienda de telas.
Metros de brocado azul y dorado, flecos de colores, cintas de pedrería, tela vaquera con brillantitos incrustados, chifón de color azul y encaje a juego, terciopelo oscuro de estampado floral…
Con cada elemento había una idea tremendamente clara.
El terciopelo era para una falda de corte godet perfecta para entretiempo; la tela vaquera, para probar un patrón sesentero de vestido mini; el chifón y el encaje, para un set de lencería con una de esas batas largas superdramáticas.
Se le encendía una chispa especial en la mirada y la voz le cambiaba de tono cuando hablaba de sus proyectos de costura.
Tenía muy buenas ideas y muchísimo gusto para ejecutarlas.
Su madre intentaba escuchar atenta, pero solía perderse en cuanto Azucena empezaba a utilizar tecnicismos costuriles .
—A esta falda le pondré un galón de pasamanería en los bajos, del color de las hojas del estampado, que creo que va a quedar precioso y le dará un toque especial.
—Es una tela preciosa.
—Sí, he tenido que coger unos metros extra de casi todas porque quiero hacer pruebas con patrones nuevos, que no sé si los tendré que cortar al bies, y hay algunos tejidos que siempre me dan sustos durante el deslustre.
—Bueno, ¿había alguna oferta? Si tuviesen tarjeta de membresía, tú seguro que serías una clienta preferente.
—La señora últimamente me redondea los precios hacia abajo, pero además algunos modelos estaban a mitad de precio por liquidación de final de temporada.
Llegó la manzanilla cuando la joven había devuelto todas sus compras a su respectiva bolsa. Decidió empezar a tomarla con la cucharilla, soplando un poco, porque se moría de ganas por llegar a casa y ponerse a coser. Su madre comía con calma y miraba por la ventana perdida en sus pensamientos.
La lluvia en ese momento iba acompañada de fuertes rachas de viento, que impulsaban cada gota contra los cristales que delimitaban la cafetería.
Loto giró la cabeza en dirección al ventanal más cercano, sorprendida por los golpes casi rítmicos desde el exterior.
El agua se deslizaba formando una cortina que impedía ver más que siluetas a través de ella.
Ma dre e hija, sin llegar a intercambiar palabras al respecto, deci dieron quedarse unos momentos más esperando que amainase la tormenta.
—No vas a hacer lo del pelo, ¿eh? —dijo Azucena.
—Es una gran tormenta y hoy me duele la cabeza. Como ate esto para salir de aquí, voy a estar encamada el resto del día.
Su hija le ofreció media sonrisa comprensiva y se acomodó en su butaca para buscar patrones en internet.
Loto llamó a la camarera levantando un poco la mano de la mesa y, en vista de que la espera iba para largo, pidió el mismo chocolate caliente que las señoras.
Cuando la joven se apartó, ella distinguió una silueta tras la cascada de agua al otro lado del ventanal.
Parecía un pájaro oscuro, batiendo las alas lo suficiente como para mantenerse en el mismo punto; estático, a pocos centímetros del cristal, como si intentase mirar hacia dentro.
En el momento en que entrecerró los ojos para vislumbrar qué era y qué hacía esa criatura, el pájaro echó a volar, desapareciendo de su campo de visión.
Loto frunció el ceño con gesto de extrañeza y trató de reproducir la escena en su mente. La sombra, las alas, una mirada que le había puesto los pelos de punta… Balanceó la butaca sobre las patas traseras para tener mejor ángulo y poder observar el exterior.
—¿Mamá? ¿Qué haces? —Levantó la cabeza y alargó el brazo alrededor de la mesa para evitar un desliz del asiento de su madre.
—Nada… —respondió, mirando aún el ventanal—. Me ha parecido ver algo.
—¿Qué vas a ver con toda esta lluvia? —dijo Azucena con tono gracioso, devolviendo la vista al móvil.
—Un pájaro. No sé, parecía que miraba hacia aquí.
—Aquí solo hay palomas, y dudo que hayan salido mientras cae el diluvio universal.
—No, una paloma no. Era un ave de pluma más oscura, y no volaba como un pájaro.
Azucena alzó la vista con gesto de interés y miró hacia fuera.
—¿Un cuervo, entonces?
Loto no ofreció respuesta inmediata y su hija volvió a ensimismarse en su búsqueda del patrón perfecto.
Algo de la aparición fugaz le había revuelto el estómago.
Su intuición le decía que aquello no había sido un hecho casual.
Tenía un nudo en la garganta, signo que siempre precedía un evento catastrófico.
Se frotó los lagrimales con el meñique y miró por última vez a través del cristal, pero el ventanal solo ofrecía el reflejo borroso del interior del café, y la lluvia implacable parecía que nunca daría una tregua.
—¿Tú crees en los presagios? —preguntó Loto de pronto, bajando el tono de voz como si alguien estuviese escuchando.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —rio Azucena.
—No sé… He tenido un mal presentimiento.
Su hija respondió con mirada seria y el gesto firme que usaba para arrancar de raíz las fantasías de su madre.
—Será el dolor de cabeza. Cuando te da fuerte, siempre ves cosas raras. ¿Te has traído las pastillas?
Por un momento parecía que los roles de cuidadora y cuidada se hubiesen invertido.
Llegó el chocolate caliente y Loto rodeó la taza con ambas manos, necesitada de un poco de calidez para deshacerse del escalofrío que todavía le recorría el cuerpo.
No quedó muy convencida con la resolución racional de su hija, pero quería creer en esas palabras.
Quería creer que había sido producto de su imaginación, de una migraña intensa, y no que había visto… algo más .
Asintió despacio, sacó el monedero del bolso en busca de un analgésico y lo tomó con un sorbo de chocolate. En ese preciso instante un pensamiento fugaz le terminó de helar la sangre: ¿y si ese ser trataba de encontrar a alguien?