Aquí arden las flores 2. Mármol
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2. Mármol

l a v ida en casa del señor Narciso pasaba como si no aca basen de enterrar a la matriarca de la familia.

Los nego cios del cabeza de familia eran, todavía, su prioridad.

Se ence rraba días enteros en su despacho.

En la mesa se seguía hablando de negocios, en los ratos libres se disfrutaba de batidos algo caros en cafeterías modernas, y la única que de rramaba lágrimas por la difunta era Loto.

El ambiente en aquella casa no acompañaba su duelo.

—Qué desgracia de mañana —dijo la mujer para sí, sin esperar respuesta de nadie—. Al menos, con esta lluvia me libro de regar las plantas.

Cruzó el umbral de la puerta trasera sin prisa alguna, con la resignación de quien entiende que el día no le pertenece del todo.

Atravesó el porche trasero para coger dos ramitas de romero fresco y, de paso, arrancar cuatro hierbajos que habían crecido de más a los pies del pozo.

No se molestó en calzarse. Durante los pocos minutos con la tierra bajo sus pies y el agua humedeciéndole el pelo, sintió que todo estaba bien.

Cerró los ojos, se recostó sobre la tierra y dejó que las gotas se llevasen el cansancio de tantas noches sin dormir.

Toda la vegetación del jardín estaba cubierta por una capa perlada de humedad.

Tras un breve momento de meditación, abrió los ojos y estiró las piernas, volviéndose a situar en este plano, en el mundo terrenal.

Siguió el camino de piedras hacia la casa y entró en la cocina.

Había decidido, sin darle muchas vueltas, tomarse un par de semanas libres.

Restaurar coches era un oficio honesto, pero nada que no pudiese esperar.

Sentía que otros asuntos iban a requerir su atención.

La sensación era de estar en el borde mismo de algo, con los pies rozando el filo de un acantilado.

Preparó café y añadió una cucharada de miel oscura, y puso a tostar una rebanada de pan casero con aceite y romero.

Acababa de sentarse a desayunar a la mesita de hierro forjado bajo el porche cuando su hija asomó la cabeza hacia el exterior por la ventana del salón.

—Mamá, necesito que me lleves a la ciudad dentro de un rato —dijo Azucena.

—¿Ahora sí hablas?

—Si quieres te sigo ignorando y se lo pido a papá. Tengo que ir a comprar telas.

—Azucena Nerón —levantó la ceja izquierda con gesto inquisitivo—, cuidado con ese tono.

—¿Me llevas o no? —Apoyó los puños cerrados sobre sus caderas ladeadas.

—No molestes a tu padre. Dame un momento para terminarme el desayuno y nos vamos.

Azucena giró la cabeza y se fue dando pisotones por el interior de la casa, decidida a hacerse notar de camino a su habitación.

Subiendo las escaleras, miró a través de los ventanales de la entrada.

La niebla y la lluvia mantenían a toda la gente del pueblo en sus casas, y el valle entero parecía desierto.

Murmuraba posibles combinaciones de ropa y accesorios mientras atravesaba el pasillo.

¿Un vestido fluido con un cinturón de conchas?

¿Bolso grande o pequeño? ¿Debía recogerse el pelo?

Su habitación era el caos perfecto. Había convertido la mitad de su gigantesco cuarto en un taller de costura, donde se atrincheraba cada tarde.

Un corpiño a medio coser, hilvanado y prendido con alfileres al maniquí de la esquina; una estantería llena de telas, retales y ropa pendiente de remiendos; su última creación todavía bajo el prensatelas de la máquina…

Rebuscó entre la ropa que se había apilado sobre su galán de noche una prenda capaz de deslumbrar a alguien.

—¡Mierda! —Se sobresaltó al tirar un botecito con cuentas de cristal de un codazo.

Eligió un top recién confeccionado de encaje con grandes lazos blancos a modo de tirantes.

Antes de abrocharse una falda larga de satén color verde bosque, se perfumó las caderas con una bruma corporal dulce.

Se recogió las ondas doradas con una horquilla grande de madera y se difuminó algo de sombra oscura y brillante sobre los párpados sin demasiado esfuerzo.

Máscara de pestañas, pendientes dorados cómicamente grandes y un bolso malva de crochet que había tardado varias noches en tejer.

Solamente le quedaba escoger brazaletes.

En la planta inferior, el último sorbo de café de Loto lo interrumpió un grito de su marido.

—¡Loto! —llamó a su esposa desde el despacho.

Narciso no podía verlo, pero los ojos de su mujer habían dado un giro de 360 grados dentro de sus cuencas.

—¡Narciso! —respondió de manera irónica, intentando desfogarse al levantar de más el tono de voz.

—¿Dónde está mi agenda?

—Donde tú la hayas dejado.

—¡Estaba aquí encima antes de que limpiases el escritorio!

—Pues ahí seguirá. Yo levanto cosas, paso el trapo y dejo todo en su sitio.

No se molestó en ir a ayudar a su marido. Años atrás lo hubiese hecho, pero el orgullo la anclaba a esa silla y la obligaba a terminarse el desayuno con calma, a no desviar sus planes ni un milímetro para complacerlo.

Tras dejar la taza en el fregadero, Loto se puso los zapatos y abrió la puerta hacia el garaje. Se subió al coche. Azucena, alertada por el chirrido de la puerta de que su madre salía de casa, corrió escaleras abajo con el bolso medio abierto y el neceser de maquillaje entre las manos.

—¿Voy bien así? —dijo mientras se sentaba en el asiento del copiloto.

—Está diluviando.

—Diría que las tiendas de la ciudad siguen teniendo techo.

—Va, cierra la puerta. Como te vea tu padre con el ombligo fuera…

—Tengo veinticuatro años —vocalizó de forma burlesca—. Es mi deber lucir todo esto antes de que la gravedad haga su efecto. —Su madre le lanzó una mirada capaz de atravesarle el cráneo, y ella corrigió el tono de inmediato—. Llevo un suéter fino en el bolso para cuando volvamos.

El trayecto hasta la ciudad no era una gran travesía.

Bajaban la ladera de la montaña por la carretera principal, que no contaba con más de un carril por sentido, y cruzaban el punto más bajo del valle por uno de los varios puentes que conectaban los dos márgenes del río.

En la orilla contraria estaba la ciudad.

Esos seis minutos en coche se traducían en paseos de algo más de un cuarto de hora, que a Azucena le encantaba dar sola.

Se tomaba la bajada bordeando la carretera como su pasarela personal, e intentaba lucir sus mejores galas en un intento de prendar a alguien.

Los días de lluvia, el puente era resbaladizo, y el paso bajo las vías del tren se encharcaba; un terreno incompatible con sus zapatos de diseño.

Entonces, sacrificaba su paz mental e intercambiaba cuatro palabras con sus familiares para que le hiciesen de taxi.

Loto dejó a Azucena delante de la tienda de telas y tapizados, y aprovechó el viaje en coche para dar un paseo por el centro.

El casco histórico estaba conformado por cuatro calles, que llevaban a la plaza del antiguo ayuntamiento.

Pese a que el encanto se perdía en cuanto caminabas más allá de la ra mbla, hacer un par de recados por las calles peatonales y sentarse a tomar un café en cualquiera de las cafeterías del centro la hacía sentir en paz.

Pasó por su pastelería preferida, justo al lado del parque, y compró dos dulces pequeños a granel antes de dirigirse al horno-cafetería del otro lado de la calle.

Las enormes cristaleras sustituían las paredes del establecimiento, y en días tan húmedos se empañaban un poco en la parte superior.

El inte rior era tremendamente moderno; las sillas de colores esta ban sacadas de Pinterest y todas las bebidas del menú llegaban a la mesa listas para hacerles fotos.

—¡Hola! Un café con leche y una tostada con tomate y aceite, por favor —dijo a la camarera antes de que tuviese tiempo de traerle la carta.

Tras casi una hora de paseo se le había vuelto a abrir el estómago.

Tal vez fue el ejercicio físico, o tal vez esa hambre de media mañana era fruto de la ansiedad provocada por una hija que cada vez era menos joven y no tenía la vida encaminada, y por un marido que últimamente se comportaba como otro niño al que criar… Quién lo sabía.

A aquellas horas el café estaba lleno de señoras diez o veinte años mayores que ella, que hablaban de sus nietos, de patchwork o de las pastillas que les había recetado el médico.

Seguramente no hubiesen diseñado aquel espacio con personas de la tercera edad en mente, pero los sillones eran tremendamente cómodos, y el chocolate caliente con avellanas y nata montada parecía ser la mejor de las meriendas para aquellas ancianas.

Pronto llegaron el café y las tostadas a la mesa. Loto vol vió a sí misma después de un rato perdiéndose en conversa ciones ajenas, y aprovechó que el café estaba demasiado caliente para enviarle un par de mensajes a su hija.

Azucena, estoy en El Horno.

Ven al terminar o llámame.

TQ

En su bolso de piel de segunda mano guardaba algunos minerales, especias multiusos y su baraja de tarot preferida.

Evitaba sacarla en público, pero siempre la llevaba encima por si las moscas.

Tomó una ramita de canela disimuladamente y la usó para remover el café en lugar de la cucharilla.

Con el aceite dibujó runas sobre las tostadas, para proteger y dar energía, que era lo que más le hacía falta.

Se acomodó en aquella butaca de terciopelo rosa pastel y empezó a comer.

Desde el día del funeral había intentado estar al tanto de los pasos de su marido respecto a la herencia, pero sin generar sospecha.

No soportaba estar cerca de alguien tan enfadado y con tan pocas ganas de solucionar lo que le molestaba.

También pensaba en la conversación con su sobri na.

Tenía muchísima facilidad para escuchar a personas difuntas, y siempre había mant enido muy buena relación con Adelfa.

Era extraño que no le hablase desde el otro lado.