Aquí arden las flores 1. Mil flores
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Aquí arden las flores

Aquí arden las flores

Por Maria J. Viana

© inepub.com

1. Mil flores

l os días posteriores al funeral de Adelfa fueron pasados por agua.

Una borrasca de agua fría y vientos fuertes se había posado sobre el valle.

Sus nubes oscuras hacían difícil distinguir el día de la noche sin ayuda de un reloj, y su energía no terminaba de encajar en ningún trabajo mágico.

Llevaba días sin pisar su tienda esotérica.

Poco después del funeral decidió cerrar La Cripta durante unas semanas para recomponerse y descansar, pero cancelar las citas para rituales y lecturas de tarot había sido una tarea verdaderamente extenuante.

Ser la bruja de referencia en la zona no era nada fácil.

Dalia se despertó por inercia unos minutos antes del mediodía y se deslizó de la cama hasta un lado del ventanal. Apartó un poco la cortina sin llegar a abrirla. Había alguien en la casa de al lado. Entrecerró los ojos en un intento fallido de enfocar la mirada sin ponerse las gafas.

—¿Dónde las he dejado? —murmuró entre dientes algo enfadada.

Repasó detenidamente todas las superficies de su habitación sin éxito antes de dirigir la búsqueda hacia la planta inferior.

El salón estaba algo desordenado, con libros abiertos que cubrían la mesa por completo y tazas de café que deberían estar a remojo en el fregadero.

Si agradecía una cosa de vivir sola era la calma de desordenar tanto como sus investigaciones requiriesen.

Algo le decía que la muerte prematura de su abuela no había sido fortuita, a pesar de que se determinase que falleció por causas naturales, y estaba decidida a probarlo.

—A ver, Dalia, piensa —se dijo a sí misma—. ¿Cuál fue el último libro que consultaste ayer?

Levantaba cada uno de los ejemplares lo suficiente como para comprobar si las gafas estaban ahí. En la mesa había de todo menos eso.

—¿Me las quité en el sofá? —se cuestionó mientras apuñalaba los huecos entre cojines con las manos—. ¡Aquí! Joder, Dalia.

Pudiendo ver algo más que borrones, cruzó la puerta hacia la cocina.

Al mismo tiempo que llenaba la cafetera con agua caliente y una mezcla molida de aroma acaramelado, echó otro vistazo a la casa de al lado.

Ahora sí, podía ver que alguien había colgado cortinas nuevas.

Tras ellas se vislumbraba una silueta que no reconocía.

Cuando el café estuvo listo, se sirvió un poco con una cucharadita de miel y subió al ático. El ventanuco del último piso tenía las mejores vistas de la casa de al lado, y bajo él estaba su altar.

—¿Quién se ha mudado ahí?

Encendió los velones y prendió un atadillo de artemisa sobre un platito de arcilla. Había dejado de hablar consigo misma. Las llamas daban saltitos y se ondulaban. El humo del atadillo dibujaba espirales en el aire.

—Queridas antepasadas —agachó la cabeza frente a su altar—, ¿quién es? —Tomó su mazo de tarot y lo lanzó al suelo. Eligió una carta al azar. El Mago—. Entonces no tengo de qué preocuparme. Nadie peligroso.

No quiso sobreinterpretar el arcano. Su única intención era saber si aquella persona era de bien.

Acercó la cara al cristal de la ventana.

Desde allí pudo ver cajas apiladas frente a la valla delantera.

Un deportivo azul algo viejo estaba aparcado en el vado de la casa.

Tenía los cristales tintados y no podía distinguir qué había dentro, pero las ruedas traseras estaban a punto de tocar la carrocería; ese coche estaba cargado de cosas.

Una mudanza. Dalia tenía un vecino nuevo.

Dejó media taza del café a modo de ofrenda en el centro del altar y se despidió de sus ancestras. Cuando estaba recogiendo el resto de las cartas, una de ellas salió disparada de la baraja. El Cuatro de Espadas; un caballero descansando sobre una tumba.

—Sí, ya sé que desaparecí antes del entierro —dijo mirando a todas partes—, pero no sé si debería ir al cementerio tan temprano.

— Sí —pronunció una voz al otro lado.

Dalia resopló y obedeció al espectro de una de sus bisabuelas. Estar muertas no les había quitado el hábito de ejercer de madres, y aprovechaban cada sesión de comunicación para echarle un sermón a Dalia.

Bajó al primer piso para vestirse. Mientras buscaba una blusa sencilla, sonó el teléfono.

—¿Diga?

—¿Dalia? Soy Úrsula.

—¡Úrsula! No había reconocido el número.

—Me lo he tenido que cambiar. En algún concierto perdí mi móvil. ¿Cómo estás? ¿Cómo llevas todo?

—Si por todo te refieres a lo de mi abuela…

—¿Ha pasado algo? —preguntó Úrsula, como si no notase el malestar de su amiga al otro lado de la línea.

—Llevo varios días ocupada, leyendo. Bueno, mejor dicho, investigando .

—¿Ahora vas a añadir «detective» a tu currículum? —Forzó una risa final intentando aliviar la pesadez de la situación.

—Creo que alguien ha matado a mi abuela.

Úrsula pareció guardar silencio al otro lado de la línea durante una fracción de segundo, seguramente analizando si aquello era una de sus bromas y sería correcto responder con medio minuto de risas.

Pronto concluyó que no. Su amiga hablaba en serio.

—¿Qué? Dalia, ¿estás durmiendo bien?

—La verdad es que no. —Se sentó en el suelo y se abrazó las piernas—. Me acuesto tarde porque no paro de buscarle una explicación lógica a su muerte, pero no la tiene.

—¿No le hicieron autopsia? Tendrían que haber encontrado indicios de si alguien la mató.

—Que no ha sido un asesinato asesinato . —Enfatizó la última palabra mientras se presionaba la sien derecha—. El médico lo declaró muerte natural, pero no me lo creo. Alguien le ha hecho algo.

—¿Seguro que no le tocaba irse? Ya casi tenía setenta años. Son seis más que cuando murió mi abuelo.

—Que no, que no. Que setenta años no son nada. Que ella estaba fantástica. Que aquí hay cosas que no me encajan.

—Querida amiga, por tu bien y por el mío, que tengo que aguantarte cada vez que entras en bucle y haces algo raro, sal de casa y toca césped.

—Dalia suspiró como si le diese la razón—.

Pasea, tómate una infusión en algún lugar que no sea tu casa, llévate algún libro que no hable de brujas y desconec ta un poquito.

—El tono desenfadado de Úrsula se había teñido de preocupación.

—Tranquila. Hoy tengo planes que implican abandonar mi humilde morada.

—¿Seguro? —Hubo una pausa corta al otro lado del teléfono—. Dalia, si no te encuentras bien, dímelo. Puedo volver un poco antes, aunque no estuviese previsto. La mitad de las reuniones las puedo hacer por videollamada.

—Úrsula, cálmate. Literalmente me estoy poniendo los zapatos.

—¡Por fin pisarás la calle! —dijo con tono sarcástico—. ¿Adónde vas? ¿Has quedado con alguien?

—Voy al cementerio. No encuentro respuestas en los libros.

—Serás deprimente. —Soltó una carcajada ensordecedora—. El viernes que viene, cuando vuelva de Madrid, iré a verte y a asegurarme de que no estás como un cencerro. —Sabía que su humor forzado había dibujado una sonrisa en la cara de su amiga.

—Te esperaré con café preparado.

—¡Cuidadito con los muertos! —Dalia podía sentir cómo su amiga había levantado el dedo índice al otro lado del teléfono.

—Que sííí. Hablamos.

El estruendo de un taladro agujereando cualquiera de las paredes de la casa de al lado le recordó que había un nuevo habitante en el pueblo.

—¡Ay! Úrsula, por cierto, ¿sabes si alguien ha comprad…?

Su amiga colgó la llamada antes de que Dalia pudiese formular su pregunta. Se encogió de hombros. Ya descubriría quién vivía allí. En algún momento saldría de detrás de las cortinas.

Las casas de su calle pertenecían a los ancianos del pueblo.

Su abuela cambió los papeles de la casa a nombre de Dalia —a escondidas de toda la familia— cuando se mudó a una masía de la reserva natural.

De alguna manera, aquella fue la for ma de proteger a su nieta y de sacarla de casa de su madre.

Era un lugar hostil donde cada vez se le hacía más difícil existir.

La casa vecina era propiedad de otra de las familias del valle, anteriormente habitada por el señor Hilari, abuelo de Úr sula, que había muerto un par de años atrás mientras podaba los rosales de su jardín trasero.

Desde entonces la vivienda recibía visitas esporádicas de sus dos hijos mayores para arrancar las malas hierbas y reparar los desperfectos que causaba el paso del tiempo en una propiedad inhabitada.

Dalia no sabía que estaba a la venta. De hecho, nadie del pueblo se había enterado.

Cogió el ramo de flores que tenía en el jarrón de la entrada y subió al coche.

La llovizna matutina se había convertido en diluvio y las gotas parecían quererle romper la luna delantera.

Consiguió aparcar al lado de la puerta. Metió la mano en el bolsillo, buscando la cartera, y sacó tres monedas, que dejó a los pies de la entrada del cementerio.

—Vengo a ver a Adelfa y Jacinto —dijo en voz baja.

No había nadie ahí para dar respuesta, al menos no de cuerpo presente, pero ella sabía lo que hacía.

La lápida de sus abuelos era de las pocas sin una cruz coronando el mármol.

El nombre de Jacinto llevaba veinticinco años inscrito en la parte superior, dejando suficiente espacio para que alguien grabase el de su esposa cuando llegara el momento. Ya estaban reunidos.

Las coronas del funeral todavía seguían frescas. Dalia puso su ramo junto al resto de los arreglos florales.

—Hola, abuelo —vocalizó con la mirada perdida entre las coronas y los atadillos—, sé que llevo tiempo sin venir a visitarte. He tenido un verano caótico y esta semana pasada ya ha sido la traca final. Anoche hice este ramo con flores de mi jardín. He traído las cartas por si queréis hablar.

Sacó el mazo de tarot del bolso y extendió el pañuelo con el que lo envolvía sobre la tierra —todavía revuelta— de la tumba de sus abuelos. Se arrodilló justo delante, mirando la lápida. Al partir la baraja para empezar a mezclar las cartas, la Torre salió disparada hacia la cara de Dalia.

—No me deis estos sustos, que no he hecho ninguna pregunta todavía.

Siguió barajando como de costumbre. Cerró los ojos y vio a Jacinto y Adelfa justo delante.

—¿Cómo ha muerto la abuela?

Sus manos dejaron de mezclar y sacó una carta. La Muerte.

—Ya sé que ha muerto. La he visto muerta.

El viento se levantó, azotándole el pelo ondulado contra los ojos cerrados. Pudo ver cómo su abuelo sacudía la cabeza. Ella frunció el ceño. No entendía nada. Sacó otra carta: el Rey de Copas invertido.

—¿La Muerte es alguien?

Justo después, la visión que tenía de sus abuelos se nubló. Abrió los ojos. Intentó seguir preguntando, pero las respuestas ya no tenían ningún sentido. Diez de Oros, el Juicio, la Muerte. Una y otra vez variaciones del mismo mensaje. Familia, fin, ¿más allá? ¿Resurrección? No entendía nada.

Tras darse por vencida, sacó un botecito de cristal del bolso y recogió una pizca de la tierra que cubría la tumba.

Se levantó apoyando las manos sobre la lápida y guardó la tierra.

Dio un paseo por el camposanto. Llevaba manzanas, granadas, castañas y una botella medio vacía de moscatel.

Se sentó bajo el sauce llorón del centro del cementerio.

—Os he traído cosas —dijo mientras cortaba las frutas por la mitad y las dejaba entre las raíces del árbol—. Ahora está también mi abuela. Espero que encuentre paz aquí.

Terminó de repartir las castañas y rellenó con moscatel una copa de plata que había dejado ahí la última vez que fue.

Nunca había percibido el otro lado como algo oscuro, ni comunicarse con difuntos se le hacía macabro.

Tampoco podía hablar del tema de manera natural con cualquiera, pero comprendía aquello como una parte más de su experiencia en este mundo.

Si algo le había enseñado la abuela era que mantener una relación cordial con los espíritus del entorno es crucial para una bruja.

Tras haberse desvinculado casi por completo de su familia, Dalia se sentía más cerca de los que ya no estaban.

—No sé qué ha pasado —ella oía a los espíritus, pero ellos también a Dalia— y no sé si voy a poder resolverlo.

Volvió al coche, no sin antes despedirse de todos los allí (no) presentes.

Sus pies chapoteaban dentro de las botas granates que había escogido.

Hasta entonces no había prestado atención a la lluvia, que la había empapado por completo.

Se sentó tiritando y encendió la calefacción.

Cuando se le secaron las manos y las suelas de los zapatos dejaron de resbalar contra los pedales, emprendió el camino de vuelta hacia su casa.

El deportivo azul seguía ahí aparcado, aparentemente descargado. Ya no había cajas a la vista y las luces estaban encendidas dentro de la casa vecina.