CAPÍTULO 48 #3
—Siempre supe que eras el amor de mi vida y que me casaría contigo, Kelly.
Por eso, cuando gané mi primer sueldo como entrenador de fútbol el verano en el que…
nos separamos, fui a comprarte un anillo de compromiso.
—Thiago se ríe cuando mira el anillo, porque no es un anillo de compromiso como tal.
Es un anillo de plata con una pequeña joya de imitación.
Para un crío de diecisiete que acaba de cobrar sus primeros doscientos euros, es la cosa más cara que podría comprar—.
Tenía pensando pedirte matrimonio el día siguiente a que nos fugáramos.
Era una ida de olla, lo sé, pero… que te quisieras marchar al fin del mundo conmigo con las manos vacías significaba tanto para mí, que lo único en lo que podía pensar era en que quería que fueras la mujer de mi vida para siempre.
—Hace una pequeña pausa antes de decir lo siguiente—.
Lo tiré cuando te marchaste. Sin embargo, cuando vi pasar el camión de la basura dispuesto a recoger aquello que con tanta ilusión e inocencia te compré, salí corriendo para rescatarlo, y lo guardé y dejé aquí porque…
, no sé, Kell, en el fondo de mí sabía que volverías.
Sentía que tenía que dejar este anillo aquí, para cuando volvieras.
Porque me negaba a creer que la vida me obligara a vivir el resto de mi vida con el corazón roto, sin ti, sin lo que más he amado desde que entendí lo que era amar y querer a una persona que tú mismo has elegido amar.
Cuando deja de hablar, me quedo quieta durante unos segundos procesando sus palabras. Luego, me tiro de rodillas frente a él y lo abrazo con todas mis fuerzas.
No me puedo creer esto. No me puedo creer que Thiago haya tenido guardado seis años un anillo esperando a que volviera. Que no pudo tirarlo, porque su corazón esperaba que volviera con él…
¿Qué he hecho para merecerme su amor incondicional? Su espera. Su esperanza de que volviera. Su querer…
No me lo merezco. No, cuando yo sí pude «rehacer» mi vida sin él… No, cuando estuve a punto de no saber elegirlo.
—No te merezco, Thiago… —le digo en un sollozo, porque desde que ha empezado a hablar los ojos se me han inundado de lágrimas y el llanto se ha apoderado de mí.
Él trata de separarme de su cuerpo, pero no lo dejo.
Quiero abrazarlo hasta olvidarme de que casi lo pierdo y casi lo dejo escapar por no saber luchar por un amor que él antepondría y ha antepuesto siempre, aunque ni siquiera supiera en qué lugar del mundo me encontraba, y sin saber si volvería algún día…
—¿Qué dices, Kell?
—Que no me merezco ser tanto para ti. Que no sé qué he hecho para ser tan insuperable, Thiago, pero no me lo merezco —le confieso lo que siento.
Ahora sí que consigue separarme de él. Luego, se levanta del suelo y hace que yo también lo haga. Me empuja ligeramente hacia atrás hasta que mis caderas chocan con la mesa de su escritorio.
Me limpia las lágrimas con los pulgares.
—No vuelvas a decir eso. Sí que te mereces ser lo que eres para mí. Has crecido a mi lado, has sido mi primera amiga, mi primera novia, mi primer amor… ¿Cómo iba a superarte cuando aprendí a vivir, a crecer y a querer contigo?
—Pero yo no…, yo no fui capaz de…
Thiago sabe lo que quiero decir. Sabe por dónde le voy a salir y no quiere que saque el tema. Por eso, antes de que pueda seguir diciendo cosas, me besa.
Siento algo parecido al alivio cuando lo hace. Porque no sé cómo se las apaña, pero siempre, cuando me besa, las cosas dejan de ser tan difíciles, duras o complicadas. Todo se vuelve más sencillo. Todo tiene una solución. Todo vuelve a ser como antes.
Cuando rompemos el beso, lo abrazo con fuerza. Apoyo mi cabeza en su pecho e inhalo con fuerza.
Huele como siempre.
A mi Thiago.
A casa.
Al amor de mi vida.
Aunque haya estado con Alan, él para mí también ha sido insuperable.
Y lo sé, porque ahora que lo tengo conmigo, y que puedo volver a sentirlo, quererlo, besarlo y abrazarlo, soy más consciente que nunca de que lo que he hecho estos seis años ha sido sobrevivir.
Que llevo sin vivir de verdad desde la última vez que lo vi.
Que he querido a otro hombre con el corazón roto.
Y que no se puede amar así. Que no es justo.
Que Alan no se merecía que lo quisieran si no es como amo a Thiago.
Como él me ha amado a mí estos años. Con el corazón íntegro.
Con el corazón lleno. No a medias. No con el nombre de otra persona grabado en el alma.
—Tú también has sido insuperable para mí, Thiago. Ahora soy consiente plenamente. Solo sé amarte a ti.
A Thiago se le acelera el corazón, lo sé.
Deja de abrazarme para mirarme a la cara. Sonríe cuando nuestros ojos conectan.
—¿Eso significa que aceptas mi anillo barato y que quieres casarte conmigo?
Sonrío con los ojos algo humedecidos. Luego, asiento repetidas veces.
—Acepto, Thiago, claro que acepto.
Él, ante eso, se arrodilla para ponerme el anillo en el dedo.
Me besa la mano cuando ya lo tengo puesto, y contra ella dice:
—Te prometo que te compraré uno mejor.
Yo frunzo el ceño y niego con la cabeza.
—No quiero otro «mejor». Quiero este, Thiago. Solo este. De verdad.
Quiero llevar conmigo toda la vida el anillo que me compró, tiró, rescató y guardó a la espera de que regresara.
Creo que es el acto más bonito de todos. Creo que es la historia de amor más increíble que podremos contarles a nuestros hijos, nietos y bisnietos.
Con el anillo de pedida en la mano, y tras ponernos el pijama, nos acostamos juntos en su cama. Como antaño. Como llevo soñando hacer seis años. Es todo lo que he echado de menos.
Mi fantasía más recurrente siempre ha sido esta.
Volver a Ribadeo.
Dormir en la cama de Thiago como cuando teníamos dieciséis años.
Con la ventana abierta. Sintiendo el aire de Galicia entrando en la habitación en los primeros días de primavera.
Utilizar su pecho como almohada.
Recibir su beso en la frente y su «te quiero» como buenas noches.
Y sentir que la vida vuelve a ser fácil, porque por fin estoy junto a él en el lugar en el que hemos crecido juntos…
En el lugar en el que dejamos mucho hecho, pero tanto por hacer…
En el lugar en el que nuestras vidas se detuvieron, pero volverán a avanzar.
En el lugar en el que nuestra historia vuelve a empezar…