Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 48 #2
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CAPÍTULO 48 #2

Thiago coge una respiración profunda y mi cabeza se eleva con su pecho.

—Pues en todo. En ti. En qué estarías haciendo. Con quién lo estarías celebrando. Si habrías soplado las velas. Si seguirías con tu manía de no pedirle deseos al fuego. Si pensarías en mí…

—Pensaba en ti —reconozco—. Nunca he dejado de hacerlo. ¿Sabes? Yo también conservaba cosas de ti.

Siento su corazón acelerarse.

—¿En serio? ¿Qué?

—Pues no tantas cosas como tú porque mi madre me tiró todo sin permiso y me cambio de móvil nada más llegar a Londres, pero siempre guardé la pulsera de bolitas que te encontraste en el mar y luego me regalaste, ¿te acuerdas?

—Él asiente—. Y también el retrato de una foto nuestra que me diste cuando hicimos un año, con tu dedicatoria…

Recuerdo cómo tenía que esconder esas dos cosas para que mi madre no me arrebatara todo de él. Se me hace un nudo en la garganta pensar en mí con diecinueve años mirando ese retrato, leyendo su dedicatoria todas las noches y llorando a mares hasta que me quedaba dormida…

Thiago se da cuenta de que me he puesto triste, así que decide cambiar el rumbo de la conversación.

—Hablemos de nuestro futuro, Kell. Hagamos como que no ha pasado. Estamos juntos y eso es lo que importa. Vamos a empezar a pensar en que todo lo que hemos vivido estando separados ha sido necesario para que hoy volvamos a estar juntos.

Asiento y tomo una de sus manos y entrelazo nuestros dedos.

—Vale. Pero tengo un poco de frío.

—¿Quieres que entremos?

—¿Tú no tienes frío?

—Llevo tres años viviendo a bajo cero…

Thiago me pega más a él, para tratar de darme un poco de su calor corporal.

Lo consigue.

—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Cuáles son tus planes? —le pregunto.

Él lo tiene claro.

—Despreocuparme. Quiero vivir por unos meses como si volviera a tener diecisiete.

—¿Y cómo sobrevivimos?

—Tengo dinero ahorrado. Y mis padres no van a poner pegas a que vivamos con ellos. Están deseándolo.

—¿Y yo?

—Tú conmigo, Kell. No te preocupes por el dinero. No te preocupes por nada. Nos merecemos descansar por un tiempo.

—¿Y dónde vamos a trabajar luego? ¿Qué tienes pensando?

—Hacer lo que se me da bien: enseñar algún deporte. Trabajaré en el club de surf como profesor.

Frunzo el ceño un segundo cuando me viene un recuerdo de estas dos semanas.

—¿Solo se te da bien enseñar algún deporte? Porque yo recuerdo verte muy cómodo en ese bar de estriptis. ¿Me explicas cómo narices terminaste ahí?

Thiago se ríe.

—Simplemente me ofrecieron participar de forma espontánea, y yo…, bueno, lo vi como una forma de ganar un dinero extra de forma fácil y de conocer a…, ya sabes, a…

—¿Chicas?

Él asiente.

—Como mucho iba dos noches por mes, cuando había alguna baja en la plantilla principal —me explica—. Luego es verdad que me ofrecieron unirme, pero lo rechacé.

—¿Por?

—Porque, aunque ganara bastante dinero en una noche, me iba a volver loco. No podía estar con una chica diferente cada día… Creo que esa fue la única decisión coherente que tomé en estos seis años. Bueno, y porque medio desnudarme en una tarima no era mi pasión, la verdad.

—Ibas dos noches al mes, y justo yo fui en una de esas dos… —comento, asombrada—. Lo que nos ha pasado en Laponia rompe cualquier teoría sobre la casualidad.

—Tú y yo estamos destinados, Kelly.

Aprieto nuestras manos entrelazadas y cierro los ojos. Solo escucho los ruidos de la noche: los búhos, los grillos, las hojas de los árboles y de los arbustos moviéndose por el aire… Siento el frío característico de Galicia. El olor de nuestro hogar. La sensación de que estamos en casa.

Por un momento siento que no ha pasado el tiempo y que es una noche más entre Thiago y yo en 2018. Una de esas noches en las que salíamos al jardín de su casa a hablar hasta que el sueño nos ganaba.

Siento paz, porque todo vuelve a estar bien.

—¿Quieres que te confiese una cosa? —me pregunta al cabo de unos segundos en silencio.

—Claro.

Siento que sonríe sin la necesidad de mirarlo a la cara.

—El día que subimos juntos en el telesilla y de pronto se frenó…

—¿Sí? ¿Qué pasa?

—Pues que fui yo quien pidió que se frenara.

Levanto la cabeza de su pecho y lo miro incrédula.

—¡¿Me lo estás diciendo en serio?! —Thiago asiente, sin dejar de sonreír. Se la borro cuando le meto un puñetazo en el costado—. ¡Casi me da un ataque al corazón ahí subida, idiota!

Thiago me pone la mano en la boca tras mi grito. Por un momento se ha olvidado que es de madrugada.

—¿Si te digo que lo hice porque quería asegurarme de poder tener una conversación contigo después de seis años me odiarás menos?

Me quito su mano de la boca. Luego le contesto:

—No.

Hago el amago de incorporarme, pero me rodea la cintura con su brazo y me vuelve a pegar a él. Ahora casi estoy encima suya.

—Perdón por casi provocarte un infarto, mi amor.

Lo fulmino con los ojos.

—Disculpas no aceptadas.

—No corríamos peligro. No te habría puesto en peligro nunca.

Lo sé.

—Da igual. No vuelvas a hacer algo así —exagero mi mirada de rencor.

Él asiente al tiempo que me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Te lo prometo, preciosa.

Su preciosa me acelera el corazón como a una niña.

Apoyo mi cabeza en su pecho y Thiago me abraza para seguir dándome calor.

—¿Cómo les decimos a tus padres que queremos montar una boda en su jardín? Nos van a decir que si nos hemos fumado algo —le digo.

—Kell, mi madre se entera de que nos queremos casar y a los diez minutos nos ha montado un altar a base de cajas de cartón, tablones de madera y un poco de saliva.

Yo suelto una carcajada.

—Ya, es verdad. Tienes razón.

—¿Cuándo quieres casarte? —me pregunta.

Y aunque tengo muchísimas ganas de casarme con él, siento que necesito un tiempo de no pensar en ceremonia, bodas, vestidos y anillos.

Me casaría con él ahora mismo sin ningún tipo de preparación, pero como quiero tener una boda bonita con él, prefiero esperar un poco.

Decido vacilarlo un poco.

—No sé… Cuando te dignes a plantarme un anillo en el dedo, ya vamos viendo.

Me importa muy poco el anillo y su pedida. No los necesito. No con él. Además, ya me dijo que nos casáramos esa noche en el hotel de cristal. Con eso es más que suficiente.

Para mi sorpresa, Thiago de pronto se incorpora en el césped y me invita a hacer lo mismo.

Me mira con una sonrisa divertida durante unos segundos. Luego se levanta del suelo, hace que me levante yo, y me empieza a arrastrar de la mano hacia su casa.

—¿Qué haces? —le pregunto en un susurro cuando comienza a subir las escaleras de su casa sin soltarme.

Thiago no me contesta. Solo camina apresuradamente por su casa hasta que llega a su habitación. Me suelta la mano y comienza a buscar algo en su armario.

Yo lo miro sin entender nada. Él busca y rebusca hasta que da con lo que quiere.

—¿Qué buscabas en…?

Me quedo petrificada cuando lo veo darse la vuelta con la caja de un anillo en las manos y arrodillarse delante de mí.

Thiago se ríe al ver mi cara de pasmada. Luego, alarga su mano para agarrar la mía.

—¿Piensas que soy un loco si te digo que te compré un anillo de compromiso con diecisiete años?

Mi corazón amenaza con salirse por mi boca.

Trago saliva antes de contestarle.

—¿Sí? ¿No? No sé… ¿Cómo que…? ¿Cuándo…? ¿Por qué…?

Thiago me interrumpe cuando ve que no soy capaz de formular una pregunta. Y como él tiene todas las repuestas, es más sencillo y fácil que él empiece contando a que yo intente preguntar.