CAPÍTULO 48
INSUPERABLE
Kelly
-¿E stás lista, Kell?
La pregunta de Thiago me retumba mientras miro por la ventanilla del taxi.
Tenemos que bajarnos ya.
Le hemos pagado al taxista y nos mira por el espejo retrovisor con algo de impaciencia.
Aunque no esté lista, su mirada penetrante me hace reaccionar. Me desabrocho el cinturón, asiento, y tomo la manilla de la puerta para salir.
Tras hacer eso, tanto Thiago como el conductor reaccionan y se bajan del coche.
Nos acercamos al maletero. El taxista lo abre y saca nuestro equipaje. Luego, se sube en el coche y se marcha bastante rápido.
Thiago se cuelga todo lo que puede a los hombros y luego agarra mi maleta.
—¿Vamos? —me pregunta de nuevo, pero yo no le contesto. Mantengo la mirada en las dos casas que tengo delante.
No sé si puedo.
No sé si podré entrar.
Si podré verlo.
Si podré verlos…
Por el rabillo del ojo veo que Thiago vuelve a soltar todo el equipaje cuando me ve petrificada.
No tarda en ponerse frente a mí y tomarme la cara con las manos.
—¿Qué pasa, Kell? Cuéntamelo.
Trago saliva e intento tranquilizar mi corazón. Lo miro a los ojos en el proceso y también cuando hablo.
—Pues que…, no sé…, que… tus padres no saben que vengo, Thiago. Tu madre me odiará por haberte hecho sufrir. ¿Y si no le sienta bien que volvamos a estar juntos? ¿Y si no quiere que entre en su casa? ¿Y si…?
Thiago me interrumpe.
—Para, para, para… Mi madre no te odia, Kelly. Nunca te ha odiado.
—¿De verdad? ¿Crees que me va a recibir bien?
Thiago sonríe ligeramente y me acaricia los pómulos con la yema de los dedos. Por último, me da un beso tierno en los labios.
—A ti te reciben bien en todos lados.
Consigue hacerme sonreír. Thiago también lo hace y me pellizca la cintura en un intento de relajarme. Luego, vuelve a coger todo el equipaje y me extiende su mano cuando me ve lista.
Se la acepto. Y juntos cruzamos la carretera de tierra y arena que separa nuestras casas de un descampado lleno de arbustos y hierbajos.
Nos adentramos en su jardín delantero, lo atravesamos, subimos las escaleras del porche, y llamamos a la puerta.
Comienzo a sentirme nerviosa. Como he dicho, sus padres no saben que he venido con Thiago. No saben nada de lo que ha pasado. No saben que volvemos a estar juntos…
Me parece muy violento que de pronto aparezca sin haberles contado nada…
Cuando escucho que la puerta comienza a abrirse, doy un paso hacia atrás y me escondo un poco detrás de Thiago.
No me siento preparada para ver la cara de su madre de golpe.
Soy una cobarde, lo sé.
—¡Thiago, cariño mío! —exclama Sabela cuando ve a su hijo. Luego, no tarda en abrazarlo y en besarlo tropecientas veces mientras le dice cuánto le ha echado de menos y la falta que le ha hecho.
Que haya echado de menos a su hijo es culpa mía…
Si yo no me hubiese ido, él no se habría marchado de Ribadeo. Thiago nunca se habría ido de este lugar.
«Para, Kelly. Ya ha pasado…».
—¡Antón, ven, el niño ya está en casa, por fin ha…! —su frase se queda en el aire cuando sus ojos finalmente se posan en mí. Comienza a ponerse blanca cuando me reconoce. Parece que acaba de ver un fantasma—. ¿Kelly?
Se me forma un nudo en la garganta. Pierdo la voz por completo.
Solo puedo asentir.
Ambas nos quedamos mirándonos durante unos segundos que me parecen años. Ella, tratando de entender por qué narices estoy en la puerta de su casa junto a su hijo después de seis años, y yo, tratando de intentar que no le siente mal que esté aquí.
—Mamá, tengo mucho que contarte. Kelly y yo nos…
Las palabras de Thiago se pierden en el aire por la sorpresa cuando Sabela sale disparada hacia mí.
Me da un abrazo que no me espero en absoluto. Me abraza de una forma que nunca pensé que pudiera hacerlo. No cuando fui la que le destrozó el corazón a su hijo.
—Sabía que volverías —me dice al oído—.
Sabía que lo harías… Nunca he dejado de creer en ello.
—Se separa de mí, me agarra los brazos y me mira de arriba abajo con una sonrisa emotiva.
Luego, mira a su hijo y le chilla: —¡Thiago Vázquez García!
, ¿¡por qué no me has dicho que volvías acompañado de Kelly!
? ¿¡Desde cuándo me llevas ocultando que estáis de nuevo juntos! ? ¿¡Desde cuándo me ocultas cosas, eh!?
Él trata de esconder una sonrisa divertida.
—Mamá, te sorprendería todo lo que ha pasado en las últimas tres semanas. Todo ha cambiado en veintiún días. No llevo meses ocultándote nada, te lo juro.
Su madre va a replicarle, cuando por la puerta aparece su padre junto a…
Rocco, su perro. En cuanto el animal ve a Thiago, se tira encima de él, que lo recibe con los brazos abiertos y le regala un montón de caricias.
Luego, me mira a mí con cierta duda, pero creo que, de alguna forma, termina recordándome, porque también me saluda subiendo sus patas delanteras a mi pecho.
Su padre se queda igual de confuso cuando me ve con su hijo, y tanto Sabela como Antón nos piden explicaciones rápido. Bueno, más Sabela que Antón…
Nos preparan una merienda, y Thiago y yo nos morimos de placer al volver a probar la comida española. La comida de casa. Con la que hemos crecido.
Merendamos los cuatro juntos mientras les contamos todo lo que ha pasado estas semanas. Que nos reencontramos, que yo estaba a punto de casarme, que salí corriendo, que nunca nos hemos olvidado, que estamos destinados…
Se nos alarga tanto la conversación que juntamos la merienda con la cena.
Sabela no puede estar más alucinada con la historia y nos exige hasta el último detalle de todo lo que hemos hecho. También me pide que le cuente lo que ha sido de mi vida estos seis años, y lo que ha pasado al final con mi familia.
Y, como Thiago me dijo, ella no siente rencor hacia mí.
Dejamos la conversación como a la una de la mañana. Thiago y yo, aunque estemos agotados, decidimos salir al jardín de su casa antes de irnos a la cama.
—Hay gente viviendo en mi casa… —le digo cuando veo encendidas las luces del porche de la que fue mi casa durante tanto tiempo…
Aunque lleve seis años sin preocuparme por ella, ahora que sé que hay alguien pasando sus días y noches en mi cuarto, en mi salón, en mi cocina…, me hace sentir un tanto extraña.
He crecido en esa casa. He vivido mucho ahí dentro. Me marché, de la que fue mi habitación, rota. Siento que, de alguna forma, están invadiendo el espacio y los sentimientos de mi yo de diecinueve. Aquella que no se quería marchar de este lugar… Aquella niña a la que le robaron tanto…
Thiago me pasa el brazo por los hombros y me deja un beso en la cabeza.
—Mi madre dice que ahora vive ahí un matrimonio alemán con dos niños pequeños. Llevan un par de años.
Sigo a Thiago por el jardín hasta que llegamos a un lugar en el que decide sentarse y tumbarse bocarriba.
De momento, solo me siento.
—¿Es normal que sienta… nostalgia por saber que hay alguien viviendo en la que fue mi casa, aunque compartiera techo con una… loca?
Thiago me mira. Cuando ve que estoy melancólica, se sienta en el césped a mi lado.
—Claro que es normal, Kell. Has crecido ahí. Has vivido mucho entre esas cuatro paredes. Hemos vivido mucho.
El hemos es importante, porque principalmente me vienen recuerdos de nosotros en mi habitación.
—Quiero mi casa…
Thiago me agarra la mano, me la besa, y luego me empuja hacia él para abrazarme.
—Si tú la quieres, yo te la consigo.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo?
Thiago se encoge de hombros.
—Ya se me ocurrirá algo. Pero planeo que vivamos ahí juntos. Tu casa será la nuestra en un futuro, Kelly, te lo prometo.
Tras esas palabras, ambos nos tiramos en el césped y miramos al cielo. No se ven tantas estrellas como en Finlandia, pero se siguen viendo bastantes.
Respiro con fuerza. Huele a Ribadeo. Huele a noches de primavera y verano con Thiago. Huele a paz.
Apoyo mi cabeza en su pecho y él me da un abrazo.
—Tenemos muchas cosas que contarnos —dejo caer, y con ello también rompo el silencio.
—Tienes razón —reconoce. Ambos queremos saber todo lo que nos hemos perdido del otro—. ¿Qué quieres que te cuente, Kell?
No me detengo demasiado a pensar, porque tengo las preguntas muy claras.
—Podrías empezar por contarme cómo tomaste la decisión de irte a Laponia, y cómo es que aprendiste a esquiar en tan poco tiempo.
Él me contesta al instante.
—Roi me invitó a esquiar con él, su hermano y unos amigos suyos meses después de que te marcharas, para que despejara la mente intentando aprender un deporte nuevo.
Nos fuimos a Jaca, en Huesca. Estuvimos ahí una semana.
Me lo pasé bien. Aprendí rápido y descubrí que esquiando dejaba la mente en blanco, cosa que con el surf ya no me pasaba.
Escogí Laponia al azar, la verdad. Fue el primer destino que me salió cuando busqué lugares con mucha nieve y mucho esquí.
No le di demasiadas vueltas. Hice las maletas y me marché.
—¿Te gustaba enseñar a esquiar o te quedaste ahí por… simplemente estar lejos de Ribadeo?
—Me gustaba —reconoce—. Me lo pasaba bien, la verdad. Me encantan los niños. Daban mucha guerra y me volvían loco a veces, pero me mantenían con la mente en blanco.
—El día siguiente de verte besar a… Lisa …, te vi desde las sombras con los niños. Aunque estuviera celosa esa mañana, me diste mucha ternura. Se ve que se te da muy bien estar con los niños.
Thiago me mira.
—¿Estabas celosa de verdad? —pregunta, divertido.
De nuevo, soy sincera.
—Mucho. ¿Tú no te ponías celoso cuando me veáis con Alan?
—No —dice, y yo levanto la cabeza de su pecho para mirarle a la cara con el ceño fruncido—. Yo me ponía celoso pensando en que él te había visto crecer, y que yo me había perdido muchas cosas de ti.
Sonrío ligeramente y vuelvo a apoyar mi cabeza en su pecho.
—No te has perdido demasiado, la verdad. Importante…, solo mis cumpleaños.
Y ni eso…
—El 27 de septiembre nunca se me olvidada, tranquila.
Le meto un codazo.
—Es el 3 de enero, idiota.
Él se ríe.
—Lo sé, Kell. Claro que lo sé. Creo que no había día en todo el año en el que pensara tanto.
—¿Y en qué pensabas?