CAPÍTULO 47
EL MUNDO EN LAS MANOS
Kelly
T ras darle esa respuesta, Thiago me besa. Y, en ese momento, todo vuelve a detenerse.
No tenemos preocupaciones. No tenemos un pasado. No tenemos nada que no sea el uno al otro en ese instante.
Esa sensación me da tanta paz, que sería capaz de morir tranquila ahora mismo. Porque estoy donde siempre he querido estar: con él.
Thiago mete sus manos por debajo de mi jersey cuando yo profundizo el beso en busca de más. Quiero sentirlo por completo. Lo quiero todo de él aquí y ahora.
Detengo el beso, porque mis pulmones exigen aire, pero antes de seguir besándolo por su cuello, lo miro y luego sonrío. Le estoy besando porque puedo y porque quiero. Porque es mío. Porque está conmigo.
—Kell…, si empezamos con esto, creo que luego no voy a poder parar.
—¿Y por qué deberíamos parar?
Thiago, después de esta pregunta, hace que demos vuelta en la cama para que ahora quede debajo de él. Me aletean mariposas en el estómago cuando vuelvo a sentir lo que es tenerlo encima de mí.
Mis manos se van a su espalda, y poco a poco le voy subiendo el jersey para que se lo quite. Se separa un poco de mí para hacerlo, y luego me saca el mío.
Thiago traga saliva, nervioso al verme en sujetador después de tanto tiempo. Le agarro de los hombros para que reaccione y continúe besándome.
Vuelve a besar mi cuello y, como ahora no tiene nada que le interrumpa el paso, va bajando los besos por mi clavícula, por el torso, el abdomen…
El corazón se me acelera cuando comienza a desabrocharme el pantalón. Me lo quito con su ayuda y, después, comienzo a hacer lo propio con el suyo. Me muerdo el interior de las mejillas cuando se queda en ropa interior.
Tras observarlo con los ojos llenos de excitación, le rodeo las caderas con las piernas y lo atraigo a mí para volver a besarlo.
Thiago está ardiendo. Igual que yo.
—Kell…
—¿Qué?
—Me vas a… matar, pero… no he traído condones.
—No pasa nada, tomo anticonceptivos. ¿Lo has hecho alguna vez sin condón?
Él contesta con decisión.
—No, nunca. Te lo juro.
Le creo.
—Entonces, no pasa nada. Alan está limpio, te lo prometo.
Thiago asiente con la cabeza y, cuando veo que quiere seguir con la idea de ir hacia delante, me quito yo misma el sujetador.
Sonrío divertida al ver su expresión al mirarme los pechos.
Por un momento vuelvo a ver al Thiago de dieciséis años.
El que se ponía terriblemente nervioso cada vez que me veía o recordaba desnuda.
Aunque, bueno, mucha diferencia no es que haya con el de ahora…
—Si quieres, te regalo una foto por tu cumpleaños, pero ahora mismo piden tu atención, Thiago.
Traga saliva con fuerza y escucho cómo murmura un «joder» antes de agacharse para…
Agarro el pelo de su cabeza cuando siento su lengua chuparme los pezones.
Mierda…
Contengo un gemido al sentir que comienza a bajar su lengua por mi abdomen, pero, antes de que pueda disfrutar de la sensación, se detiene.
Lo miro confundida mientras se levanta de la cama. Sin embargo, mis dudas se esfuman cuando me agarra de los tobillos para arrastrarme hasta el borde del colchón antes de arrodillarse en el suelo frente a mí.
—¿Te apetece?
Yo asiento repetidas veces mientras siento contracciones ahí abajo de pura expectación.
—¿Segura?
—Absolutamente —contesto en un jadeo, mientras muevo las caderas. Lo quiero. Lo necesito.
Thiago asiente con la cabeza. Luego me deja un beso en la rodilla derecha y dice:
—Pues abre las piernas para mí, Kell.
Cuando obedezco, Thiago suelta un suspiro que me deja entender que está excitado, pero también nervioso. Me quita las bragas y me agarra los muslos para que abra más las piernas y las apoye en sus hombros.
Me llevo una mano a la boca cuando siento su lengua.
Dios, Dios, Dios…
Jadeo como nunca mientras Thiago va haciendo cosas nuevas con su boca. Vuelvo a ser la chica de dieciséis a la que le hicieron esto por primera vez. Creo que no tardo más de dos minutos en sentir que no puedo más.
—Thiago, Thiago, Thiago… —Le sujeto la cara con mis manos para que se detenga, porque me va a dar algo—. Joder, creo que me voy a correr y me niego a que sea tan rápido.
Thiago me mira con diversión.
—¿Eso significa que me has echado de menos? —me vacila con una sonrisa torcida muy atractiva.
Lo fulmino con la mirada, a pesar de que tenga razón. Sí que le he echado de menos, pero, joder, si estoy tan excitada también es porque lo hace demasiado bien.
—¿Te acuerdas de lo que te decía tu madre en las comidas cuando te hacías el chulo presumiendo de tus dotes de deportista?
—Que comiera y callara.
—Pues eso. Come y calla.
Se ríe de forma ronca muy cerca de mi coño, y aquello me pone los pelos de punta y me contrae los músculos.
Vuelve a su cometido enseguida, y mientras yo me concentro en sentir placer, él hace maravillas con la boca.
Sí que ha mejorado. Y mucho. Mientras mueve la lengua, se ayuda con los dedos para que todo sea mucho más intenso.
Sentir su pelo, sus manos grandes, su respiración, oír sus comentarios sobre lo mucho que le gusta hacerme esto, oler su perfume y notar su calor…
No tardo en perder el control y en correrme en su boca y en sus dedos.
—Eso es, muy bien… ¿Vas a correrte igual con mi polla, Kell?
Yo me muerdo el labio inferior con fuerza. No suele gustarme la cháchara guarra durante el sexo, pero viniendo de él… Dios, me pone muy cachonda. Sobre todo porque, sí, me muero por correrme con su polla.
—Si lo haces igual de bien que con los dedos, supongo que sí… —contesto entre jadeos.
Se quita los calzoncillos con la mano que tiene libre, porque aún tiene los dedos de la otra en mi interior.
Cuando lo veo completamente desnudo, es abrumador.
Thiago saca sus dedos de mi coño y los lleva a su polla para lubricarse con el producto de mi excitación. Lo repite tres veces. Me vuelve loca verlo.
—Eso podría haberlo hecho yo.
—Lo sé, pero si quiero follarte como tengo pensado, no puedo caer en tentaciones primero. Si me la chupas ahora voy a querer que me lo hagas durante toda la noche, Kell.
Yo me encojo de hombros.
—Pues por ti no me importaría.
—Quiero que follemos primero —concluye—. Te dejo elegir postura.
Yo sonrío.
—Qué generoso, pero prefiero que me sorprendas.
Thiago asiente, y, antes de hacer cualquier cosa, se acerca a mi cara para dejarme un beso rápido en los labios.
—Será un placer, mi amor —me susurra, y acto seguido agarra mis tobillos y me da la vuelta en la cama para ponerme en cuatro.
Me muerdo el labio inferior cuando lo siento detrás de mí. Cuando siento su calor, su tamaño, su presencia…
Abro las piernas un poco más para mayor estabilidad, y Thiago suspira excitado. Puedo notar cómo me observa. Cómo en su mente ocurre una película a cámara rápida de lo que tiene pensando hacerme.
Agarro con fuerza las sábanas cuando desliza su polla de arriba abajo, pero sin llegar a penetrarme.
Me está volviendo loca.
—Thiago, te necesito ya —exijo.
Él, tras esa orden, no se hace mucho más de rogar.
Se adentra en mí con lentitud. Cierro los ojos mientras mi cuerpo se va acostumbrado a tenerlo dentro. Mientras noto lo completa que me siento con él en mi interior.
Ambos soltamos un gemido de placer cuando sentimos que somos uno.
—Dios, Kell, te he echado tanto de menos…
—Thiago… Yo también te he echado de menos.
Él aumenta el ritmo y yo siento que me voy a volver loca cuando cuela una de sus manos para comenzar a acariciarme el clítoris.
—Córrete, Kell —me pide al cabo de unos minutos sin dejar de masturbarme y follarme a la vez—. Córrete de nuevo en mí.
—Ponte encima —le pido. Quiero correrme mirándolo a los ojos.
Thiago sale de mi interior para obedecerme. Me tumbo de espaldas y abro las piernas para que coloque sus caderas contra las mías, y sin mediar palabra, vuelve a adentrarse en mí.
Le rodeo la cintura con las piernas y él me sujeta las muñecas contra el colchón. Junta su frente con la mía y nuestros jadeos se mezclan hasta que llega un punto en el que es imposible saber a quién le corresponde cada uno.
Miro sus ojos verdes durante mucho rato, y es entonces cuando me doy cuenta de que por un momento siento que el tiempo no ha pasado. Que tan solo volvemos a ser dos adolescentes que se quieren con locura. Que no hemos tenido que vivir seis años separados. Seis años a medias.
—Eres el amor de mi vida —le digo, y él me deja un beso en los labios.
Cuando se separa, mis ojos dan con el cielo.
El corazón me da un vuelco cuando veo que tenemos una aurora boreal justo encima, pero más aún cuando veo que esa aurora tiene un toque amarillo.
Thiago y yo estamos haciendo el amor después de mucho tiempo. Lo he elegido y él ha demostrado que, a pesar del dolor, del rencor y del pasado, todo sigue mereciendo la pena conmigo. Que me quiere. Que nunca ha dejado de hacerlo.
—Kell…
—Dime…
—Cásate conmigo.
Dejo de mirar al cielo para mirarlo a él.
—¿Lo dices en serio?
Thiago asiente.
—Casémonos en Ribadeo, en el jardín de mi casa, en primavera…
Se me para el corazón solo de imaginarlo.
Quiero hacerlo. Claro que quiero casarme con él. Sin pensarlo, sin dolores de cabeza, sin expectativas.
Con el amor de mi vida.
—Vale. Nos casamos.
Thiago ralentiza un poco el ritmo de sus caderas, pero sin llegar a detenerse.
—¿De verdad?
—De verdad.
Él sonríe y luego me besa.
—Y tengamos niños.
Yo suelto una carcajada.
—Paso a paso, Vázquez.
Él se ríe.
—Lo quiero todo contigo, Kell. Aquí, ahora y contigo.
—Yo también, Thiago… Quiero el maldito mundo ahora mismo, porque tú estás en él y a mi lado.
—Pues déjame entregártelo, Kelly. Déjame entregarte el mundo entero.