CAPÍTULO 46
VOLVER A CASA
Thiago
S iento alivio al ver que Kell vuelve al coche con una expresión que no se podría considerar alegre, pero tampoco triste.
Simplemente vuelve.
Vuelve melancólica por haberse despedido del hombre con el que ha compartido los últimos años de su vida, pero a la vez vuelve feliz por poder pasar el resto de su vida a mi lado.
Su sonrisa cuando nuestros ojos conectan es la prueba irrefutable de que está contenta con la decisión que ha tomado.
—Hola… —me saluda cuando se sube al coche.
—Hola. ¿Qué tal ha ido? ¿Estás bien, Kell?
—Me he quedado muy tranquila, la verdad —reconoce—. Alan… ha vuelto a ser muy comprensivo. Me marcho de su vida con el corazón tranquilo.
Yo sonrío de medio lado y luego llevo la mano que tengo en la palanca de cambios a su mejilla. Le acaricio el pómulo con el dedo pulgar un par de veces antes de dejarle un beso rápido en los labios.
—Me alegro. Es un buen tío. Estoy seguro de que encontrará a alguien que sepa hacerlo feliz.
Kell asiente.
—Yo también… —Ahora es ella quien lleva sus manos a mi cara y quien me besa—.
Te quiero, Thiago. No me arrepiento de nada.
No me arrepiento de haberte elegido, ni tampoco de nada de lo que ha pasado en las últimas dos semanas.
Siento que todo lo que ha pasado tenía que ocurrir así para darme cuenta de que sin ti no sabía vivir.
Me acaba de acelerar el corazón como nunca.
Con la mano que aún tengo en su cara, la atraigo hacia mí para besarla.
Besa como siempre. Como recuerdo. Como he soñado. Como he echado de menos.
—Tengo una sorpresa para ti —le digo junto a sus labios cuando rompemos el beso por falta de aire—. Creo que te ayudará a desconectar un poco.
—Ah, ¿sí? ¿A dónde vamos? —quiere saber, curiosa.
—Eso no te lo puedo decir —contesto mientras llevo una de mis manos al bolsillo trasero de mi pantalón.
—¿Vas a volver a secuestrarme?
Arqueo una ceja.
—Después de lo hoy, estoy seguro de que tú misma no querrás marcharte.
Ella sonríe.
—Me gusta tu confianza.
—¿Solo mi confianza?
—Tú entero —dice, y me quita la venda de la mano para ponérsela ella misma en los ojos.
El viaje es algo largo, así que, como no podía ser de otra forma, Kelly se queda dormida en el trayecto.
La verdad es que me viene bastante bien, porque así me aseguro de que no hace trampas al quitarse la venda, mientras yo voy a un sitio a registrarnos.
Cuando vuelvo, abro la puerta del copiloto y la despierto. Hago que se baje del coche aún con el antifaz y la guío por la nieve de la misma forma. Ella, en el camino, no para de preguntarme si ya puede quitarse el antifaz de los ojos o qué es lo que he preparado.
Es auténticamente impaciente.
Para su suerte, pronto le doy luz verde.
—Ya puedes mirar —indico, cuando llegamos, y le quito el antifaz.
Ella abre los ojos y mira a su alrededor.
Se lleva una mano a la boca, asombrada, cuando ha dado una vuelta sobre sí misma para verlo todo.
—Dios mío. ¿Esto son las habitaciones? —pregunta mientras señala los iglús que nos rodean.
—Lo son —contesto con una sonrisa por su expresión.
—¿Vamos a pasar la noche aquí?
—Así es.
Ella vuelve a mirar a su alrededor tras mi respuesta, porque creo que no puede creerse que lo vayamos a hacer.
Hay un montón de iglús y estamos rodeados de pinos nevados y montañas de nieve.
El sol se está poniendo, y ahora mismo se está tintando de un color entre rosa, morado y naranja.
Un cielo que en nada estará adornado con estrellas y, espero, con algo más.
—¡Esto es precioso! —exclama, y luego me da un beso rápido, pero profundo, en los labios—. ¡Venga, vamos a entrar!
Estamos en Saariselkä, un pueblo de Finlandia, y en un hotel perdido en la mano de Dios, donde duermes mientras tienes el cielo estrellado de Laponia encima, y completamente a la vista.
Sabía que a Kell iba a gustarle.
Cuando entramos en la pequeña habitación, se pone a cotillear todo como si fuera una niña pequeña.
Yo sonrío al ver su ilusión ante cualquier cosa nueva que descubre sobre el iglú, y consigue convencerme para que me ponga a revolver todo junto a ella.
Es bastante pequeño, pero hay lo necesario para pasar un par de noches: una cama doble con una claraboya para dormir viendo el cielo, un baño, un armario y una minúscula sala de estar.
Cuando Kell considera que ya ha investigado todo lo necesario sobre la habitación, se pone conmigo a decidir qué pedimos para cenar, y, mientras lo hacemos, el cielo cada vez se oscurece más.
Después de cenar, nos tumbamos en la cama y nos ponemos a mirar las estrellas en silencio, con la ayuda de un folleto —que Kell ha encontrado sobre la cama— que explica cómo distinguir las constelaciones.
—Esto es lo más bonito que he visto en mi vida, Thiago —dice, sin separar los ojos del cielo—. ¿Tú no?
—No.
—¿Cómo que no? ¿Qué has visto más bonito que esto?
Yo sonrío de lado.
—A ti.
A Kell se le encienden las mejillas, pero trata de disimularlo poniendo los ojos en blanco, y luego dándome con una almohada en la cara.
—Relájate un poco, anda…
Me quito la almohada de la cabeza y luego le paso un brazo por la cintura para que se tumbe encima de mí.
Nos quedamos mirándonos a los ojos durante unos largos segundos en silencio, hasta que Kell lo llena con una pregunta mientras juega con mi pelo.
—¿Qué vamos a hacer, Thiago?
—¿A qué te refieres?
—A nosotros. A nuestro futuro. ¿Qué vamos a hacer a partir de ahora?
Yo lleno mis pulmones de aire.
—Me gustaría volver a España. En el fondo, siempre he echado de menos Galicia, pero me recordaba demasiado a ti y no me sentía con la valentía suficiente para volver. Aunque ahora es diferente… ¿Tú querrías volver?
Ella se queda pensando bastante tiempo, pero termina asintiendo.
—Sí, la verdad es que sí… ¿Pero qué pasa con mi vida en Londres, mi trabajo, mis amigos, tus amigos y tu vida aquí?
Desvío la mirada un segundo.
—No lo sé, Kell, pero lo que sí sé es que me gustaría volver a casa. Quiero volver a vivir cerca de mis padres un tiempo. Vivir tranquilo, sin frío, en paz, con ellos, contigo…
Ella me toma la cara y me acaricia los pómulos con los dedos.
Se queda pensativa mientras me mira. Parece como si se estuviera imaginando dejar atrás su vida en Londres y todas esas cosas que la preocupan, y se visualizara en esa vida que quiero recuperar.
Me lo confirma cuando dice:
—Yo también, Thiago. Yo también quiero volver a casa contigo.