Aquí, ahora y contigo EPÍLOGO
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EPÍLOGO

PARA SIEMPRE

Kelly

Un año más tarde…

-K elly, ya está todo preparado. Los invitados están sentados y Thiago está listo —me avisa Elsa desde el marco de la puerta.

El corazón me late enloquecido. Me embarga tanta emoción que se me humedecen los ojos. Tengo que abanicarme para que no se me escapen las lágrimas.

Miro a Sienna y Molly, que me sonríen, nerviosas pero emocionadas de que este día haya llegado. De que pueda vivir la historia de amor que siempre he querido.

Nos fundimos en un abrazo, y no puedo evitar recordar cómo me apoyaron hace un año.

Nunca me juzgaron; es más, fueron las primeras en recordarme que debía ser yo la que decidiera a quién darle mi «sí, quiero».

Que estaba a tiempo. Que era natural seguir queriendo a la persona que había dejado en un pasado del que yo nunca me había querido ir.

Fueron imprescindibles. Fueron las mejores amigas, las amigas que necesitaba.

—¿Estás lista, Kelly?

Oliver, guapísimo con su traje, está asomado a la puerta. A Sienna casi se le cae la baba cuando lo ve, y eso que ya llevan un tiempo saliendo. Un motivo más para creer que estábamos destinadas a ir a Laponia: yo volví con el amor de mi vida y una de mis mejores amigas conoció a su alma gemela.

Yo le digo que sí con la cabeza a Oliver, decidida, y entonces engancho mis brazos con los de mis amigas para caminar juntas fuera de la habitación, vestida de novia.

Joder.

Me voy a casar.

Y esta vez de verdad.

Y en Ribadeo…

Bajo las escaleras de la casa como un flan. Tengo muchos sentimientos dentro, pero todos son buenos. Todos reflejan que me muero por vivir este día. Que no tengo ganas de huir. Que he tomado la decisión correcta y que no puedo estar más feliz por ello.

No me puedo creer que vaya a casarme. No después de todo lo que ocurrió el año pasado… Me parece surrealista. Me parece una locura que todo haya cambiado tanto en poco más de trescientos sesenta y cinco días.

El Canon de Johann Pachelbel resuena en el jardín donde más he jugado siendo una niña, mientras espero a cruzar una puerta que me separa del amor de mi vida.

Mis amigas me llevan del brazo, una cada lado, y eso me hace sentir algo más tranquila. Me hace una enorme ilusión que ellas me lleven al altar.

—¿Estáis listas? —nos pregunta la oficiante, una amiga de la madre de Thiago.

Yo asiento, más decidida y segura que nunca, y entonces abren la puerta trasera de la cocina para que pueda salir al jardín, justo cuando la canción inicia.

Todos se ponen de pie al verme aparecer, y a mí se me llenan los ojos de lágrimas al atravesar el jardín en el que crecimos, reconociendo a cada uno de los invitados: nuestros amigos de infancia, pero también los que he hecho en los últimos años.

Distingo entre los invitados a Elsa y a Taylor. En el altar, a mi amiga Rebeca, quien es mi dama de honor junto con Molly y Sienna.

Al otro lado, están Roi, Alexio, Martiño y Oliver, que son los padrinos de Thiago.

¿Cómo la vida puede dar tantos giros?

¿Cómo puede unir, separar y volver a unir de esa forma?

¿Cómo puede ser tan impredecible?

Siento que el corazón me va a explotar cuando veo que Thiago está llorando mientras me mira caminar hacia él por el empedrado adornado de farolillos, cuando entiendo que no necesita nada más que a mí para sentirse y ponerse tan emotivo, cuando soy consciente de que su sueño se ha hecho realidad.

No somos más de treinta en la ceremonia, pero eso es más que suficiente. Ni Thiago ni yo queríamos una boda que llevara más de tres meses de preparación. Todo lo que queríamos lo estamos cumpliendo. Era sencillo. Tan solo necesitamos a nuestros amigos cercanos, Ribadeo, primavera, y el uno al otro.

La ceremonia se me pasa volando, distraída como estoy en sus ojos verdes.

Pensando en nosotros; en lo que hemos pasado, y en lo caprichosa y loca que ha sido nuestra historia; en lo mucho que hemos sufrido, pero también en cuánto ha merecido la pena pasar para llegar a esto que siempre he querido: ir de la mano de Thiago, en España, camino a un altar.

—Kelly —dice el padre Brais, el mismo cura que nos dio catequesis y la primera comunión—. ¿Te presentas hoy de forma libre y voluntaria, y ante Thiago, para amarlo, respetarlo y serle fiel?

Yo respiro hondo, sonrío y asiento.

—Sí, me presento libremente.

—¿Prometes amarlo en la salud y en la enfermad, en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte os separe? Piénsatelo bien, chiquilla… —bromea.

Todos nos reímos, pero yo asiento. Claro que asiento.

—Sí, lo prometo. Para siempre.

Thiago se lleva una mano al pecho al oírlo.

—Thiago… —continúa el padre Brais—. ¿O quizás debería llamarte rompevidrieras? —pregunta, y todos soltamos una carcajada—. ¿Te presentas hoy de forma libre y voluntaria, y ante Kelly, para amarla, respetarla y serle fiel?

Él me mira durante unos segundos con los ojos brillantes. Me sonríe y, tras tomarme la mano y depositar un beso en mis nudillos, contesta muy cerca de mí.

—Sí, por supuesto.

—¿Prometes amarla en la salud y en la enfermad, en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte os separe?

—Sí. Sí, lo prometo. En esta vida, y en mil más. Para siempre.

Yo me muerdo el labio, intentando contener las lágrimas.

Tras la respuesta de Thiago, el padre Brais dice las palabras que más he deseado escuchar en mi vida.

—Entonces, por el poder que me ha sido concedido para llevar a cabo esta unión…, yo os declaro: marido y mujer. —La sangre se me enfría cuando soy plenamente consciente de que por fin me he casado. Que lo he hecho con él—. Thiago, puedes besar a la novia.

Él no tarda en hacerlo. Me agarra la cara entre sus manos y me besa mientras los invitados se ponen a chillar y a silbar como locos por nosotros.

—Gracias por elegirme, Kelly. Gracias por volver y por encontrarme. Gracias por ser el amor de mi vida… —me dice contra los labios cuando rompemos el beso.

Yo pongo mis manos sobre las suyas encima de mi cara.

Como aún seguimos muy cerca, me inclino hacia delante para dejarle un beso corto, pero profundo en los labios.

—Eres el chico de mi vida, Thiago. Siempre has sido tú.

—Te amo con locura —me responde.

—¿Para siempre?

Thiago vuelve a juntar nuestros labios. Y, encima de los míos, me dedica y graba su promesa.

— Para siempre, Kelly Williams —me promete.

Cuando nos separamos, todos nuestros amigos se acercan a nosotros para abrazarnos y felicitarnos.

El jardín, tras la ceremonia, pasa a convertirse en un banquete al aire libre con comida preparada por la madre de Thiago y la ayuda de algunos chefs.

La verdad es que ha quedado todo precioso.

Los árboles están adornados con luces, en el suelo hay pétalos de rosas blancas, la mesa está llena de velas, copas y flores…

Comemos todos juntos y, para el brindis después de comer, Thiago y yo tenemos una entrada sorpresa que solo entenderán aquellos que nos hayan prestado atención a la historia de cómo nos conocimos…

Una entrada que llevo soñando con hacer toda mi vida.

—¿Estás lista, Kell? —me pregunta, y yo, antes de contestarle, me agarro con más fuerza a su cintura después de acomodarme un poco más el vestido entre las piernas.

Cuando me siento cómoda, le doy una respuesta.

—Muy lista, Thiago —afirmo.

Él me mira sobre su hombro y, cuando me ve, solo puede sonreír.

—¿Quién iba a decirte a ti el día que nos conocimos que volverías a subirte ahí? —me pregunta, vacilón, porque recuerda el miedo que pasé y las veces que le impedí volver a hacerlo.

—¿Y a ti? —le devuelvo la pregunta con el mismo tono irónico. Sin embargo, cuando vuelve a contestarme, lo hace con certeza.

—Yo siempre lo supe, Kelly. Siempre supe que te llevaría a la celebración de nuestra boda así.

Trago saliva con fuerza. Luego, vuelvo a abrazarlo desde atrás con fuerza para agarrarme mejor.

—Ve despacio, ya no tienes siete años.

Thiago suelta una carcajada por mi comentario y, tras prometerme que no irá igual de rápido que hace diecisiete años, comienza a pedalear colina abajo hasta que nos adentramos con la bici en el jardín de su casa.

Cuando llegamos, empieza a tocar la campanita para llamar la atención de los invitados, mientras da varias vueltas por todo el jardín para que todo el mundo nos vea montados en la bicicleta.

Dios mío.

La Kelly de ocho años no se está creyendo que el chico que la llevó a casa en su bici verde chillón aquel día que acababa de llegar a un lugar que no conocía sería el mismo que la llevaría al brindis de su boda de la misma forma.

Por eso mismo reafirmo la idea de lo improbable que podría haber sido que mi corazón sobreviviera toda una vida sin él.

Porque era imposible que nuestra historia acabara aquel día.

Tuvimos que pasar por un paréntesis para darnos cuenta de que necesitamos al otro para que todo funcione correctamente.

Porque ahora lo hace.

Porque ahora tiene sentido.

Estaba claro que a nuestra historia aún le faltaba mucho para ponerle el punto final.

Y, si quien escribe nuestra historia alguna vez nos lo tiene que poner para dejar de contar lo que hemos sido, somos y seremos, espero que ponga un punto final en el que se especifique que seguimos siendo. Que seguimos siendo juntos Thiago y Kelly.

Siempre.

Y para siempre…

Y que nuestra historia empieza de verdad… aquí, ahora y juntos.