Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

PALAbrAS EN EL CORAZÓN

Thiago

T res días más tarde, dejo a Kell a kilómetro y medio de una cafetería de Sirkka, fingiendo que el coche no podía acercarse más, para ganar tiempo. Pero seguramente no tenga más de diez minutos.

La persona a la que Kell (y yo) hemos venido a ver está justo al lado de una de las ventanas. Bien, así podré vigilar si llega Kell.

Cuando me siento en la silla libre, su ocupante se queda un poco confundido al verme.

—Vaya…Esto, hola. ¿Qué…? ¿Ha pasado algo? ¿Kelly no puede venir?

Sacudo la cabeza.

—No, Alan —contesto—. Ella está al caer, pero…

antes de que hable contigo, me gustaría darte las…

gracias. Gracias por… todo. Por no enfadarte con ella cuando te contó lo nuestro.

Por ayudarla a separarse de la vida que la obligaban a tener.

Por entenderlo. Por quererla. Por haberla cuidado estos años.

Él me mira en silencio durante unos largos segundos, frunciendo los labios antes de contestarme.

—La quiero.

—Lo sé. Es difícil no quererla.

—Habría sido muy egoísta por mi parte no haberla dejado marchar después de enterarme de todo.

—No, Alan. Sinceramente, estás en todo tu derecho de quererla en tu vida a pesar de todo.

Él agacha la mirada y la centra en la taza de café que tiene delante. Comienza a girarla distraídamente mientras suelta una respiración lenta y profunda.

—Es obvio que estáis hechos el uno para el otro, y yo… no podía interferir en eso. Estos últimos años han sido los mejores de mi vida, y sin duda me espera una etapa dura, pero no hace falta que te disculpes ni que me des las gracias por nada, Thiago. Estoy feliz por ella.

Nunca pensé que podría decir esto, pero me siento muy mal por Alan. Por un momento me veo reflejado en él. Veo en sus ojos el dolor de perderla. El dolor de no ser el hombre de su vida. El dolor de no volver a verla…

Que él la pierda no es culpa mía, porque, quizás, si Kelly nunca se hubiera marchado de Ribadeo, nunca la habría conocido. Que hoy se despida del amor de su vida no es culpa de ninguno de los dos. Sin embargo, algo dentro de mí se siente culpable.

—Eres un buen tío, Alan. Y dejaría marchar a Kelly contigo si su decisión fuera esa. Podrías haberla hecho feliz. Sé que encontrarás a alguien a quien querer como ahora la quieres a ella.

Él me sonríe con cierta nostalgia.

—Gracias, Thiago.

Al otro lado de la ventana, una chica con un gorro de lana de color rosa se está acercando.

—Puedes seguir en su vida si ella quiere y si tú quieres.

Pero, por si acaso, dile todo lo que lleves dentro ahora.

No te recomiendo la angustia de quedarte con palabras en el corazón.

—Me levanto de la silla cuando veo que ella está a punto de entrar.

Le extiendo mi mano y él me la estrecha—. Gracias, Alan. Te deseo lo mejor.