Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 43
88%

CAPÍTULO 43

TODOS LOS DÍAS… POR EL RESTO DE MI VIDA

Thiago

K elly me ha pedido que no volvamos al hotel, así que he sido yo quien le ha devuelto el coche a Elsa. Luego, en el de Oliver, he conducido hasta el apartamento que mis amigos y yo tenemos alquilado para las vacaciones o para cuando nos hartamos de vivir en un hotel.

Es raro tener a Kelly aquí. Pero más raro es aún sentir que todo el dolor se ha acabado. Dentro de mí todo parece estar en calma por fin. Me parece demasiado bonito para ser real.

Cuando hemos llegado al apartamento, me ha contado todo con más calma. También lo que hizo su madre. ¿En serio pudo provocar mi accidente? ¿En serio pudo amenazar a Kelly con quitarme del medio de verdad si no hacía lo que ella quería? ¿Qué clase de loca es?

Ella está asustada por sus amenazas, pero yo no. No puede hacerme nada. No voy a permitir que se vuelva a acercar a nosotros e intente destrozarnos la vida otra vez.

Además, estoy de acuerdo con lo que le ha dicho Alan. A esa mujer hay que denunciarla por malos tratos.

Hace un rato que Kelly se ha quedado dormida en la cama. Estaba agotada por los nervios y la tensión.

La verdad es que yo también tengo ganas de dormir. De dormir junto a ella otra vez. Pero antes llamo a mi madre, como suelo hacer siempre. No le cuento nada de lo que ha pasado con Kelly. No le conté que la volví a ver… No quería ilusionar a nadie (a mí el primero) hablando de ella con alguien.

Pero, a pesar de ello, antes de colgar digo:

—Mamá, una última cosa…

—Dime, cariño.

Hago una pequeña pausa antes de contestar.

—Voy a volver a España.

A ella se le entrecorta la respiración.

—¿De verdad? —pregunta, emocionada.

—De verdad.

—¿Pronto?

—Pronto, mamá… —contesto, porque espero que así sea. Ahora más que nunca siento que quiero volver a casa. Con ella—. Hablamos mañana. Te quiero.

—Te quiero, mi vida. Y aquí te esperamos. Con mucha ganas. Con los brazos abiertos…

—Lo sé.

—Un beso, cielo —me dice, y luego cuelga la llamada.

Apago el móvil y, antes de que me dé más pereza, me levanto del sofá.

Si llega a ser otro momento de mi vida, me habría da­do igual dormir aquí, pero hoy…, hoy tengo a alguien que me espera en la cama. De nuevo. Otra vez. Como hace seis años.

Antes de irme a la habitación, me lavo las manos, los dientes y me refresco la cara. Y tras quitarme la camiseta, los zapatos y los pantalones, me meto en la cama con Kell.

Joder. Mis sábanas ya huelen a ella.

Así de fácil y rápido se apodera de todo.

Así de fácil me vuelve loco.

Paso uno de mis brazos por su cintura para pegarla a mi cuerpo, pero ella cambia de postura. Se da la vuelta, pone la cara en mi pecho, y sube una de sus piernas a mis caderas y me abraza con una mano.

Yo sonrío cuando me doy cuenta de que sigue teniendo la misma postura para dormir, y que yo estoy acorralado al borde de la cama mientras ella tiene el resto para estirar su otra pierna.

Le rodeo los hombros con mi brazo izquierdo para pegarla aún más a mí, y luego llevo mi mano derecha a su cara para apartarle un mechón de pelo de la frente y para acariciar su mejilla. Ella suspira de alivio cuando nota mi tacto y yo vuelvo a sonreír.

Joder.

La tengo entre mis brazos.

La tengo entre mis brazos, pero esta vez no será por un momento.

Luego no se irá. Luego no me dirá que su boda sigue en pie. Luego seguirá conmigo…

No sería capaz de explicar con palabras el sentimiento que tengo en el pecho.

Se asemeja al alivio, pero no es eso. Es, más bien, reconstrucción.

Estoy sintiendo cómo poco a poco aquel vacío que había en mi interior se está llenando.

Siento cómo mi corazón va reviviendo despacio.

Siento cómo dentro de mí todo vuelve a funcionar, y cómo todo empieza a tener sentido de nuevo.

No voy a perderla otra vez.

No voy a dejarla marchar.

No voy a permitir que me roben al amor de mi vida.

No, cuando yo también soy el de la suya.

No, cuando tengo esa suerte.

La beso en la frente y respiro con intensidad.

A pesar de que en todo este tiempo haya cambiado sus productos, sigue oliendo a ella.

Sigue siendo mi Kell.

Y yo sigo igual de enamorado de ella.

—Te quiero muchísimo, Kelly —digo, aunque no vaya a escucharme por estar dormida. No me importa. Lo que me importa es que puedo decírselo, y que, a partir de hoy, se lo podré decir todos los días… por el resto de mi vida.