Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

ADIÓS, KELL

Thiago

E l frío de las noches de Laponia nos atraviesa los huesos cuando cruzamos la puerta principal del hotel y comenzamos a andar rumbo a ninguna parte.

Kell camina a mi lado en silencio y con la mirada clavada en el suelo.

Yo camino mirándola a ella de reojo.

—¿Estás seguro de que estás bien? ¿Quieres que nos sentemos en uno de esos bancos? —Señala al fondo, cerca del lago congelado.

—Solo si no te vas a quedar helada.

Ella niega con la cabeza.

—Tranquilo, estoy bien. —Tras decir eso, me agarra de la mano y tira de mí para que vayamos a uno de los bancos, pero ella, en vez de sentarse en él, se sienta sobre la nieve y apoya la espalda donde debería ir su culo.

—Kell, vas a pillar frío.

—Ya me he acostumbrado a estas temperaturas, tranquilo.

Me siento a su lado.

—Hablemos de algo, no quiero quedarme en silencio —dice.

—¿De qué quieres hablar?

Kell se me queda mirando durante lo que me parece una eternidad.

—Puede que sea muy masoquista, pero… ¿Y si recordamos momentos juntos?

—¿Quieres hacer eso? —pregunto tratando de disimular el nudo que se me ha formado en la garganta. —Asiente—. Está bien. Empieza tú.

—¿Te acuerdas cuando le robamos el coche a mi padrastro?

—Claro que me acuerdo. Pero de lo que más me acuerdo es del castigo que nos pusieron por fugarnos. ¿En qué estábamos pensando? No tenías ni carné…

—Pero conduje de maravilla.

—Creo que los baches que pillamos en la carretera no fueron simples baches, sino animalitos indefensos a los que atropellaste.

Kelly me calza un guantazo en el brazo.

—¡No digas eso! No maté a ningún animal.

—¿Nunca te has parado a pensar que el gato de la señora Campo nunca volvió a aparecer después de esa noche?

—¡Thiago, yo no fui!

Suelto una carcajada cuando veo su cara de indignación.

—¿Y qué me dices del día que te obligué a coger un escarabajo con la mano y luego te hiciste pis encima del miedo?

Kelly se pone roja.

—Dios Santo… ¿Cuántos momentos ridículos habré pasado contigo?

—Unos cuantos…

Ella me fulmina con la mirada.

—En mi defensa diré que los escarabajos son asquerosos. Y también te dije que les tenía pánico a los insectos y te pareció buenísima idea engañarme diciendo que el escarabajo era una piedra preciosa.

—Que te lo creyeras no era mi problema.

—¡Tenía ocho años y en la vida había visto un escarabajo metalizado!

Me encojo de hombros.

—Nos conocíamos ya de unos meses, tendrías que haberte dado cuenta del gran ingenio que me corría por las venas.

—El mismo ingenio que utilizaste para conquistar a Catarina, ¿no? —Saca a la luz de forma traicionera.

—Ni se te ocurra mencionarlo.

—Tu cara al ver… al ver… —No puede hablar por las carcajadas que suelta—. Al ver que ella…

Le pongo una mano encima de la boca con fuerza. Cae sobre la nieve y yo me quedo casi encima de ella.

—¿Te recuerdo que ver cómo trataba de ligar con ella te hizo ponerte celosa?

Kell se pone seria y se quita mi mano de la boca.

—Eso no es verdad.

—¡Uy que no!

Kell se vuelve a incorporar y me señala con el dedo.

—Lo que pasó fue que empezaste a dejarme de lado por intentar conquistarla.

—Porque tú estabas muy pegadita a David. Me estabas dejando tú a mí de lado.

—¿Te pusiste celoso, Thiago?

—Que te comiera la boca contra el primer árbol que pillé la noche de la hoguera en la que casi te lías con él creo que te da la respuesta.

Cuando la besé por primera vez fue como si algo se activara en mi interior. Kell es esa pieza que necesito para funcionar, la que puso en marcha mi corazón. Esa misma que lo va a volver a frenar…

—Antes de que me besaras estuviste realmente borde conmigo —confiesa.

—Y después de que lo hiciera tú estuviste realmente maja conmigo.

A Kell se le encienden las mejillas y sonríe, nostálgica.

—¿Te acuerdas cuando les contamos a todos que estábamos saliendo?

Asiento con una sonrisa.

—Que Roi nos preguntó si le estábamos tomando el pelo. Creía que llevábamos saliendo toda la vida.

—Es que Roi no se enteraba ni del clima.

Me rio al recordar a mi amigo.

—Y que lo digas.

—¿Sigues manteniendo contacto con ellos? —me pregunta al cabo de unos segundos.

—No con todos… Con Rebeca, sí.

—¿Y qué tal está?

—Embarazada.

Kelly se queda blanca como la nieve.

—¿Qué? ¿Rebeca está embarazada?

Asiento.

—De cuatro meses.

Ella se lleva una mano al pecho.

—Dios mío…, si parece que fue ayer cuando nos encerrábamos en mi habitación y jugábamos con las Nancys… —Suspira—. ¿Y el padre es…?

—No hay padre, Kell. Lo dejó con André un año después de que te… marcharas. Ha estado intentándolo con otros chicos, y con uno de ellos fue con quien… se quedó embarazada, pero cuando se enteró despareció del puto mapa.

—Joder… ¿Y cómo se lo está tomando?

Me encojo de hombros.

—Ya sabes cómo es Rebeca.

—Echada para delante.

Confirmo.

—Quiere tener al niño.

—¿Y tus padres?

Yo cojo una bocanada de aire, porque hablar de esto me recuerda más que nada que hemos estado mucho tiempo separados. Que ahora nos hace falta ponernos al día y que nos hemos perdido muchas cosas del otro…

Que nos vamos a seguir perdiendo otras tantas…

—Bien, están bien. —Kell se me queda mirando como esperando que le cuente algo más, y mi subconsciente me dice que lo haga—. Bueno, mi madre tuvo una racha un poco mala después de que mi abuela falleciera hace un par de años, pero poco a poco lo hemos ido superando.

Kelly de pronto me agarra de la mano y eso capta por completo mi atención.

A ella se le han humedecido ligeramente los ojos. Conocía a mi abuela tanto como yo. La quería con locura.

Como ella no tiene abuelos, siempre consideró a la mía como la suya… Y mi abuela la consideraba a ella como otra nieta más…

—Lo siento mucho… —me dice con un nudo en la garganta.

Me encojo de hombros, porque gracias a Dios mi abuela no se fue de este mundo por alguna enfermedad complicada.

—Ley de vida —contesto.

—Estabas ya aquí cuando eso ocurrió, ¿no?

—Sí, pero volví a España por unos meses para hacerle compañía a mi madre. ¿Tú no has vuelto a pisar España desde entonces?

Kell asiente.

—El verano pasado estuve en Ibiza con Sienna y Molly. Si te soy sincera, pensaba que te iba a encontrar ahí.

—¿Y eso?

Niega con la cabeza.

—No lo sé… Supongo que fue sugestión. Volvía a España y eso significaba que quizás estaba más cerca de ti.

—¿Cuál fue tu primer pensamiento cuando me viste?

—Que me estaban haciendo una cámara oculta. ¿Y el tuyo?

—Que por fin las cosas volverían a tener sentido.

Me arrepiento de decirle eso al instante. Pero lo hago mucho más cuando Kell vuelve a agarrarme la mano para decirme con ojos llenos de tristeza algo que no tiene por qué decirme.

—Lo siento tanto, de verdad. Siento haberte dado esas falsas esperanzas para que luego…

—Kell, tranquila. No pasa nada.

Ella suspira, y luego mira la hora en su móvil. Son las tres de la madrugada. Imagino que quiere marcharse a descasar para su gran día.

—Es hora de irse a la cama. Mañana vas a tener que soportar muchos nervios.

—Puedo quedarme un rato más.

—Ya es muy tarde, Kell.

«Para todo…».

Ella mira mi mano unos instantes, pero termina por aceptarla.

Se levanta del suelo y, de nuevo, en un silencio aún más frío que el de ida, volvemos al hotel.

Justo cuando estoy a punto de cruzar la puerta principal, Kelly me agarra del brazo y me frena.

—Un momento —me pide, y luego me mira mientras en su cabeza intenta encontrar las palabras adecuadas—. Si tú quieres…, puedo añadir un nombre más a la lista de invitados.

Solo con la idea de acudir ya me duele el corazón.

Niego con la cabeza.

—Te agradezco mucho la invitación, Kell, pero creo que sería incapaz de…

Ella me suelta el brazo.

—Ya. Claro. Lo entiendo. No pasa nada. Simplemente no quería quedarme con las ganas de decírtelo… —Se muerde el labio inferior mientras llena sus pulmones de aire—. ¿Al menos te veré antes de marcharme de aquí?

—¿Cuándo te vas?

—El domingo al mediodía.

—Mañana no creo que pueda estar por aquí…, así que… no estoy muy seguro de que coincidamos el domingo.

Puedo sentir que su corazón se detiene por unos segundos, porque el mío también lo ha hecho.

—¿Eso quiere decir que nos despedimos ahora? —pregunta con la voz algo entrecortada.

Mierda.

—Si tú quieres…

Ella me mira con los ojos muy abiertos y me da un abrazo rápido que ni siquiera soy capaz de sentir.

—Ha sido un placer volver a verte, Thiago.

Me extiende la mano, como hizo aquella noche. Yo sonrío mientras siento que los ojos me arden, pero le estrecho la mano. Algo que tuve que haber hecho hace seis años.

—Fue un placer haber compartido todas mis primeras veces contigo, Kell.

Una de las mil lágrimas que hay en sus ojos rueda por su mejilla, pero se la limpia con rapidez.

—Cuídate mucho, ¿vale? —me pide.

—Lo mismo te digo.

—Y nunca cambies, por favor, porque estoy segura de que si no lo haces podrás ser feliz con la chica que te dé la gana, Thiago.

«La chica con la que quiero ser feliz eres tú».

—Y tú sé feliz, Kell. Simplemente eso. Vive, despreocúpate y recuerda que te mereces todo lo bueno que te pase.

Ella asiente con la cabeza.

—Lo haré.

—Bien.

—Bien… —contesta—. Pues entonces… Adiós, Thiago.

—Adiós, Kell.

Ambos soltamos nuestras manos.

Nos miramos a los ojos por última vez y, tras hacerlo, Kell se da la vuelta para entrar en el hotel. Pero solo da unos cuantos pasos antes de darse la vuelta y salir corriendo a donde estoy yo.

Me abraza con fuerza. Me rodea la cintura con los brazos y apoya su cabeza en mi pecho.

Rompe a llorar.

—Te quiero muchísimo, Thiago, y siempre lo voy a hacer. Quiero que lo sepas —dice rota en llanto.

Yo la abrazo con todas mis fuerzas también mientras dejo escapar las primeras lágrimas.

Esto no puede estar pasando…

Beso su cabeza y apoyo mi mejilla en ella. Y, cuando encuentro la voz en mi interior, digo:

—Lo sé, Kell. Yo también te quiero y te querré siempre…

Al final nuestro «para siempre» se quedará en una simple promesa de queremos como un recuerdo y no como prometimos; juntos…

—Si algún día sientes que…, no sé, que podemos volver a ser amigos sin que nos duela, puedes buscarme, llamarme… Puedes volver, Thiago.

Aprieto los dientes con fuerza porque me tiembla el mentón. El nudo que tengo en la garganta es asfixiante.

—Incluso si duele, si me necesitas por algo, también puedes buscarme, Kell.

«Por favor, búscame. Encuéntrame otra vez…».

—¿Aquí?

—Donde tú quieras…