CAPÍTULO 32
UN PUTO CUENTO DE HADAS
Kelly
A hora que los padres de Alan también están aquí, he tenido que volver a probarme el vestido, ya que mi suegra se moría de ganas de verlo (y de darle el visto bueno) antes del gran día.
Teniendo en cuenta que me lo ha regalado ella, no me ha quedado otra opción que hacerlo, a pesar de que tuviera de todo menos ganas de que mi madre vuelva a juzgar lo «espantosa» que estoy con él puesto.
Soy incapaz de quitarle los ojos de encima mientras mi suegra le comenta todo lo que ve bien o mal del vestido a la costurera. Mi madre parece enfadada, así que, en cuanto termina la prueba del vestido, salgo por patas, pero por desgracia me alcanza en el vestíbulo y me coge por el brazo.
—Quieta aquí —me ordena cuando trato de soltarme. Por encima de su cabeza puedo ver que Nelson, mi padrastro, viene de camino hacia nosotras, y que tiene la misma cara que mi madre.
Luego miro por encima del hombro: la recepción del hotel está bastante concurrida. No se atreverá a montar un numerito con tanta gente, ¿no?
—¿Cuándo pensabas contármelo, Kelly? ¿Te creías que no me iba a enterar nunca?
—¿De qué estás hablando, mamá?
—De que Thiago está aquí.
Se me congela la sangre en las venas.
Sus ojos me miran con enfado, pero también con… miedo. Ella sabe a la perfección que la presencia de Thiago podría amenazar (y de hecho ya lo hace) toda la vida que ha programado para mí. Y no va a permitir que eso ocurra.
—No sé de qué me hablas.
Suelto un quejido de dolor cuando me clava las uñas en el brazo.
—Déjate de tonterías, Kelly, y ojito con lo que haces.
No sé qué me da fuerzas en ese momento, quizás el odio que siento hacia ella, pero me atrevo a decir:
—¿Con lo que hago… o con lo que quizás ya he hecho, mamá?
Sus ojos se abren como platos. No me da ninguna pena verla casi ahogada por lo que acabo de sugerir. Y mucho menos cuando me cruza la cara.
La conozco. Me esperaba el golpe. Pero algo en mí ha cambiado; no sé por qué ni cuando, pero, por primera vez, no me quedo de brazos cruzados. No voy a permitir que me vuelva a humillar, chantajear, ni manipular. Me da igual que sea mi madre.
Porque en realidad no lo es. Ya no. Lo único que tiene de «madre» es que me trajo al mundo, pero nada más. No me trata como debería tratarme una madre. Por eso y por primera vez desde que comenzó a aprovecharse de mi corazón roto, le devuelvo el golpe.
Porque ya no puedo más.
Porque me he cansado de los suyos.
Porque yo también tengo derecho a estar harta de ella.
Y porque no pienso volver a sufrir por su culpa.
Lo que no esperaba era que Nelson me lo devolviera a mí.
Mis ganas de seguir defendiéndome no desaparecen; estoy dispuesta a pegarle también a él, pero en el segundo que tardo en recomponerme alguien se me adelanta.
Me llevo una mano a la boca cuando veo el puñetazo que se lleva el marido de mi madre. ¿Eso que he oído era un hueso partiéndose?
Cuando veo quién se lo ha pegado, sé que la bomba que llevaba en una cuenta atrás durante casi dos semanas acaba de estallar.
Agarro a Thiago por la chaqueta y trato de alejarle de mi padrastro, pero entonces choco con alguien que acaba de llegar.
Alan.
—¿Qué ha pasado, Kelly?
No le contesto, porque la voz de Thiago se lleva toda mi atención.
—Espero que se te hayan quitado las ganas de volver a tocarle un puto pelo, gilipollas —brama Thiago, por encima de los gruñidos de dolor del marido de mi madre.
Mi madre, antes de socorrer a Nelson, trata de acercarse a Thiago, pero me pongo entre ellos.
Le niego con la cabeza rotundamente, y ella, al ver que no voy a permitir que le haga o diga nada, da media vuelta para ayudar a su marido tras matarnos a ambos con la mirada.
Alan está a un lado completamente confundido. Me mira tratando de encontrar respuestas. Tratando de entender por qué Thiago ha pegado a mi padrastro para defenderme, y por qué yo le estoy protegiendo ahora. Para él sigue siendo tan solo mi exmonitor de esquí…
Joder. Las cosas se están complicando demasiado.
—Thiago… —digo, y con ello intento que entienda que necesito que se marche. Que me deje con Alan a solas.
Thiago me mira aún con la adrenalina en los ojos, y luego mira a Alan.
Gracias a Dios entiende lo que le quiero decir, y, a pesar de que le duela en el alma marcharse, lo hace.
Elsa y Oliver están mirando en nuestra dirección completamente impactados por lo que acaba de pasar.
Lisa, por otro lado, me mira con cara de asco mientras niega con la cabeza.
Dios mío, todo el mundo ha visto lo que acaba de pasar.
Eso me hace querer salir corriendo, pero antes de que pueda hacerlo me agarran del brazo.
Por un momento pienso que es Alan, pero lo que rodea mi antebrazo son unos dedos fríos que le pertenecen a mi madre.
Clava su mirada azul en la mía y habla directa y seria.
—Dile…, que más le vale tener cuidado. Ya le saqué de tu vida una vez, puedo volver a hacerlo, y esta vez te juro que para siempre, Kelly.
—¿Me estás amenazando, mamá?
—Sí. Así que más te vale usar el cerebro por una vez en tu vida.
Me suelto de un tirón y la enfrento.
Alan me pone una mano en la cintura y trata de calmarme, porque sabe que me está hirviendo la sangre. Se la aparto lejos de mí.
—¿Y sabes qué es lo que te digo yo a ti?
Que como tengas el valor de hacerle algo, lo voy a contar todo.
Absolutamente todo. Ahora, dime… ¿Quién de las dos crees que debería tener más miedo, mamá?
Puedo destruir tu puto cuento de hadas en tan solo un segundo.
Así que…, más te vale a ti también usar el cerebro por una vez en tu vida, porque como me dé la gana abrir la boca para contar la mierda de madre que has sido…
, te vas a enterar. Tu maldita marioneta sigue con vida, pero hoy le has dado las razones suficientes como para cortarse las cuerdas.
Espero que eso te asuste tanto como a mí me asusta vivir la vida que tienes programada para mí.
Tras decir eso, me doy media vuelta y subo a paso rápido hasta la habitación de Sienna y Molly.
Necesito su consuelo, su apoyo; que me digan que todavía estoy a tiempo.
A tiempo de ser sincera conmigo misma, sincera con Alan, sincera con mi «sí, quiero».
Porque solo se lo puedo decir a un hombre, y no es el que me puso un anillo de pedida en la mano.
En la mesa reina el silencio.
Reservamos esta cena para celebrar nuestras últimas horas siendo solo novios, y que en menos de dos días seríamos marido y mujer.
Es un restaurante muy elegante, de esos en los que tienes que hipotecar tu casa a cambio de cenar una mota de tomate triturado junto a una pizca de oro rayado y hay que vestir de etiqueta, que es lo que realmente me gusta.
Alan lleva su rólex plateado de casi cincuenta mil euros asomando por la manga izquierda de su traje azul marino; su corbata bicolor combina con él y con el azul oscuro de mi vestido, que va de perlas con mis ojos.
Pendientes largos plateados, como la finísima gargantilla que llevo en el cuello, y que me ha regalado Alan justo antes de salir del hotel.
Es una pena que todo el esplendor que nos envuelve sea solo material, y no un reflejo de cómo nos sentimos por estar juntos. Creo que no hemos cruzado más de tres palabras en toda la cena, y estamos a punto de pedir el postre.
Por eso, cuando nos retiran los platos de la mesa, y sin poder aparentar que ambos estamos concentrados en degustar la comida, decido empezar la conversación que debemos tener.
—Alan, sé que tienes todo el derecho del mundo a estar enfadado conmigo, pero…
—No estoy enfadado contigo, Kelly.
¿No?
—¿Y por qué no has dicho nada en toda la cena?
Él llena sus pulmones de aire y se pasa la mano por su barba bien recortada y cuidada.
—Porque esperaba que fueras tú la que dijera algo. No he querido presionarte.
Aparto la mirada, avergonzada.
Juego con mis manos bajo la mesa y me muerdo el labio inferior, pintado de rojo.
Alan lleva su mano a mi barbilla y no solo me levanta el mentón para que lo mire, sino que me hace liberar mi labio cuando siente que lo estoy mordiendo con mucha fuerza.
Luego trata de acariciarme la mejilla golpeada por mi madre y su marido, pero le sujeto la mano y se la separo de mi cara.
Dejo la suya junto a la mía encima de la mesa y entrelazo nuestros dedos.
—Puedes exigirme una explicación.
Él frota su pulgar en el dorso de mi mano.
—Tan solo me gustaría saber qué es lo que has querido decirle a tu madre, Kelly. ¿Qué es todo eso que te ha hecho?
—Te dije que mi madre no era una buena persona, Alan. Nunca lo ha sido.
Él acerca un poco más su cara a la mía para hablarme más de cerca y bajar el tono de voz a uno más dulce, sincero y relajado.
—Quiero entenderte, cielo. Me gustaría que me lo contaras todo.
¿Estoy a punto de contarle a Alan la verdad sobre todo? El corazón se me acelera solo de pensarlo.
Ya está bien de mentiras. De ocultar mis sentimientos y de fingir que no estoy destrozada por dentro.
Inspiro y exhalo lentamente antes de empezar a hablar.
—Hace seis años mi vida era muy diferente.
Aunque nací hace veinticuatro años, mi vida empezó hace dieciséis, cuando llegué al que fue mi hogar durante diez años: Ribadeo.
—Me arden los ojos y mi barbilla tiembla al nombrar en voz alta el lugar donde más feliz he sido—.
Ahí conocí a… mi mejor amigo, que después fue mi novio.
Crecimos juntos. Nos queríamos como…, joder, como si fuéramos los últimos seres vivos de la Tierra.
Era algo que nunca pensé que podría experimentar.
Un amor tan fuerte, Alan, que por ñoño que suene podría luchar contra cualquier cosa.
—Hago una pequeña pausa—. Menos con terceras personas, claro.
—¿Quiénes fueros esas terceras personas?
—Mi madre. Mi madre y Nelson. De la nada empaquetaron mi vida en cajas y me obligaron a dejar atrás todo lo que había construido en Galicia. Todo lo que tenía. Mis amigos, mi vida, mi pareja…
—¿Por qué?
—Mis padres huyeron de Estados Unidos porque estaban endeudados hasta el culo.
Mi padrastro… pudo solucionarlo mientras vivía, pero, tras morir, mi madre volvió a endeudarse.
Contactó con Nelson. Le conocía desde antes de que nos mudáramos a Galicia.
Tuvieron una aventura. Le prometió a mi madre la ayuda que necesitaba si se mudaba a Londres con él.
Yo le dije que no me hacía gracia tener que irme de nuestro hogar por un hombre que apenas conocía.
Nada nos aseguraba que Nelson fuera realmente a ayudarnos. En dos días, podía darnos la espalda…
—¿Por qué terminaste yéndote? Ya eras mayor de edad, ¿no?
Aprieto los dientes y niego con la cabeza.
Me da tanta rabia decir que lo hice porque no era capaz de dejarla sola…
—Porque era mi madre… No tuve el valor suficiente para dejarla sola, a pesar de todo… Si lo de Nelson no salía bien y ella se quedaba sola…
«Tienes que venir conmigo. No puedes dejarme sola ahora… Te necesito…».
—Eso es entendible, cielo…
—Sí, pero no que empezara a jugar con mi vida a su antojo una vez llegamos. Me obligó a olvidarme de todo lo que había dejado en España porque en Londres tendría una vida de privilegios. Me dijo que era idiota anclándome al pasado. Anclándome a mi vida, a mis amigos, a mi novio…
De pronto, Alan frunce el ceño.
—Al poco tiempo de llegar, nos conocimos—dice algo confundido. Yo vuelvo a asentir—. ¿Seguías echando de menos tu vida en España por aquel entonces?
Estoy a punto de decirle toda la verdad, cuando un camarero nos interrumpe para tomarnos nota del postre y, en cuanto se marcha, el teléfono de Alan vibra sobre la mesa.
Le digo que conteste.
Alan coge su móvil y mira los mensajes con el ceño fruncido. Su cuerpo se va tensando conforme avanza.
—¿Qué ocurre, Alan? —trato de mirar su pantalla, pero apaga su móvil rápidamente y se lo guarda en el bolsillo del traje—. ¿Quién es?
—No… —Parece completamente ido. Sacude la cabeza, como buscando aclararse—. No, no es nada, tranquila. Una cosa del trabajo. Sigue contándome.
Lo miro con duda.
—¿Seguro que no es nada?
—Seguro. —Trata de sonreír—. ¿Qué pasó, Kelly?
—¿Con qué?
—Con tu anterior vida. ¿La seguías echando de menos? —vuelve a preguntar.
Trago con fuerza antes de contestar.
—Mucho. Y a día de hoy, sigo echándola de menos…