Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 30
68%

CAPÍTULO 30

UN HURACÁN DE RECUERDOS

Kelly

V oy a quedarme dormida en la reunión.

Estoy en una de las cafeterías que se encuentra en la estación de esquí desayunado con la wedding planner y con mi madre.

A mí, para variar, no me entra ni el café. Es por esa misma razón por la que tengo a mi madre dándome golpecitos bajo la mesa mientras me señala con los ojos los platos de comida.

Yo paso de ella mientras me llevo la taza de café a los labios, y hago como que bebo y también que escucho lo que dicen las chicas que han estado ayudándonos a preparar la boda.

Total, qué más da que yo esté o deje de estar. Mi madre va a hacer lo que le dé la gana con mi boda…

—Haz el favor de ponerte las gafas de sol, Kelly. Pareces un muerto —me susurra mi madre, mientras se lleva su taza de infusión de menta a los labios para disimular sus palabras.

Como tengo de todo, menos ganas de discutir con ella, cojo mis gafas de sol de encima de la mesa y me las pongo.

La verdad es que me cuesta bastante seguir la conversación, porque estoy agotada. No he dormido casi nada, y creo que las razones son bastante claras.

Quedan tres días para la boda, pero pensar en ello no me emociona en absoluto. Ahora mismo, no siento nada.

Y para colmo, anoche casi gimo el nombre de mi exnovio estando con mi prometido.

Quiero… casarme con Alan, pero no… Joder, no siento que sea el momento y, mucho menos, el lugar.

Y el responsable de que no me lo parezca a pesar de los meses y meses de preparación está entrando a las pistas de esquiar con su chaqueta roja y negra, con sus esquís al hombro, y con diez niños de no más de siete años bajo su responsabilidad.

Thiago tiene nuevos alumnos. Joder. Han pasado tantas cosas en estos días, que hasta por un momento se me ha olvidado que yo fui una alumna más en su clase.

Gracias a que tengo las gafas de sol puestas, puedo mirarlo sin que nadie se dé cuenta, en vez de prestar atención a lo que debería…

Lo observo ayudar a los críos a ponerse los esquís, abrocharles correctamente las botas, caminar en la nieve e, incluso, ayudar a alguna que otra niña a recoger su pelo en trenzas.

Joder.

Qué ternura.

«¿Que ternura de qué, Kelly? Olvídate de Thiago ya».

Cállate.

Apago la voz de mi conciencia y sigo observándolo sin pensar en nada.

Lo miro mientras les explica a los niños las cosas más básicas sobre esquiar; esas que a mí y a mi grupo nos explicó hace poco más de una semana.

Suelto un suspiro lento y melancólico cuando, al iniciar la primera «bajada» (que es verdad que ahora me parece ridículamente plana), levanta del suelo con mucha paciencia y cuidado a los niños que se caen en el proceso.

Como padre sería…

«Dios bendito, calla».

¿Por qué a los chicos se les ve tan adorables tratando con niños?

Mira, lo tengo que decir: Thiago va a ser el padre que todas desearíamos para nuestros hijos…

Me aterra tanto la idea de que no lo sea para los míos…

—¿Qué miras?

Mierda.

No, no, no, no.

Aparto la vista de Thiago todo lo rápido que puedo y miro a mi madre.

—A nadie. A nada —me corrijo—. Estaba pensando —me invento, pero cuando miro a mi alrededor, me percato de que estamos solas. Que la wedding planner se ha ido, y que yo no me he dado ni cuenta. ¿Cuánto tiempo llevo embobada con Thiago?

—¿De qué me suena ese chico?

A pesar de que el corazón se me oprime en el pecho y tengo unas ganas tremendas de gritarle a la cara que cómo narices no sabe reconocer al amor de la vida de su hija, simplemente me encojo de hombros.

—Ni idea, mamá, yo no lo conozco de nada —contesto con un nudo en la garganta. Si mi madre se entera de que Thiago está aquí, podría desatar la verdadera tercera guerra mundial. Y, lo siento, pero no estoy por la labor de presenciarla y mucho menos de participar en ella.

Tras unos largos segundos en los que se le queda mirando, gira la cabeza, agarra su bolso, y se levanta de la mesa.

—Venga, vamos, te he pedido cita en una peluquería de por aquí cerca.

Como no te arreglen el pelo de aquí al sábado las estilistas me matan.

Todavía nos arriesgamos a que no quieran ponerte en su catálogo de novias mensual.

Ah, y avisa a tus amigas. Me niego a que te estropeen la boda con esas pintas que llevan.

Necesitan tanto como tú un baño en formol.

¿De verdad que no había unas damas de honor menos… ridículas, Kelly?

Me suelto de un tirón y la miro enfadada.

—Conmigo métete todo lo que quieras, mamá, pero con mis amigas no.

Ella suelta una carcajada irónica.

—Eres patética, hija.

—Vale ya, ¿no? Estoy harta de cómo me hablas. Que seas mi madre no te da el derecho a hacerme tanto daño.

Ella frunce el ceño.

—¿Daño, Kelly? ¡Te estoy dando una vida llena de privilegios! ¿En serio después de tanto tiempo sigues siendo tan desagradecida?

—¿Desagradecida? ¡Has jugado conmigo a tu antojo durante estos últimos seis años! Me has manipulado y me has pegado. ¿En serio piensas que soy una desagradecida por no saber valorar tus maltratos, mamá? ¡Yo no quería irme de Galicia, pero lo hice por ti! ¡Yo…!

Un fuerte golpe en mi mejilla me corta las palabras en un segundo.

Pongo la mano en el lugar donde me ha golpeado y giro la cabeza para mirarla a la cara con los ojos humedecidos.

—¿Por qué me pegas…? —pregunto en un susurro. Me quema la garganta.

Ella me fulmina con su venenosa mirada azul. No le duele verme a punto de llorar. Le encanta verme pequeña, sufriendo, manipulable…

—Porque me agota escucharte decir el mismo monólogo de siempre. Eres repetitiva, cansina, aburrida… Me sorprende que Alan aún no se haya cansado de ti. Eres el dolor de cabeza personificado. ¡Aprende de una puta vez a cerrar la maldita boca, Kelly, o tu marido te enseñará a base de golpes!

La miro con el corazón acelerado, porque no me creo que haya dicho que me merezco una paliza por parte de Alan por simplemente ser alguien capaz de tener decisión o ser capaz de quejarse por lo que no me parece justo.

¿Esa es la vida que quiere para su hija? ¿Una en la que deba andar de puntillas para no acabar con la paciencia a Alan, en la que tema lo que puede pasar si lo hago? ¿De verdad ella espera que Alan sea así conmigo? ¿ Quiere que sea así conmigo?

Siento ganas de vomitar.

Necesito frenar esto.

Necesito escapar de esta vida.

Necesito poder decir que no.

A ella.

Sus palabras me dejan tan en trance que ni siquiera percibo cómo me arrastra hasta la peluquería. Solo vuelvo a ser consciente de todo cuando nos bajamos del taxi de vuelta en el hotel.

—Cámbiate de ropa. Alan te está esperando en el salón de ceremonias para ensayar el baile de nupcial. Yo voy a buscar a tus amigas para que se vayan a arreglar el pelo.

Ella desaparece de mi lado y yo, como si tuviera el piloto automático puesto, hago lo que me ha pedido.

Subo a mi habitación, me cambio los zapatos a unos parecidos a los que llevaré después de la ceremonia, y bajo al salón donde me está esperando Alan.

Solo cuando me dedica una de sus sonrisas, empiezo a ser algo más consciente de que puedo manejar mi propia vida.

Se acerca a mí, me coge la cara entre sus manos, y me mira con preocupación.

—¿Estás bien, cariño?

Cierro los ojos y asiento, aunque sea mentira. Hoy ya no me quedan fuerzas para quejarme de nada…, y solo es la una de la tarde.

—Sí, solo cansada.

—Cielo, le voy a pedir a tu médico de cabecera que te mande una analítica. No es normal que estés tan cansada.

Me quito sus manos de la cara.

—Estoy bien, Alan. Cuando pase todo el jaleo de la boda y estemos de luna de miel, ya verás cómo estoy perfectamente.

Él frunce el ceño y a continuación me hace una pregunta que me ata un nudo en la garganta.

—Kelly…, ¿tú quieres casarte?

Lo miro impactada

Trago saliva.

Me quedo muda por un instante.

¿Por qué me hace esa pregunta? ¿Por mí o por él?

—S-ss-í, Alan. Claro que sí. ¿A qué viene esa pregunta?

Lleva una de sus manos a mi cintura y me la acaricia con delicadeza. Esa es una de sus formas de demostrarme que no quiere discutir, solo hablar.

—Porque te noto muy rara, Kelly.

—¿En qué sentido?

Él niega con la cabeza.

—No lo sé, cielo, pero… estás distinta. Desde que viniste aquí con Sienna y Molly siento que la boda no te hace ilusión.

—Me esconde un mechón de pelo detrás de la oreja y me levanta el mentón—.

Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?

Si por lo que sea no sientes que sea el momento de casarnos, lo aplazamos.

Somos muy jóvenes, tenemos mucho tiempo, cielo.

Paso saliva.

No debería haberme sorprendido de que notase mi incomodidad. A pesar de todo, llevamos más de cinco años juntos. Son suficientes como para saber que al otro le pasa algo.

Pero de ahí a que se haya dado cuenta de que la boda no…

Joder, lo estoy haciendo todo mal.

¿Qué hago ahora que empieza a sospechar que algo pasa? ¿Debo confesarle todo lo que ha pasado en este tiempo? ¿Que lo que realmente siento no es que no sea el momento de casarnos, sino que quizás él no es la persona con la que deseo hacerlo?

Dios mío, voy a vomitar.

—Alan, yo…

Confiésaselo, Kelly.

Dile todo.

Dile que te separaron del amor de tu vida, que seis años más tarde te has vuelto a reencontrar con él y que la idea de dejarle marchar de nuevo te aterra mucho más que la idea de casarte con una persona a la que quieres, pero no amas.

—Dime, cielo. Lo voy a entender.

«Díselo, joder».

No puedo…

¿Cómo voy a poder hacerlo? ¿Cómo, cuando me está diciendo que sería capaz de aplazar la boda por lo que sea?

Él no contempla la opción de que esté enamorada de otra persona. Él solo contempla la opción de que algo en mí no está bien.

No puedo hacerle esto cuando llevo todos estos años demostrando que le quiero con locura. Y ahora lo hago, lo sigo haciendo…

Si no hubiera coincidido con Thiago me habría casado con él sin pensármelo, aunque muy en el fondo él siguiera en mi corazón. No puedo cambiar los planes de nuestras vidas por una simple… coincidencia .

Claro que no puedo.

No puedo romperle el corazón así.

Quizás la vida es injusta conmigo y punto.

—No podemos aplazar la boda. No podemos y no quiero. Quiero casarme contigo aquí, Alan —le contesto, y acto seguido callo sus réplicas con un beso.

A Thousand Years de Christina Perri inunda el salón. Y mientras comenzamos a bailar, mientras tengo a Alan frente a mí, mi mente reproduce una película a cámara rápida de todos mis recuerdos con otra persona.

Nos veo de niños el día que nos conocimos y nos veo de mayores cuando nos dijimos aquel «adiós» que destrozó todo y, a la vez, nos trajo hasta aquí.

Nos veo jugando, riendo, llorando, discutiendo, abrazándonos, besándonos…

Nos veo pasando página para seguir escribiendo nuestra historia, pero también nos veo cerrando nuestro libro para siempre.

¿Estoy dejando morir la posibilidad de recuperar lo que estos seis años he deseado recuperar? ¿Por eso todos estos recuerdos? ¿Por eso tengo tantas ganas de llorar? ¿Le estoy diciendo adiós para siempre a Thiago?

Yo no puedo decirle adiós para siempre.

No otra vez.

No de nuevo…

Se me acaba el tiempo para decidir con quién quiero irme de aquí.

¿O ya se me ha acabado?