CAPÍTULO 27
UNA MUÑECA ROTA
Kelly
A lan está a punto de llegar.
Me seco las palmas de las manos en el pantalón mientras miro impaciente hacia la puerta principal del hotel.
No para de entrar y salir gente a pesar de que tan solo son las siete de la mañana.
Las pistas de esquí están a punto de abrir, y muchas personas esperan sus autocares para ir a alguna excursión que parte desde aquí.
En cualquier momento, él va a cruzar esa puerta.
Tengo ganas de verlo, pero…, joder, ¿cómo van a ser las cosas con él aquí? Me he acostumbrado a encontrarme con Thiago y no sé cómo tratarlo a partir de ahora.
¿Qué hago ahora cada vez que lo vea? ¿Lo saludo? ¿Se lo presento a Alan? ¿Le cuento todo lo que ha pasado en este tiempo? ¿Intento que no se crucen?
Joder.
Me siento una cría incapaz de poder afrontar sus problemas y preocupaciones.
Hace tanto que no sé dejarme fluir… Hace tanto que debo tener todo bajo mi control…
¿Y si la lío? ¿Y si Alan se entera de quién es Thiago y le sienta mal?
¿Y si al contarle todo lo que ha pasado en estos días me acusa de… de… algo?
Madre de Dios.
Me va a estallar la cabeza y solo son las siete de la mañana.
Se me corta la respiración cuando un hombre de pelo castaño de uno ochenta y cinco de estatura entra en el hotel.
Lleva unos pantalones de traje algo más informales de lo normal en él, y una camisa blanca con dos botones desabrochados.
En su muñeca izquierda destella un Rolex plateado, mientras que con la mano empuja una maleta de cabina color gris de Armani.
En su antebrazo derecho descansa su abrigo de plumas.
Está bien peinado y tiene la barba recortada como sabe que a mí me gusta: elegante, pero juvenil.
Alan me encuentra con la mirada entre la gente de la recepción, y una amplia sonrisa irrumpe en su semblante serio.
Suelta la maleta y deja el abrigo sobre ella.
Da medio paso hacia delante y me rodea la cintura con su brazo izquierdo para pegarme a él, antes de darme un beso profundo en los labios.
Cuando nos separamos, pega su frente contra la mía y me dedica una sonrisa alegre. Yo me esfuerzo por imitarle.
—Hola, preciosa…
—Hola… Ya estás aquí.
—Ya estoy aquí, sí. ¿Ves cómo todo iba a salir bien, amor?
Me separo un poco de él.
—¿Qué tal estás? —le pregunto, mientras rodea mi cintura con una mano y con la otra pasa un mechón de pelo detrás de mi oreja.
—Mejor que nunca.
—¿Y el vuelo? ¿También sufriste turbulencias horrorosas como nosotras?
—Ha ido muy tranquilo. ¿Tú qué tal estás, Kelly? —Se le frunce el ceño mientras me observa la cara con detenimiento—. Te noto cansadilla.
No estoy cansadilla . Estoy agotada.
—Qué va. Estoy bien. —Quiero desviar la conversación. No quiero hablar ni de mí ni de mi agotamiento físico y mental—. Tú sí que pareces cansado. ¿Quieres ir a la habitación? Debes de estar derrotado.
Alan niega con la cabeza y me vuelve a pegar a él todo lo que puede.
—Antes quiero desayunar con mi prometida. ¿Te parece bien?
Asiento a pesar de que tengo el estómago cerrado, y luego le agarro de la mano.
—Claro. —Sonrío—. Ven, vamos al restaurante.
Alan me suelta la cintura y se gira para recoger la maleta, pero justo entonces alguien pasa a toda prisa por su lado y la tira de un golpe.
—Joder, Tay…
Se me para el corazón cuando veo a Thiago aparecer en la recepción detrás de una Taylor que empuja su silla de ruedas todo lo rápido que puede para largarse sin siquiera mirar la maleta que ha derribado. Thiago la recoge.
—Perdón —dice, y por primera vez mira al frente, chocando de golpe con los ojos de Alan. Por el resentimiento que no logra disimular, sé, al instante, que Thiago ha adivinado quién es.
—No pasa nada —le contesta Alan.
Los ojos de Thiago pasan de nuestras manos entrelazadas a mi cara. Aprieta los dientes y, tras unos instantes de silencio, se marcha sin volver la vista atrás.
Yo le sigo con la mirada hasta que lo pierdo entre la gente de la recepción.
—¿Vamos? —me pregunta Alan, recuperando mi atención.
Asiento y lo acompaño a hacer el check-in . Por suerte no está Lisa, y mis niveles de angustia no alcanzan picos estratosféricos.
Tras un desayuno que se me hace eterno porque no me entra ni una gota de café en el estómago, nos vamos por fin a la habitación.
Y a pesar de que le insisto para que descanse un rato, él me insiste en que salgamos a dar un paseo por los alrededores del hotel.
Mi pierna parece estar bien, aunque quizás solo me lo parece porque es lo que menos me preocupa ahora mismo.
Joder, no quiero salir de la habitación. Siento que soy la misma persona que hace una semana. Esa que no quería salir para no toparse con Thiago.
No me siento capaz de verle.
Anoche lo tenía aplastándome contra el bordillo de un jacuzzi y, sin embargo, ahora… siento que no puedo ni verle…
—¿En qué piensas, cielo? —me pregunta Alan. Me estrecha contra él y pone su brazo rodeando mis hombros, mientras caminamos por el bosque lleno de pinos altísimos y nevados, de camino a ver el lago que se veía desde la habitación que compartía con Sienna y Molly.
—En nada en particular —miento. ¿Debería contarle todo lo que ha pasado en su ausencia? ¿Sería lo correcto?—. ¿Nos sentamos? —Le señalo un banco de madera frente al lago.
Alan asiente con la cabeza y caminamos juntos hasta él. Nos sentamos y observamos a nuestro alrededor en silencio. Yo, como no podía ser de otra forma, me pongo a pensar en todo. Y cuando digo todo me refiero a Thiago. Tengo grabada en la mente la expresión de su cara al verme con Alan.
Me asusta el sentimiento de no querer verle triste por verme con alguien más…
Alan no es el único que ha aterrizado a tiempo en Laponia. Mi vestido y los de las damas de honor han llegado a las doce de la mañana. También mi madre.
Lleva aquí veinte minutos, y ya me ha dado una jaqueca que me encantaría quitarme a cabezazos contra la ventana.
Menos mal que están Sienna y Molly conmigo, porque, si no, hace ya un rato que habría llamado a una perrera para que se la llevaran.
No deja de ladrarme cosas. Que qué cara tengo.
Que si estoy esquelética y el vestido me marca los huesos.
Que si mi pelo es como un auténtico estropajo.
Que si sé lo que es cuidar de una misma.
Que estoy igual de blancucha que mi vestido.
Que parezco enferma… Que, que, que, que…
—Le voy a decir a Alan que vigile lo que comes de aquí al sábado.
O ganas un poco de peso, o vas a parecer una auténtica novia cadáver —comenta mientras evalúa por duodécima vez cómo me queda el vestido—.
Dios mío, Kelly, estás hecha un asco, debería darte vergüenza.
—Me agarra el pelo, tratando de atusarlo, pero lo suelta asqueada—.
Anda, quítate el vestido antes de que me den ganas de quemarlo y cancelar la ceremonia.
Te queda horroroso y ya no hay tiempo para hacer milagros.
Que sepas que vas a hacer el ridículo en el altar, ¡y todo por no hacerme caso!
Apretando los dientes para no echarme a llorar, me bajo del escabel y me adentro en el probador junto a una de las costureras que mi madre ha contratado por si necesitábamos retoques de última hora.
—No le hagas caso a nada de lo que te ha dicho, cariño —me dice bajito una de ellas mientras me desabrocha los botones de la espalda—. Estás preciosa con el vestido. Siéntete guapa, porque lo eres, y mucho, cielo.
Yo mantengo la mirada clavada en el suelo.
—¿Tanto le cuesta decirme algo bueno? —pregunto en un susurro, porque de verdad que no entiendo cómo puede tener tanta maldad… Cómo puede tratarme con tanta dureza y tanta insensibilidad después de todo.
¿Cómo, aun así, puede hacerme sentir tan… insuficiente, tan mal, tan… incapaz de contentarla, aunque sea por una vez en la vida, cuando yo he tragado y aguantado tanto para que ella fuera buena conmigo?
Dejo caer los hombros agotada, y en silencio comienzo a llorar.
No puedo más.
Ojalá pudiera salir corriendo y no parar hasta llegar a un lugar donde mi mente se calle. Donde nadie pueda decirme qué hacer. Donde sepa entenderme y escucharme… Donde todo sea un poco más fácil.
A los pocos minutos de quedarme sola en el probador, me visto y, una vez me he limpiado las lágrimas, salgo para encontrarme con mis amigas.
Ambas me miran con una mueca de tristeza, pero teniendo unas ganas tremendas de entender qué narices ha sido ese comportamiento por parte de mi madre hacia mí.
Pocas veces han coincidido con ella, pero cuando lo han hecho, mi madre se ha plantado esa careta de mujer brillante, elegante y respetuosa que todo el mundo se cree que es, incluido Alan.
Ojalá hubiera estado presente esta vez y se hubiera dado cuenta de que mi madre no quiere lo mejor para mí, sino que mi madre siempre quiere hundirme moralmente para quitarme las ganas de luchar por lo que yo quiero.
Esa ha sido su forma de actuar estos años.
Me ha hecho sentir pequeña y desmoralizada.
Incapaz de saber luchar por mí misma. Incapaz de ser alguien sin ella.
Incapaz de decidir sobre mi vida. Me ha convertido en su muñeca y, a pesar de que ella es la que maneja mi vida, nunca será suficiente.
Por eso siento que quiere exprimirme hasta acabar conmigo.
Hasta que pueda reiniciarme y volver a jugar con mi vida a su antojo. Desde el principio.
—Kelly… —me llama Molly, tratando de sacar el tema de alguna forma, pero no tengo fuerzas para hablar de eso.
—Estoy bien, chicas. A veces se le cruza el cable. No os preocupéis. Me voy con Alan, ¿vale? —pregunto sin esperar respuesta, y enfilo hacia mi habitación mientras siento que ellas intercambian una mirada que deja entrever muchas cosas, entre ellas que necesito ayuda.
Y puede que tengan razón. Pero ahora mismo no sé si necesito un psicólogo, una charla con mis amigas, o un simple abrazo de…
—¡Thiago! —lo llamo en cuanto lo veo antes de arrepentirme de no hacerlo. Ahora que Alan no está conmigo, me resulta más fácil acercarme a él. Aunque la verdad es que no sé por qué narices lo he llamado. Ha sido… espontáneo.
Thiago, que me ha oído y se ha girado para mirarme, me espera de pie en el pasillo. Camino hacia él todo lo rápido que mi pierna me permite.
Cuando quedo frente a él, siento que por primera vez desde hace una semana y media me mira diferente.
Siento que sus ojos de pronto no desprenden esperanza o nostalgia.
Siento que revelan derrota y cansancio. Como si de pronto fuera una desconocida para él.
Como si de pronto no tuviera ganas de luchar por eso que me dijo que se desviviría por recuperar…
—¿Qué? —pregunta muy borde.
Trago saliva, porque tener a Thiago borde conmigo es la gota que podría rebosar mi vaso hoy.
—¿Le pasaba algo a Taylor esta mañana? Ha entrado al hotel muy seria.
Él eleva una ceja.
—¿Qué más te da?
Yo lo miro de arriba abajo.
—¿Qué narices te pasa?
Él bufa y niega con la cabeza como si no pudiera creerse que le haya hecho esa pregunta.
Está claro lo que le pasa. Está celoso, está dolido, está roto…
—Hay que joderse —murmura, y luego hace el amago de irse, pero lo agarro del brazo e intento frenarlo.
—Vale ya, Thiago. Solo te he hecho una pregunta inocente.
Él se frota la frente con la mano que tiene libre y luego clava sus ojos verdes en mí.
—Sus padres quieren que deje el trabajo de monitora.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—No quiero hablar más contigo, Kelly. —De repente se suelta de mi agarre y se marcha.