CAPÍTULO 23 #3
—Pues no es tu fuerte demostrarlo.
—¿Acaso no lo he hecho durante toda mi vida, Thiago?
—¿Y de qué sirve si ahora te largas como si no supieras luchar por lo que supuestamente quieres, Kelly?
—Deja de poner en duda mis sentimientos.
—Deja de intentar demostrar que te duele dejarme.
—¡Me duele, Thiago! —grité, desesperada—. ¡Podrías intentar un segundo ponerte en mi situación! ¡Tú también harías lo que fuera por tus padres! ¡Eres un egoísta!
—Y tú eres una cobarde que va a permitir que manipulen su vida. ¡No tienes que seguir a tu madre a todos lados!
Di un paso para atrás y lo miré muy dolida. ¿Acababa de llamarme cobarde? ¿Lo era en realidad?
Le di un empujón con los ojos anegados de lágrimas.
—Yo nunca te habría juzgado por tener que tomar una decisión, Thiago, a pesar de que tomándola tuvieras que dejarme a mí.
—Eso lo dices porque ahora mismo no sabes lo que se siente que te dejen de lado como si nada.
Negué con la cabeza.
Vale que yo no era en ese momento la persona más adecuada para hablar de justicia, pero creo que él tampoco estaba siendo justo conmigo.
No pedía que me entendiera ni que me justificara, solo que intentara ponerse en mi piel por cinco segundos y pudiera entender que dejarle era el dolor más grande que, estoy segura, iba a experimentar en toda mi vida y que, por mucho que haya tomado esta decisión, eso no significa que haya sido fácil.
Por supuesto no lo era…
—Está claro que no vas a creerme ni a entenderme te diga lo que te diga, así que no quiero seguir escuchando cómo pones en duda que te quiero.
—Pestañeé, y un sinfín de lágrimas salieron de mis ojos y me recorrieron la cara, quemando mi piel helada—.
Dejaré mi ventana abierta por si quieres despedirte de mí antes de que me vaya.
Saldremos a las seis y media de la mañana.
Thiago me dijo que no con la cabeza.
—Si te vas ahora mismo, se acabó. Mi ventana no va a estar abierta para ti.
Asentí sin dejar de llorar.
—Pues muy bien. Hasta aquí, entonces. —Le extendí mi mano—. Ha sido un placer conocerte y crecer contigo, Thiago.
Él no me estrechó la mano de vuelta, y a mí eso me dolió más que cualquier otra cosa de las que habían ocurrido en esta conversación.
Que no me hubiera estrechado la mano significaba no solo que no pensaba lo mismo, sino que le daba bastante igual cómo quedáramos por última vez.
Que no quería cerrar nuestra vida juntos de forma cordial.
Y si él no quería, por infantil e inmaduro que sea, yo no iba a ser la tonta que lo hiciera por mucho que haciéndolo me estuviera rebajando.
—Vete a la mierda, Thiago. Ojalá no nos volvamos a ver en la vida. Ojalá todo se te vaya a la mierda. En especial, esa forma tan insensible que tienes de pensar que el único que tiene derecho a sentirse traicionado eres tú.
—Ah, ¿es que tú te sientes traicionada? —preguntó de forma irónica.
—Pues sí, porque pensaba que eras la persona que más me entendía, y porque no has sido capaz de aceptar mi mano cuando te he dicho que conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado, a pesar de tu enfado. Eso dice mucho de ti. En especial, que eres un egocéntrico y un victimista.
Mis palabras le dolieron muchísimo, pero para nada se asemeja a lo que me hicieron sentir las que me dijo a mí.
—No te haces una idea de lo mucho que te odio ahora mismo, Kelly. No quiero volver a verte en mi vida…
Con el corazón hecho añicos, hablé.
—No te preocupes, que yo tampoco. A partir de ahora mismo volvemos a ser dos completos extraños. Espero que si la vida nos vuelve a juntar, sigamos actuando como tal.
Thiago asintió y yo, a los pocos segundos, también. Nos miramos por unos instantes que se me hicieron eternos en los que le repasé centímetro a centímetro porque, a pesar de todo, no quería olvidarme de él…
Se acercó al maletero del coche, y sacó la pequeña maleta que había reservado para nuestro plan juntos.
La dejó caer al suelo y luego señaló la calle con el brazo, como invitándome a marcharme de una vez de su lado.
Me acerqué a la maleta, la cogí, y de nuevo con los ojos a rebosar de lágrimas dije:
—Adiós, Thiago.
Pero él no me devolvió el saludo, así que, sin pensarlo mucho más, comencé a caminar hacia mi casa mientras mi cuerpo, ya empapado por la lluvia, comenzaba a temblar por la mezcla de emociones y sentimientos.
Podía sentir los ojos de Thiago en mi espalda mientras caminaba. Esos tres metros de distancia se me hicieron eternos, quizás porque sabía que eran solo el principio de la brecha de miles de kilómetros que me iba a separar de él a partir de entonces.
—¡Kelly!
No me di la vuelta al oírlo gritar mi nombre. No podía. No cuando lo más difícil ya lo había hecho: darle la espalda, marchame de su lado, de su vida.
Entonces no lo supe, pero me arrepentiría toda la vida de no haberme dado la vuelta. Quizás, de haberlo hecho, hoy no estaría viviendo la vida gris que me lleva persiguiendo desde que decidí no escuchar aquello que se quedó con ganas de decirme, pero que yo ya no tenía fuerzas de escuchar.