Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

ADIÓS, THIAGO

Kelly

Galicia, seis años antes…

L o teníamos todo planeado. Estaba más que segura de querer hacerlo.

Tenía todo preparado y listo y me encontraba a la espera de que el reloj marcase las doce de la noche para salir de casa.

Aún quedaban dos minutos, así que los dediqué a mirar a mi alrededor, a la habitación a la que nunca volvería a entrar.

Me invadió una enorme tristeza al verla tan vacía y desolada. Nos íbamos. Nos íbamos de Ribadeo de verdad…

¿En qué momento? ¿Por qué tenía que ser así?

Por mucho que fuera a irme con Thiago, la razón por la que de verdad nos teníamos que marchar me hizo querer llorar y rabiar.

No era justo. Yo quería quedarme aquí, en el lugar que me ha visto crecer junto al chico de mi vida y de la misma forma en la que hemos pasado los últimos diez años.

No quería que cambiase nada y, a pesar de ello, iba a cambiar todo mucho más de lo que nunca pensé que podría hacerlo, en cuanto el reloj marcase la medianoche.

Me armé de valor cuando llegó el momento de salir. Agarré el pomo y abrí con sigilo la puerta para no despertar a mamá. Pero, para mi mala suerte, no estaba dormida.

La luz del salón estaba encendida y mamá, nerviosa, se encontraba andando de un lado para el otro mientras desgranaba súplicas en voz baja que, desde el piso de arriba, no lograba entender. Estábamos pendiendo de un maldito hilo…

Mamá estaba hasta arriba de deudas. Otra vez. De las mismas de las que habíamos logrado salir antes de que mi padrastro muriera.

Por eso teníamos que marcharnos.

En Londres nos esperaba una persona que supuestamente podría ayudarnos a salir del pozo. Pero yo no quería dejar mi vida aquí por su culpa. Ni tampoco por ese hombre que decía que podía solucionarnos la vida.

Le envié un mensaje a Thiago diciéndole que me iba a retrasar porque mi madre estaba despierta y no podía salir sin que me viera, pero cometí un error: mi móvil no estaba en silencio, y el timbre que me notificó la respuesta de Thiago me delató.

Mamá miró hacia las escaleras y me descubrió.

—¿Kelly? ¿Qué… qué haces despierta? Aún no tenemos que irnos.

Me armé de valor y comencé a bajar las escaleras.

Mamá me miró con una expresión confusa cuando quedé frente a ella. Tenía sus ojos azules algo rojos de llorar, pero eso no me ablandó. Ella estaba siendo una egoísta conmigo.

—No voy a ir, mamá. No voy a ningún lado.

Frunció el entrecejo.

—¿Qué tontería estás diciendo? No podemos quedarnos aquí, Kelly.

—¿Qué es lo que va a ocurrir cuando lleguemos a Londres? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Vamos a empezar una nueva vida, Kelly. Una vida en la que el dinero ya no será un problema.

—¿Y qué pasa con mi vida aquí? Tú ya no tendrás nada, mamá, pero yo dejo aquí a mis amigos y a novio. Yo no pienso dejar a Thiago.

Ella negó con la cabeza, incapaz de creerse que fuera tan idiota.

—Thiago da igual, Kelly. Thiago no va a ayudarnos a solucionar nuestra vida. El único que puede hacerlo es Nelson. Necesitamos su ayuda. ¡Y nos la está ofreciendo! Te puede dar la vida que desees. Nos la puede dar…

—La vida que deseo está aquí.

Vi en su cara la desesperación.

—¿Sabes qué es lo que he hecho durante toda mi vida, Kelly?

Dar la mía por salvar la tuya. He hecho todo lo que estaba en mi mano para que los errores que cometimos tu padre y yo en Estados Unidos te afectaran lo menos posible.

He conseguido que nos ofrezcan una nueva vida… ¿Qué has hecho tú por nosotras?

Me quedé en silencio. No sabía qué contestar. Tenía mil cosas en la cabeza.

—Efectivamente; nada. Ahora vuelve a tu habitación, duérmete y espera a la hora de irnos. El avión no sale hasta las ocho.

Negué con la cabeza.

—Yo no voy a ir a ningún lado. No pienso marcharme de aquí.

—¿Y qué narices te crees que vas a hacer aquí tú sola? ¿Vivir un cuento de hadas con Thiago? No tenéis ningún futuro, Kelly… Tienes dieciocho años, y ni la cabeza ni el dinero suficiente como para hacer lo que te apetezca. Déjate de tonterías. Vas a venir conmigo, te guste o no.

Volví a negar.

—No, mamá.

Ella me miró incrédula.

—Creo que no eres realmente consciente de lo que tenemos encima. ¡No tenemos dinero! ¡Estamos de deudas hasta el cuello! ¡Ni en mil vidas podría pagarlas! ¡No puedo, Kelly! —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Tienes que venir conmigo. No puedes dejarme sola ahora… Te necesito…

A mí también se me humedecieron los ojos.

—¿Y qué pasa con Thiago, mamá? —pregunté, porque era lo único que me importaba.

Mi madre se acercó a mí y me agarró la cara. Me limpió una lágrima que se escapó de mis ojos.

—Podréis seguir siendo amigos.

¿Amigos?

—Él no es solo mi amigo, es mi novio…

—Thiago lo entenderá, Kelly. Quiere lo mejor para ti…

Rompí a llorar cuando me imaginé a miles de kilómetros de él.

—No quiero esto, mamá… No quiero irme.

Ella me agarró la cara con algo más de fuerza. Se estaba cansando.

—Kelly, vale ya. No hay otra alternativa. ¡¿No lo ves?! ¡Deja de ser una caprichosa!

—¿Por qué tienes que decidir tú lo que hago?

—Porque soy tu madre. Y si te digo que vienes conmigo, es que vienes conmigo.

—Es mi vida…

Ella me soltó la cara de mala manera.

—¡Vale ya! —me chilló—. Vete a tu habitación, Kelly, me estás empezando a cansar.

—No —contesté firme. Ella me miró impaciente.

Si ella no tenía sensibilidad conmigo, yo no la iba a tener con ella.

—¿No? —me retó.

A pesar de que me recorrió un escalofrío porque sabía a la perfección lo mala que podía llegar a ser mi madre, me mantuve serena. Me crucé de brazos y contesté con autoridad.

—No. Me voy con Thiago, mamá. Mi vida no está en Londres, está aquí.

Me di la vuelta para salir de casa, pero de pronto noté cómo me agarraba del pelo con tanta fuerza, que me hizo perder el equilibrio y caer al suelo de espaldas.

Lo siguiente que noté fue una patada en las costillas que me robó el aire.

Sin embargo, no me dio tiempo a quejarme, porque me hizo levantarme del suelo, tirando de nuevo de mi pelo.

Solté un quejido lastimero cuando comenzó a tirar.

—Me haces daño —manifesté mientras trataba de quitarme su mano del pelo, pero solo conseguí que tirara más fuerte.

—No me cabrees y mucho menos me ofendas, porque terminas cogiendo el vuelo de mañana en silla de ruedas. —Una lágrima rodó de mi ojo cuando escuché cómo me arrancaba el pelo—. Ahora haz el puto favor de no tocarme las narices e irte a tu habitación. ¡Te vienes conmigo y se acabó!

Cuando me soltó, me señaló con el dedo el piso de arriba.

Con la mirada borrosa y el corazón destrozado, comencé a subir. Me metí en mi habitación y comencé a llorar en la cama.

No sé cuánto tiempo pasó, pero mi móvil de pronto comenzó a sonar.

Era Thiago.

No le contesté.

No tenía el valor de decirle que no iba a poder marcharme con él.

Me llamó varias veces más, pero a ninguna le contesté.

¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo después de prometerle que con él me iría a cualquier parte?

El corazón se me aceleró muy fuerte cuando, al cabo de varios minutos, el sonido de un claxon comenzó a sonar frente a mi casa.

Era él.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. Cuando llegué a la planta de abajo, vi a mi madre mirando por la ventana.

—Todo habría sido más fácil si mañana simplemente hubieras desaparecido de su vida. —Se separó de la ventana y se acercó a la puerta. Me puse nerviosa.

—¿Qué vas a hacer?

—Decirle que tu vida aquí ha terminado.

—¡No! —grité antes de que saliera.

Ella me miró de arriba abajo con una ceja alzada.

—¿No? ¿Otra vez, Kelly?

Tragué con fuerza. Me daba pánico que me volviera a poner una mano encima.

—¿Puedo hacerlo yo? ¿Puedo despedirme de él? —pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

Ella me miró, vacilante.

—Tienes diez minutos.

Sentí una especie de alivio al darme permiso.

Asentí con la cabeza y salí de casa. Ella se quedó en la puerta, asegurándose de que no hiciera el tonto.

Caminé en silencio hasta el coche. Estaban las luces de emergencia encendidas y tenía puestas las cortas. Él estaba dentro, esperándome.

Me estremecí cuando un trueno retumbó en el silencio de la noche.

Dios mío…

¿Qué estaba a punto de hacer?

Golpeé el cristal del copiloto. Él pulsó el botón para bajar mi ventanilla:

—¿Qué ocurre, Kelly? —preguntó, mirándome preocupado. Luego, miró detrás de mí—. ¿Por qué tu madre…?

Un relámpago nos alumbró a los dos. Luego se levantó una ráfaga de viento que me puso los pelos de punta y agitó los arbustos cercanos.

—No puedo ir, Thiago —solté rápido.

Él empalideció.

—¿Qué… qué dices, Kell?

Me mordí el labio inferior cuando me picaron los ojos por aguantarme las ganas de llorar.

—Que me voy a Londres… —susurré, porque sentí un pellizco en el corazón en ese momento.

Vi cómo procesó una a una mis palabras, hasta que las entendió en su conjunto, y eso lo hizo salir del coche para quedar frente a mí. Yo di dos pasos hacia atrás, miré a mi madre, y escondí mis manos heladas y temblorosas en el bolsillo de mi sudadera.

—Me estás gastando una broma, ¿verdad? —preguntó, inocente, y con una sonrisa, pensando que de verdad lo estaba vacilando.

Tardé lo mío en negar, porque no estaba preparada para ver cómo se le rompía el corazón.

Thiago dio un paso para atrás y me miró de arriba abajo perplejo.

—Kell… —me llamó mientras sus ojos se ponían algo rojos—. Es una broma. No te vas. Te vienes conmigo, ¿verdad?

Volví a negar con la cabeza.

—No, no es una broma, Thiago. Me voy a Londres con mi madre.

Me cayó la primera gota de lluvia en la cara tras un segundo trueno. Ya olía a tierra mojada y, a pesar de que hacía frío, podía sentirse un bochorno asfixiante en el aire.

—¿Así de la nada? —preguntó dolido, a la defensiva. Era comprensible.

—Es lo que tengo que hacer… No te enfades conmigo, por favor. —Traté de reducir las distancias, pero él se echó hacia atrás.

—No puedes hacerme esto, Kelly. ¿Qué…, joder, qué narices ha pasado en este rato para que hayas cambiado de opinión?