Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

UN VIAJE MALDITO

Kelly

E sto debe ser una broma de mal gusto. ¡De muy mal gusto!

—¿Y no hay forma de que puedas venir antes? —le pregunto a Alan, por octava vez.

—Cielo, ya te lo he dicho, han cancelado todos los vuelos hasta mañana por la noche.

Me llevo una mano a la frente.

—Pero eso quiere decir que llegarás el martes de madru­gada…

—Sí, Kelly.

—¿Y qué pasa con la visita al restaurante? Está programada para mañana por la mañana.

Concordamos una visita para que nos enseñen el lugar y nos explicaran todos los temas de la organización. El menú y todo lo relacionado lleva meses zanjado.

—Tendrás que ir con Sienna y Molly. Además, ellas serán de más utilidad que yo.

Dios mío.

—¿Y los vestidos, Alan? Tampoco pueden venir. Si ocurre cualquier imprevisto con él ya no habrá tiempo para solucionarlo.

—Kelly, cielo, escúchame: no va a pasar nada, ¿vale? Y si pasa, pues ya encontraremos la manera de solucionarlo, pero no adelantes acontecimientos. Los vestidos llegarán el miércoles, justo para tu prueba de vestuario.

Me tiro de espaldas en la cama.

—No le digas a mi madre que no has podido venir, por favor, me llamaría irresponsable en mil idiomas diferentes.

—Tú no tienes la culpa. Y no hace falta que le diga nada, se va a enterar ella sola —dice, y me jode sobremanera tener que darle la razón. Estoy a nada de recibir su llamada, gritándome lo poco madura y prudente que soy, como si yo pudiera controlar el temporal.

—A ver si con un poco de suerte su vuelo se pierde en el triángulo de las Bermudas y no vuelve nunca más…

—Kelly… —me llama Alan en un tono de advertencia—. No vuelvas a decir eso, es tu madre.

—¿Estás seguro de que es mi madre, Alan? Porque yo diría que es mi peor enemiga. Me odia como si yo tuviera la culpa de que Richard Gere se hubiera casado con otra.

—Tu madre no te odia. No digas eso.

—¿Por qué la defiendes?

—No la defiendo.

—Te he contado innumerables veces lo mal que me ha hecho sentir, Alan… Que sea mi madre no implica que se porte bien conmigo… —Y es que nunca lo ha hecho. Nunca…

—Solo quiere lo mejor para ti.

¿Mi madre quiere lo mejor para mí?

Si eso fuese verdad, nunca me habría llevado a Londres a la fuerza ni me habría hecho separarme de Thiago y, sin embargo, lo hizo sin remordimiento alguno.

Se aprovechó de mí. Se aprovechó de mi inocencia, me metió en la cabeza que no podía dejarla sola, que mi relación con Thiago solo era cosas de críos y que no tendría un futuro, y no valoró mi opinión, ni tuvo en cuenta a lo que renunciaba al marcharnos.

—Prefiero no hablar del tema. Simplemente avísame si hay algún cambio y al final puedes venir antes.

—Cielo, no…

—Hablamos esta noche —me despido.

—Kelly, no me cuel…

Corto la llamada y tiro el teléfono a algún punto de la cama.

A los pocos segundos Alan vuelve a llamar, pero no se lo cojo.

No soy capaz de aguantarlo en plan yerno ejemplar.

Alan puede ser muy bueno en todo: en su trabajo, conmigo, con su familia…

, pero no soporto cómo le hace la pelota a mi madre.

Prefiero cortar la conversación antes de que se me revuelva el estómago al escuchar cómo defiende a la persona que más daño me ha hecho en la vida.

Suelto un largo suspiro mientras pienso.

Me agobia pensar en la posibilidad de que los vuelos se retrasen más de lo previsto o de que ocurra otra ventisca.

¿Y si las maquilladoras y peluqueras no pueden venir? ¿Y si los vestidos no llegan? ¿Y si… y si…?

Ay, Dios mío.

Me levanto de la cama y me dirijo a la puerta para salir de la habitación. La abro de un tirón y al otro lado, para mi sorpresa, me encuentro con mis mejores amigas, que estaban a punto de llamar.

—¿Adónde vas? —pregunta Molly, cuando ve que salgo embalada de la habitación.

¿Que a dónde voy?

No tengo ni idea.

—A emborracharme —contesto lo primero que se me viene a la mente, porque mal no es que me venga ahora, la verdad.

—¿Cómo? ¡Son la diez de la mañana, Kelly! —exclama Sienna—. ¿Estás loca?

—Lo que estoy es estresada, joder —le respondo, sin dejar de andar en grandes zancadas, ignorando por completo el dolor en mi rodilla. Lo de hacer reposo desde luego que me lo estoy pasando por el forro.

—Pero… ¿qué ocurre? ¿Ha pasado algo? —pregunta ahora Molly, agarrándome del brazo para frenarme.

—¿Qué no ha pasado? Esa es la pregunta —espeto alterada.

—Explícate —pide Sienna, tratando de entenderme.

Miro a mis dos amigas alternadamente antes de hablar.

—Que parece que este viaje está maldito. Que parece que alguien ha decidido juntar todas esas cosas que me podrían volver loca, y ponérmelas juntas en bandeja en poco más de una semana. Que siento que, ¡yo qué sé!, que me han echado un mal de ojo.

Sienna y Molly se miran entre ellas.

—Kelly… ¿Qué ha pasado? ¿Qué son todas esas cosas que te pueden volver loca?

Lleno mis pulmones de aire y me resisto las ganas de querer darme de cabezazos contra la pared.

—Primero, encontrarme a mi ex en el mismo sitio donde me voy a casar. Segundo, casi partirme la pierna esquiando. Tercero, que mi prometido llegue con casi tres días de retraso, y no tener ni idea de si mi vestido de novia va a poder llegar en algún momento.

—¿Cómo? Que Alan… ¿qué? —inquiere Sienna.

—Han cerrado el aeropuerto de Kittilä por mal tiempo tras la ventisca. No saldrá ningún vuelo de Londres hasta aquí hasta mañana por la noche…

Sienna y Molly comparten una mirada de asombro, pero tratan de disimularla para no agobiarme más de lo que ya lo estoy.

—Tranquila, Kelly —me dice Molly, al cabo de unos segundos—. Todavía quedan muchos días. Y aunque Alan y los vestidos lleguen con dos días de retraso, todavía hay tiempo para todo, así que no te agobies.

Apoyo la espalda en la pared. Para variar, tengo un cacao enorme en la cabeza…, porque estoy agobiada pues los preparativos de la boda no van bien, pero no porque… mi futuro marido aún no pueda venir.

Madre del amor hermoso.

Necesito terapia.

Necesito morirme.

Necesito parar de pensar en que, por otro lado, aún me queda tiempo con Thiago gracias a este retraso.

—¿Kelly, estás bien? —Sienna me agarra del brazo—. Estás pálida…

Yo niego con la cabeza, porque paso de seguir fingiendo.

—Llevo seis putos años sintiéndome vacía. Así que no, no estoy para nada bien…

Llevo todo el día bebiendo y rechazando las llamadas de mi madre.

Me ha llamado más de cincuenta veces, pero las he ignorado todas.

No quería hablar con ella sobria, y ahora menos aún.

Si descuelgo una llamada suya ahora, terminaría escupiéndole hasta al teléfono mientras me imagino que es su cara.

Terminaría gritándole de todo, e incluso confesándole que no quiero casarme, que es una bruja asquerosa, y que se va a meter los anillos y la ceremonia por el culo.

Me encantaría ver cómo explota al ver que su hija, por primera vez, no hace lo que ella quiere.

—Kelly, deberías parar. Estás muy borracha. Además, ya es tarde y mañana tenemos que hacer los preparativos para la boda. Es mejor que nos vayamos —Molly trata de quitarme la botella de ginebra cuando estoy a punto de prepararme otra copa. Creo que he perdido la cuenta de cuántas llevo.

—Tonterías.

Consigo robarle la botella a mi amiga y, antes de que ninguna de las dos pueda hacer o decir nada, me empiezo a preparar otra, antes de que sigan insistiendo en que nos vayamos.

Llevamos un par de horas en un bar del pueblo de Sirkka que nos han recomendado unas huéspedes del hotel después de que, tras seis horas aprovechando el todo incluido del resort, el camarero se negase a seguir sirviéndome.

La verdad es que es un bar bastante peculiar.

Al entrar parece una librería de segunda mano, pero el hombre de detrás del mostrador nos ha dicho que es una especie de broma para turistas, porque les parece superdivertido ver sus caras de confusión.

Para llegar al bar hay que bajar unas escaleras escondidas tras la estantería de libros eróticos.

La lóbrega planta de abajo parece un club de jazz de los noventa. Aunque la música resulta disonante con la ambientación, el lugar está repleto de señoras de mediana edad. Los camareros son exageradamente guapos, además de ser, junto a los de seguridad, los únicos hombres que hay en el bar.

—Chicas, ¿vais a quedaros al espectáculo? —nos pregunta de pronto uno de ellos, acercándose a nosotros.

Las tres compartimos una mirada de duda. Luego miro sobre mi hombro, donde hay una tarima. Lleva todo este tiempo vacía y solo unos cuantos focos tenues la iluminan. Miro al resto de mesas. Todas las chicas están a la expectativa de lo que va a ocurrir en el escenario.

—¿Qué tipo de espectáculo es? —le pregunta Molly mientras le doy un trago a mi bebida. Sienna me dedica una mirada asesina.

El camarero nos mira a las tres y luego se le escapa una pequeña sonrisa.

—A ver si adivino… Unas chicas jóvenes os han aconsejado venir aquí, ¿verdad?

—Sí. Efectivamente —contesta Sienna.

El chico saca un papel de uno de los bolsillos del delantal que lleva anudado a la cadera. Cuando se lo da a Molly, entiendo que es un folleto publicitario.

Hago el amago de verlo acercándome a mi amiga, pero Molly lo arruga en su mano y se levanta de la silla echando chispas.

—¡Nos vamos! No teníamos ni idea de esto. Va, Kelly, levanta.

Yo me quedo en mi sitio.

—Pero ¿qué ocurre?

—Nada. Simplemente es mejor que nos vayamos.

Yo miro al camarero.

—¿Qué le has dado? Quiero uno —le pido, y él no duda en sacar otro folleto de su delantal para entregármelo. A pesar de que tanto Molly como Sienna intentan quitármelo, lo aparto rápidamente de su alcance.

Leo lo que pone en el folleto:

Papel y tinta: algo más que una librería polvorienta.

Debajo de eso, salen seis tíos posando y sacando músculos medio desnudos.

Me cago en la puta. Esto es un bar de estriptis.

—Nos vamos —dice Molly cuando ve que lo he descubierto, pero justo en ese momento las luces se apagan.

—Demasiado tarde —responde el camarero con una sonrisa divertida—. Disfrutad del espectáculo, chicas…