Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Thiago hace que mire a la derecha y me señala algo. Sigo la trayectoria de su dedo y entonces… la veo.

Dios mío.

—¿Lo ves? —Asiento, sin dejar de mirar al cielo—. Eso es el inicio de una aurora —explica—. Creo que no hemos llegado tarde, sino pronto.

—¿Se va a hacer más grande?

—Muchísimo más.

Lo miro asombrada y entusiasmada. Pero no solo por la aurora, sino porque, para la sorpresa de la Kelly de hace seis años, estoy volviendo a experimentar algo por primera vez junto a Thiago.

Aunque no debería sorprenderme, en realidad. Todas mis primeras veces llevan su nombre.

—¿Nos tumbamos en la nieve? —me pregunta, sacándome de mis pensamientos.

Yo asiento y me tumbo, esperando que él haga lo mismo, pero se queda sentado—.

Un momento, ahora vengo —dice, y se levanta para ir hacia el coche.

Abre el maletero y del interior saca algo que desde la distancia no logro entender qué es, pero cuando vuelve a estar a mi lado, me doy cuenta de que es una manta térmica e impermeable para la nieve—.

No quiero que te pongas mala —dice, mientras me la echa por encima.

—¿Y tú? —pregunto, mientras que él se tumba en la nieve. Trato de taparlo con la manta también, pero no me deja.

—No, Kell, yo estoy algo más acostumbrado que tú al frío. Tú nunca lo has llevado especialmente bien.

Y tiene razón y vale que lleve varios años exponiendo su organismo y cuerpo a estas temperaturas, pero eso no quita el hecho de que haga muchísimo frío.

Cuando soy consciente de que Thiago no va a ceder, me pego a él todo lo que puedo para que la manta individual pueda taparnos a los dos, a lo que Thiago contesta con un sonido con la lengua en señal de fastidio.

—Kell…

—Los dos o ninguno —tanteo.

—Eres una cabezota.

Me encojo de hombros mientras que lo tapo a él también con la manta.

—No es nada nuevo para ti que lo sea —contesto.

Thiago saca su brazo izquierdo de entre nosotros y lo pasa por mis hombros para pegarme aún más a él y para que apoye la cabeza en su pecho.

—Nada de lo que eres tú es nuevo para mí.

—¿Tú crees? Ya te dije que considero que he cambiado mucho.

—Me refiero a cuando estás conmigo.

—Cuando estoy contigo… ¿qué?

—Pues que siento que el tiempo no ha pasado. ¿Tú no?

Asiento.

—Sí, pero solo cuando no pienso…

—Pues no pienses —opina—. Y mira al cielo, Kelly, que te lo estás perdiendo.

Aparto la mirada del suelo y la levanto al cielo.

Dios mío…

—Dios mío… —exclamo en un susurro cuando veo que en poco tiempo la aurora ahora está mucho más grande y brillante.

Los colores verdes y azules se mueven en pequeñas ondas que convierten la aurora en algo jodidamente hipnótico.

Esto es precioso. Esto es impresionante—.

Mira, hay un poco de rosa ahí —le digo, señalando un punto concreto de la aurora.

—No suele ser muy habitual que lo haya —me dice—. Estoy seguro de que ha aparecido porque sabe que es tu color favorito. —Me zarandea con su brazo.

Yo sonrío con un poco de… nostalgia.

—Ya, seguro que sí, Thiago… —murmuro con cierto sarcasmo.

—Para tu información, listilla, no existen dos auroras iguales. Puedes llamarlo casualidad, pero para mí también es la primera vez que veo el color rosa en una. Curioso que sea cuando estoy contigo, ¿no crees?

—¿Y qué insinúas? ¿Que la aurora sabe que estamos juntos?

—Que sabe que mi sueño siempre ha sido ver una contigo, y que esta es su forma de manifestar que ha escuchado la petición que siempre le hacía —confiesa bajito.

Trago con fuerza.

—¿Qué petición?

Él traga saliva nervioso. Creo que una pequeña parte de él siente vergüenza. Vergüenza por admitir que durante todos estos años ha pensado siempre en mí.

Pero no es una vergüenza negativa.

Es una vergüenza humana.

Humana, porque teme por el hecho de cómo me puede sentar saber que él me ha recordado mucho más de lo que piensa que yo lo he hecho con él.

Porque teme que pueda pensar que es un idiota por no haber podido tirar nuestro libro a la basura.

Pero está equivocado.

Nunca pensaría eso de él.

—Poder ver una aurora boreal contigo.

—¿Tu sueño era ver una aurora boreal conmigo? —pregunto con el corazón en la garganta, mientras que acomodo mejor mi cara en su pecho.

—Desde la primera vez que vi una, Kell.

Cierro los ojos y respiro profundamente.

Me quedaría en este precioso instante para toda la vida.

—¿Por qué?

—Porque me recordaban a ti. Porque poder ver una contigo creía que significaría que ya no tendría que echarte más de menos porque estarías a mi lado.

—Y ya no lo crees, ¿no?

—Las cosas no se han dado como a mí me hubiera gustado. Pero me da igual, porque ahora, en este instante, estoy contigo y mi sueño se ha cumplido.

Yo trago saliva y contemplo la aurora para pedirle yo otro deseo.

Necesito que me dé una señal sobre lo que tengo o debo hacer.

Necesito que me ayude a decidir y a ser valiente.

Necesito que si de aquí a una semana he hecho lo correcto, en la próxima aurora que tenga la oportunidad de ver me muestre el color amarillo.

Necesito confirmar que merece la pena luchar por lo que ahora sé que siempre he querido con locura.