Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

UNA SEÑAL DE COLOR ROSA

Kelly

A lguien está aporreando la puerta de mi nueva habitación: la suite nupcial. No voy a decir que no estoy cagada de miedo, porque lo estoy. ¿Quién narices puede estar llamando de esa forma pasada la una de la madrugada?

Salgo de la cama y, de puntillas, me acerco a la puerta.

Miro por la mirilla con sigilo, pero, para mi sorpresa, la persona que veo al otro lado no es nadie de las mil posibilidades que me había planteado en un segundo.

No es ningún extraño, ni ningún asesino, ni tampoco Mikael…

. Aunque, de todas formas, verlo me desconcierta bastante.

¿Qué hace aquí? ¿Ha pasado algo?

Abro la puerta sin pensármelo.

—¿Thiago? ¿Qué…? —Me quedo con las palabras en la boca cuando él cruza el umbral de la puerta y entra en mi habitación como si nada—. ¿Qué haces? —pregunto extrañada cuando veo que abre mi armario y que del interior comienza a sacar mi ropa para la nieve.

—Vístete, Kell —me dice.

¿Cómo?

Doy unos cuantos pasos para quedar más cerca de él. Lo observo con el ceño fruncido mientras trato de entender por qué narices me está pidiendo que me vista a la una de la mañana.

—¿Ahora? ¿Para qué? ¿Ha ocurrido algo? ¿Tenemos que evacuar el hotel?

—No, no ha pasado nada.

—¿Entonces? Es la una de la mañana, Thiago. ¿A dónde quieres que vaya a estas horas?

Él llena sus pulmones de aire y, con parte de mi ropa aún en las manos, se acerca a mí. Me mira a los ojos seriamente antes de hablar.

—Vas a tener que confiar en mí —me pide, desconcertándome un poco más, si es que cabe—. Y también necesito que te abrigues mucho.

¿Me va a llevar a algún lado? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Cómo?

—Y yo necesito que me des algún tipo de explicación —insisto.

Thiago deja caer la ropa sobre la cama, y luego se acerca por completo a mí para agarrarme la cara entre sus manos. Trago saliva cuando siento que un escalofrío me recorre de arriba abajo.

—Quiero enseñarte algo —dice—. Pero podemos perder la oportunidad de que no lo veas si no te das prisa. Tan solo confía en mí

Se le ve tan entusiasmado que espabilo y me visto. Le acribillo a preguntas que no contesta mientras me guía hasta el garaje del resort.

Cuando llegamos a un precioso Suzuki Jimny azul, me abre la puerta del copiloto, y me indica con la mano que suba. Cuando ya estoy sentada, él cierra la puerta y se saca del bolsillo una… ¿venda?

No me da tiempo a hacer hipótesis, comentarios o especulaciones sobre por qué quiere que me ponga una venda en los ojos, porque lo justifica bastante rápido.

—Si ves lo que quiero enseñarte en el camino, te joderé toda la sorpresa —dice.

Yo frunzo el ceño y lo miro entre desafiante y divertida.

—Thiago…, ¿vas a secuestrarme?

Él se ríe.

—¿Qué clase de secuestrador monta a su víctima en el asiento del copiloto?

—¿Uno muy malo o uno que no quiere levantar sospechas? —pregunto, volviendo a la conversación.

Niega con la cabeza sin dejar de sonreír.

—Pues no, no estoy disimulando un intento de secuestro, puedes estar tranquila.

Cojo la venda.

—Ah, bueno, menos mal que me lo has dicho. Ahora esto desde luego es mucho más normal…

Vuelve a reírse mientras me pongo la venda en los ojos. Cuando termino, enciende el motor y comienza a conducir.

Me resisto bastante a hacerle un comentario respecto a sus habilidades conductoras, porque hacerlo implicaría recordar que fui yo quien le enseñó a conducir, y creo que ninguno de los dos está ahora mismo dispuesto a rememorar el pasado.

Más aún después de la conversación de esta tarde, en la que acordamos no forzar absolutamente nada y continuar con nuestros planes. En mi caso, con mi boda…

Llegados a este punto… no sé qué es lo que la vida quiere hacerme sentir o enseñar, pero lo que yo no puedo hacer es desordenar su vida por no entender yo la mía.

Lo que tenga que ocurrir de aquí a una semana… ocurrirá.

Si de verdad hay algo que hacer por nosotros, pasará.

Lo mejor que podemos hacer es dejarnos ser sin intervenir en lo que la vida nos tenga preparado.

A veces simplemente hay que dejar fluir las situaciones y permitir que el tiempo ponga todo en su sitio…

—¿Qué ocurre? —le pregunto, cuando frena tras un largo rato conduciendo.

Thiago tan solo maldice entre dientes en español. Aunque no veo nada, lo miro por acto reflejo por la sorpresa: acabo de darme cuenta de que, desde que llegué aquí, no lo he oído ni una sola vez hablar en su idioma materno, ni siquiera conmigo.

Volverlo a escuchar hablando en castellano me ha acelerado el corazón de una manera abismal, porque en un instante hizo que volviéramos a ser quienes éramos hace seis años.

—Voy a salir del coche un momento. Quédate aquí, ¿vale? —avisa mientras que se desabrocha el cinturón.

Yo asiento mientras reprimo el impulso de quitarme la venda, porque la intriga de saber dónde nos encontramos y qué es lo que le ha hecho parar y tener que bajarse del coche me está matando.

Por suerte no tarda mucho en volver y puedo intentar resolver mis dudas.

—¿Qué pasa? —le pregunto cuando está de nuevo en el interior del coche.

—Nada, tranquila. Vamos a conducir unos diez minutos más —contesta mientras vuelve a poner el coche en marcha.

—¿Qué estamos buscando, Thiago?

—Algo que, espero, te guste.

Como ha dicho, conduce apenas un rato, pero lo que encuentra no debe gustarle tampoco, porque vuelve a maldecir.

—No lo entiendo… —murmura—. Debería poder verse…

—¿Qué? —trato de averiguar, pero Thiago no me contesta. Simplemente se vuelve a desabrochar el cinturón para salir del coche. Esta vez, la intriga me supera: me quito la venda y salgo tras él.

Una vez estoy fuera del coche, miro a mi alrededor tratando de ubicarme.

Estamos en medio de la nada, rodeados de nieve, de pinos nevados y de más nieve. El cielo está repleto de estrellas y son ellas, junto con los faros de su coche, lo único que nos alumbra en mitad de la noche.

Camino con cuidado sobre la nieve hasta Thiago, que está mirando al cielo como si de él tuviera que recibir algo que no le está dando.

—¿Qué pasa? —pregunto, viéndolo mirar hacia arriba, pero, cuando se da cuenta de que estoy a su lado, baja la mirada del cielo a mí. Sus ojos están algo tristes.

—Que creo que hemos llegado tarde… Quería que vieras una aurora boreal… —explica—. Pero es que no entiendo por qué no la estamos viendo… Según esto —me enseña la pantalla de su móvil brevemente—, deberíamos tenerla justo encima ahora mismo.

Mientras que él espera por una aurora que no parece querer llegar, yo lo miro a él tratando de asimilar que me ha traído hasta aquí para que pueda ver uno de los espectáculos naturales más bonitos, y que se está desesperando por no poder darme ese momento.

Trata de regalarme el momento más mágico de mi vida sin tener porqué. Trata con todas sus fuerzas de convencer al cielo para que aparezca una sorpresa para mí. Trata de no fallarme y sentir que me ha traído hasta aquí en vano…

Aprieto los dientes con fuerza cuando me arden los ojos.

¿En serio se ha molestado a la una de la mañana en ir a buscarme para que pudiera ver una aurora? ¿Se había acordado de que tuve que suspender la excursión por mi rodilla?

Caer en la cuenta de que Thiago ha pensado en mí….

Le doy un empujón para captar su atención, y, aunque lo consigo, porque deja de mirar al cielo, creo que él malinterpreta mi gesto, porque trata de justificarse y lamentarse por su plan fallido.

—Lo siento, Kell… Pensaba que podía enseñarte una aurora. Siento haberte traído hasta aquí para nada y no poder ayudarte a cumplir uno de tus sueños ahora que estabas acá… Siento no…

Lo hago tragarse las palabras que aún quiere decirme cuando me tiro en su dirección para abrazarlo con todas mis fuerzas. De hecho, lo hago con tanto entusiasmo que consigo desestabilizarlo y que ambos nos caigamos sobre la nieve.

No lo suelto a pesar de la caída.

Estando encima de él, le rodeo el cuello con mis brazos y escondo mi cara en su cuello. Él tarda en reaccionar, pero finalmente me rodea la cintura y me devuelve el abrazo con la misma fuerza.

—Me importa muy poco la aurora, Thiago —le confieso, porque sus intenciones desde luego están por encima del resultado—. Que me hayas traído aquí con la idea de querer enseñármela ya es más que suficiente…

—Pero no es lo que yo buscaba. No quiero que te conformes con la intención. No cuando sé que puedo encontrar una aurora. Volvamos al coche y cambiemos la dirección. Vayamos más al norte. Allí seguro que…

Saco mi cabeza de su cuello y llevo mis manos a su cara para taparle la boca con ellas.

—No —contesto seria y tajante, mientras lo miro a los ojos—.

No quiero que sigas buscando. Quiero quedarme aquí tal y como estamos.

Si hay una aurora para nosotros, aparecerá, y si no, pues me da absolutamente igual.

—Le quito las manos de la boca y vuelvo a rodearle el cuello con los brazos y a apoyar mi cabeza en su pecho—. Prefiero mil veces esto…

A pesar de la ropa que lleva, puedo sentir que su corazón se acelera por mis palabras.

Cierro los ojos con fuerza porque por un momento me siento mal por cambiar la velocidad de sus latidos, porque siento que, de nuevo, quizás, le estoy dando unas falsas ilusiones…, pero esta vez no es así.

Vale que lo nuestro de momento siga muerto y que nuestro final probablemente vaya a seguir siendo el mismo que el de hace seis años, pero eso no quiere decir que ahora mismo deba aparentar y mentir para no hacerle daño con mis palabras.

No cuando de verdad siento que no habría mejor lugar en el mundo en el que estar ahora ni mejor persona con la que compartir una noche helada bajo las estrellas a la espera de una aurora.