CAPÍTULO 19 #2
Sentía que los chicos no le tenían tanto miedo a la primera vez.
—¿Estas segura, Kell? No hay ninguna prisa.
—Lo sé, pero siento que lo que hacemos ya no es… ¿suficiente? Quiero más… Necesito más… —Thiago me miró con un brillo especial en los ojos—. ¿Tú quieres?
Él sonrió y asintió con la cabeza. Luego me dio un beso rápido, pero profundo.
—Joder, Kell, me muero por hacerlo por primera vez contigo —dijo pegándose a mis labios.
Me recorrió un escalofrío de excitación.
—¿Entonces tienes el condón? —pregunté con una sonrisa divertida.
Thiago metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó su cartera. La abrió, y del interior sacó un preservativo.
—Lo tengo.
Se lo quité de las manos y miré con curiosidad el sobre. No era el primero que veía, porque Rebeca me enseñó uno el día siguiente a que ella perdiera la virginidad. Me explicó cómo abrirlo para no dañarlo y también cómo ponerlo.
—¿Los has comprado? —pregunté confundida. No me imaginaba a Thiago yendo a comprar preservativos a la farmacia de nuestra calle. En menos de dos segundos, su madre se habría enterado. Aquí las noticias volaban como un papel al viento.
Thiago negó con la cabeza.
—Me lo ha dado Roi.
En nuestro grupo de amigos, con los preservativos digamos que… se traficaba. El hermano mayor de Roi era el que se encargaba de comprarlos y luego los repartía entre nosotros. Decía que teníamos un tope de tres gratis, y que luego nos empezaría a cobrar.
—¿Y solo tienes uno?
Thiago me miró con una ceja arqueada, pero con una mueca divertida y muy sexy.
—¿Qué pretendes, Williams? ¿Que desmontemos el coche de tu padre?
Yo le golpeé en el pecho y le tiré el preservativo a la cara.
—No, idiota, pero siempre está bien tener otro por si acaso. ¿Y si está defectuoso o se nos rompe?
—Existe la marcha atrás —me vaciló.
—Ya nos explicaron que eso no funciona —le recordé, porque a principio de curso nos dieron una charla de educación sexual en el instituto, y aunque fue escueta…, algo es algo, supongo.
—Era una broma, Kell —dijo, y acto seguido abrió la cartera y me enseñó que en el interior había otros dos.
—¿Desde cuándo los tienes?
—Desde esta mañana.
—¿Y cómo sabías que los ibas a necesitar? —le miré con una ceja arqueada.
Thiago me plantó un beso en los labios antes de contestarme.
—Porque algo me decía que lo de ayer marcó un antes y un después.
—¿Sabes cómo hay que hacerlo?
—Hay que prepararte.
—¿A qué te refieres?
—Tienes que estar mojada, Kell.
Aunque ya lo sabía, se me encendieron las mejillas.
—¿Y tú?
—Yo me prepararé mientras hago que tú lo estés, tranquila.
—¿Por qué a Rebeca le dolió tanto si también estaba… preparada?
Thiago negó con la cabeza.
—Cada chica es diferente, supongo. No digo que quizás no te vaya a doler, pero que a Rebeca le haya dolido no significa que a ti también tenga que dolerte.
Yo respiré algo más tranquila, porque, aunque eso yo también lo supiera, que él me lo dijera me relajó bastante.
—Iremos despacio, tranquila. Y si no te sientes cómoda, paramos en cualquier punto, ¿vale?
Asentí, nerviosa, pero muerta de ganas.
Le agarré del cuello y tiré de él para acercarlo a mí y poder besarlo.
Le rodeé la cadera con las piernas y él apoyó una de sus manos en los asientos y otra en los respaldos mientras mantenía el equilibrio y soportaba su propio peso para no aplastarme bajo su cuerpo.
Me devolvió el beso, metiendo su lengua en mi boca, pero pronto comenzó a bajar por mi cuello.
Me quité la camiseta y el sujetador sin dejar de mirarlo. Él tragó saliva mientras miraba cómo lo hacía, y se le encendieron las mejillas cuando vio mis pechos. Siempre le pasaba. Daba igual las veces que los hubiera visto, era una de sus debilidades.
Llevé su cara a mis tetas para que reaccionara, porque se había quedado embobado mirándolas. No tardó en empezar a jugar con ellas como sabía que me gustaba.
—Nuestros hijos van a ser unos afortunados—bromeó, y acto seguido me pasó la lengua por uno de los pezones.
Yo abrí los ojos como platos.
—¡Por Dios, Thiago! —le di un golpe en la espalda, y él soltó una carcajada ronca contra mis tetas que me erizó la piel.
Me dejó un beso sonoro entre los pechos y luego comenzó a bajar por mi abdomen hasta que de nuevo volvió a llegar a mi entrepierna, pero esta vez no se entretuvo mucho con la boca, sino que empezó a utilizar los dedos. Mientras me masturbaba, yo empecé a tocarle por encima de la ropa.
Estaba muy duro, y yo muy mojada.
Estábamos preparados.
Le intenté sacar la mano de mis partes al poco tiempo. Él me miró con duda.
—Espera, Kell… Aún no. Necesitas más…
Yo negué con la cabeza y le interrumpí.
—Te necesito a ti.
Thiago asintió con la cabeza y se comenzó a desabrochar el pantalón. Se lo quitó junto con los calzoncillos.
Madre mía…
—Dame el condón. Yo te lo pongo. —Le pedí, mientras le extendía la mano. Él me dejó el sobre en la palma y lo abrí con cuidado para no romperlo ni dañarlo.
Con mi mano libre le comencé a masturbar lentamente, deslizando mi mano arriba y abajo, para terminar de excitarle, y cuando me pidió que parara porque se iba a correr, le puse el condón como Rebeca me explicó.
Luego Thiago juntó sus caderas con las mías y se colocó.
Dios mío.
Iba a hacerlo.
Iba a perder la virginidad con Thiago en el coche de mi maldito padrastro.
—Kell, ¿estas segura?
—Completamente. ¿Y tú?
—Completamente también.
Le rodeé el cuello con los brazos y le acerqué la cara a la mía.
—Pues hazlo… —le dije pegada a sus labios.
Él se recolocó mejor y se ayudó de su mano derecha para entrar en mí.
Le clavé las uñas en la nuca cuando sentí que comenzaba a penetrarme.
—¿Te hago daño?
—No. Siento algo extraño, pero no me haces daño.
Él asintió y continuó empujando sus caderas contra las mías con delicadeza. Pero, a medida que iba entrando en mí, esa sensación extraña parecida a la presión se trasformó en algo peor. Mierda. Sí que dolía un poco.
—Te estoy haciendo daño, ¿verdad? —dedujo, cuando le clavé con fuerza las uñas en la piel desnuda de la espalda.
—Sí, pero no pares hasta que estés dentro completamente.
—Kell…
Lo interrumpí.
—No pares, Thiago. Va a ser peor si paramos y volvemos a empezar.
Me hizo caso. Y, aunque era verdad que dolía un poco, tampoco era para tanto. Una vez estuvo completamente dentro, ambos soltamos un jadeo.
—¿Qué notas? —quiso saber.
—Pues a ti.
Porque, joder, sí que le notaba a la perfección en mi interior, y me resultaba algo tan… bonito, que podía empezar a entender porque la gente lo llama «hacer el amor».
Cuando Thiago echó sus caderas hacia atrás para salir y volver a entrar, la rara sensación de sentir algo dentro se trasformó en una sensación llena de placer.
Pronto los jadeos de sorpresa se trasformaron en unos placenteros, y el miedo a que me doliese se trasformó en ganas de probar cosas nuevas. Nuevos ritmos, nuevas posturas, nuevas sensaciones.
Dios mío. Esto era adictivo.
Cualquier cosa con Thiago era adictiva.
—Joder, Kelly… —gimió contra mi oído, y sentí que le recorrió un escalofrío—. Sería capaz de morir ahora mismo y moriría feliz —dijo entre suspiros excitados.
A mí los jadeos me habían robado las palabras. A cada segundo que pasaba, todo se volvía más intenso. Su ritmo, las sensaciones, el placer…
Quería más.
Su cuerpo chocaba con el mío y nuestros sudores se mezclaban. Thiago apoyó su frente contra la mía, y mientras sentíamos que nuestras respiraciones se coordinaban, nuestros jadeos también lo hacían.
—Thiago… —gemí su nombre en forma de advertencia. Él hizo lo mismo; también estaba a punto.
Si se disfrutaba la primera vez, normalmente solía durar muy poco. Las nuevas sensaciones nos embriagan y nos roban la capacidad de aguante. Por eso ambos nos corrimos bastante rápido. Pero, como nos supo a poco, volvimos a empezar.
Esos tres condones sí que iban a ser necesarios.