CAPÍTULO 19
SUDORES FRÍOS
Kelly
Galicia, ocho años antes…
D ios mío. Dios mío. ¡Dios mío!
—¡Kelly, arranca ya! —me gritó Thiago desde el asiento del copiloto, mientras miraba cómo trataba de poner en marcha el motor.
—¡Eso intento, idiota!
Mientras giraba la llave en el contacto, observé sobre mi hombro para mirar por la luna trasera del coche.
Temía que el ruido del motor ahogado alertara a mi padrastro o a mi madre y nos pillaran a punto de largarnos a una fiesta en el pueblo de al lado, porque no tenía el permiso, ni mucho menos el carné de conducir y, joder, ¡sí!
Ambos estaban saliendo de casa corriendo, porque debieron escuchar cómo trataba de encender el maldito motor una vez tras otra sin mucho éxito.
—¡Kelly, quieta ahí ahora mismo! ¡Ese es mi coche, pequeña desquiciada!
—chilló mi padrastro para que me detuviera, pero no obedecí.
Llevaba dos meses recibiendo clases por su parte, y aunque todavía no me había examinado para tener el permiso, sabía que podía conducir este coche por mí misma sin peligro…
Solo se me estaba atragantando un poco eso de poder arrancarlo.
Lo más básico y esencial, vaya.
—¡Kelly, que vienen! ¡Arranca! ¡Arranca! ¡Arrancaaaa!
Thiago llevó su mano a la mía y giró la llave con mucha más fuerza, hasta que el coche rugió de tal forma, que me indicó que había arrancado por fin.
Compartí una mirada y una sonrisa con Thiago, y pronto me recoloqué en el asiento para concentrarme. Vale… ¿Cómo era esto? ¿Embrague, primera y acelerar? ¿Acelerar, embrague, primera? ¿Embrague, acelerar, primera? ¿Ninguna de esas tres opciones?
—¡Kelly! —Me sobresalté cuando golpearon el cristal del conductor, pero en cuanto vi a mi padrastro al otro lado con una cara de querer arrancarme la cabeza, dejé de lado cualquier duda y simplemente actué.
Puse el coche en marcha y, cuando me quise dar cuenta, estaba conduciendo calle abajo mientras dejaba a mis padres atrás, gritando furiosos que me detuviera.
Como era obvio, les preocupaba que pudiéramos tener un accidente…
Pero, de momento, los únicos perjudicados fueron unos pobres cubos de basura que, por los nervios, me llevé por delante.
—¡Acelera, que tu padre viene corriendo! —me gritó Thiago, golpeando ligeramente la guantera para meterme prisa.
Miré por el espejo retrovisor, y en consecuencia me empezó a entrar la risa floja cuando vi a mi padrastro, de sesenta años con una barriga que le impedía verse los pies, corriendo detrás del coche.
Pisé el acelerador mientras rezaba porque el coche no se me calara, porque, si lo hacía, ambos nos podríamos dar por muertos.
Por suerte eso no ocurrió, y cuando comenzamos a ser consciente de lo que acabamos de hacer, ya los habíamos perdido de vista y nos habíamos adentrado en una carretera de tierra, completamente desierta, de camino a esa fiesta a la que todo nuestro grupo de amigos quería ir.
A la mayoría los llevaban sus padres, pero los míos se habían negado a darme permiso, así que no me quedó más remedio que recurrir a esto.
Thiago no pensaba irse a la fiesta sin mí a pesar de que sus padres le hubieran dejado acudir. De hecho, había sido él quien me había dado la idea de aprovechar mis dotes de conducción para largarnos…
Aunque su madre no puso ninguna pega en dejar ir a su hijo a la fiesta, en cuanto mi madre le contó lo que acabábamos de hacer, dijo que nos iba a decapitar a ambos cuando volviéramos.
Pero… ¿por qué no me importaba para nada el castigo que nos pondrían?
Sin embargo, debía reconocer que estaba cagada por otras cosas.
—Dios Santo, me tiemblan las piernas, Thiago —le informé mientras trataba de mantener el coche lo más firme posible y tenía una sensación de arrepentimiento que comenzaba a invadirme. Esto era una locura. ¿Desde cuándo era tan imprudente? ¿Por qué narices me había parecido buena idea esto?
Thiago, en respuesta a mi comentario, me agarró la nuca y me giró la cabeza para plantarme un beso en los labios que me puso terriblemente nerviosa. No pude disfrutarlo como me gustaría, porque pronto tuve que volver a poner la atención en la carretera.
—Eres increíble, Kell. Estás conduciendo un puto coche tú sola.
Joder.
—Mejor no me lo recuerdes —dije, proyectando en mi mente las mil maneras diferentes en las que mi padrastro podría matarme como le devolviera el coche con un mísero rasguño. Él, a diferencia de mi madre, temía más por su coche que por mi vida.
Thiago puso su mano en mi muslo y me lo apretó para que me dejara de temblar la pierna.
—Tranquila. Lo estás haciendo bien.
Yo tragué saliva y lo miré.
—¿En serio no temes por tu vida ni un poco?
—le pregunté, porque me parecía asombrosa su tranquilidad.
No tenía el carné. Me faltaban aún unos meses para poder sacármelo.
Lo único que sabía de conducción era lo que mi padrastro me había enseñado, íbamos a setenta kilómetros por una carreta con baches, sin iluminación y sin un alma que nos pudiera ayudar si nos quedáramos tirados.
—A ti te la confiaría siempre, Kell.
Thiago me devolvió la mirada, pero pronto llevó su mano al volante para enderezarlo, porque me estaba saliendo del camino.
Volví a centrarme en la carretera tras ese volantazo, pero su mano en mi pierna me puso terriblemente nerviosa, porque había empezado a acariciarme el muslo de arriba abajo.
Tuve que tragar saliva cuando recordé lo que habíamos estado haciendo últimamente.
Tras cinco meses de relación en los que solo nos dábamos besos inocentes, los dos, pues, bueno, habíamos descubierto que podíamos hacer otras cosas muy placenteras, además de besarnos.
Aunque aún no nos habíamos acostado.
Tuvimos muchas oportunidades para hacerlo, pero a la hora de la verdad, nunca me atreví… Pero no porque no confiara en Thiago o no me sintiera preparada, sino porque mi amiga Rebeca me había metido miedo sobre lo dolorosa que es la primera vez.
—¿Te gustó lo que hicimos ayer? —me preguntó de pronto.
No había sido capaz de sacarme de la cabeza lo que hicimos anoche y, la verdad, es que llevaba todo el día muy rara. Muy… ¿excitada? Seguía con ganas de más.
—No creo que sea el mejor momento para hablar de eso, Thiago. Estoy concentrada.
—Pues para el coche y hablemos, Kell. Anoche me echaste de tu habitación sin apenas decirme nada.
¿Y si me había convencido de fugarnos para obligarme a tener esta conversación?
Era verdad que había intentado evitarla, aunque no sabía por qué.
—Ya, lo siento. Es que… me sentía muy rara después de lo que hicimos. Necesitaba… ¿procesarlo? —¿Qué narices acabas de decir, Kelly? ¿Que necesitabas procesar que tu novio te hiciera sexo oral? ¿En serio eres tan rarita?
Thiago se rio por la nariz.
—¿Y qué tal lo has procesado? —preguntó mientras deslizaba la yema de sus dedos por el interior de mis muslos.
Me mordí el interior de las mejillas, ansiosa por repetir lo que me había hecho anoche.
—¿Y tú? —le devolví la pregunta, deseosa por saber lo que él sintió.
No iba a negar que me dio un poco de vergüenza al principio.
El sexo oral es muy íntimo y delicado y, a pesar de que Thiago demostró muchas ganas de querer hacerlo y de estar disfrutándolo mientras lo hacía, me moría de ganas de que me contara lo que pensaba al respecto.
—Yo, muy bien… Cuando tú quieras… lo volvemos a hacer.
Lo miré con las mejillas ardiendo. Luego aparqué a un lado del camino y apagué el motor. Le dediqué una mirada nerviosa y él me la devolvió entre asombrado y ansioso.
—¿Ahora? —le pregunté.
Thiago sonrió y antes de que pudiera contar hasta dos, sus labios habían chocado con los míos y había comenzado un beso que me llenaba de excitación y nervios, pero también de vida.
Mira, que le den a la fiesta.
Me desabroché el cinturón y me levanté de mi asiento para sentarme sobre sus piernas en el del copiloto. Rodeé su cuello con mis brazos y él llevó las suyas a mi culo.
Nos besamos con anhelo y demostrando las ganas que a nuestros dieciséis años podíamos sentir por probar y experimentar. Quería hacerlo todo con él. Quería regalarle todas mis primeras veces.
A los pocos minutos de estar enrollándonos en los asientos delanteros, nos fuimos a los de atrás para empezar a desnudarnos.
Madre mía. Esperaba que mi padrastro nunca se enterara de esto.
Yo le quité la camiseta y Thiago me quitó el pantalón corto. Joder, tenía un cuerpo espectacular que delataba lo mucho que le gustaba el deporte.
Le pasé los dedos por los abdominales hasta llegar a la cinturilla del pantalón. Se lo desabroché y metí la mano dentro. Lo miré con la idea de también hacerle sexo oral, pero Thiago no me dejó, porque me hizo tumbarme en los asientos.
—Primero yo a ti —dijo mientras comenzaba a bajarme las bragas.
El corazón me bombeaba con fuerza por la expectación y las ganas de que me lo volviera a hacer, porque lo de anoche fue lo más excitante que había sentido en toda mi vida.
Thiago fue dejando besos por mi cuerpo hasta que llegó a mi entrepierna. A pesar de que no teníamos casi nada de espacio, consiguió arrodillarse y abrirme las piernas.
Gemí y agarré con fuerza el reposacabezas del asiento trasero.
Me mordí el labio mientras simplemente disfrutaba de sentir su lengua y sus labios.
Con una de las manos le agarré de la cabeza y le clavé las uñas en la nuca.
—Thiago…
—¿Te gusta, Kell?
Asentí, aunque no pudiera verme.
—Mucho…
¿Cómo había podido estar estos cinco meses sin probar a hacer esto?
Como suele ocurrir cuando pruebas cosas por primera vez, porque todo es mucho más intenso, me corrí bastante pronto, pero, como anoche, no me sentí completamente satisfecha.
Necesitaba mucho más.
—¿No tendrás un condón, por casualidad? —le pregunté con la respiración entrecortada.
—¿Para? —preguntó, a pesar de que claramente ya sabía la respuesta.
—Quiero hacerlo, Thiago.
Él se puso terriblemente nervioso.
Aunque también era su primera vez, él sí había demostrado que quería hacerlo siempre que habíamos tenido la oportunidad.