Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

COSAS RARAS

Kelly

M e despierto por la mañana por el sonido de mi teléfono.

Estiro el brazo para alcanzarlo en la mesilla de noche. Lo primero que hago es mirar la hora (son las nueve de la mañana) y lo segundo es mirar el nombre de la persona que me está llamando (es Alan).

Salgo de la cama con dificultades y voy cojeando y en silencio hasta el baño. Molly y Sienna siguen dormidas, y no quiero despertarlas porque los invitados empezarán a llegar mañana, y van a ser días bastante moviditos para todos.

Una vez cierro la puerta del baño, cojo la llamada.

—Hola, amor.

—Kelly… ¿te he despertado?

Me siento en la taza del váter para no forzar la rodilla.

—No, no… Estaba ya a punto de levantarme.

—¿Estás bien, cielo?

Me muerdo el labio inferior con fuerza porque no puedo mentirle más. Ya pasé muy por alto la pequeña lesión del otro día, pero esto ahora es una cosa un poco más seria…

—No —murmuro en un soplo—. Me caí ayer esquiando en medio de una ventisca… en una pista que no era de mi nivel…

Hay unos segundos de silencio.

—¿Qué? ¿Cómo que…? ¿Te has hecho algo?

—Un esguince en la rodilla…

Sé, sin tener manera de observarle, que se ha llevado una mano a la cara y que se la ha frotado de arriba abajo para luego tocarse la barba nerviosamente.

—Joder, Kelly. ¿Y cómo es eso posible? ¿En qué estabas pensando para ponerte en peligro de esa forma?

Niego con la cabeza y trago saliva, porque lo que menos necesito ahora mismo es que me eche la bronca por algo que a mí, como se puede entender, tampoco es que me haga mucha gracia.

—Fue un accidente, Alan… —miento, porque no puedo confesarle que me puse en peligro con una persona idiota porque quería ir en busca de mi exnovio—. Los accidentes no se pueden controlar.

—Pero sí se pueden impedir, Kelly. Te pedí y te advertí que tuvieras cuidado.

—¡Y lo he tenido, Alan! —Siento un nudo en la garganta porque no es verdad. No debí meterme en esas pistas por un maldito impulso.

—¡Pues no ha sido el suficiente! —me chilla, y por el cúmulo de cosas, en ese instante, rompo a llorar.

Me caso en ocho días y tengo la pierna jodida. Alan, en vez de apoyarme, me está regañando como si fuera mi padre.

El susto de ayer sigo teniéndolo en el cuerpo.

Pienso más en Thiago de lo que debería…

Me siento muy mal conmigo misma por estar pensando más en el poco tiempo que me queda junto a mi exnovio que en el tiempo que queda para que Alan llegue…

Hace un par de días sentía que lo que necesitaba era que Alan llegase para que se me aclararan todos los pensamientos, pero ahora solo necesito que tarde mucho en venir…

Por eso mismo, cuando vuelve a hablar, se me acelera el corazón.

—Voy ahora mismo al aeropuerto para coger el primer vuelo que salga.

—No hace falta, ¿vale? Estoy perfectamente —intento dejar claro.

—Kelly, te pasó algo en la rodilla. Quizás ni siquiera puedas entrar andando a la ceremonia. ¿Cómo vas a estar perfectamente?

—Puedo andar, Alan. No cambies los planes de nada.

Se queda en silencio durante unos segundos.

—¿Por qué no quieres que vaya, Kelly?

El corazón comienza a bombearme con fuerza.

—¿Qué?

—¿Hay alguna razón por la que no quieres que vaya? —vuelve a preguntar.

—Por supuesto que no, Alan. Pero te recuerdo que sigo estando de vacaciones con mis amigas hasta mañana.

Resopla.

—Ah, bueno, ¿eso quiere decir que mi compañía te incordia?

Niego con la cabeza.

—¡Dios Santo!, para de sacar las cosas de contexto, ¿quieres?

—¿En serio para ti estoy sacando las cosas de contexto?

—¡Pues sí!, porque de una pequeña lesión estás haciendo un mundo, y de decirte que quiero disfrutar del último día de vacaciones con mis amigas estás malinterpretando lo que de pronto siento por ti.

—Quizás el motivo por el que dude de lo que sientes no es culpa mía, ¿no crees, Kelly?

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que en esta semana has estado haciendo cosas muy raras.

—¿Qué… a qué cosas te refieres?

—Cosas como que solo hablamos si te llamo yo a ti.

Cosas como que de pronto tu móvil deje de funcionar.

Cosas como que prefirieras ir al cumpleaños de una desconocida antes que a la excursión que te regalé.

A ese tipo de cosas me refiero, Kelly. Que todavía sigo esperando el mensaje que te pedí que me enviaras cuando recibieras el nuevo móvil.

No sé, llámame loco, pero desde que llegaste ahí parece que no te conozco.

La Kelly que se marchó al viaje no se habría puesto en peligro a una semana de su boda de la forma en la que tú lo has hecho.

Estabas paranoica con que no te pasara nada y, ahora, de pronto, te lesionas la pierna por meterte en una pista que no debías y no le das importancia.

¿Qué está pasando, Kelly? ¿Hay algo que debas contarme?

Niego con la cabeza a pesar de que no pueda verme.

Es evidente que normal no estoy, pero eso no quiere decir que aquellas cosas que he estado haciendo estos días se puedan considerar «raras».

—No hay nada que deba contarte, Alan. ¿Tú tienes algo que contarme?

—No me devuelvas la pregunta.

—No te la estoy devolviendo porque ya te he contestado.

Alan respira profundamente y, joder, odio saber qué es lo que está haciendo en cada momento.

Se está agarrando el puente de la nariz, podría decir que está apoyado contra la encimera de nuestra cocina, y que se está mordiendo el labio inferior mientras piensa en qué decirme o en qué hacer con esta discusión.

—Vamos a dejar la conversación aquí, Kelly —decide—.

No quiero discutir contigo. Ambos nos hemos equivocado o expresado mal, y lo mejor que podemos hacer es dejarlo estar —opina, pero no lo hace pensando en si a mí también me parece bien, sino en lo que vamos a hacer y punto—.

Mañana será otro día y podremos hablarlo mientras que nos tomamos un café juntos tranquilamente, ¿vale, cielo?

Me encojo de hombros.

—Supongo…

—Háblame de la pierna. ¿Qué te han dicho? ¿Te la vendaron? ¿Qué te estás tomando para el dolor?

A pesar de que no tengo ganas de seguir hablando, le contesto a todas sus preguntas mientras no puedo sacarme de la cabeza un pensamiento: sea lo que sea que Thiago ha vuelto a encender en mí debe apagarse por completo antes de mañana.

Nos queda tan poco tiempo para poder descubrir por fin la verdad de por qué estamos juntos de nuevo que me aterra la idea de que no ocurra nada y que tengamos que asimilar que esto ha sido una simple coincidencia, y que nuestra historia ya tiene dibujado su punto final y que no hay manera de borrarlo o reescribir cómo acaba.

Ya no me escondo a la hora de confesar que me muero por saber qué nos queda por hacer o decir, porque, quizás, si de una maldita vez muestro lo que siento cada vez que está cerca, eso nos dé las respuestas a las preguntas que nos han asaltado desde que aterricé aquí y nos volvimos a ver, y puedo irme de Finlandia con el corazón tranquilo.

Aunque me niego a marcharme si no es con nuestra historia terminada. Porque Thiago y yo nos merecemos un final mucho mejor que el que tuvimos hace seis años.